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Capítulo III – Decisiones

Agosto 3, 2008

Estaban en un parque de colinas verdes sentados sobre el césped alejados de todo el mundo. El sol acariciaba gentilmente sus cabezas mientras conversaban sentados muy cerca uno del otro.
- Por mí ya está bien. – dijo él animadamente.
- Sí. Ya te veo repuesto. – Contestó ella mirando por un momento la cordillera y agregó sonriendo – No es por ti que lo estoy demorando Tomás.
Él la empujó suavemente en la cintura provocando una mirada cómplice pero como ella no ofreció mayores explicaciones, él la rodeó con un brazo y le dio un beso estruendoso en el hombro. La emperatriz acarició su cabello y le dijo:
- No te pongas ansioso. Necesito un tiempo más. Por un lado tengo que armar un buen grupo. – Lo miró a los ojos para continuar explicando – Quiero que todo salga bien, tenemos que salir sanos y salvos. – Volvió a acomodarse abrazando sus rodillas con la mirada en el horizonte. – Además, este es mi hogar. Me tengo que encargar también de que todo salga bien en nuestra ausencia.
Él se acercó un poco más y sin aviso le sopló en el oído provocando una reacción inmediata en ella:
-¿Qué haces? – preguntó y la respuesta no se hizo esperar.
- ¡Te vuelo los malos pensamientos!
Ella contestó nuevamente con risas y un tierno beso en sus labios. Luego se puso de pie y le pidió regresar a su mirador. Mientras volvían charlaron mucho sobre el viaje y todo lo que imaginaban que deberían enfrentar juntos. Antes de despedirse la emperatriz le prometió que en la semana reuniría al equipo y que la partida no se demoraría mucho más porque la decisión ya estaba tomada.

Esa noche durmió muy poco. Su cabeza no dejaba de dar vueltas con pensamientos que a veces parecían terminar en un círculo vicioso sin poder resolver. En esas elipses de ideas se fue tejiendo la trama de su travesía. Por momentos todo se desmoronaba al no tener seguridad sobre los desafíos que le esperaban en esta aventura. Pero de algo tenía total certeza, fuera lo que fuera era mejor que ella lo encontrara primero.
Tomás y Daniel irían con ella, de eso no cabía la más mínima duda. Tomás la podría guiar en su viaje, mientras que Daniel se aseguraría de que pudieran llegar a destino. Por otro lado, necesitaba al menos dos líderes más. Era importante elegir a alguien que se encargue de las cuestiones del reino. Esto no tuvo que pensarlo demasiado, convocaría a Ana que era de su plena confianza, estaba al tanto de todos los temas y además Osvaldo podría colaborar con ella. Por último debería llevar a alguien astuto, inteligente y sobre todo independiente. Alguien que se atreviera a pensar diferente sin tratar de consentirla, pero que a su vez comparta el espíritu del viaje y la ayude a llegar a destino cuando se presenten las pruebas del camino. Sabía quien era la persona indicada, pero también sabía que tendría que ir ella misma a convencerla de acompañarla. Y pensando en esto cerró sus ojos y se quedó dormida bien entrada la madrugada.

Cuando despertó, el sol ya estaba alto y se sobresaltó. Rápidamente se incorporó y apoyó los pies sobre la madera provocando un crujido cálido y familiar. Acomodó su cabello lo mejor que pudo y comenzó a caminar en círculos por el cuarto. Miró las paredes y ventanales. Su hogar, o al menos eso creía. Allí se sentía segura. Todo era armonía, paz, simpleza y energía positiva. Apoyó una de sus manos por esas paredes suaves con la mirada perdida en sus propios pensamientos. Todo lo que hacía tenía el simple objetivo de proteger este lugar. Para poder conservarlo. Si hubiera sido posible, hubiera abrazado el cuarto en ese mismo instante. De pronto escuchó las palmas de alguien en su balcón terraza. Se dirigió hacia la puerta de madera y la abrió abruptamente, para descubrir a Tomás de pie con su cabellera siguiendo la brisa del día. Su sonrisa contagiosa irradiaba felicidad. Él la miró por un instante y le dijo:

- Quiero acompañarte a buscarla.
- No es necesario Tomás. – Le contestó devolviéndole una amplia sonrisa y sintiendo una gran sensación de alivio en su alma.
- Ya lo se. Pero quiero ir igual. – y río. Tomás era sencillamente encantador.
No hizo falta decir mucho más para convencerla. Ella pidió que la esperara y a los pocos minutos apareció ya cambiada y lista para atravesar el valle.

