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Capítulo XII – Sólo luz

Agosto 7, 2008

Tuvieron que soportar muchas horas atrapados entre las redes, mientras eran cargados hacia un destino desconocido rodeados de estos amenazantes hombres. No se les permitía hablar entre ellos porque ante el menor intento recibían golpes por parte de sus captores. A pesar de todo, la emperatriz supo mantener la compostura en esa difícil situación y todos guardaron silencio durante largas horas. Los nideros se movían con agilidad y destreza entre los árboles avanzando con velocidad en ese reino salvaje de la naturaleza en pleno.
La emperatriz confiaba en que si no los habían asesinado, era porque los querían como prisioneros y seguramente encontrarían la forma de negociar con ellos. La pregunta era negociar con quién y qué resultaría ser el objeto de interés de esta gente. Con total seriedad su mente se perdía en el intento de resolver tanta intriga pero el cansancio y la conmoción no le permitían avanzar hacia la respuesta.
Daniel por su parte estaba furioso. Se sentía humillado al ser atrapado de esta manera con elementos tan rudimentarios, para colmo delante de todo su ejército y nada menos que de la emperatriz. Lejos de apaciguarse, su instinto asesino se despertaba cada vez con más fuerza.
Mientras tanto, Tania estaba internamente lamentándose de no haber acudido a los brazos de su amado. Si tan sólo lo hubiera escuchado, si se hubiera quedado con él. Tal vez hubiera habido algo que ella pudiera haber hecho por la emperatriz desde el pueblo de Almeda. Pero no. Su orgullo había sido más fuerte y así había caído en estas redes luego de días de caminata hacia un destino indefinido. Se angustiaba al pensar que muy probablemente nunca más vería a Juan, su gran y único amor.
Tomás era el único que estaba feliz y sólo se preocupaba por estirar de vez en cuando sus piernas. Las redes le resultaban un tanto incómodas con sus cuerdas algo ásperas y cambiaba de posición de tanto en tanto. Se encontraba perfectamente tranquilo y se recuperaba lentamente del agotamiento del viaje, dormitando por momentos.

Los nideros continuaban avanzando en fila por el monte, increíblemente apurando la marcha cada vez más. La resistencia que tenían era sorprendente y no pasó desapercibida por los prisioneros. Paco los observaba detalladamente. Los pies desnudos se desplazaban por los suelos sin aparentemente ser una molestia para ellos. De sólo pensar en las ramas, pequeñas piedras, raíces y todo tipo de vegetación e insectos sobre el suelo se estremeció.
Todo el grupo de la emperatriz había quedado tan afectado con este ataque sorpresa, que no se percataron hasta mucho tiempo después que ni Bandido ni Ariel, el coatí, habían sido atrapados por estos hombres rudimentarios.

Tania estimaba que sería cerca del mediodía cuando de pronto los nideros dejaron caer las redes al suelo, desde un metro de altura. Los prisioneros dejaron escapar un quejido por el golpe recibido. Sin embargo, no se movían porque los nideros los apuntaban con lanzas en forma amenazante. Los tenían bajo una estrecha vigilancia y les gritaban continuamente en un idioma que jamás habían escuchado anteriormente. Una voz imperativa se impuso entre las demás a la distancia y de pronto los gritos de los hombres cesaron aunque continuaban apuntando las lanzas hacia los prisioneros.
La emperatriz y su gente pudieron ver como los nideros lentamente se apartaban de ellos formando un círculo amplio en ese claro del monte donde habían sido arrojados. El temor a un nuevo ataque les impedía moverse a pesar de poder ver claramente el espacio que les dejaban los indígenas. Con suma lentitud Erika comenzó a retirar la red que la envolvía bajo la vigilancia de estos hombres a unos tres metros de ella. Al verificar que la emperatriz no recibía ataque alguno, su gente comenzó a imitarla.
En pocos minutos se encontraron todos parados agrupados en el centro del círculo delimitado por estos hombres de mirada agresiva. Tania se acercó con precaución hasta la emperatriz y le solicitó permiso para intentar contactar con esta extraña gente. Erika aceptó la propuesta y Tania dio un paso al frente avanzando menos de un metro con respecto al resto. Con cierto temor en su voz logró decirles:
- Representamos al Reino del Valle de las Nieves. Hemos llegado pacíficamente. Necesitamos hablar con su líder.
