- Tania, ¡qué gusto contar contigo para esto!
- Hola Daniel. ¡Gracias, igualmente! – Hizo una breve pausa y agregó – ¿Viste el cielo?
- Sí, ya lo he visto. No nos deberíamos retrasar mucho más. Espero que mejore el clima.
- No creo que el viento cambie, al menos por hoy. Deberíamos ir por el oeste, así estaríamos más protegidos por la ladera. – opinó Tania.
- Sí, es un poco más largo el camino pero podríamos pasar en todo caso la noche en el refugio si el clima no ayuda. Por cualquier otro rumbo ante una tormenta deberíamos volver. Justamente estoy organizando la tropa para marchar hacia allá. – Luego levantó la vista hacia la colina donde vive la emperatriz, esperando ver algún movimiento, pero aún no la veía llegar.
- ¿Tenemos idea de la dirección que quiere tomar la emperatriz? – preguntó Tania.
- La emperatriz no decidirá el rumbo. Pensé que ya lo sabías. – Hizo un silencio y agregó – Es Tomás quien nos guiará.
- Bien. – dijo ella cortante y luego aseveró – Pero la partida deberá ser por el Oeste.
- Esperemos convencerlo. – expresó Daniel finalizando con una tímida sonrisa.
Ella lo miró a los ojos con total determinación para decir:
- Vamos a convencerlo.
- Lo vamos a lograr. Lo sé.
- Yo también puedo sentirlo. – y le sonrió, agregando – Pero habrá batallas.
- Y allí estaremos.
- Sí.
- Es necesario …
- También lo se. – le dijo ella sin dejarlo terminar la frase.
- Estabas rezando …
- Sí, me da paz. – lo interrumpió ella nuevamente.
- No tengas miedo. – le pidió Tomás con un tono tranquilizador y reconfortante para luego continuar diciendo – ¡Si estás conmigo estás con los Dioses! – y le regaló una gran sonrisa.
Ella lo miró burlonamente. Le encantaba que fuera tan arrogante. Le dio un beso en la mejilla como toda respuesta y él siguió la conversación preguntando sobre el encuentro que había tenido con el anciano la noche anterior.
- Te lo dijo, ¿verdad?
- Sí. – Lo miró mientras Tomás se acomodaba en la misma posición que ella sobre el piso frente a frente – ¿Y te preocupa?
- Es que en realidad, no es una revelación tan clara como yo imaginaba. – Confesó ella.
- Si fuera tan clara, sería para todos. Pero no lo es. – levantó levemente la ceja derecha.
Ella bajó la mirada y de pronto repitió:
Más será por tierra y mar que la alcanzarán.
Su gente será una y podrá cambiar, pero sólo uno de ellos es inmortal. El heredero al final reinará.”
- Sin embargo, yo te vi sin conocimiento sobre el suelo hace poco, inmortal.
- No alardees, por favor. Tanto tú como yo, sabemos que tú no fuiste quien me dejó en ese estado. – respondió guiñando un ojo.
- Cuando te lanzaste sobre Daniel caíste desplomado. Eso debió significar algo importante. Fue lo que motivó la llegada del anciano y su bendición para realizar el viaje.
- Sí, y aún no logro entenderlo. No se por qué me ocurrió eso.
- ¿Pudiste ver o sentir algo cuando te pasó?
- Sentí frío, mucho frío. – contestó él algo distante luego de pensarlo por un breve momento.
- ¿Y qué más?
El se acercó aún más a ella y le contestó:
- Sólo eso. Fue muy rápido. Pero recuerdo esa sensación de frío. ¡Horrible!
- No sabemos cuando ocurrirá. – pensó ella en voz alta.
- No. Pero era un frío terrible. Y fue muy real. Sentía que moría de frío.
- Hasta ahora el único lugar que se me ocurre con tanto frío, es allá arriba. – y se puso de pie para mirar la cordillera por la ventana. Se hizo un silencio y él se acercó sigilosamente.
Tomás entonces comentó:
- Lo más importante es el final de la revelación. Si alguien reina, significa que no interesa que pase con nosotros, quedará algo para reinar.
- Sí. – Contestó ella y agregó – Ya veremos que sucede. – Suspiró y luego de un momento dijo – Ya nos deben estar esperando. Vamos.
- Sí, vamos. – Contestó él y luego buscó el bolso de la emperatriz y lo cargó al hombro.
