Al día siguiente se levantaron temprano y Daniel se ocupó eficientemente de la organización de la tropa. Sin dudar tomó a uno de sus hombres y lo envió al valle para solicitar cinco guardias adicionales. Dejó a dos de ellos en el destacamento y ordenó al resto que se prepararan para marchar al pueblo. Daniel era excelente en su función, realmente se sentía como pez en el agua llevando adelante la tropa.
La emperatriz estaba feliz de poder por fin quitarse esos vestidos color pastel y lucir nuevamente su vestimenta de cuero y sus botas altas hasta casi las rodillas. Estaba ya un tanto ansiosa por la reunión que iba a mantener ese día y deseosa por escuchar cuanto antes la propuesta del gobernador Almeda. Antes de partir habló con Tania y acordaron que se volverían a encontrar por la noche para preparar su partida hacia el monte. Tomás, por su parte, decidió quedarse en el destacamento a la espera de todos ellos.
Erika y Daniel iniciaron el viaje hasta la aldea junto a la tropa. Al llegar, la gente del lugar salió a recibirlos prácticamente como héroes y dificultaron un poco su avance hasta la plaza principal. La gran multitud los acompañaba mientras que los soldados se mantenían recios vigilando todos los movimientos con seriedad. Al llegar al edificio principal, dos de los guardias acompañaron a la emperatriz y a Daniel al interior, donde inmediatamente los guiaron por un pasillo hasta un salón sencillo. Al ingresar se encontraron con el gobernador y cuatro asesores, Paco entre ellos, que los estaban aguardando de pie cerca de una mesa de caoba ovalada en el centro de la sala. Las paredes tenían un claro color amarillo y lucían unos pocos cuadros antiguos retratando los antepasados de la Familia Almeda.
Se detuvo por un momento para admirar el cuadro colgado en la pared como si fuera la primera vez que lo hacía. Se trataba de la figura de un caballo sorprendido en la pradera, capturado espléndidamente por el artista. Él se acercó con decisión y apoyó sus manos sobre el marco. Retiró la obra colocándola sobre el suelo con cuidado apoyada contra la pared, dejando al descubierto una caja empotrada. Marcó la combinación rápidamente y abrió la puerta. De a poco fue retirando su contenido apoyándolo sobre la sólida mesa de madera y en pocos minutos armó un bolso de cuero negro guardando en él un pliego sellado, una brújula, un disco de metal de diseños extraños, un cuchillo, su revólver con las municiones y algunas monedas de oro.
Levantó la vista sobresaltado al abrirse la puerta de entrada pero se tranquilizó al ver a Rodrigo, el encargado general.
- Señor, disculpe. Vengo a avisarle que Tania está en el portón principal. Desea verlo.
Él lo miró brevemente pero continuó ordenando su bolso sin responder, ante lo cual Rodrigo prosiguió diciendo:
- No le permití el acceso, tal como usted ordenó.
- Está muy bien Rodrigo. – contestó con seriedad.
El empleado dudó por un momento y luego agregó:
- Me dijo que desea despedirse de usted.
Juan golpeó la mesa de madera con el puño cerrado y con furia en los ojos dijo:
- ¡Ya impartí mis órdenes!
- Claro, Señor. – contestó casi en un susurro y comenzó a caminar para retirarse.
- ¡Rodrigo! – lo llamó Juan.
El hombre se detuvo y se quedó mirándolo pero Juan pareció arrepentirse e hizo un gesto para que se retire sin articular palabra. Rodrigo cruzó parte del campo bajo la mirada de Tania e ingresó a sus aposentos. Podía verla a través de su ventana y sintió algo de compasión por ella. Sin embargo, “órdenes son órdenes” pensó.
- Erika, perdón… Emperatriz, ¿tiene idea de lo que significa ingresar en el territorio de los nideros? – preguntó Paco asombrado de que la persona que hasta hace pocos días atrás era su empleada sea en realidad la emperatriz de la antigua leyenda.
- Es un territorio más. Tengo el ejército necesario para poder hacer frente a cualquier eventualidad. – contestó ella con seguridad.
El gobernador la observaba analíticamente y luego de mantener la mirada por un momento le dijo:
- Tres de nuestros hombres han desaparecido en ese territorio el año pasado. El resto de los que han intentado internarse han escapado de milagro, teniendo que huir del monte a toda velocidad. Los nideros son una civilización salvaje y guerrera. No tendrán compasión si los encuentran. – comentó uno de los asesores del gobernador.
