Posts etiquetados ‘Bella Mar’

h1

Capítulo XIV – Un tamborcito

Agosto 13, 2008

El armonioso sonido del agua corriendo entre las rocas la había sumergido en una especie de transe mientras su mirada se perdía en los miles de colores reflejados por el brillante sol de esa mañana sobre la superficie del río. La naturaleza en su máximo esplendor la rodeaba con sus cálidas ramas en infinitos tonos y matices mientras que los pasos fuertes de un hombre la trajeron bruscamente a la realidad. Desvió su mirada para encontrarse con un Daniel repleto de energía aproximándose. Sin decir palabra y con una amplia sonrisa se sentó junto a ella para disfrutar de ese maravilloso río.
- Los hombres ya están listos, Erika. Podemos partir en cuanto lo ordenes. – Comentó Daniel.
- En un momento. – contestó ella sin desviar la mirada de la corriente. Luego consultó – ¿Tenemos novedades del Valle?
- El último hombre partió hace varios días. En cuanto llegue el recambio sabremos como está todo. – Respondió él.
La emperatriz se puso de pie y preguntó:
- ¿Qué sabemos de los destacamentos?
- Bueno, hasta donde sabemos el Pueblo de Almeda estaba comenzando los intercambios comerciales con el valle. El destacamento del bosque no reportaba cambios. – Se quedó pensando por un momento y con una sonrisa agregó – En la Villa Nidera tenemos una representación importante ya que varios hombres decidieron quedarse en el lugar formando nuevas familias. Y por otro lado, el intercambio entre el pueblo de Almeda y la villa se encuentra en pleno desarrollo. – Explicó Daniel satisfecho.
- ¿Ningún ejército enemigo a la vista?
- Aún no, Emperatriz, pero debemos estar alerta. – Contestó él con seguridad.

Parecía que la emperatriz iba a decir algo pero guardó silencio, intrigada por el movimiento de la tropa cuando de pronto lo pudo divisar. Era Maiko junto a un grupo de nideros, acompañado por Bandido. Sonrió y se acercó inmediatamente al grupo junto con Daniel para saludarse amablemente con el hijo del lider nidero. Tania también se unió al grupo con entusiasmo, más que nada interesada en Bandido.
- Me da gusto que continúen el viaje. – Confesó Maiko – Mi padre dice que sería bueno para mi formación que pueda acompañarlos. Podemos aportar diez hombres más a tu tropa y estamos dispuestos a obedecer las órdenes de Daniel.
La emperatriz no necesitó meditarlo demasiado tiempo y sin hacerlo esperar contestó:
- Toda tu ayuda es bienvenida, Maiko.
El muchacho sonrió y se dirigió a sus hombres en su lengua nativa. La alegría de los nideros fue evidente.
- ¿Nos devuelven a Bandido? – preguntó Tania.
- No hemos podido domarlo; no permite que nadie lo monte. Tampoco hemos podido utilizarlo para el trabajo. – Se rió por un momento sacudiendo la cabeza y luego agregó – Mi padre no lo quiere más.
Como si hubiera comprendido las palabras, Bandido dio un relincho nervioso y Tania hizo lo posible por tranquilizarlo.
- Daniel, prepara la tropa para comenzar el viaje. – anunció la emperatriz en forma imprevista.
Para Daniel estas palabras, que por tanto tiempo había ansiado escuchar, eran como música para sus oídos.

Tania y Juan se miraron con picardía y comenzaron a desplazarse junto a la tropa en forma ordenada. Daniel seguía a la primera línea de cerca mientras que detrás dejaba a los hombres trabajando en el canal y un pequeño asentamiento a orillas del río al cual bautizaron como Río Grande, por su importante caudal.
Siguieron la ruta que marcaba el río por varios días, preparando pequeñas fogatas por las noches, cerca de la costa. Si bien las estrellas los acompañaban durante las altas horas, los nideros tenían cierta dificultad para descansar. El hecho de tener que dormir sobre el suelo los hacía sentir inseguros por la falta de costumbre. Poco a poco gracias a la importante participación que les daba Daniel en las tareas fueron ganando confianza y haciendo amigos entre la tropa.