Ella dedicó un momento para observar su cuarto por última vez: la habitación redonda, las paredes blancas, las maderas del piso, la cama enorme, los ventanales, la pequeña alfombra. Giró hacia la puerta pero se encontró con Tomás, quien la abrazó tan fuerte que por un momento ella no pudo respirar para luego decirle sin duda alguna:
- No se quién es, ni cómo, ni dónde, pero sea lo que sea, lo vamos a encontrar. Sólo se que existe, puedo sentirlo, tienes que creer en mí.
Ella sonrió cuando le contestó diciendo:
- Te creo Tomás, porque puedo sentirlo yo también.
Tania ya había revisado la carga, caminado por el predio, analizado los guardias que los acompañarían y estaba impacientándose. Detestaba la impuntualidad. Su humor cambió bruscamente al escuchar la multitud festejando y agolpándose sobre la ladera Norte. Tenía que ser ella. Y de pronto la pudo ver. Bajaba por el camino entre el tumulto con la mayor naturalidad del mundo. La gente la aclamaba. Tardó varios minutos hasta poder llegar donde se encontraban esperándola.
- Respondanle como me responden a mí. ¡Los dejo en buenas manos!
Luego de una breve ovación miró a su equipo selecto: Daniel, Tania y Tomás. Les hizo un gesto pero como ellos no se movieron fue ella quien se acercó y, dirigiendo nuevamente la palabra a su pueblo, dijo:
- ¡Junto a ellos, les traeré la gloria! ¡La profecía se cumplirá! Se cumplirá a partir del día de hoy.
La gente aplaudía y gritaba entusiasmada como muestra de afecto y esperanza. Sin embargo, Tania se sentía intimidada. Ella estaba acostumbrada a pasar meses de tranquilidad en sus campos y esto realmente la afectaba. Tomás lo percibió y apoyó una mano en su hombro. Tania se sorprendió, no sólo por el gesto sino también por la sensación que la invadió en ese mismo instante. Una fuerte energía la recorrió de punta a punta y ese temor, cuya existencia jamás hubiera admitido, desapareció por completo. Se encontró de pronto saludando a la multitud, junto al resto del equipo, contagiada por la alegría popular. Más tarde Daniel se dispuso a ordenar la formación de la tropa. Los instrumentos de viento se escucharon en todo el valle cuando los expedicionarios se pusieron en marcha. Se trataba de ellos cuatro, veinte soldados y tres burros de carga. Avanzaron primero tres soldados en fila, a los pocos metros siguieron otros dos a la par y luego Daniel. Detrás de él caminaban la emperatriz y Tomás, acompañados por Tania unos metros atrás. Cuatro guardias bien armados y entrenados flanqueaban al grupo principal. Otros soldados se ocupaban de guiar los animales y custodiar las provisiones. Por último, los seguían hombres de reserva.
- Muy bien. – contestó él. Sin realizar planteo alguno.
Marcharon alejándose del centro y pronto de la aldea hasta enfrentar la temeraria montaña en los límites del valle. Una vez allí, los soldados se detuvieron aguardando las órdenes de Daniel. Él pidió a la emperatriz, Tania y Tomás que se acercaran para explicarles:
- La situación es la siguiente: estamos exactamente en el límite oeste del valle. Por aquí tenemos un camino bastante bueno hasta la cima de la primera montaña, donde encontraremos un refugio que usaremos para descansar durante la noche. – Intercambió una mirada con la emperatriz y continuó – Tenemos unas siete horas de ascenso pero podremos llegar bien, incluso si llegara a empeorar el clima. Una vez arriba, ya estaremos a salvo en el refugio y pasaremos la noche sin problemas.
Todos asintieron como toda respuesta y entonces Daniel comunicó solemnemente:
- Luego decidiremos como seguir. Nadie ha pasado esa frontera, hasta ahora.
Todos se quedaron callados hasta que Tomás se apartó entusiasmado y haciendo ruido con las palmas de las manos exclamó: – Muy bien. ¡En marcha!
La primera formación avanzó con firmeza y fueron seguidos por el grupo principal. Se escuchaba el ruido de las pisadas de los hombres varios metros a la redonda. Los dos soldados que les seguían se retrasaron unos segundos animando a los animales para que avancen hasta finalmente lograrlo. La reserva los acompañaba muy de cerca.
