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Capítulo X – Misterio

Agosto 6, 2008

Los hombres festejaron con gran alegría al verla llegar ya que hacía casi dos meses que Erika no estaba en contacto directo con ellos. En realidad, la emoción del reencuentro fue compartida por todos los presentes incluyendo a la emperatriz. Ella había extrañado a su gente, sobre todo a Tomás, quien ahora caminaba feliz a su lado.
Luego de saludarlos uno a uno, Erika le solicitó a Daniel que diagrame un esquema con los puntos a tratar con el gobernador. Necesitaba saber por ejemplo con cuántos hombres contaba, el tipo de obra que podrían realizar, la evolución de los costos y por sobre todo las condiciones del tratado; esto significa derechos y obligaciones tanto para Almeda como para ellos.

Ella y Tomás intercambiaron miradas cómplices en cierto momento y en un descuido de los presentes lograron escaparse no muy lejos del destacamento. Corrían como chicos riéndose por una travesura. Erika se colgó de los hombros de Tomás y él la cargó por un momento para luego dejarla sobre el suelo con cuidado.
- Te extrañé. – le dijo ella.
- Ah, no se, no se…. – Le contestó él sonriente buscando demostraciones de afecto. Sin embargo, ella lo sorprendió comentando:
- No me contaste bien qué pasó con Tania.
- Ah…- suspiró – Tania. – El silencio dominó el momento pero la emperatriz lo miraba atenta esperando una respuesta. Entonces él le dijo – Ya sabes que yo no puedo entenderla.
- ¡Pero Tomás! ¡No es para tanto!
- Dejame terminar, por favor. – Pidió él.
- Bueno, te estoy escuchando.
- Entonces pensé que tal vez ella podría entenderme a mí. – dijo Tomás inocentemente.
La emperatriz lo miró por un momento extrañada y luego se preocupó. Entonces le preguntó:
- ¿Qué hiciste?
Él bajó la cabeza por un momento y entonces confesó:
- El primer día que llegamos al pueblo, Tania me peleaba, como siempre.
- ¡Pero por favor! ¿Cuándo van a parar de pelear ustedes dos?
- No lo se. El punto es que mientras discutía pensé que le podía dar un poquito de mi don.
- ¿Qué? ¿Qué hiciste? ¿Cómo hiciste eso?
- No podría explicarlo. Sentí que era el momento y lo hice.
La emperatriz se quedó pensando y le dijo:
- ¿Y ahora ella es como vos?
- No, claro que no. – contestó mirando de reojo.
- ¿Le habrá hecho algún efecto? – se preguntó la emperatriz.
- ¡Sí! Claro que sí. – contestó él sin duda alguna con una mirada indescriptible.
La emperatriz lo miró en cambio con los ojos desorbitados y luego de un momento le preguntó con seriedad:
- ¿Quién era ese hombre en la plaza? ¿Qué quería con ella?
- Creo que se enamoraron. – contestó Tomás con una sonrisa pícara.
Erika se echó a reír y replicó:
- ¿Tania enamorada? – Lanzó una gran carcajada y dijo confundida – No puede ser. No. Tengo que verlo para creerlo.
- Te hablo en serio. Y hay algo más – hizo adrede un segundo de silencio para generar tensión y luego dijo con alegría – ¡Hasta llegó a abrazarme!
- ¿Quién te abrazó?
- ¡Tania!
- No…
- ¡Sí! – le expresaba con felicidad entre risas.
- No puede ser. ¿Cómo fue eso? – La emperatriz se rió sin poder creer lo que escuchaba.
- Vino un solo día apenas un momento para avisarme que estaba con ese hombre, Juan. Y me abrazó antes de partir.
- ¿Pudo haber cambiado tanto?
- El amor cambia a la gente.
- Y pregunto: En cuanto a esa dosis que le diste, ¿se le va a pasar el efecto?