- Nosotros tampoco. – contestó Daniel con una expresión dura.
- Necesitamos el agua de ese río. No podemos continuar dependiendo de la bondad de las lluvias. Estamos dispuestos a aportar algunos hombres y negociar sus condiciones. – expresó el gobernador.
- Yo me ofrezco personalmente para acompañarlos. – agregó Paco.
La emperatriz asintió y expresó:
- Siento la necesidad de aclarar que mi ejército sigue el mando de una sola voz. No puedo aceptar ni tolerar divisiones.
El gobernador Almeda y Paco intercambiaron ideas en una simple mirada y la emperatriz los interrumpió al continuar explicando:
- Cualquier voluntario del pueblo será bienvenido bajo las órdenes de Daniel.
Paco dudó por un momento pero finalmente aceptó acompañarlos bajo esas condiciones. No tardó sin embargo, en llegar el momento en que el gobernador expuso sus términos. Estos básicamente consistían en mantener sus derechos sobre el pueblo y la explotación exclusiva del canal de agua. Este último punto demoró mucho la negociación ya que en estas instancias era imposible poder discutir estas condiciones. Finalmente se aceptó que la construcción sería una obra en conjunto y a cambio aceptó formar una alianza estratégica y comercial con la emperatriz. Una vez iniciada la obra, es decir si la emperatriz cumplía con su objetivo de alcanzar el río, se permitiría la libre circulación entre ambos territorios y estaba dispuesto a firmar tratados de fidelidad al imperio más el pago de un canon trimestral. Muchos testigos participaron en la reunión, que luego fueron pasando uno a uno para firmar el tratado.
Daniel aprovechó también el momento para ofrecer algunos hombres a efectos de ocuparse de las tierras de Paco en su ausencia. Paco aceptó estos nuevos empleados acordando un jornal justo por las tareas a realizar.
Casi tres horas más tarde, el gobernador y la emperatriz salieron sonrientes caminando juntos por la puerta principal mientras que prácticamente todo el pueblo se encontraba esperándolos en la plaza. Manuel Almeda fue quien tomó la palabra y anunció a su gente que luego de años de angustia por la falta de agua, personalmente había logrado con su esfuerzo unir las fuerzas de dos pueblos para el bienestar general de su gente. Presentó entonces a Erika como la aliada que necesitaban para terminar con la sed de su pueblo y fundamentalmente explicando que este acuerdo era la respuesta a las oraciones de todos, representaba el fin de todas las desgracias.
Daniel se acercó a la emperatriz y le dijo por lo bajo: – Si fallamos nos van a seguir hasta el fin del mundo. Nos está haciendo absolutamente responsables por todo y para colmo se toma el mérito de habernos convencido de este proyecto cuando fue justamente lo opuesto.
Ella lo miró por un momento y luego le dijo con total tranquilidad:
- Él piensa que fallaremos, por eso se está cubriendo y aceptó prácticamente todas nuestras condiciones. Yo estoy totalmente convencida de que lograremos alcanzar con éxito nuestro objetivo, y está haciendo justamente lo que esperaba: nos entrega al pueblo. Volveremos triunfantes y tendremos a este pueblo en nuestras manos.
Daniel la miró sonriente y luego observó al pueblo festejando, ingenuo, las palabras de su líder.
Tomás se sentía mucho mejor, pero sus pensamientos no dejaban de fluir a toda velocidad. Tania se lo había anticipado de alguna manera. No podía dejar de pensar en todo lo que había ocurrido en las últimas veinticuatro horas. Ella pudo verlo antes que él mismo. O era que tal vez él no había querido darse cuenta y como dice la sabiduría popular: “No hay peor ciego que el que no quiere ver.”. Se preguntaba cuánto tiempo tendría hasta que perdiera definitivamente su cualidad física y se transformara nuevamente en energía. Se planteaba cómo podría explicarle todo esto a la emperatriz. Ni él mismo sabía realmente que iba a ocurrir, cómo o cuándo. Conocía a la emperatriz y las preguntas iban a llegar todas juntas sin poder encontrar respuesta. Por otro lado, se sentía tan seguro de que jamás iba a abandonarla como de que ya no podrían tener el contacto al que estaban acostumbrados. No tenía idea alguna de cómo sería su existencia de ahora en más y hasta dónde podría interactuar con ella. Tenía tanto que aprender y la incertidumbre lo teñía todo de sombras.