Como toda respuesta un par de nideros se le acercaron amenazantes y a punta de lanza la obligaron a reunirse con el resto de su grupo.
Y entonces lo vieron. Era una figura siniestra. De gran contextura se acercaba lentamente haciendo crujir las raíces bajo su peso. Lucía una horrible máscara negra que simulaba el rostro de alguna figura animal primitiva de grandes ojos con la boca abierta. Sin embargo caminaba con suma confianza dominando su entorno con cada movimiento. Sobre su pecho lucía un lazo con un disco de metal macizo de unos doce centímetros de diámetro. En ese momento sólo se escuchó el cantar de las aves, pero por un segundo Tania se sumergió en el más estruendoso silencio que habría sentido en toda su vida. El hombre de la máscara levantó el brazo señalándola y ese gesto fue lo único que necesitó para que tres nideros se acercaran a ella y la arrebataran por la fuerza del grupo arrojándola al suelo, a sus pies.

Daniel no soportó la presión e intentó escapar del círculo pero fue inútil. Los nideros controlaban totalmente la situación y a punta de lanza arremetieron contra él cortando su brazo y pierna izquierda. El grupo de la emperatriz estaba prácticamente desarmado y totalmente rodeado.
El hombre retiró su máscara con lentitud y se la entregó a uno de los indígenas. Tania se permitió levantar la vista con suma precaución y observó las piernas musculosas del hombre que intempestivamente la tomó del rostro y la examinó como si se tratara de una presa. Con su mano le hizo girar la cabeza para observarla de perfil y luego la empujó provocando su caída de espaldas sobre el suelo. El hombre con una sonrisa siniestra comenzó a acercarse a Tania pero entonces se escuchó a pocos metros:
- ¡Ya basta! ¡Tenemos un trato!
La voz masculina era grave y decidida. Tania la buscó con sus ojos con desesperación sin poder creerlo. Era él. No tenía idea de qué hacía él ahí. Pero era Juan.
- Nosotros también teníamos un trato. No más invasiones por parte de Almeda. ¿Qué debo pensar sobre esto? – preguntó el nidero observando al grupo de la emperatriz.
- Ya le expliqué que no se trata de gente de Almeda, su Excelencia.
El hombre se acercó a Juan hostilmente y le dijo con tensión en su voz:
- Yo soy un hombre de palabra.
- Yo también, su Excelencia. – contestó Juan mientras le entregaba una bolsa de cuero mediana.
- Juan… – dijo Tania confundida y temerosa pero los indígenas no tardaron en recordarle que ella era aún prisionera.
Juan miró de frente al nidero y éste abrió la bolsa de cuero para extraer lentamente, una de las tantas monedas de oro. Sonrió y luego le preguntó:
- ¿Tan especial es?
Juan le mantuvo la mirada pero no le contestó. El hombre ordenó algo a los aborígenes que rodeaban a Tania y estos se abrieron paso incorporándose al grupo principal que rodeaba a la emperatriz y su gente. En ese momento Juan se acercó a Tania y le ofreció su mano visiblemente conmovido. Ella aceptó su ayuda y al levantarse sintió como los brazos de Juan la rodeaban en un abrazo tan fuerte que por un par de segundos no pudo respirar.
El momento fue mágico y hubieran deseado que durara toda la vida, pero esta sigue y no te espera. A veces incluso, te pasa por arriba. Eso fue justamente lo que sucedió porque Bandido apareció de la nada e intempestivamente se lanzó contra los indígenas cargando a Ariel sobre su lomo. Esta aparición desenfrenada confundió a los hombres y Daniel no dejó escapar la oportunidad. Tomó un cuchillo oculto en su bota y luego de herir a uno de los aborígenes tomó a uno de ellos inmovilizándolo contra su pecho mientras presionaba el frío metal en su cuello. Los hombres del grupo se revelaron y pronto comenzó una lucha que se detuvo ante la orden estruendosa del líder nidero. Los aborígenes dejaron de luchar y se replegaron alejándose de la emperatriz y sus hombres. El líder de esta tribu no desviaba la mirada de Daniel, quien sostenía al joven nidero con decisión y coraje. Tania mientras tanto logró acercarse a los animales y acarició el cuello del caballo. El coatí se le subió a los hombros en un instante.