- Eso ahora básicamente depende de ella. Qué es lo que ella hace con ese poder, no depende de mí. Yo creo que su organismo lo aceptó muy bien.
- Bueno, ¿quién sabe? Quizás esto resulte en algo muy interesante, ella es muy inteligente y tal vez pueda develar el misterio.
- Exactamente. – Dijo él levantando una ceja en forma casi imperceptible.
Erika se acercó y le preguntó:
- ¿Y vos te sentís bien últimamente?
- Sí, ya no tuve más ataques ni visiones. Debemos estar en el camino adecuado.
Ella lo tomó de la mano y le expresó cuánto se alegraba. Charlaron unos minutos más pero luego volvieron al destacamento porque había mucho por hacer y el tiempo no sobraba.

 

Tania había llegado mientras ellos conversaban y sentada junto a Daniel, lo ayudaba a establecer un plan de acción a efectos de cruzar el monte. Al verlos llegar, Tania se puso de pie y saludó a la emperatriz con una sonrisa forzada.
Erika no pudo evitar sentirse completamente desilusionada. Después de la charla que había mantenido con Tomás esperaba encontrar a Tania con una alegría tremenda, con energía escapando por los poros de la piel y sin embargo, allí estaba: un semblante pálido, un gesto angustioso, el tono de voz decaído y una mirada más lejana que nunca. En un momento miró a Tomás de reojo, quien sin prestarles atención se estaba entreteniendo con los coatíes recién llegados.
Daniel y Tania le explicaron a la emperatriz las ideas sobre las que habían trabajado. En resumidas cuentas lo que proponían era encontrar a los nideros y bajo un acuerdo, alcanzar el río con su apoyo. De esta manera, no tendrían que estar defendiendo las construcciones y no perderían tiempo en la búsqueda del río, disminuyendo los costos y el posible número de bajas. Estaban convencidos de que se podría llegar a negociar con ellos. Por otro lado, Daniel sugería dejar el destacamento actual con tres hombres y enviar cuatro más a trabajar a los campos de Paco. Después de todo, vendría bien que representantes del imperio permanezcan viviendo en el pueblo de Almeda. Podrían proporcionar información y defender los intereses de la emperatriz mientras que ellos continuaban con su travesía. Los restantes viajarían con ellos al igual que el coatí, quien no dejaba de despedirse de amigos y parientes ya con días de anticipación. En un momento Daniel se molestó por el ruido que provocaban impidiendo se pudiera concentrar en su trabajo y salió a espantar a tanto animal dando vuelta. Mientras tanto, Tania cubrió su cara con una mano en un gesto de cansancio sin decir palabra y aguardó que Daniel regresara. Cuando él se reintegró nuevamente al grupo, ella propuso que una vez logrado el acuerdo con los nideros se deberían dirigir al río y acorde al terreno y a las distancias comenzar a desarrollar un plan para la construcción del canal. Para esas decisiones habría que aguardar a tener mayor información. En esta etapa era imposible poder anticipar tantas variables a considerar.
- A cambio de esto, ¿qué proponen solicitar a Almeda? – preguntó la emperatriz.
- Lealtad y fidelidad al imperio, un tratado de libre circulación y comercio y por supuesto un canon para la corona. – resumió Daniel.
La emperatriz suspiró y dijo que era un buen punto de partida para la negociación. Por otro lado, estaba dispuesta a no rebelar al pueblo en contra del gobernador Almeda y le permitiría continuar con su gobernación respetando con sus costumbres y cultura en general.
- De acuerdo, debemos escuchar cuáles son las peticiones del Sr. Almeda mañana. Necesito que me acompañen a la mesa de negociación.
- Sí, claro emperatriz. – contestó inmediatamente Daniel.
Tania se quedó en silencio. Parecía perdida en algún planeta lejano cuando de pronto reaccionó y se dio cuenta de que la emperatriz estaba esperando alguna respuesta de su parte, ante lo cual tímidamente dijo: – ¿sí?