En el destacamento habían quedado muy pocos hombres y estaban descansando. El coatí se había subido a una rama y se encontraba totalmente dormido. Tomás decidió estirar un poco las piernas y fue caminando sin rumbo fijo hasta que se percató de estar cerca del haras de Juan. Sonrió por un momento al ver los caballos pasearse con tanta fuerza y elegancia para luego sorprenderse al descubrirla sentada con sus piernas cruzadas detrás del cerco de madera blanca. Se acercó sin prisa y ella escuchó sus pisadas cuando estaba a pocos metros. Tania lo miró con un gesto preocupado y luego se enderezó en su posición original mientras le decía:
- No me digas nada. Yo de aquí no me muevo hasta verlo. – frunció el entrecejo.
- ¿Todavía no te despediste de Juan? ¿No te animas? – preguntó él.
Ella suspiró y entonces le explicó:
- Sí que me animo pero resulta evidente que necesita su tiempo. Sigue enojado y no me quiere recibir. – contestó ella.
- Y decidiste quedarte aquí sentada. – concluyó él.
- Sí.
Tomás levantó las cejas y comenzó a caminar lentamente alrededor de ella. De pronto se rió y ella lo miró con enojo. Entonces él le dijo:
- No te animas a hablar con él.
- Ya te dije que no es eso. – contestó ella de mal humor.
- ¿Por cuánto tiempo estuviste esperando?
- ¡Ya me anuncié! ¡Déjame en paz, por favor!
Él la miró por un momento en silencio, pensativo. Sin aviso se acercó al cerco, acomodó sus manos en la tabla superior y para el horror de Tania de un salto se trepó a la cerca y desde ahí giró en el aire para caer en la propiedad de Juan.
- ¿Qué estás haciendo? ¿Te volviste loco?
Él no contestaba y la miraba con tranquilidad. Ella continuó diciendo ya de pie:
- ¿A dónde vas?
- Te estoy dejando en paz, Tania. No molestes. – contestó él entre risas mientras caminaba con total descaro por el haras, acercándose al edificio principal.
Ella lo volvió a llamar pero él jamás miró hacia atrás. Tania se quedó pegada al cerco mirando a través del espacio entre dos tablas. Desde allí pudo ver como Rodrigo le interrumpía el paso y para sorpresa de todos, Tomás lo sujetó de los hombros y lo obligó a caminar consigo hasta que abrió la puerta del edificio principal. Ambos ingresaron a la construcción y luego de un breve momento volvieron a salir. El encargado le saltaba nervioso alrededor mientras que Tomás lo miraba y escuchaba atentamente con los brazos cruzados. De pronto Rodrigo se tranquilizó y Tomás apoyó una mano en su hombro para luego darle unas palmadas en su brazo derecho. El empleado se quitó el sombrero e hizo un gesto que en cualquier lugar del planeta se podía interpretar como pura impotencia y Tomás caminó de regreso perseguido por otro peón que se le anticipó para abrirle el portón principal. Tomás salió de la propiedad en pocos minutos para encontrarse con Tania desesperada por saber con detalle qué era lo que había ocurrido.
- ¿Qué te dijo? ¿Lo viste? – preguntó ella más que intrigada.
- Lo lamento Tania. Juan dejó la propiedad hace un par de horas por la salida trasera. Rodrigo te manda sus saludos; pide que lo disculpes pero sólo cumplía órdenes y no podía dejarte pasar.
- ¿Dejó la propiedad? ¡Estoy hace horas esperando y ¡¿él dejó la propiedad?!
- Así parece.
- Pero, ¿va a regresar? – preguntó.
- Me dijo Rodrigo que Juan no era el mismo. Nunca lo había visto así. Cree que estará unos días afuera.
- ¿Dónde fue? – consultó ella inmediatamente.
- No lo sabe. – se hizo una pausa y luego de que Tomás pudiera verla a los ojos le dijo – Lo lamento, pero parece que él no quería despedirse.
Ella se angustió pero su orgullo tragó el llanto. Giró y comenzó a caminar de regreso al destacamento sin decir una palabra más. Tomás se sentía confundido. Esto no se veía bien y sin embargo podía sentir en su corazón que todo lo que sucedía era por una buena razón. No se lo dijo a Tania porque ni él mismo podía explicarlo. No guardaba ninguna lógica.
