Los hombres estaban totalmente desestabilizados luego de presenciar la desaparición de Tomás bajo las aguas misteriosas de ese río desconocido. Hasta Maiko se alejó aterrorizado de la orilla exclamando palabras incomprensibles para la guardia de la emperatriz. Daniel les ordenó silencio y que mantengan su posición hasta nuevas indicaciones pero por primera vez en todo el viaje, por no decir en toda su trayectoria militar, los hombres parecían no reconocer su autoridad. Para su humillación, Tania cometió el error de intentar razonar con los soldados cuando claramente ésta no era su función. De esa manera la figura de Daniel quedó totalmente reducida sin posibilidad de recuperar el control de los hombres. La guardia se comenzó a diseminar en la zona, discutiendo entre ellos y formando pequeños grupos de alianzas donde los líderes quedaron al descubierto.
Daniel giró la cabeza buscándola y la encontró. Ella permanecía sentada sobre un pequeño montículo de tierra alta a orillas del río con la mirada perdida en las aguas turbulentas. La llamó a viva voz pero ella no respondió, ni siquiera dio muestras de haberlo escuchado y tal vez era así. Quizás estaba tan recluida en sus pensamientos que nada ni nadie podía llegar a conectarla en ese preciso instante. Daniel miró a la tropa y con toda su fuerza clamó por el orden y el respeto que se merecían como representantes del Valle de las Nieves pero en respuesta dos líderes lo enfrentaron y Daniel no tuvo más remedio que desenvainar su espada reluciente.
- ¡Erika! – gritó de pronto Tania con desesperación.
Los soldados bajaron sus armas inmediatamente enfocaron sus ojos en dirección al río. Daniel giró para verla y el corazón se le detuvo en ese preciso instante. La emperatriz había comenzado a caminar abandonando la costa, entrando en las aguas e internándose cada vez más en el gran caudal. Los hombres se reunieron generando un gran murmullo y al agolparse, Daniel les ordenó enérgicamente que guarden la formación original. Esta vez la tropa cumplió con la instrucción recibida. Tania le gritaba desde la orilla:
- ¡Esto es una locura! Volvé por favor. No vayas más profundo. ¡Regresa ya mismo!
Daniel se quitó el pesado cinturón y lanzó la espada al suelo para luego comenzar una carrera hacia el río en un momento de arrojo para salvar a su emperatriz a cualquier costo. Los hombres volvieron a romper filas en ese instante para poder observar mejor lo que estaba por ocurrir.
Al momento en que el agua trepaba por la cintura de Daniel, él logró alcanzar el brazo de Erika y la retuvo por la fuerza, acercándola hacia él peleando contra la corriente que luchaba por llevarlos río abajo. Entonces ella giró y lo miró de una forma que Daniel jamás podría olvidar. Sus ojos estaban vidriosos y a la vez tan profundos que por un momento fue capaz de percibir el terrible dolor que había en su alma. Entonces ella le dijo:
- Rescatame del río y se el héroe para nuestro ejército. No puedo perder dos hombres en el mismo día.
- Eso no va a ocurrir, mi emperatriz.- le dijo él con cierta pena. La tomó en sus brazos y la sacó del agua en andas, caminando por la pequeña playa rocosa hasta dejarla con suavidad en tierra firme.
Los hombres serios y en silencio lo observaban con admiración y respeto. Tania se acercó con furia pero se guardó las palabras bajo la mirada penetrante de Juan, pensando que ya habría un momento para decirle lo que pensaba sobre lo ocurrido. La emperatriz a los pocos minutos se incorporó y en tono alto dijo:
- Daniel, gracias a tu heroísmo, aún nuestro pueblo guarda una esperanza. – observó con detenimiento a sus hombres y ubicó los dos líderes que habían iniciado la revuelta. Entonces con un simple gesto les indicó que dieran un paso al frente. Se acercó a ellos y les dijo con firmeza:
- Ambos lograron mantener unido el ejército y salvar sus diferencias por mi causa, nuestra causa. En agradecimiento, Julio, estarás a cargo de la construcción del canal. Mientras que vos – agregó girando su cuerpo en dirección al otro hombre – Pablo, deberás llevar la transición de poderes del Gobernador Almeda a favor de Paco. Podrás seleccionar tres hombres nuestros y serás acompañado por los aldeanos, incluyendo a Maiko, que será testigo para dar fe ante su padre del cumplimiento de nuestra palabra. – Terminó la frase mirando a Juan. Luego continuó diciendo – Al finalizar deja cinco hombres en el destacamento del bosque y envía cinco más a la aldea. El resto deberá venir hasta aquí para trabajar en el canal.