- ¿Nos acompañarás mañana, Tania?
- Claro, por supuesto Erika. – le contestó algo confundida.
- ¿Te sentís bien Tania?
- Sí… – se interrumpió y sacudió la cabeza para luego continuar diciendo – No es nada. Voy a estar bien. – Y se alejó caminando lentamente entre los árboles.

Erika no perdió el tiempo y fue urgente a buscar a Tomás. Tania estaba mal, y así no podían continuar con la misión. En cuanto lo encontró lo tomó de un brazo y lo apartó para decirle con seriedad:
- Tomás, esto no está bien.
- ¿Qué cosa no está bien?
- Mirala. – le ordenó ubicándolo en dirección a Tania. Se la podía ver a lo lejos sentada sobre el tronco de un árbol caído haciendo girar una flor silvestre entre sus dedos con la mirada hipnotizada bajo ese movimiento.
Tomás miró a la emperatriz quien le dijo:
- No debería estar así. La necesitamos concentrada en nuestra misión; no podemos trabajar con ella en este estado. ¿Y si hablamos con ella?
- No se, no estoy seguro.
- Andá y y hablale. – le pidió la emperatriz.
- ¿Yo? ¿Por qué yo? – preguntó él preocupado.
- ¡Porque sos responsable de todo esto! – le recriminó ella.
- No, no. No te equivoques Erika. Yo le di la posibilidad de amar. Es un don maravilloso y extremadamente poderoso. No le dije cómo, cuándo ni a quién. Eso es responsabilidad pura y exclusiva de ella y de nadie más.
- No te enojes conmigo. – Reaccionó la emperatriz a la defensiva y explicó – Es que no se cómo ayudarla. Está tan distinta y no se cómo tratarla. – Se quedó pensando por un momento y luego le preguntó – Ese Juan, ¿le hizo algo?
- Nada que ella no haya querido. – contestó él con naturalidad.
- Voy a hablar con ella. – dijo Erika con decisión y parecía que iba a dar el primer paso pero se quedó en su lugar mirando a Tomás con sus hermosos ojos – ¿Me acompañas? ¿Por favor?
- De acuerdo. – contestó Tomás sintiéndose desarmado ante la mirada tierna de la emperatriz.
Se acercaron lentamente mientras Tania aún jugaba con una flor y Tomás se quedó unos pasos atrás, dejando que la emperatriz tomara la iniciativa.

Erika estaba a punto de hablarle cuando Tania se incorporó secando sus ojos con la mano derecha. En ese momento vio a la emperatriz e hizo un esfuerzo por recomponerse.
- Hola. – saludó Tania mientras intentaba ocultar las lágrimas.
- Tania, estás llorando.
- No. – Sonrió con esfuerzo y agregó – No es nada.
La emperatriz se acercó un poco más y le dijo decidida:
- Si ese hombre te hizo algo, puedo enviar a Daniel y matarlo o al menos darle un buen susto. Puedo resolver esto inmediatamente.
Tania la interrumpió y le dijo con determinación:
- No lo toques, ni se le acerquen. – Y siguió diciendo en forma entrecortada por el llanto – Porque ese hombre no tiene la culpa, él… él… – y guardó silencio mientras siguió llorando.
- Pero Tania, no te entiendo. ¿Entonces por qué lloras?
- No lo se. Es que me duele.
- ¿Qué te duele?
Tomás se acercó a ellas un poco más totalmente intrigado con el giro de la conversación y prestando mucha atención a las palabras de Tania.
- Erika, me cuesta respirar, me duele el pecho. No se que voy a hacer.
- Pero, ¿qué te hizo?
- ¡Él no me hizo nada! ¡Fui yo! ¿Está bien? Fui yo. Yo lo herí.
Erika y Tomás se miraron por un breve momento interrumpido por las siguientes palabras de Tania:
- ¿Cómo es posible que yo lo hiera y que yo también sufra la herida?
- Lo estás sanando. – pensó Tomás en voz alta, hablando por primera vez.