Pronto Tomás alcanzó a Tania y fueron caminando juntos por el bosque. Ella quebró el silencio cuando en un momento le dijo:
- Muchas gracias, Tomás.
- No tenés por qué. – contestó él.
Luego de breves minutos ella le preguntó:
- ¿Ya sabes cuándo se lo vas a decir?
- Estoy esperando el momento oportuno. – se miraron y él continuó diciendo – Pronto.
Pareció que iba a decir algo más pero el sonido del galope de un caballo los tomó a ambos de sorpresa. De pronto lo pudieron ver y se quedaron admirando el animal que se había detenido para pastar.
- Se llama Bandido. – dijo Tania en voz baja.
- Es un hermoso animal. – comentó él acercándose muy lentamente.
- Juan está tratando de atraparlo hace mucho tiempo. Así fue como nos conocimos.
Tomás sonrió por un momento y le preguntó:
- ¿Crees que… – y no hizo falta terminar la pregunta porque ella asintió con la cabeza como toda respuesta. Se acercó lentamente dejando que el caballo percibiera en el aire su presencia. La respuesta no se hizo esperar y un relincho nervioso atravesó el bosque con rapidez. Tania lo llamó por su nombre y el animal movió las orejas mirándola con desconfianza. Tomás mientras tanto juntó bastante hierba de los alrededores y aproximándose se la ofreció a cierta distancia. El caballo no la aceptó y retrocedió un poco. Tania lo miró con admiración y le dijo a Tomás:
- Dejémoslo.
- ¿No querés atraparlo? – preguntó él.
- No. Él quiere ser libre.
- No creo que sea libre – comentó él por lo bajo y le indicó una pequeña marca del animal en el muslo trasero izquierdo. Parecía una letra “K”. Ella se sorprendió pero de todas formas insistió en dejar al animal tranquilo.
Se alejaron lentamente para no asustarlo y comenzaron a caminar nuevamente en dirección al destacamento. Era pleno verano y el calor se hacía sentir en los haces de luz que atravesaban entre las hojas de los árboles. Ya faltaba poco para llegar cuando Tomás pegó un salto al sentir un empujón en su mano izquierda, la cual se abrió instintivamente. No se había dado cuenta que en el corto recorrido que habían hecho no había soltado la hierba y esta cayó sobre el suelo. Bandido los había seguido y ahora masticaba con gusto el tierno alimento ofrecido por Tomás. La alegría los inundó a ambos. Tania se acercó y pudo acariciar el cuello del animal.
- ¿Y ahora qué hacemos? – preguntó Tomás.
- Llevémoslo al destacamento. – contestó Tania con una sonrisa.
Y así fue como llegaron los tres al destacamento para sorprender a todos con la nueva adquisición. El caballo fue objeto de admiración desde el primer momento, aunque su carácter arisco mantenía a todos a cierta distancia.
Más tarde, con la llegada de la emperatriz y sus buenas noticias, se decidió que tres hombres se dirigieran con el burro que había quedado en el destacamento a trabajar en los campos de Paco. Daniel y la emperatriz estaban sumamente felices porque ese día había sido totalmente gratificante y era de suma importancia en la travesía. Partirían al día siguiente desde las afueras del pueblo hacia el monte para finalmente encontrar el río. Desde hacía meses que ese había sido su objetivo principal y ahora no sólo lo harían por la profecía sino también por el Pueblo de Almeda. En base al tratado firmado con el gobernador, se había sumado la participación de Paco y dos de sus hombres en la búsqueda de este río. La emperatriz consideraba a cada uno de los integrantes de su grupo y no podía dejar de pensar en la cantidad que se estaba incorporando mientras observaba al nervioso coatí, el nuevo corcel y a sus soldados. Realmente, la estadía en este pueblo había valido la pena. Luego de discutir ideas con Daniel acordaron dejar una sola persona en el destacamento para poder recibir a los soldados de reserva. Teóricamente en un par de semanas estarían llegando refuerzos y ante cualquier inconveniente estarían sus hombres en el pueblo.