El clima no mejoraba, sino más bien lo contrario. Las nubes cada vez cubrían más el cielo hasta que éste quedó completamente gris perlado. Algunas secciones del camino se angostaban y tenían que pasar de a una persona, para volver a ensancharse algunos metros más adelante. La última vez que un especialista midió la altura de la cordillera les había informado que el pico más alto tenía tres mil ochocientos cincuenta y dos metros de alto.
- ¡Que vista tan maravillosa!
Y realmente lo era. Desde lo alto la emperatriz podía ver el lugar donde vivió toda su vida. Tania se acercó cautelosamente y con una distancia prudencial pudo apreciar la vista. También se veían sus campos, muy pequeñitos, a unos kilómetros de distancia. Tomás miró el paisaje por unos minutos pero luego se dedicó a entretener a la tropa haciéndole bromas y dando pequeños golpes de camaradería entre los hombres. Su carisma parecía no tener límites.
Al reanudar la marcha Tania sintió el fuerte impulso de preguntar a la emperatriz el motivo por el cual estaba con alguien como Tomás. Ella lo veía tan inmaduro e infantil que casi no podía tolerarlo, menos aún en una empresa tan complicada como la que estaban emprendiendo. Sin embargo, pudo contenerse y no realizar comentarios que en definitiva no serían beneficiosos para nadie.
- Si quieren ver el valle una vez más, háganlo ahora. Pronto estaremos a la misma altura que las nubes, y ya no podremos ver más nada. – hizo una breve pausa y continuó diciendo – Es importante que se concentren en el camino. Sigan la marcha lo suficientemente cerca uno del otro para poder visualizar a su compañero. Respiren regularmente y ya no hablen entre ustedes. Vamos a necesitar todo el oxígeno que consigamos para llegar al refugio. Disminuiremos la velocidad de la marcha para evitar problemas. – Luego se acercó a Tania y a la emperatriz para preguntarles – ¿Están bien? – y ambas contestaron afirmativamente.
- ¡Tania! ¡Tania! ¿Dónde estás? ¡Daniel, ella venía atrás nuestro!
- ¡No te muevas! ¡Nadie se mueva! El camino tiene menos de dos metros de ancho aquí. – contestó Daniel muy firme.
- ¡Auxilio! ¡Auxilio! – se podía escuchar el llanto agitado de Tania.
La emperatriz, desobedeciendo la indicación, avanzó un poco hacia el precipicio pero Daniel se interpuso y no lo permitió. Tania, mientras tanto, vio como sus manos se teñían de rojo. La rama la había cortado y el ardor se estaba extendiendo a todo su cuerpo. Se sintió perdida y volvió a insistir reclamando ayuda, totalmente desconsolada. De pronto escuchó a Daniel en un grito estruendoso:
- ¡No Tomás! ¡No! ¡No!
Inmediatamente Tania sintió el movimiento de la rama que la balanceaba contra la fría roca y en el mismo momento los brazos de Tomás la sujetaron de los suyos enfrentándose cara a cara. Él tenía el rostro enrojecido por el esfuerzo. La aparición dramática de Tomás había hecho que ella se soltara del susto y ahora se balanceaba de los brazos de este hombre. Lo sujetaba con todas las fuerzas que le quedaban.
Él gritó diciendo:
- ¡Daniel la tengo! ¡Sostén mis piernas que estoy con medio cuerpo en el aire! – sus ojos se habían tornado rojizos y se le notaba una vena azulada cruzando su frente. Tania no hablaba, sólo emitía breves quejidos producto del esfuerzo que realizaba. Él la miró a sus ojos color miel y le dijo: – No voy a soltarte, tranquila.
Ella no contestó y seguía sujetándose de esos brazos hasta que de pronto sintió un tirón hacia arriba. Entre Daniel y Tomás la subieron al camino y la sentaron contra la ladera de la montaña. La emperatriz apareció haciéndose lugar para pasar a su lado y la abrazó con fuerza. Le revisaba el cuerpo mientras le preguntaba si estaba bien. Tania asintió con el rostro marcado por el pánico. Entonces la emperatriz se percató de la marca roja que la rama había dejado en su costado y la herida abierta en su mano derecha.
- ¡Daniel! ¡Necesitamos vendas! – Gritó para luego decirle con dulzura – Tranquila, ya estas aquí.