- ¿Qué? – preguntó Tania sorprendida. Erika lo miraba fulminante exigiendo una explicación. Entonces él se acercó a Tania y apoyando una mano en su brazo le dijo:
- Cuando amas a alguien, sus heridas te son propias.
Erika estaba atónita. Lo miró a Tomás perdida en sus pensamientos y luego le preguntó a Tania:
- ¿Lo amas?
Tania sonrió brevemente sacudiendo su cabeza invadida por la confusión y contestó:
- Es lo único que puede explicar toda esta locura.
La emperatriz cerró los ojos y pasó su mano arreglándose el cabello. Luego de meditar por un par de segundos le dijo:
- Yo quisiera contar con tu presencia en el resto del viaje, pero si querés quedarte aquí con él, podría entenderlo.
- ¿Y fallar en la misión? No, Erika. Te agradezco el gesto, pero no. Yo voy a continuar con ustedes y voy a volver con él, cuando todo esto haya terminado. El problema es que él cree que lo usé para llegar al gobernador. Piensa que él fue parte de mi trabajo.
- ¿Estás segura? – preguntó Tomás.
- Creo que sí. – contestó ella.
- ¿De verdad sentís eso? Yo percibo otra vibración. – comentó él.
La emperatriz los miró a ambos y ya cansada de tanta percepción y sensiblería tomó a Tania de los hombros y mirándola a los ojos le dijo:
- Tania, hay una sola forma de aclarar las cosas: anda a buscarlo y explicale lo que sentís por él. Si él te ama también, entonces tiene que entenderte.
- Yo siento que él la entiende… – comentó Tomás callando inmediatamente ante la mirada asesina de ambas mujeres.
Tania se dirigió a la emperatriz luego de mirar a Tomás y le dijo:
- Bien. Hablaré con él.
- Perfecto. Iré entonces sólo con Daniel a la reunión mañana. De todas formas ya tenemos el proyecto a presentar bastante avanzado. Encargate de arreglar todo esto. – le quiso decir también que la apreciaba mucho, pero en cambio sólo le dio unas palmaditas en el hombro antes de ir en búsqueda de Daniel. Tomás se iba a retirar junto a la emperatriz pero Tania lo llamó y el giró a su encuentro. Entonces ella le dijo terminando de secar las lágrimas de su rostro:
- Nosotros dos tenemos una conversación pendiente. – y aclaró su garganta.
Él la miró un tanto evasivo y le contestó:
- ¿Sobre qué necesitas hablarme?
- Esto que siento yo, es algo tuyo, ¿verdad? – preguntó con una mirada penetrante.
- Puede ser. – admitió él luego de tragar saliva.
- Al poco tiempo que discutimos aquel día en la plaza, yo comencé a sentirme diferente. No se cómo, pero algo me ocurrió. – Ella se acercó con precaución y le tocó un brazo por un momento con su dedo índice. – Y pareces tan real. ¿Cómo lo haces?
- No lo se. ¿Cómo hago qué?
Al escucharlo Tania sonrió sorprendida y le preguntó:
- No puede ser. ¿Tampoco lo sabes?
- ¿Qué cosa? – respondió él, con otra pregunta.
- Las heridas el día de la Asamblea, las curaciones casi mágicas de la emperatriz, haber sobrevivido el ataque de un león, las visiones, mi mano… – enumeraba ella lentamente.
- ¿Qué pasa con todo eso?
- Tenés un don especial, Tomás.
- Eso lo se. Y ella también. – replicó con cierto orgullo refiriéndose a la emperatriz.
- Los humanos no tenemos esos dones. – concluyó ella esperando ver su reacción, la cual no se hizo esperar. Él se sintió muy nervioso y hasta ofendido sin saber bien la razón. No quiso continuar conversando y a pesar de la insistencia de Tania para que se quedara, él se retiró para caminar solo por el bosque.