Tania no vivía demasiado lejos, pero se encontraba en una zona aislada. No porque la emperatriz así lo quisiera, sino por expreso pedido de Tania. Después de un par de años de varios roces diplomáticos, la emperatriz por alguna razón le había perdonado la irrupción y le proporcionó unas tierras al este del valle. Si bien conformaba parte del imperio, la emperatriz le permitía cierta autonomía y disfrutaba en alguna que otra oportunidad de su compañía. Tania era bastante solitaria en realidad, aunque sabía mantener muy bien sus lazos con contactos estratégicos y muchas veces sorprendió a la emperatriz con sus ocurrencias y planteos. Era muy inteligente, intuitiva, analítica y sobre todo honesta. Por cierto, no había manera de obligarla a hacer algo que ella no quisiera. Por un lado esto molestaba o más bien frustraba a la emperatriz, pero era justamente por este motivo que se había ganado su respeto. Tania era la única persona a la cual no daba órdenes, sino sugerencias. Y aunque parezca mentira, muchas veces esto se dio bilateralmente. Más de una vez, la emperatriz permitió que Tania fuera su consejera, obteniendo buenos resultados.

Por todos estos motivos, la emperatriz estaba totalmente convencida de que ella sería la persona adecuada para completar el grupo. Aunque claro, había un cierto inconveniente. Tomás y ella no congeniaban demasiado. Por ello la emperatriz sintió alivio al recibir el sincero apoyo de Tomás esa mañana.

La emperatriz y Tomás caminaron un buen rato, charlando mientras tanto de muchos temas. Con Tomás jamás se aburría. Podía estar días enteros conversando o simplemente disfrutar de la compañía del otro en silencio. Esa mañana Tomás estaba encantado de la vida, caminaba dando saltitos. La emperatriz lo observaba disimuladamente; a veces no lograba entender de dónde sacaba tanta energía.

Ya se habían alejado de la aldea y habían seguido por más de cuarenta minutos un camino sinuoso escoltado de flores silvestres color lila esparcidas por el campo. El camino era de tierra y no tenía huellas. Vaya a saber uno cuando fue la última vez que alguien estuvo por estos lugares. Tomás divisó unos árboles frutales a lo lejos y salió corriendo a los gritos como si fuera un chico. La emperatriz lo llamó para retenerlo y sacudió la cabeza en desaprobación pero con una sonrisa increíble en su rostro. En pocos minutos ella logró alcanzarlo justo en el momento que daba un enorme mordisco a una manzana. Él no se sorprendió al verla. Arrancó una manzana más y se la lanzó diciendo: – Atrápala.
Ella la tomó en el aire y le ordenó: – Compórtate, que ya estamos llegando. – Y terminó la frase mirando hacia arriba porque Tomás se había trepado aún más alto por las ramas del árbol.
- ¿Qué haces ahora? ¡Bájate de ahí!
- Mmm… creo que deberías ver esto. Hace mucho que no vienes por aquí, ¿verdad? Ven, sube.
Al principio ella se negó, pero al ver la mano de él extendida e insistiendo en que subiera pensó que unos pocos minutos no le cambiarían los planes. Subió con cierta dificultad pero una vez arriba del árbol comprendió lo que decía Tomás. A la distancia se podía observar un enorme cerco. No podía creer que Tania había delimitado la propiedad en las tierras que ella, la emperatriz, le había cedido. Pero lo más importante era que una amplia zona de tierras estaba cultivada. Los distintos tonos según la cosecha daban un toque pintoresco al lugar.
- Veamos el lado positivo: ¡es muy trabajadora! – exclamó Tomás, quien ante el silencio de la emperatriz, explotó con risas.
- Qué bien que trabajó el campo pero ¿por qué pondría un cerco? – preguntó ella.
- Vaya uno a saber, le preguntamos cuando la veamos. ¿Vamos?
- Vamos. – respondió ella con cierta confusión.
Bajaron del árbol y comiendo cada uno su manzana siguieron por el camino un rato más hasta dar finalmente con el cerco en cuestión. Tomás apoyó sus manos sobre la oscura madera y confirmó con un simple gesto a la emperatriz la buena calidad de la construcción. Ella levantó su mano izquierda protegiéndose del sol y miró hacia el horizonte. Casi todo lo que podía ver estaba sembrado. – Me cambiaron el camino. – Dudó ella por un momento y luego agregó – Vamos a tener que bordear el cerco Tomás. En algún lugar tiene que haber hecho la entrada.
- Supongo que sí. – Contestó él.