Los hombres bajaron la cabeza por un momento en señal de respeto y ella se alejó caminando hacia Tania. Inmediatamente, Daniel procedió a coordinar las acciones con sus hombres.
Juan la estudiaba con cierta desconfianza mientras que Tania totalmente descolocada en cuanto la vio lo suficientemente cerca de ellos comenzó a decirle:
- ¿Por qué hiciste semejante cosa? ¡Podrían haberse ahogado los dos!
- Esas aguas no son peligrosas. No son las responsables de lo ocurrido y no había otra manera para poder reorganizar el ejército.
- ¡Nada de lo que decís justifica lo que hiciste! ¿Y cómo se te ocurre premiar a esos dos revoltosos?
La emperatriz parecía que iba a sonreír pero no lo hizo, y en cambio sólo dijo con mirada triste:
- Tranquilizate ya. Estoy bien. En cuanto a esos revoltosos, es reconocer formalmente lo que en la práctica se han ganado. Creeme, no los he premiado. De esta manera serán fieles al imperio, estarán pensando en sus propios proyectos y además separamos las funciones de ambos.
- ¿Qué se supone que haremos ahora? – preguntó Juan.
- ¿Haremos? – repreguntó la emperatriz en un tono sarcástico que expresaba claramente sus sentimientos.
El hombre guardó silencio demorándose más de la cuenta en decidir las palabras adecuadas como respuesta hasta que finalmente contestó diciendo:
- Sí, qué haremos. A estas alturas no pienso abandonarlos. Estás mandando a un grupo a la aldea y otro está asignado a la construcción. Entonces, ¿qué se supone que haremos nosotros?
La emperatriz lo miró con cierto desdén y no contestó su pregunta. En cambio miró a Tania y luego de palmear su hombro le preguntó en voz baja:
- ¿Podrás manejarlo? Realmente necesito un momento de tranquilidad.
- Por supuesto. – le contestó Tania justo en el preciso instante en el que Daniel se acercaba a ellos. Los ojos de Daniel se dirigieron a la emperatriz sin ningún tipo de disimulo. Él estaba dispuesto a dar su vida por ella y por una u otra cuestión sentía que él nunca llegaba a estar a la altura de las circunstancias y siempre era ella quien finalmente hacía mucho más por él. Por algún motivo, siempre se encontraba en deuda y no encontraba manera de saldar sus cuentas.
Se acercó a ella mientras que Tania y Juan se volvían al camino principal.
- Mi emperatriz, no tengas temor por Tomás. Él fue al agua por su propia voluntad. – En ese preciso instante ella lo tomó de la mano y lo abrazó llorando sobre su pecho en total desconsuelo. Él se quedó inmóvil, prácticamente sin respirar aguardando que la emperatriz recupere su compostura. Luego de un breve momento que él sintió como una eternidad, ella retrocedió unos pasos limpiando las lágrimas de su rostro.
- Mi emperatriz, ¿qué puedo hacer por vos?
- Ya lo hiciste. Necesito tiempo para pensar. No estoy para nadie. Por favor, verifica que se cumplan mis órdenes.
- Sí, mi emperatriz, todo se hará tal como ordenaste. – Se estaba por retirar cuando recordó y le comentó – Junto con Pablo enviaremos también al coatí. Así puede reunirse en el bosque con los suyos. El caballo es de Tania pero está con los nideros. ¿Qué hacemos con él?
La emperatriz lo miró por un momento y luego le contestó con cierto desinterés:
- Resuélvanlo.
- De acuerdo. – contestó él y giró para retirarse cuando ella lo llamó por su nombre y él entonces se detuvo sin dar la vuelta.
- Vigila a Juan.
- Sí, mi emperatriz. – Finalmente Daniel se retiró y ella con lentitud se acercó a un árbol cerca del río. Acomodó la hierba a los pies del tronco y tomó asiento totalmente apesadumbrada y agotada. “Tomás” se repetía una y otra vez. “Me trajiste a este río para dejarme aquí. ¿Por qué, Tomás? ¿Por qué?”
Los días fueron pasando uno a uno y pronto comenzaron los preparativos de la gran obra que debían construir para que el agua fluyera atravesando el monte y llegara al pueblo de Almeda. Por su parte, en el pueblo se generó una gran revolución con la llegada de Paco y sus hombres junto al joven nidero. El gobernador no se tomó la molestia de presentar excusas y ante la exposición pública tuvo que huir de la plebe totalmente exaltada. En las calles se festejaba ya con anticipación una paz duradera con el pueblo nidero.