 

La noche se adueñó del lugar una vez más y Tomás no volvía al refugio. La emperatriz no tardó en notar su ausencia y al pasar el tiempo sin tener novedades la preocupación fue tomando forma. Habló con Daniel sobre el tema y resolvieron enviar dos soldados en su búsqueda.
Tomás había caminado por varias horas atormentado por esas crueles palabras: “Pareces tan real” “Los humanos no tenemos poderes” “Pareces tan real” “Pareces tan real”.
Levantó los brazos para tapar sus oídos con las manos. Sin lograr reprimir sus sentimientos comenzó a gritar:
- ¡Soy real! ¡Soy real! Por favor… por favor quiero ser real.
Se sentó agotado en el suelo, apoyando la espalda contra el tronco de un árbol y abrazó sus rodillas en total desesperación entre lágrimas. Vio de pronto una luz a lo lejos entre los árboles y enjuagó sus ojos inundados para volver a mirar. La luz había desaparecido.
Bajó la cabeza y escondió su rostro entre las rodillas. Hubiera querido desaparecer en ese mismo momento pero su amor por la emperatriz lo retenía.
Luego de un momento levantó su rostro y se descubrió rodeado de cientos de luces diminutas danzando a su alrededor. Se asustó e instintivamente quiso espantar a las que se encontraban más cercanas. La sorpresa fue aún mayor cuando estas luces atravesaron su mano sin dificultad. Se puso de pie con intención de huir pero se sentía paralizado.
- ¡Fuera! ¡Fuera de aquí! ¿Qué quieren? – gritó asustado.
En ese momento, las luces no dejaban de atravesar su cuerpo sin ningún tipo de escrúpulos.
- Tranquilo Tomás. – pudo escuchar la dulce voz de una mujer.
- ¿Quién es? ¡Fuera! ¡Fuera de aquí!
- Tranquilo. Está todo bien. – volvió a escuchar en el tono más dulce que jamás haya conocido.
La luz continuaba creciendo y con desesperación pudo ver como su cuerpo se desmaterializaba convirtiéndose en una brillante luz blanca. No dejaba en ningún momento de escuchar esa voz femenina tratando de serenarlo.
- Estamos contigo. No debes tener miedo.
- ¿Quiénes están conmigo? ¡No puedo ver! – gritó desesperado.
La voz con dulzura contestó:
- Es que pretendes usar los ojos para vernos. Todavía estás actuando como humano.
- Es una maravillosa obra de arte. – expresó de pronto una voz masculina.
- ¿Dónde estoy? ¿Quiénes son ustedes? – preguntó Tomas desconsolado.
- Tranquilo Tomás. Quiero que te relajes. Seguimos en el bosque.
- ¿Por qué sólo veo luz?
- Porque somos energía Tomas. Tú, él, yo… todos ellos. Somos energía. Nos puedes sentir, no nos puedes ver.
- Estoy confundido. Estoy soñando, esto es un sueño.
- No estás soñando Tomás. – volvió a escuchar la voz grave tratando de explicar – Todos nosotros contribuimos en tu formación. No te haremos daño. No podemos ni deseamos hacerlo. Formas parte de nuestro universo.
Él ya no contestaba y estaba logrando serenarse. En ese momento se permitió sentir. Sentía presencias. Percibía la existencia de campos de fuerza. De alguna manera inexplicable, podía sentirlos incluso en forma individual. Eran cientos.
- ¿Soy real? – preguntó preocupado.
- Por supuesto Tomás. Por supuesto que eres real. – le contestó la voz masculina.
El se sintió aliviado y sin embargo intentó levantar su mano pero sólo vio luz. No podía distinguir el bosque ni nada material. Sólo percibía esas presencias que se acercaban y alejaban en un movimiento impredecible. Se sintió tranquilo, en paz, y la sensación de haber llegado a su hogar lo emocionó.
- ¿Qué soy? – volvió a preguntar Tomás bajo una gran confusión.