- Estás cometiendo un grave error. – habló el líder.
- El error fue suyo al tomar como prisionero al ejército del Valle de las Nieves. – contestó Daniel con cierta agitación.
El aborigen intentaba moverse por momentos bajo los fuertes brazos de Daniel. De pronto habló en su lengua y Daniel se sintió obligado a presionar el cuchillo en su cuello para callarlo. Se sorprendió al escuchar al líder de los nideros decir al joven:
- No se hacen así las cosas, hijo. Tenemos un trato con Juan y no voy a dañar a estos hombres. – miró a Daniel y continuó – Siempre y cuando ustedes cumplan con su parte del trato.
Tomás parado a pocos metros de Daniel le indicó que percibía la verdad en el tono del nidero y Daniel resolvió soltar al joven quien cayó al suelo respirando compulsivamente mientras masajeaba su cuello. En ese instante Ariel saltó de los hombros de Tania para reprochar a Daniel:
- ¡Desperdiciaste tu oportunidad para vencer a estos asesinos! ¡Cobarde!
- ¿Asesinos? ¿Cómo te atreves a llamarnos así? – gritó el líder nidero.
- Porque han matado a mis amigos, mi familia, no hay coatí que haya sobrevivido…
El líder lo miró sonriendo con cierta soberbia. Sin contestar dirigió su mirada a Juan y le dijo:
- Voy a tratar contigo. Pero primero les voy a mostrar quien es el real asesino. Por favor, acompáñenme.

La emperatriz se alineó detrás de Daniel seguida por Tomás. Tania tomó la mano de Juan sin poder salir de su asombro y caminaron juntos por un sendero que sólo los nideros conocían como la palma de su mano. Atravesaron el monte con cierta facilidad, esquivando todo tipo de plantas y malezas. Los nideros los observaban con desconfianza y con razón. A todo esto, los representantes del pueblo de Almeda se habían sumergido en el más profundo de los silencios. Sin poder articular palabra alguna seguían las órdenes de Daniel al pie de la letra.
Luego de una hora de seguir este camino colmado de obstáculos naturales, el líder de los nideros se detuvo y al girar miró al ejército del Valle de las Nieves con una sonrisa misteriosa. Le dedicó una mirada especial a Ariel para luego volver a mirar hacia delante y a todo pulmón producir un cántico similar a un pájaro cubriendo la boca con ambas manos.
Nada sucedió y la expectativa del grupo se tiñó con cierta desilusión y un incipiente sentimiento de burla, que no duró demasiado tiempo. Un movimiento entre las ramas les llamó la atención y luego uno a uno fueron apareciendo sin ningún tipo de disimulo ni vergüenza. Más de diez coatíes llegaron corriendo por las ramas con gran alegría para recibir al líder nidero. Uno de ellos hasta intentó treparse a sus hombros. En voz muy baja, les dijo algunas palabras que nadie pudo comprender, a excepto claro de los coatíes. Eso fue más que evidente porque quedaron perplejos y se fueron en grupo hacia un costado examinando a los hombres con detenimiento. Y en ese instante se vieron.
Todo el grupo de coatíes corrió al encuentro de Ariel con una alegría desmesurada. Parecían estar haciendo un tipo de baile a su alrededor y sin pensarlo dos veces Ariel se incorporó a esa extraña danza con suma emoción. La emperatriz y su gente los miraba fascinados por el espectáculo.
Ariel festejaba con una energía renovada el reencuentro con su manada. Luego de varios minutos se acercó con prudencia al líder nidero y le dijo:
- Yo no entiendo. Esta es parte de mi familia, y muchos de mis amigos que hace tiempo los dimos por perdidos. No entiendo. No entiendo nada.
- En ese bosque rodeando al pueblo están en peligro de extinción. Gracias al pueblo de Almeda ya no quedan prácticamente recursos naturales en la zona. Por ello, cada vez que encontramos algún ejemplar en el monte los traemos a esta reserva natural. Aquí abunda la comida y tienen espacio suficiente para vivir sanamente sin resultar amenazados.