Durante el día se detenían en forma programada para descansar, alimentarse y aprovisionarse. El grupo estaba funcionando de maravilla, aunque la emperatriz no podía ignorar a Juan, el único que se mostraba totalmente reservado sin integrarse del todo con sus hombres. Y ella no era la única que había notado esta situación; por supuesto Tania había percibido la distancia que Juan estaba marcando entre él y el resto del grupo; sin embargo, había decidido aguardar a que Juan mismo estuviera listo para confiarle el problema.
Cierto día durante uno de los descansos, Juan se acercó a Tania y le dijo de improviso:
- Tania, no podemos seguir así. Tenemos que hablar. – bajó la mirada con cierta preocupación, haciendo un esfuerzo por enfrentarla.
- ¿Cómo que no podemos seguir así? ¿Qué me querés decir? – contestó ella con cierta alteración.
- Eso mismo. Quiero decirte que no puedo continuar. – le dijo esta vez sosteniendo la mirada.
- Pero, Juan, explicame qué es lo que te está pasando. – preguntó Tania brindándole toda su atención.
- ¿Qué está ocurriendo aquí? – interrumpió por sorpresa la emperatriz observándolos a ambos analíticamente.
- Este río nos va a llevar al mar y yo no puedo llegar hasta ese punto. – contestó él con cierto nerviosismo en tono elevado.
- ¿Por qué? ¿Qué hay en el mar, Juan? – preguntó la emperatriz.
Se hizo un silencio incómodo para todos. Finalmente Juan suspiró y con evidente consternación confesó:
- No puedo traicionar a mi gente, Emperatriz. Perdón, pero hasta aquí he llegado.
A esa altura todo el grupo se había detenido al notar que la emperatriz no avanzaba y Daniel se acercó a ellos para averiguar el motivo de la demora.
- Daniel, por favor acompáñanos. – Solicitó la emperatriz mientras se alejaba del grupo en compañía de Juan y Tania. Caminaron unos cuantos metros internándose en el bosque que rodeaba el curso del río y una vez que la emperatriz tomó suficiente distancia de la tropa se detuvo bajo la copa de un árbol añoso para mirar a Juan a los ojos y preguntarle sin rodeos:
- ¿Dónde está el enemigo?
Para sorpresa de todos Juan contestó de inmediato sin pestañear:
- Sólo sé que ellos dominan el mar, recorren las costas primero y luego que están asentados conquistan el interior del territorio. – El gesto de Juan cambió de preocupación a tristeza, hecho que no fue ignorado por la emperatriz mientras que le explicaba – Yo fui parte de ese ejército y sé lo que somos capaces de hacer. Lamentablemente, no tendrás oportunidad ante un enfrentamiento.
El golpe certero dado por Daniel en el riñón izquierdo con la empuñadura de su espada lo tiró al suelo en el medio de quejidos de dolor. Tania se lanzó sobre él protegiéndolo con éxito de un próximo ataque, ya que Daniel no deseaba lastimarla y sólo se limitó a levantar la voz ante la frustración.
- ¡Basta Daniel! ¡Es suficiente! – ordenó la emperatriz.
- Este hombre sabe donde está nuestro enemigo. ¡Debemos encontrarlo y destruirlo! – Gritó Daniel y luego agregó dirigiéndose a Juan a viva voz – ¡Cómo te atreves a poner en duda el poder de nuestro ejército!
- Daniel, he dicho que es suficiente. – La emperatriz apoyó ambas manos en su pecho y lo empujó unos metros apartándolo de Juan y Tania. En voz más baja le dijo – Ya tenemos confirmación de que vamos en dirección correcta. Prepara al ejército para un enfrentamiento en pocos días. Debemos estar listos.
El guerrero luchaba contra su propia frustración por un momento pero comprendió la orden y a paso firme regresó con la tropa al costado del río. Mientras tanto, la emperatriz giró para encontrarse con Tania llorando en los brazos de Juan. El cuadro la encolerizaba y sensibilizaba al mismo tiempo originando un debate interno que le molestaba profundamente. Se preguntaba a sí misma cómo era posible semejante situación mientras se acercaba con lentitud a la pareja. Al percibir que la Emperatriz había llegado a una determinación, Tania le habló solicitando clemencia:
- Erika, él no nos traicionó. Nos salvó la vida en el monte, nos acompañó todo el camino y nos dice la verdad. – le suplicaba con ojos borrosos por las lágrimas.
- La verdad. ¿Cómo podrías saberlo? Un soldado desertor. Eso es, ni más ni menos. – respondió la emperatriz con disgusto.
El hombre se puso de pie y le dijo con cierto valor en la voz:
- No soy un desertor. Jamás lo fui ni lo seré. – Hubo un breve silencio que ambas mujeres completaron con miradas incrédulas para luego seguir escuchando. – Mi Señor falleció y jamás estaré bajo el mando de Katrina. Nunca estuve de acuerdo con su política. Sin embargo, no puedo enfrentar a mi pueblo, a mi gente. Por lo tanto, te pido, me dejes regresar. Nunca traicioné a nadie y no lo haré con tu reino.
La emperatriz lo evaluaba críticamente y aún no había llegado a una decisión. Sabía que este hombre había colaborado con ellos y tampoco olvidaba la relación que mantenía con Tania. De pronto le preguntó:
- ¿Cómo puedo saber que realmente no desertaste?
- Por Bandido. – Contestó cerrando los ojos por un breve momento y continuó diciendo – Es el caballo de Katrina. Luego de una discusión acordamos que yo seguiría mi rumbo solo y me dio su caballo, en un gesto de camaradería. Es terrible. El animal jamás me dejó que lo montara. Es tan salvaje como su dueña.
- Esto no me dice demasiado. – pensó en voz alta para luego preguntar – Tania, ¿amas a este hombre?
La mujer la miró con un gesto que no dejó lugar a dudas. Entonces la emperatriz continuó diciendo:
- Regresen al haras, ambos. Si los necesito, los haré llamar.
- Pero emperatriz, Erika, yo estoy desde un principio en la misión. – se quejó Tania.
- Es cierto y ya hiciste mucho por nosotros. Si no hubieras traído a este hombre, probablemente nuestras vidas hubieran terminado en el monte. Ahora hemos recibido la advertencia sobre la presencia enemiga. – Apoyó una mano en el brazo de Tania y le dijo – Te tengo en cuenta como una verdadera amiga. – Bajando la voz y en un tono cómplice agregó a oídos de Tania – Disfrútalo pero no lo pierdas de vista. Volveremos a vernos.
- Emperatriz – agregó Juan a unos metros de distancia – Si los ven venir, no los enfrenten. Salven sus vidas.
La emperatriz no contestó admirada por la desfachatez de ese hombre y luego de mirarlo con desprecio por un momento abrazó a Tania con un profundo sentimiento. Después los dejó bajo el viejo árbol de testigo mientras ella se reincorporaba a las filas de la tropa y continuaba su camino hacia el mar.