Ya había pasado más de una hora del mediodía y a esta altura la emperatriz estaba agradecida por la idea de Tomás de comer esa manzana. El cerco no tenía fin. El camino estaba precioso pero el agotamiento la estaba comenzando a vencer y además la ansiedad la estaba dominando. Él la miró por un momento y se dobló en dos masajeando sus piernas. – No doy más – dijo. Ella le contestó simplemente que no sabía por cuánto tiempo más tendrían que seguir bordeando el cerco.
- Esto es una locura – comenzó él. Y continuó – Estamos en tus tierras, ¿se puede saber por qué tenemos que dar semejante vuelta? Hace más de una hora que estamos caminando alrededor de estas maderas. Es aquí derecho, vamos, llegamos a la casa, le preguntamos si viene y listo. ¿Por qué seguimos caminando sin parar? No tiene sentido.
- ¿Y cómo pretendes llegar a la casa con este cerco?
El la miró con una sonrisa que ella percibió como peligrosa… y no se equivocó. El tomó uno de los tablones y de un solo tirón lo sacó de lugar y lo arrojó al medio del camino.
- Puedo sacar el cerco desde aquí y vamos a campo traviesa. En media hora estamos en la casa de Tania. ¿Qué opinas?
La tentación era grande y la emperatriz no pudo resistirse. Entre los dos quitaron algunas tablas hasta que les resultó posible cruzar y comenzaron a caminar entre el cultivo, tratando de dañar lo menos posible la futura cosecha. Algo en su corazón le decía que no habían obrado como corresponde pero pensó que había sido la mejor opción o tal vez la única que tenían. No le dio mayor importancia y se concentró en llegar a destino de una vez por todas.

El camino fue mucho más corto y de pronto podían ver la casa de Tania a lo lejos. Eso los animó a caminar más rápido. El techo a dos aguas color verde azulado tenía un par de tejas flojas pero así y todo se veía precioso. Las ventanas del frente estaban adornadas con flores y unas delicadas cortinas caían con volados enlazadas hacia los costados. La emperatriz subió la escalera de madera hasta el porche desde donde golpeó la puerta. Esperó un momento mientras observaba a Tomás paseándose por el frente inspeccionándolo todo. No había respuesta. Volvió a golpear y volteó la mirada hacia su derecha. Se quedó observando el banco bajo una de las ventanas. Sobre el asiento había un abrigo. Se acercó despacio mirando las marcas sobre la tela y en ese mismo instante comprendió que Tania había estado ahí recientemente, recostada sobre ese abrigo. – ¡Tania! – gritó en los alrededores con el abrigo entre sus manos pero sin respuesta.
- Debe haber salido. Vamos a tener que esperarla. – comentó Tomás con cierto desdén.
- No hay muchas alternativas en realidad. Sentémonos por aquí. Estoy cansada. – fue lo último que dijo cuando divisó a lo lejos a Tania caminando enérgicamente hacia la casa con un martillo en la mano. La emperatriz se incorporó y avanzó unos pasos mientras que Tomás se acomodó sobre el escalón. Ella lo miró inquisitivamente por un breve momento y él respondió: -¿Qué? – Pero ella no siguió la conversación, quitándolo de su mente y concentrándose en Tania. Esperaba que fuera un buen día, pero parecía que no lo era.