- ¿Cómo no volvieron a avisarnos? – preguntaba Ariel a sus pares. Ellos le explicaron que esta reserva está muy escondida en el monte. No les había resultado posible regresar, pero le aseguraban que eran sumamente felices y que nunca más habían sufrido hambre en este lugar. Para colmo, el nidero le dijo:
- No nos resultaba posible llegar hasta el bosque para rescatar a todos. Los almedinos nos atacarían sin ningún tipo de duda. Tienen armas muy poderosas. Allí no tenemos chance.
La emperatriz y su gente intercambiaron miradas y luego todos se dirigieron a Juan. Éste bajó la mirada sin dar explicaciones haciendo evidente el antiguo dicho: “el que calla otorga”. Paco, con algo de nerviosismo y mucho enojo, avanzó unos pasos para increparle al nidero:
- Lo que usted dice es un disparate. Nosotros no somos asesinos. Ustedes han matado a unos cuantos hombres nuestros. Jamás mostraron piedad. No se de que se quiere disfrazar ahora, pero yo se positivamente que nuestro gobernador ha dado todo por su pueblo y por defender la paz.
- ¿Defender qué? Usted no sabe de lo que está hablando.
- ¿Usted va a decir que no mató a ningún almedino?
- Fue por defensa propia. Por defensa de mi gente. Por defensa del monte.
- ¿De qué habla?
- Es evidente que no lo sabe. Ya lo entenderá. – Hizo una pausa para dirigirse a Ariel diciéndole – Si lo deseas te podés quedar aquí con tu especie. Podrás vivir en paz y tranquilidad.
Ariel se quedó pensativo por un momento y luego comenzó a correr en círculos tratando de atrapar su cola. En un momento se detuvo y contestó:
- Tengo que volver por los demás. Los traeré a todos.
El nidero sonrió y le dijo:
- Como desees. – miró luego al grupo que estaba aguardando y le pidió que lo siguieran.
Esta vez la caminata no fue tan larga pero todos estaban agotados tanto por el esfuerzo físico como también por los momentos de tensión que habían experimentado. El nidero que había estado bajo los brazos de Daniel, lo miraba por momentos con cara de pocos amigos.
Para sorpresa de todos, el monte comenzó a aclarar y los árboles se hacían cada vez mas escasos. Era como si algo los hubiera arrancado. La tierra estaba revuelta y de pronto los primeros en llegar se quedaron detenidos por el horror viéndose empujados por aquellos que los seguían.
Se podían ver muchas hectáreas totalmente desforestadas. Todo allí estaba muerto. Los viejos troncos cortados con hachas y sierras habían quedado como pequeño pigmeos testigos de la barbarie. La emperatriz se adelantó para observar con seriedad y detenimiento el paisaje desolador. El campo abandonado a su suerte parecía no tener vida sin los árboles. Sólo se podía observar tierra árida y esos viejos troncos masacrados.
- Esta es la obra de los almedinos. De vez en cuando encontramos este tipo de escenario, a pesar que tomamos todos los recaudos por defender nuestras tierras. La agresión en los últimos años fue feroz. Cuentan con tecnología poderosa, pero no pueden con nuestra fuerza, nuestro temperamento, nuestra pasión por la vida. – se detuvo un momento para observar sus reacciones y luego continuó diciendo – Tenemos un trato desde hace un par de años. El gobernador se comprometió a no impulsar nuevas invasiones a nuestras tierras, pero es claro que en oportunidades tenemos gestiones particulares. No nos queda más alternativa que combatirlas.
Paco se acercó a Erika y le dijo:
- ¿Qué significa esto? No estaba al tanto de esta situación. Yo me dedico a la agricultura, lo sabés muy bien. – expresó mirando por un momento a Erika – Es Manuel el dueño de la única maderera del pueblo. Nos explica que sus hombres la buscan en los límites del bosque. Con ella construimos nuestros hogares, utensillos, bueno, casi todo lo que tenemos.
El nidero pasó por al lado de Paco mirándolo con desprecio para acercarse a la emperatriz y decirle frente a frente:
- Ahora bien, emperatriz. Es un gusto conocerla personalmente. – Ella lo miraba con atención sin decir palabra alguna – Debe saber que usted y su ejército están vivos gracias a la gestión de Juan. No permito que nadie ingrese a mi reino. Él me prometió que ustedes serían incapaces de hacerle daño a mi monte, y que sólo necesitaban llegar al Río Grande. – Luego de una pausa agregó – Debe entender que tuve que detenerlos cuando comenzaron a dañar la vegetación.