Prepararon una fogata al caer la noche y cocinaron unas costillitas de cerdo, gentileza del gobernador Almeda. El clima de alegría y triunfo se respiraba en el ambiente junto con el exquisito aroma de la carne haciéndose a las brazas. Todos estaban felices o al menos casi todos. Tania y Tomás, cada uno con sus preocupaciones, se mantenían en un discreto silencio.
Después de cenar Erika se acercó a Tomás y lo tomó de la mano. Sin dar vueltas le dijo:
- Cuando quieras podemos conversar. Sabes que siempre vas a poder contar conmigo. – sonrió por un breve momento pero ante el silencio de Tomás se percató de que en esta oportunidad era un problema grave. A pesar de ello, respetó su silencio sabiendo que el día siguiente sería difícil, por lo que al poco tiempo se retiraron a descansar.
Paco estaba entusiasmado esperando la llegada de la emperatriz y su tropa. Se había vestido con su camisa azul, pantalones celestes y botas altas de cuero marrón. Tenía una escopeta al hombro y charlaba entusiasmado con los dos hombres. La expresión de alegría no tuvo disimulo al ver a Erika atravesando el bosque hasta detenerse a pocos metros de él. Contrariamente a lo esperado, no había mucha gente para despedirlos. Básicamente, los familiares de los dos ayudantes de Paco y algún que otro amigo.
- La gente es muy temerosa de este monte. Esperemos salir vivos de allí. – Comentó Paco para luego agregar – ¿Qué hacen con ese coatí?
Ariel comenzó a quejarse por lo bajo girando en círculos a toda velocidad.
- Tenemos un acuerdo con él. – explicó Erika.
- No lo habían mencionado en el día de ayer. – Se quedó pensativo por un momento y a continuación dijo – Bueno, no creo que sea problema de todas formas. Les traje armas y municiones. – explicó mientras que uno de los hombres se acercaba con el cargamento en un pequeño carro. Daniel y otros tomaron las armas, aunque algunos se resistieron sintiéndose aún más seguros con sus espadas y armas blancas.
La marcha hacia el monte no se demoró demasiado. El grupo caminó un par de kilómetros por el bosque hasta que la vegetación comenzó a mostrarse más espesa y comenzaron a zigzaguear entre los árboles. Daniel junto a otro guardia iban delante facilitando el paso mientras que Tomás los seguía de cerca marcando el rumbo.
Luego de un par de horas se detuvieron a descansar. El calor se estaba tornando agobiante mientras Tania se maravillaba con el canto espectacular de las aves exóticas. Paco y sus hombres se sentaron en un costado del camino y bebieron por varios minutos tratando de recuperarse lo más pronto posible.
La marcha continuó por unas cuantas horas más y después de mucho caminar subiendo y bajando por lomas, el camino se fue deshaciendo bajo sus pies. Faltaba sólo un par de horas para que comenzara a atardecer pero decidieron acampar en el lugar con el fin de lograr recuperarse totalmente y reiniciar la marcha temprano a la mañana siguiente.
A pesar de la hermosa vegetación, los frutos de los diferentes árboles que Ariel ayudaba a recolectar y el cantar de las aves, debían reconocer que algo extraño sucedía en ese lugar. Por algún motivo todos se sentían algo inquietos. Tal vez tantas leyendas y creencias populares los había sensibilizado. La humedad del lugar molestaba bastante pero Tomás lo señalaba como un buen síntoma. Para él era evidente que el río estaba cerca de ese lugar.
Esa noche Tomás casi no pudo dormir. Miraba a la emperatriz descansar y se preguntaba cómo podría explicarle que debería en algún momento dejarla y más aún, señalarle lo importante que resultaba que ella continúe el camino por sí misma.
A la madrugada no hizo falta que la guardia despertara a los integrantes de la tropa, porque las aves comenzaron a cantar a todo pulmón sobresaltando a los presentes con el primer rayo de sol del amanecer. La mañana pasó bastante rápido pero después de comer al mediodía el clima se hizo aún más denso y eso les dificultaba la marcha. Llegó un momento que realmente se sentían desganados. Se detuvieron por un momento para decidir la dirección a seguir, aunque realmente no podían distinguir la diferencia entre norte y sur sin la ayuda de las estrellas, todo se veía igual hacia las distintas direcciones. Los árboles rodeaban todo el campo con enredaderas y hongos salvajes. Paco trastabilló en un momento y era lógico. Si bien era un hombre fuerte, se encontraba totalmente fuera de estado atlético.