Pasaron cinco días más de marcha siguiendo la ruta que marcaba el río bajo un sol que se hacía sentir cada vez con mayor fuerza. Daniel custodiaba a la emperatriz de cerca porque sabía que por más que ella se mostrara fuerte frente a la tropa, internamente tenía los mismos temores que todos los demás, sumado al hecho de que dos de sus aliados más cercanos, Tomás y Tania, habían tenido que partir recientemente. Se prometió a sí mismo en silencio, como si ella ya no lo supiera, que jamás le fallaría. Estaba concentrado en estos pensamientos cuando uno de los hombres que encabezaba la formación alertó al resto sobre un posible asentamiento a unos ochocientos metros en dirección noroeste. Para poder visualizarlo debían escalar una pequeña colina arcillosa con suma discreción para no ser descubiertos. Ordenó en forma inmediata que se detenga la marcha y sigilosamente comenzó a trepar la colina agazapado como un animal en plena cacería junto al soldado guía. La emperatriz lo seguía con la mirada demostrando profundo interés.
Poco a poco Daniel se fue acercando al punto más alto y muy rápidamente espió el horizonte, quedando neutralizado por un par de segundos que no fueron pasados por alto por la emperatriz, quien comenzó sin perder el tiempo a escalar la colina para llegar junto a él. Cuando ella estaba a mitad de camino él giró su rostro para mostrar una enorme sonrisa y hacer gestos nerviosos invitándola a acercarse:
- No vas a poder creer esto, vení. – le dijo con entusiasmo.
Ella lo alcanzó y quedó hipnotizada desde el momento que su mirada se dirigió al horizonte.