Su paso era duro y decidido. Se detuvo un momento a unos pocos metros de la emperatriz y le dijo: – Tú por aquí. No me extraña.
La emperatriz pensó textualmente: ni saludé y ya empezamos. Rogó de haber tenido la idea correcta en ir hasta ahí. Internamente sabía que Tania era la única persona con carácter suficiente como para poder hacer frente con astucia a cualquier inconveniente en el camino. Respiró profundo y le dijo: – No te extraña. Entonces ya sabrás por qué estoy aquí.
- No, pero pronto lo sabré, ¿verdad? – y siguió caminando hasta el pie de la escalera. Lo miró a Tomás fijamente por un momento, luego siguió su paso y entró a la casa cerrando la puerta tras ella.
Tomás y la emperatriz se miraron. Él le dijo: – A mí no me mires, nunca la llegué a entender del todo.
Esperaron un momento pero Tania no salía de la casa. La emperatriz estaba decidida a hablarle pero esta situación la descolocaba. Y reaccionó mal, enojándose bastante. Con seriedad se dirigió hacia la puerta con toda la intención de golpear el vidrio para que Tania saliera de una vez por todas, pero la mano siguió el trayecto porque la puerta se abrió repentinamente y apareció esta extraña dama trayendo una bandeja con refrescos y algunas galletas caseras. Las dos se quedaron sorprendidas y se miraron sin llegar a comprenderse, tal como había pasado en más de una ocasión. Parecía que Tania iba a decir algo pero ante esta situación sólo preguntó con cierto tono de duda: – ¿Jugo?
Fue la palabra mágica porque Tomás se levantó de un salto y se acercó sin dudar. La emperatriz contestó luego de unos segundos: – Sí, muchas gracias.
Se sentaron los tres en el porche con un poco más de serenidad, aunque el ambiente no era del todo armonioso. Tania le preguntó entonces con una sonrisa a la emperatriz: -¿Están juntos otra vez? – Tomás asintió. “Bien” volvió a decir Tania y luego de un momento de silencio la emperatriz se decidió a explicar el motivo de su visita. Tania la escuchaba con mucha atención.

Después de enterarse sobre lo ocurrido en los últimos días Tania suspiró y se quedó un momento en silencio mientras que Tomás y la emperatriz la miraban esperando algo así como una especie de veredicto. Aún no le habían pedido que los acompañara en su viaje.

- ¿Quieren escuchar mi opinión? – Preguntó con ciertas dudas.
- Sí, claro. – contestó la emperatriz.
Tania sonrió y prosiguió:
- Me parece bien. – asintió con la cabeza y continuó – Tarde o temprano alguien iba a encontrar la forma de cruzar la cordillera Norte o Sur, por más defensa que pusieras, lo sepas o no lo sepas. La cuestión es que hoy por hoy, sabes que tienes un pequeño grupo de guardias dispuestos a pelear… ¿y qué más?
- No mucho en realidad, por eso tenemos que cruzar.
- Bien. ¿Cómo piensas cruzar? – La emperatriz se la quedó mirando y ante la falta de respuesta, Tania continuó – Bien. ¿Tienen entrenamiento físico? ¿Están preparados para la altura, el frío…?
- Bueno… – dudó la emperatriz por un momento. – La verdad es que Daniel se ocupa de sus hombres y están entrenados para escalar las montañas, después de todo, vivimos en un valle.
- ¿Y tú? ¿Tienen algún tipo de entrenamiento? Porque según lo que entendí ustedes quieren ir, ¿no?
- Sí, claro. En realidad creo que tendría que entrenar un poco.
- Yo podría ayudarte. – acotó Tomás de improviso.
- ¡Habla! – expresó Tania con alegría, pero el comentario no fue bien aceptado. Ella se reservó otras observaciones y siguió enfocada en el problema.
- ¿Daniel te va a acompañar?
- Sí, sin duda.
- Bien. Ustedes tres no son suficientes. Necesitas al menos dos personas más. Alguien que se ocupe de la administración del valle y un líder más en el grupo. Porque Daniel va a estar ocupado organizando a sus hombres. El debe seleccionarte un buen grupo de soldados, ¿o pensaban ir tres o cuatro? ¿Cómo piensan comunicarse con el valle?
- Aún no lo he pensado.
- Deberías. ¿Qué pasaría si se necesita tu presencia en el valle o peor aún, que tú necesites ayuda? Bueno. Podrían aplicar el sistema de postas. Cuando aseguren un área tienen que dejar un destacamento. De esta forma, los hombres podrán hacer una cadena y comunicarse.
- Es una buena idea. – Dijo la emperatriz, y Tomás asintió conforme. Entonces fue él quien levantó la vista y preguntó sin rodeos:
- ¿Podrías acompañarnos? – Su voz era fuerte, segura y serena.
Tania miró inmediatamente a la emperatriz en busca de confirmación sobre la propuesta y al encontrarla se puso de pie con una gran exclamación – Esto era lo que los traía por aquí. Ahora entiendo mejor. – Pensó un momento y continuó diciendo – Yo no soy parte de tu reino.
- Eso lo se. – Contestó la emperatriz. – No lo hagas por mi reino.
- ¿Y por qué no? – la pregunta sorprendió a la emperatriz. Tania continuó diciendo – Viví muchos años en paz en estas tierras, pero no las reconoces como mías.
- Veo tu punto. – La emperatriz se puso de pie y agregó – Tengo que pensarlo.
Tania miró a Tomás con una sonrisa sugestiva y le preguntó: – ¿Cuál es tu opinión?
El sonrió como siempre, desplegando todo su encanto y tratando de hipnotizar a Tania con la mirada más azul del universo. Sin éxito, entonces le contestó:
- Mi opinión es que lo haces por el reino, no por estas tierras. Estás feliz porque se respetó nuestro trato durante todos estos años y nadie te ha molestado. No quieres un pueblo de quien cuidar. Sientes gratitud por la emperatriz, a tu manera claro. Y sabes que quedarnos a la espera del enemigo en este valle nos llevaría a la derrota y con eso… se perderían tus campos, tu casa, tus cultivos – expresaba mientras con un gesto algo altanero señalaba “sus” pertenencias – … ¿Qué sería de tí sin nuestro reino? Y también opino que te mueres de ganas de formar parte de nuestro grupo. Vivir un poco la aventura. Yo estoy seguro que vas a venir acepte o no tu propuesta. Sólo estás haciendo esto para provocarla, como siempre. Es el juego de siempre.
Tania quedó un tanto sorprendida y con una sonrisa le dijo: – Fuiste tú el que me pediste que fuera con ustedes. ¿Por qué?
- Porque quiero que me ayudes a cuidarla. Jamás me perdonaría si llegara a pasarle algo otra vez.
Ella asintió con la cabeza mientras miraba a la emperatriz caminando lentamente por el jardín.