- Energía Tomás. Energía positiva. – dijo la voz femenina.
- ¿Soy un Dios? – consultó él incrédulo.
Unas cuantas voces rieron y luego la voz masculina se escuchó cercana diciendo:
- Los humanos nos llaman Dioses. Nosotros preferimos referirnos a nosotros mismos como energía.
- ¡No puedo morir! – expresó Tomás.
- Bueno, no en el sentido humano.
- ¿Qué significa eso?
- La vida humana es muy corta y además forma parte del mundo material. Ellos son materia y se transforman en materia. Pueden regresar, aunque nunca como eran originalmente. Pocas veces la materia toma conciencia de su propia existencia. El proceso es asombroso. Nosotros en cambio mantenemos el equilibrio e interrelacionamos con ellos. Logramos que la materia se mantenga unida. Le damos fuerza.
- Hablas de equilibrio. ¿A qué te referís? – preguntó Tomás.
- A la energía negativa Tomas. – dijo la voz de mujer en un tono algo más serio.
Tomás instintivamente supo a qué se referían y preguntó.
- ¿No podemos hacer que desaparezca?
- Es una paradoja Tomás. No podemos vencerlos ni nos pueden vencer. – Contestó con serenidad la voz grave.
- ¿Cómo es eso? – preguntó él con curiosidad.
- ¿Alguna vez intentaste atacar a alguien? – le preguntó la voz femenina.
Tomás no tardó mucho en recordar el episodio en que Daniel golpeaba a la emperatriz y él cegado por la ira intentó detenerlo.
- ¿Alguna vez sentiste ira? – volvió a preguntar la dulce voz.
- Sí. – contestó él.
- ¿Y qué te sucedió?
- Perdí la conciencia. No tuve el control.
- Cediste al caos. – Hizo una pausa y continuó explicando en un tono decidido – Cada vez que intentes destruir perderás, porque te transformas en tu enemigo. Lamentablemente, nosotros no podemos odiarlos porque nos transformaríamos en ellos. Así como ellos tampoco pueden amarnos, por más que mucho lo deseen, porque dejarían de existir y se transformarían en nosotros.
- Y van milenios en la lucha eterna por mantener el equilibrio. – concluyó diciendo la voz varonil.
- Soy un Dios. – exclamó Tomás sin poder creerlo – Soy el inmortal.
- Te enviamos a protegerla, para que la guíes. Mucha gente depende de ella. – explicó la voz femenina.
- Al momento de su nacimiento tú entraste en el mundo material y estás haciendo un excelente trabajo. – exclamó la voz grave y continuó explicando dulcemente – Pero pronto deberás dejarla seguir su camino. Ya le has enseñado mucho y ahora ella debe decidir su destino.
Esa dulzura no sirvió demasiado. Tomás se sobresaltó y preguntó:
- ¿Tengo que dejarla? ¿La voy a dejar? – preguntó espantado.
- ¡Tomás! ¡Tomás! ¡Despertate por favor! – escuchó mientras sentía como lo sacudían de un brazo. Abrió los ojos sobresaltado al ver un soldado de la guardia sobre él.
- ¡Por fin te despertás! – comentó el hombre.
Tomás se sentía totalmente confundido. Eso no se había sentido como un sueño en absoluto. Miró sus manos. Las abrió y cerró un par de veces y sonrió. El soldado le preguntó:
- ¿Te encontrás bien? La emperatriz está preocupada por vos. Nos envió a buscarte.
- Sí, estoy bien. – Respondió – Me debo haber quedado dormido.
- Si, ya lo creo. Te perdiste el espectáculo.
- ¿Qué espectáculo?
- Antes que te despertaras, había cientos, cientos de ellas por todos lados.
- ¿Cientos de qué?
- Luciérnagas, Tomás. Cientos de luciérnagas. Fue hermoso. No se donde habrán ido. Desaparecieron de un momento a otro, y nosotros debemos volver al destacamento. Vamos.

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