Los días se transformaron en semanas, y las semanas en meses. Pero la emperatriz continuaba a orillas del río sin aceptar la visita de nadie bajo la estricta custodia de Daniel, quien no dejaba acercar a persona alguna. Tania y Juan habían intentado varias veces aproximarse pero fue totalmente inútil. Llegó un momento en el que él comenzó a insistir a Tania que emprendieran el regreso a su haras a orillas del bosque noroeste, pero ella se negaba a abandonar la misión.
Un día temprano, al despertar, Tania decidió que ese sería el día, ningún otro salvo ese. No debían quedarse allí ni por un minuto más. En esa mañana soleada aunque algo ventosa, ella estaba sentada a orillas del río. Mientras miraba los pequeños saltos del agua al correr su mente, no paraba de funcionar por un solo segundo:
“Dioses de las aguas, tierra, aire y fuego, ayúdenme a encontrar el camino a seguir en este momento de tinieblas. No me abandonen ahora. ¿O es que mi misión terminó aquí con él? Se suponía que yo tenía que llegar hasta aquí y ¿nada más? ¿No hay nada que pueda hacer para proteger a mi pueblo? ¿Todo esto fue inútil? ¿Nada sirve? ¡Denme una señal!”
- ¡Erika!
“Necesito una señal, algo que me de fuerzas. Sin él me siento débil. Por favor Dioses de las aguas, tierra, aire y fuego, denme una señal.”
- ¡Erika! Daniel, vas a tener que matarme hoy, porque no me voy. ¡Erika! – la lucha entre Tania y Daniel era despareja pero así y todo el guerrero tenía que ser cuidadoso con esta dama decidida a cualquier cosa con tal de acercarse a la emperatriz.
Daniel miró por sobre su hombro y entonces vio a la emperatriz de pie, a unos veinte metros del lugar, observándolos con cierta frialdad hasta que de pronto, bajo un simple gesto con la cabeza le ordenó permitir el paso a Tania, quien furiosa se acomodaba sus ropas. Antes de partir le dio un buen golpe en el estómago y luego comenzó su marcha hacia Erika con una energía que hacía tiempo no sentía. Daniel podría haberla detenido con facilidad si así lo hubiera querido, pero comprendía perfectamente los sentimientos de Tania y a su vez guardaba la esperanza de que ella lograra su cometido.
En un arrebato sin precedentes, Tania se acercó a la emperatriz caminando con furia en forma tosca hasta enfrentarla a unos pocos metros. Erika no pudo evitar recordar el momento en el que junto a Tomás habían ido en su búsqueda. Cuando la vieron en aquella oportunidad también se acercó a ellos de esa manera. Sólo que ahora había algo más en ella. Aún no podía descifrarlo, pero Tania ya no era la misma que había comenzado la travesía.
- ¡Me queres explicar de que se trata todo esto! – Le gritó más que preguntarle y continuó diciendo – ¡Ya han pasado más de tres meses que estás en total aislamiento y esperando! ¡Esperando qué! ¡Decímelo! ¡Decímelo ahora! ¡Porque yo estoy esperando con vos! ¿Te olvidaste de todo? ¿Te olvidaste del reino? ¡Te olvidaste de quién sos! ¡Yo te lo voy a recordar!
La emperatriz la miraba sorprendida y en silencio. Jamás la había visto a Tania de esta manera, totalmente descontrolada y a los gritos.
- ¡Sos la persona que me vino a buscar para salvar nuestro reino! ¿Dónde está ahora esa persona? ¡¿Dónde?! ¡Por poco muero en la montaña, nos atacaron animales, sobrevivimos la travesía por el bosque, conquistamos la aldea, nos aliamos con los nideros, llegamos al río … todo para que te dejes vencer! ¡Te dejas vencer antes de haber luchado! ¡¿No aprendiste nada de Tomás?! – de pronto giró dándole la espalda, con las manos en la cintura y el rostro hacia el sol en un gran suspiro sabiendo que se había extralimitado. Llenó sus pulmones de oxígeno con una gran bocanada de aire. Miró hacia el suelo por un momento intentando calmarse y luego giró con la intención de seguir hablando pero guardó silencio al encontrarse a corta distancia de la emperatriz. Erika se había aproximado a ella en ese momento y le dijo con tranquilidad:
“Desde el cielo caerá el mensaje de libertad, y ella lo creerá.
Más será por tierra y mar que la alcanzarán.
Su gente será una y podrá cambiar, pero sólo uno de ellos es inmortal.