La emperatriz pensó que no sería prudente continuar la marcha, porque aún podían caminar pero estarían muy expuestos si se presentaba algún peligro y no estaba dispuesta a correr más riesgos. Tomás hacía horas que no daba indicaciones sobre el rumbo a seguir y parecía perdido en sus propios pensamientos. Tania no había aportado una sola idea desde que comenzaron la marcha a través del monte. Daniel avanzaba con fuerza pero también se sentía cansado. Entonces Erika giró para enfrentar los sombríos rostros cansados manchados con tierra.
- Vamos a quedarnos aquí por un tiempo. – dijo. Y dejó caer la carga de su espalda al suelo.
Todos se quedaron por un instante consternados y sorprendidos. El lugar en esa zona era lúgubre, en unas tres horas se iba a hacer de noche y no sabían que vendría después. Entonces Tania se acercó a Daniel y le preguntó: – ¿Estamos perdidos, verdad?
Él trató de esquivar su mirada hasta que finalmente la miró a los ojos y tomándola del brazo por un momento asintió. Entonces, él dio la orden de descanso al resto del grupo. De a poco se fueron acomodando como podían entre los árboles, atentos a los ruidos extraños del lugar. Luego Tania se sentó junto a la carga y tapando el rostro con sus manos lloró en silencio. Erika se le acercó para consolarla y Tomás no se hizo esperar.
- Desde el primer momento que me interné en este monte tengo una sensación extraña. – comentó Tania de pronto. Paco escuchó estas palabras y preparó su escopeta, temeroso ante lo desconocido.
- Yo también lo siento. – afirmó Tomás.
Daniel levantó la vista y miró hacia los costados entre el follaje sin distinguir demasiado debido a la escasa luz. Se puso de pie y se acercó a la emperatriz para razonar en voz alta:
- Así que ustedes perciben algo aquí. Díganme, ¿qué puede resultar de valor en este lugar?
Todos se quedaron pensativos. Hasta el momento sólo habían visto aves y la espesa vegetación. Nada de eso tenía valor para ellos, sin embargo Erika le siguió la línea de pensamiento y dijo:
- Si yo fuera salvaje y viviera en el monte. Entonces todo esto sería mío. – estiró una mano para sentir la textura de la corteza de un árbol. – Todo esto debe tener valor: los árboles. Los árboles serían mi reino.
Ariel saltó de rama en rama y se tapó los ojos con las manos sin hacer comentario alguno. Tomás en cambio se puso de pie y para sorpresa de Daniel tomó su espada, la blandeó por un momento cortando el aire y les dijo con una mirada indescriptible:
- Sea lo que sea, vamos a llamar su atención.
A los gritos como un desquiciado comenzó a mutilar toda rama que atravesara su camino mientras que todo el grupo lo seguía confundido. Lograron avanzar unos quince metros cuando de pronto se sintieron paralizados y confundidos luchando contra un enemigo invisible. Envueltos en fuertes redes cayeron al suelo y no se permitían mover porque de un momento a otro se vieron rodeados por unos veinte indígenas que los amenazaban a punta de lanza.
Paco estaba desesperado por alcanzar su escopeta, pero había quedado fuera de la red que lo atrapaba mientras un hombre salvaje lo empujaba sin piedad con su lanza de un metro y medio de largo. Algunos de los indígenas llevaban fuego en sus manos iluminando el camino y otros armados con lanzas y cuchillos gritaban con furia a sus prisioneros.
Los salvajes eran altos y vestían apenas un taparrabos que no llegaba a cubrirlos totalmente. Sus cuerpos fornidos se encontraban tatuados en los brazos subiendo por los hombros para luego bajar por la espina dorsal. Los ojos negros penetrantes de estas figuras hicieron que la emperatriz apartara la mirada. Se trataba de gente muy fuerte y pronto lograron en equipo con sus lanzas levantar las redes y transportarlos por el monte hacia un destino desconocido.
Tania había quedado atrapada en la misma red que Tomás y su mirada de reproche no pudo ser ignorada por él.
- ¿Qué? ¿No estabas cansada? ¡Encontré quien nos lleve! – le dijo él con simpatía pero el chiste no fue festejado en lo más mínimo y para colmo recibió un golpe en su costado de parte de un joven pero fuerte indígena. Parecía que ni su grupo ni los nideros se encontraban de humor esa noche.