Un color verde esmeralda se intensificaba mezclándose con el azul oscuro y la blanca espuma del mar. Los ojos se inundaron de emoción mientras dejaba que la ventisca golpeara su rostro. Esa inmensa masa de agua estaba justo frente a ella. Había leído muchos libros sobre el mar pero esta era la primera vez que se conocían y prometía ser una experiencia emocionante. Desvió la mirada a la izquierda para encontrar a menos de cincuenta metros, una casilla de madera blanca que parecía abandonada. Daniel llamó al soldado y le dio instrucciones para inspeccionar el lugar. El hombre cruzó sigiloso la colina y corrió sobre esa nueva superficie de arena y vegetación virgen hasta la humilde construcción. Con un cuchillo en la mano golpeó la puerta haciéndola volar hacia el interior. Esperó por un breve momento y entró al lugar para salir desilusionado a los pocos segundos. Sin perder la actitud alerta revisó la vegetación cercana sin encontrar amenaza alguna.

Recién entonces Daniel junto a la emperatriz cruzaron la colina seguidos por la tropa hasta llegar a la costa. Erika se detuvo a pocos metros del agua mientras los hombres decidían descansar por el resto del día y dejaban toda su carga sobre la arena, cerca de la casilla de madera. Los ojos de Erika seguían a los pequeños peces que a toda velocidad nadaban contra la corriente muy cerca de la orilla. Decidió quitarse las botas y se internó lentamente en el mar, sorprendiéndose agradablemente al sentir que el agua no estaba demasiado fría. El grito de Daniel desde la costa mientras corría en su dirección la hizo regresar a la realidad de inmediato. Por supuesto que para desilusión de la emperatriz, sus fuertes pisadas espantaron a los peces que la rodeaban. Al llegar la tomó de un brazo y le preguntó qué se suponía que estaba haciendo.

- Por favor, Daniel. No te preocupes, no voy a hacer ninguna tontería… – y fue lo último que dijo porque una ola los arrastró a ambos con fuerza hasta la playa. La tropa lejos de ayudarlos disfrutaba del espectáculo a carcajadas. El se alejó tratando de arreglar sus atuendos mientras que ella feliz de la vida regresó al mar siendo imitada por varios soldados.

Casi media hora más tarde ella decidió salir de las aguas para aproximarse a Daniel, sumergido en sus propios pensamientos, sentado cerca de Bandido quien parecía mirarlo con suma curiosidad.

- Daniel, un poco de diversión después de tanto caminar no hace mal a nadie. – Lo miró con dulzura y agregó mientras se acomodaba a su lado – Mi Tomás… – suspiró y continuó diciendo ante el silencio de Daniel – … me hizo venir a este lugar maravilloso. Una pena que no pueda estar aquí con nosotros ahora.

Se hizo un breve silencio porque el comentario hizo reaccionar a Daniel quien le confesó:

- Y me pregunto, yo: ¿Qué haría él aquí? Si estuviera, por supuesto. ¿Para qué nos hizo venir hasta aquí? Supuestamente en el mar está el enemigo. No lo entiendo Erika.
Pero Erika prestaba atención a otra cosa. En un punto a pocos metros de distancia en la arena el brillo del sol tenía especial fuerza y ella no dudó en acercarse abandonando momentáneamente a su amigo. Se veía entre la arena y la vegetación al costado de la pequeña construcción de madera un objeto reflejado y al acercarse y quitar la arena que lo cubría parcialmente, se encontró con un tambor adornado con metal dorado y lazos azules a los costados. Lo tomó con suma curiosidad en sus manos para examinarlo mejor. El rostro se iluminó cuando comenzó a tamborilear al principio lenta y suavemente para luego con entusiasmo generar un ritmo simple pero pegadizo que llamó la atención de los soldados. Sin embargo, no fue a los únicos que llamó la atención, porque algunos soldados detectaron a pocos metros, tras unas plantas un movimiento inusual.