Ella le contestó entonces mirándolo a los ojos:
- Es un honor que nos haya recibido en su reino, su excelencia. – Él bajó levemente la cabeza en aceptación de sus palabras y ella continuó diciendo – No fue intención nuestra ofenderlo dañando el monte. Sentimos su presencia y fue la única alternativa que se nos ocurrió para llamar su atención y que se dejaran ver.
- No se preocupe. Juan ya ha pagado por los daños que ocasionaron. Sin embargo, tenemos mucho que conversar. Me gustaría que pasaran la noche en nuestro centro. Estoy seguro que quedará fascinada.
- No lo dudo. – dijo Tomás apoyando su mano sobre el hombro de la Emperatriz.
El nidero sonrió mostrando sus dientes blancos muy separados entre sí y ordenó a sus hombres el regreso a sus hogares. El ejército comenzó a seguir al grupo de aborígenes tratando de no perderles el paso, lo cual francamente no era sencillo. La agilidad de esos hombres era realmente asombrosa.

Después de avanzar hacia el este por varios kilómetros los hombres comenzaron a dispersarse entre sí con rostros de alegría. Sin dudarlo comenzaron a trepar a los gruesos troncos de los árboles con gran agilidad. Fue entonces cuando la emperatriz miró hacia arriba y se quedó paralizada ante lo que veía. En la parte alta de los árboles, a unos quince o veinte metros de altura, los aborígenes habían construido sus viviendas, con ramas, raíces y tierra compactada. La ciudad estaba en las ramas de los árboles como si se tratara de aves. Era evidente que toda la vida era al aire libre. Algunas mujeres comenzaron a bajar por los troncos y se acercaban con curiosidad a los soldados de la emperatriz. No tardó mucho para que Erika se diera cuenta del origen del nombre que se les había dado a estos aborígenes.
Las mujeres nideras les ofrecían alimentos y agua potable. Juan les explicó que esta gente también vivía del agua de lluvia. Sucedía que la naturaleza en esta área era más benévola y tenían mayor cantidad de lluvia al año, así como gran cantidad de árboles frutales a disposición, por lo que raramente la falta de agua representaba un problema para ellos.
Sin embargo, se habían mostrado interesados en colaborar con la construcción de un conducto para el agua. De alguna manera, pensaban que esta obra podría representar la solución para encontrar la paz entre los dos pueblos. El más firme interés de los nideros era la protección del monte. Ese era su lugar y representaba todo lo que ellos eran, todo lo que amaban y lo único que deseaban. Allí habían encontrado la felicidad.
- Si sabías todo esto, ¿cómo pudiste aliarte a Manuel Almeda? – preguntó Tania a Juan con cierto tono de desilusión en su voz.
- Explícame algo por favor: ¿Vivirías en una cabaña en el bosque, sabiendo que colaboraste para mantener un tratado de no agresión entre dos civilizaciones o por otro lado, vivirías colgada de una rama sin tomar participación?
Ella lo miró con cierto enojo y mucha confusión. Sin saber dar una respuesta coherente, ni queriendo dar el brazo a torcer, se alejó de él aproximándose a los hombres de la emperatriz. Juan se sintió ofendido después de todo lo que había hecho por ella y se sentó a los pies de un árbol. Allí fue donde la emperatriz conversó con él. Estaba plenamente segura de que este hombre tenía la información necesaria para que ella alcanzara con éxito su objetivo. Daniel se quedó a pocos metros custodiándolos mientras observaba como Tomás con gran alegría trepaba por los troncos feliz por la compañía de las nideras que no tardaron en rodearlo entre risas contagiosas.
Al momento en que ella se aproximó, Juan le dijo con tranquilidad:
- Estaba seguro de que en algún momento tendríamos este encuentro.
Ella sonrió cortésmente y se sentó a su lado. Luego de un breve momento contestó:
- Entonces ya tenés pensado que decirme. Soy toda oídos.
Él se sintió complacido y sin rodeos comenzó a explicarle:
- Como ya imaginarás, no soy un almedino y tampoco soy un nidero. De hecho tampoco pertenezco a tu reino.
- Pero imagino que tendrás algún origen. – comentó ella en un tono inquisidor.