- Estoy bien. – Contestó ella mientras permitía que la emperatriz le vendara fuerte su mano.
Los soldados habían vuelto a su formación y Daniel estaba ansioso por continuar el viaje porque las condiciones empeorarían aún más a la noche. La emperatriz pidió un momento para que Tania se recupere pero ella se puso de pie diciendo que podía seguir caminando y que Daniel tenía razón: no era posible que la noche los alcanzara o pocos sobrevivirían.
Como por arte de magia la nube se fue disipando y a pocos minutos el cielo se tornó azul. Un azul intenso y maravilloso. Los soldados al frente comenzaron a festejar pero Daniel les recordó que el camino continuaba siendo angosto por lo que debían tener cuidado. Uno a uno, todos los presentes fueron saliendo de la ciega banda blanca que se había instalado por tanto tiempo sobre sus ojos para maravillarse con un paisaje jamás visto por ellos.
La emperatriz se detuvo un momento y expresó sonriente:
- Es realmente increíble.
- ¡Estamos rodeados por campos de algodón! – dijo Tomás con asombro y alegría mientras miraban a su alrededor. Los rayos de luz impactaban rojizos sobre las nubes acumuladas sobre el valle.
Tania se acercó y les dijo con total sinceridad:
- Por poco pierdo la vida en este paso. – Hizo una pausa por un breve momento para luego agregar – Gracias, Tomás.
- No es nada. Somos una unidad ahora. Nos tenemos que proteger entre todos. – contestó él.
Daniel escuchó la charla y luego de bajar la mirada por un instante decidió enfrentar la situación y se acercó para decirle:
- Tania, no podía arriesgar a todo el equipo. Si se descontrolaban hubiéramos sufrido la pérdida de más de un integrante. Me alegro realmente que estés bien.
- No hace falta que te excuses Daniel. Yo hubiera hecho lo mismo.
Daniel no supo qué más decir y se retiró sabiendo que ninguno de los presentes olvidaría lo ocurrido. Revisó a sus soldados y luego le comunicó a la emperatriz que estaban muy cerca. No demorarían mucho más en llegar. Cuando siguieron caminando uno de los soldados de reserva gritó:
-¡Vencimos al Paso de Tania! – Y muchos otros lo festejaron. Desde ese momento y por los tres siglos siguientes el camino fue conocido por “El Paso de Tania”, aunque pocos recuerdan el episodio que sirvió de inspiración para ese nombre.
- Ya desde aquí no se puede ver el valle. – Y antes de poder terminar la frase divisaron el refugio a poco más de trescientos metros. El refugio era una especie de caverna natural en la roca, cerca de la cima.
Sus pies se hundían en la nieve a medida que avanzaban pero pronto llegaron al lugar y Daniel dispuso preparar un fuego cerca de la entrada al refugio. La emperatriz junto a Tania y Tomás ingresaron en la caverna y se ubicaron cerca de una pared para descansar. Los soldados ingresaron a medida que podían y tres de ellos quedaron de guardia junto a los burros custodiando la entrada al refugio.
- ¿No podés hacer algo por ella?
Él la miró por un momento moviendo la cabeza hacia los costados y luego sus ojos se dirigieron a Tania. Mientras él examinaba el vendaje, ella volvió a agradecerle por su rescate pero él la interrumpió diciéndole:
- Vas a estar bien. No te preocupes. – Se levantó y fue en búsqueda de Daniel fuera de la caverna.
Tania miró su vendaje que había permanecido limpio pero ahora tenía manchas de sangre. No había mucho más por hacer. Preguntó entonces a la emperatriz que sucedería a continuación.
- Pasaremos la noche aquí. Necesitamos descansar y alimentarnos. Mañana descenderemos la montaña hacia el nuevo mundo. Debemos estar preparados para lo que sea. – Suspiró y continuó diciendo – Descansa. Pasamos un buen susto hoy.
- No molesta tanto. Para mañana ya voy a estar bien. No te preocupes por mí.
- Gracias Tomás. Lo que hiciste hoy fue realmente increíble.
Él respiró profundo hasta sentir que los pulmones estaban por explotar en su pecho y luego suspiró. Ella rió y lo premió con un beso. El viento era un problema y los guardias se esforzaban para que el fuego no se apagara. La emperatriz y Tomás decidieron protegerse en la caverna y desde allí pudieron ver la salida de la primera estrella.