El heredero al final reinará.”
- ¿Qué es eso? – preguntó Tania confundida.
- Es la revelación que me enseñó el anciano, el día de la ceremonia. – Contestó la emperatriz. Tania la escuchó mientras meditaba estas palabras. Entonces Erika continuó diciendo:
- Sabes que a medida que transcurre el tiempo estas frases que parecían no tener sentido en un primer momento, se van transformando en realidad. – Se percató de la confusión en la expresión de Tania entonces continuó diciendo – Fue el viejo cóndor desde los cielos quien me hizo ver otra realidad y me inspiró este sentimiento de libertad. Le creí, a pesar que este animal ni siquiera era libre. Avanzamos por tierra y luego Tomás insistía en llegar al mar. Nos hemos unido nosotros como grupo y hemos hecho alianzas con otras dos culturas, conformando un único reino. Me dicen que su gente podrá cambiar y ya lo creo. Mirate.
La reacción de Tania fue inmediata. Su cuerpo se contorsionó como si le hubiera dado un escalofrío. Y con ojos grandes continuó escuchando a la emperatriz sin hacer comentarios:
- De ser una mujer calma solitaria e introvertida, enfrentas los guardias reales, arrastras a tu amante por los caminos del imperio e increpas a los gritos a tu emperatriz. – En ese punto de la conversación bajó Tania la mirada sin estar plenamente segura de la respuesta que debía dar, pero Erika no le dio tiempo de contestar ya que continuó diciendo – Una mujer que ganó confianza, peso en el grupo, con una participación fundamental en nuestra travesía. Tu heroísmo me conmueve, tus contactos nos rescataron de la muerte o algo peor en el monte. Tu lealtad no tiene precio. En mi momento más sombrío fuiste la única que luchó por acercarse. – Hizo una pausa caminando lentamente por el terreno cercano a la orilla del río y Tania la acompañó totalmente aturdida. Erika era una caja de sorpresas.
- Él era nuestro guía Tania, no se hacia donde debemos dirigirnos. No puedo presentarme ante la guardia con estas dudas.
- Tampoco podemos continuar aquí. El enemigo se acerca cada día un poco más. Por otro lado, sí sabes hacia donde debemos ir. Tomás marcó el camino perfectamente ese día. Es sólo cuestión de tomar coraje.
- ¿Por qué los Dioses lo habrán reclamado? – preguntó ella apenada sin esperar realmente una respuesta.
- Porque tal vez pensaron que ya estás lista para hacer tu propio camino. – Y tomándola del brazo agregó con una sonrisa – Es hora de que lo demuestres.
Daniel sintió una alegría inmensa al verlas caminar hacia su lado con decisión integrándose al campamento principal donde se encontraba la tropa. No hicieron falta las palabras. Sabía perfectamente que reanudarían la marcha en poco tiempo, por lo que comenzó a alistar a los soldados y verificar el estado general de la situación. La noticia se transmitió de boca en boca a una velocidad asombrosa.
Esa noche la emperatriz cenó junto a su gente de confianza y permitió que Juan se sentara junto a Tania en el fogón principal compartiendo un lugar especial en su orden.
Mientras cenaban Juan comentó:
- El camino puede ser largo, pero es más seguro si continuamos bordeando el río. Será una cuestión de días, más estoy convencido que llegaremos al mar. Es mejor ir por aquí siendo un grupo más o menos numeroso.
- Doce personas no es un número grande. – contestó Daniel.
- Lo es si consideramos las provisiones que se necesitan. Estando cerca del río no nos faltará el alimento. La carga será liviana y podremos avanzar más rápido.
- ¿Y si preparamos balsas? ¿No llegaríamos más rápido por el río?
- No sabemos como es el curso de estas aguas más adelante. Sería un riesgo. – contestó Daniel.
- No creo que eso sea problema, si evitamos la corriente principal las aguas son tranquilas. – comentó Maiko.
- En un pueblo lejano existía un dicho que decía: “Porque las aguas estén tranquilas, no te confíes que no haya cocodrilos.” – le contestó Juan.
Y la emperatriz sonrió por primera vez en mucho tiempo. La cena continuó y el ambiente se relajó a medida que el alcohol corría por las venas de los comensales. Tania se acercó a la emperatriz y le dijo:
- El heredero reinará. Me pregunto qué heredero. No nos indica el resultado de nuestra misión. Puede ser tanto un heredero nuestro, como del enemigo. – guardó silencio con una expresión de preocupación en el rostro.
- Lo sé Tania, pero lo averiguaremos. Ya lo averiguaremos.