- Imaginas bien. – Hizo una pausa y luego comenzó a relatar tomándose su tiempo – Nací en un reino muy lejano de este lugar. Tiene hermosas planicies verdes a partir de la primavera y blancas a fines de otoño. El castillo de mi Señor está ubicado a orillas de un lago cristalino donde nadan peces de todos los colores que puedas imaginar. Cerca de este lugar estaba mi casa, al ingreso de un bosque frondoso con cantidad de aves y diferentes animales típicos del lugar. Pasaba algún tiempo en esta cabaña, pero la mayoría de mis días transcurrían en el castillo de mi Señor. Éramos muy unidos porque nuestras madres eran muy amigas desde hacía muchos años y prácticamente nos criaron juntos. Claro que al crecer, él tendría un destino diferente al resto. Con los años tomó el poder del reino, y yo me convertí en su fiel servidor. Lo asesoraba en ciencias, filosofía, política de estado, muchas áreas. La fortaleza de mi Señor se mostró desde el primer momento. Se convirtió en un gran guerrero reconocido en todo el territorio y a medida que pasaron los años el reino fue incorporando nuevas tierras. Tomaba los pueblos y los transformaba en anexos a nuestro reino, muchas veces por la fuerza. Era temido, amado y respetado por todos. Después de tantas conquistas un buen día llegamos al mar, y ese día creo que fue el principio del fin. Mi Señor no sólo contaba conmigo en su círculo más cercano, sino que también estaba Katrina. Ella organizaba su ejército. Es una mujer admirable por su destreza en el campo de batalla y no sólo eso: tiene una estrategia militar intachable. Con su sed de conquista convenció a mi Señor de navegar por los mares en búsqueda de nuevos territorios. Obviamente todos seguimos sus ideas y nunca pudimos volver a nuestros hogares. Sé muy bien que él luchó hasta el final pero fue imposible. Una tormenta siniestra lo arrastró a las profundidades del mar y jamás lo encontramos. Perdimos su embarcación con unos cuantos hombres a bordo. A los pocos días, la tormenta cesó y sólo nos quedó ese gusto amargo de la tristeza. O al menos ese fue mi sentimiento. Katrina nunca se rindió. Bajo sus órdenes y justo tres días luego de la pérdida sufrida avistamos tierra. Eran unas playas maravillosas. Creo que ella sigue buscándolo sin lograr comprender que lo hemos perdido. Sometimos a un par de pueblos a nuestro paso, pero yo decidí seguir mi camino solo. Nos despedimos en buenos términos. – Hizo una pequeña pausa y agregó – Hasta me regaló su caballo, Bandido. – Sonrió levantando la mirada hacia el animal y siguió explicando – Jamás lo pude montar. Supongo que me detesta por haberlo separado de ella.
- Este ejército. ¿Dónde se encuentra?
- Te darás cuenta que no puedo delatar a mi gente, ¿verdad?
- ¿Por qué los abandonaste?
- Porque yo le era fiel a mi Señor. Katrina jamás podrá ocupar su lugar para mí. No tenía sentido seguir conquistando territorios si él no estaba. Por otro lado, no estoy de acuerdo con sus métodos. Yo aún creo en el poder de la diplomacia. – hizo un breve silencio y luego agregó – Quería tener una vida tranquila.
La emperatriz se quedó pensativa y luego le escuchó decir:
- Y la tenía. Hasta que un día conocí a Tania en el bosque.
Pareció que Erika iba a preguntar algo pero guardó silencio al ver al líder nidero aproximándose en su dirección junto con el aborigen que había sido rehén de Daniel. Tomás y Paco se acercaron para poder escuchar la conversación.
- Juan ya me ha explicado que necesitan abastecer de agua la aldea. La única forma para lograrlo es construyendo un canal desde el río. Podrán partir mañana hasta el caudal. Mi hijo Maiko les servirá de guía.
La emperatriz sonrió por un momento sin estar segura de poder confiar en las palabras del nidero. Entonces le preguntó:
- ¿Por qué estaría dispuesto a aceptar el canal?
- Porque ni voy a cargar con la responsabilidad de la muerte de esa gente, ni voy a aceptar que invadan mis territorios en búsqueda de agua. El canal es la mejor solución para ambos. Además, ambos pueblos podrían darle uso. Por supuesto, hay una condición.