La emperatriz levantó la vista para confirmar que ya habían terminado de negociar y se acercó con cautela. – ¿Y entonces? – les preguntó.
Cruzaron miradas entre los tres y finalmente Tania dijo: – Tienes que entrenar. Asegúrate que Daniel se ocupe de eso. ¿Cuándo se van?
- En un mes más o menos.
- Mínimo para tu entrenamiento.
- Así es.
- Bien. Allí estaré.
- Gracias. – Le contestó la emperatriz con una amplia sonrisa. Tomás se levantó mirando con aprobación a Tania. Con ella tenía una relación un tanto tensa ya que el inicio fue complicado y él no había estado de acuerdo con su permanencia en el territorio.
- No hay por qué. – Contestó Tania y continuó diciendo – Terminen el refresco con tranquilidad. Deben estar agotados. Yo voy a darme un baño, también quedé cansada después de la reparación del cerco. Algún animal lo destrozó. – Sonrió muy sutilmente y prosiguió –Ya no se qué hacer para que el ganado de tu reino no venga a pastar sobre mis cultivos. Tal vez puedas ayudarme con eso. – Giró en dirección a la puerta ocultando su sincera tentación de risa.
La emperatriz y Tomás se miraron inmediatamente tratando de disimular. Luego la emperatriz contestó:
- No te preocupes por eso. Me encargaré personalmente que no vuelvas a tener problemas. – Apoyó el vaso en la bandeja, bajó las escaleras y caminando cruzó el jardín junto a Tomás para detenerse tratando de reconocer la salida.
- Si caminan por este sendero en cinco minutos verán un portón. – Mirando directamente a Tomás, Tania explicó – Está sin candado así que por favor no rompan nada. Luego caminen al oeste y en treinta minutos estarán en el centro. – Tania se quedó mirándolos alejarse por el sendero. De pronto la emperatriz giró y le dijo sin duda alguna:
- A nuestro regreso, estos campos serán tuyos. – Y siguió su camino junto a Tomás.
Tania sonrió satisfecha y entró a su casa.

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