- ¿Cuál es?
- Almeda no puede seguir en el poder. No puedo confiar en él.
- No se preocupe. – contestó Paco para sorpresa de todos. – Me encargaré yo mismo de ese tema en cuanto regresemos al pueblo.
El nidero y la emperatriz conversaron por casi una hora. Él se mostró interesado en integrar una alianza de territorios y le pareció que la emperatriz tenía la neutralidad necesaria para asegurarse de que la gente de Almeda no tomaría ventaja de la situación. La charla fue muy amena y fructífera, Erika también tomó algunos consejos del aborigen para sobrevivir en el monte los próximos días, además de prestar atención a las indicaciones que le daban para tomar el camino más corto al río.
Tomás debería haber sido el más feliz ante la perspectiva de llegar finalmente al río, sin embargo se mostraba reservado y con la mente en algún lugar lejano.

Durante la noche, el pueblo nidero organizó una fiesta en honor al ejército del Valle de las Nieves. Estaban planificando por anticipado una paz duradera con el pueblo vecino y además iniciando proyectos para la libre disponibilidad de agua en sus tierras. Paco sorprendentemente acordó varios proyectos con los nideros y hasta pensó en un sistema de irrigación para sus tierras. Era el comienzo de una etapa próspera. La emperatriz y su gente quedaron asombrados al ver el banquete basado en frutas y verduras, algunas de ellas salvajes. El monte era una fuente inagotable de alimentos. Algunos nideros comenzaron una danza rítmica en círculos bajo el canto de los más jóvenes. Fue una noche que ninguno de los presentes olvidaría en sus vidas.
Al finalizar la ceremonia, la gente del valle se sorprendió al observar como con suma destreza los nideros treparon a los árboles y de a uno o en pareja se acomodaban en los nidos que habían construido en las alturas. Hasta los niños tenían su propio lugar asignado en los árboles.
La emperatriz por su parte, junto con sus hombres, continuó con su ritual de dormir sobre el suelo ubicados en círculo con guardias rotativas, encargadas de alarmar ante cualquier tipo de peligro o amenaza.
Al día siguiente se despertaron muy temprano con los cantos de las aves y la propia actividad del pueblo nidero. Ellos pasaban gran parte del día recolectando frutos, construyendo utensillos rudimentarios, atendiendo a los niños, construyendo sus nidos, cazando o simplemente disfrutando de la naturaleza desde lo alto de alguna rama.

El entusiasmo por iniciar el camino al río los contagió a todos, excepto a Maiko, que no estaba plenamente convencido de acompañarlos. Sólo el respeto por su padre, lo mantenía junto a ese grupo de soldados. Tania y Juan iban caminando juntos en silencio hasta que ella tomó su mano y él la miró con cierta ternura. Al cruzarse las miradas ella le dijo:
- Erika me lo explicó todo.
Él la siguió mirando sin contestar y ella continuó diciendo:
- Podemos intentarlo.
- Te amo pero no puedo enfrentarme a mi pueblo. No me pidas eso.
Ella suspiró por un momento y luego le contestó:
- Cuando llegue el momento, veremos cómo manejarlo. Lo único que se, es que no puedo ni quiero dejarte ir.
Él sonrió y la besó con pasión ocasionando los gritos de alegría de la tropa. Ella lo empujó pero al separarse ambos comenzaron a reír y luego siguieron por el camino bajo la mirada de desaprobación de Daniel.
En ese preciso instante fue cuando Erika observó detenidamente a Tomás. Hacía días que lo notaba extraño y lejano. Algo en el interior de su alma le decía lo que iba a ocurrir, aunque no imaginaba de qué forma. La emperatriz se acercó y le preguntó sin rodeos:
- ¿Llegó el momento de hablar?
- ¿De qué hablas? – preguntó él.
- No tenés que seguir fingiendo. Me doy cuenta de que te pasa algo. – El guardó silencio y ella continuó – Necesito saber Tomás.
- Me han llamado. No sé cuánto tiempo me queda ni cuándo va a ocurrir. – explicó él angustiado.
- Pero será pronto. – contestó ella con seriedad.
Él asintió y luego de un momento preguntó:
- ¿Cómo lo sabías?
- Te conozco desde que tengo memoria. No es necesario que me expliques con palabras. ¿Tiene que ver con tu don, verdad?
- Así es.
- ¿Tuviste una visión?
- Sí.
- ¿Por qué no me dijiste? ¿Por qué esta vez es diferente?
- Me dijeron que tengo que dejarte ir. – contestó él con una sequedad inusual en su voz.
- Bueno, pero podes volver. – comentó ella sin tomar conciencia del significado de las palabras de Tomás.
- No me entendes. Me dijeron que ya había cumplido mi misión.
Ella se sobresaltó comprendiendo en ese instante la magnitud de estas palabras y guardó silencio. Luego se adelantó a la tropa, quedándose junto a Daniel sin emitir sonido alguno. Tomás no estaba seguro si había manejado bien la situación y no sabía si detenerla y seguir conversando con ella, si abrazarla o callar, lo único de lo que estaba seguro era que había hecho lo mejor que él podía.

La noche los atrapó y descansaron todos en el lugar indicado por Maiko. El muchacho conocía perfectamente la zona, pero así y todo Daniel no dejaba de prestar atención y marcar el camino disimuladamente. Erika se había recostado sobre la hierba intentando cerrar sus ojos, cuando sintió la proximidad de Tomás y giró a su encuentro. Se abrazaron por largos minutos y él le besó la frente, sus ojos, sus labios. Entonces le dijo con un tono desesperado:
- No se cómo lograré hacer esto, pero de alguna manera u otra estaré siempre en tu vida y te juro que encontraré la forma de que puedas sentir mi presencia. Te pido que me prometas algo. – Ella lo escuchaba con suma atención – Prometeme que siempre vas a escuchar tu corazón. Escucharlo de verdad. Por más que parezca una locura. Seguí ese instinto, hacelo crecer y nunca dejes de soñar. Toda magnífica obra fue sólo un sueño alguna vez. Seguí tu corazón, tendrás la inteligencia y la ayuda que necesites para sortear cualquier obstáculo.
Ella lo abrazó y una lágrima escapó corriendo por su mejilla. Entonces le dijo:
- Nunca voy a poder olvidarte.
- ¡Más te vale! – contestó él con una sonrisa provocando la risa de ella mezclada con algunas lágrimas.
Se despertaron abrazados al día siguiente cuando Daniel los llamó para seguir el camino. Maiko aseguraba que el río estaba sólo a un par de horas de ese lugar.
Siguieron avanzando con decisión por el monte doblando entre los árboles, quitando ramas que impedían el paso hasta que pronto quedaron todos inmovilizados por el sonido. Sí, era el río.
Apuraron la marcha a pesar del cansancio y con gran alegría se maravillaron con la fuerza y el caudal del Río Grande.
El agua separaba el monte en dos costas con una potencia sin igual. Paco gritó de alegría y se acercó a la orilla. La costa era rocosa mezclada con arena y arcilla mientras que las aguas verdosas desplegaban el reflejo del sol sobre la superficie. La tropa entera festejó y hasta Maiko sonrió por primera vez desde que lo conocieron.
- ¿Y ahora? – preguntó la emperatriz a Tomás.
- Tengo que ir al mar. – comenzó a caminar en dirección al río y ella se quedó mirándolo sorprendida. De pronto él giró y dijo – Siempre estaré con vos y encontraré la forma de hacértelo saber.
- ¿Qué está haciendo? – preguntó Tania con preocupación.
El agua había subido a sus rodillas cuando una luz potente en el río despertó la atención y temor de todos ellos. De un momento a otro Tomás se vio envuelto por una gran luz que lo consumía y cegaba a los presentes con su fuerte resplandor. A los pocos minutos, esa luz blanca se redujo llevándose a Tomás con ella y desapareciendo a gran velocidad bajo las aguas, en dirección al mar.

Erika se dejó caer de rodillas en la orilla del río sin lograr reaccionar. Tania se acercó a las aguas bajo un manto de incredulidad, mientras que Daniel intentaba calmar a los hombres que ahora temían acercarse al río.
- Él va a estar bien, Erika. – le dijo Tania mientras la abrazaba torpemente.
- Lo se. – contestó la emperatriz. – Lo se. – hizo un silencio y luego le dijo – Por favor, encargate de todo. Necesito estar sola.

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