Con un gesto simple, Daniel envió a un par de guardias para investigar la zona. La tarea resultó muy sencilla porque en cuanto se aproximaron un hombre alto de cabello muy corto y una mujer de formas provocativas se expusieron con ambas manos en alto y rostros desconcertados. Los dos vestían túnicas blancas y unas sandalias rudimentarias, tal vez hechas con tallos de plantas.

Las brillantes espadas de los tres soldados brillaban bajo el sol del mediodía mientras que la pareja dubitativa examinaba a los hombres. Daniel se acercó rápidamente pero se tranquilizó al constatar que ambos estaban desarmados. Fue entonces que sin bajar la guardia, se atrevió a presentarse:
- Soy Daniel y estoy al mando del Ejercito Imperial del Valle de las Nieves. ¿Cómo se llaman?
La mujer sonrió brevemente con cierto nerviosismo y volviendo a subir los brazos ante la amenaza de uno de los soldados respondió:
- Me llamo Judith, él es Benjamín.
Por alguna razón que Daniel no podía ni le interesaba entender, Benjamín en ese mismo instante tomó una tonalidad rojiza que hacía resaltar una barbilla dorada de varios días.
- ¿Qué hacen aquí? – preguntó Daniel.
El hombre entonces se quiso adelantar pero los soldados no se lo permitieron. Desde su lugar explicó:
- Estuvimos anoche en estas playas en la fiesta de Bella Mar y estábamos buscando algunas cosas que habían quedado olvidadas.
- ¿Cosas como esta? – Preguntó la emperatriz haciendo sonar el tambor.
- Eso es mío, señora. – Contestó el hombre con seriedad.
- Y dígame, ¿cómo puedo saberlo? – preguntó ella un tanto divertida por la situación. Fue la mujer quien contestó:
- Al dorso mi hijo lo marcó con tinta azul. – La pareja intercambió miradas con nerviosismo.
La emperatriz un tanto sorprendida giró el tambor y en su parte interna efectivamente había un trazo errático en tinta azul, probablemente una “M”.
- ¿Dónde viven? – preguntó Daniel con seriedad.
- Somos de Bella Mar, queda aquí cerca sobre la playa. – contestó él inmediatamente.
Los soldados lentamente se alejaron de la pareja luego de recibir una mirada casi imperceptible de Daniel. Judith y Benjamín se relajaron un poco con este gesto y se tomaron de la mano, lo cual simpatizó a la emperatriz.
El ruido de las olas estrellándose en la costa marcaba de por sí un ritmo especial al lugar y Erika en forma inconsciente lo acompañó por un momento con sus dedos sobre el llamativo tamborcito.
Daniel se acercó a la pareja y volvió a interrogarlos.
- ¿Qué distancia hay desde aquí hasta Bella Mar?
- Dos kilómetros aproximadamente. – contestó él intentando sonreir.
Daniel los miraba con cierta desconfianza porque ambos colaboraban en forma abierta con él y naturalmente no era algo a lo que estuviera acostumbrado.
Judith regaló a su compañero una mirada turquesa de alegría, dando en un simple parpadear toda la sensación de que habían mantenido una conversación durante horas.
La emperatriz personalmente se acercó a ellos y entregó el pequeño tambor a Benjamín, cuyo rostro se iluminó de felicidad y agradecimiento no tanto por el tambor en sí, sino porque sabía que sus vidas ya no estaban en peligro.

Los hombres del ejército a esa hora del día se encontraban en una franca posición de descanso y Daniel se encargó de asignar a cada uno su tarea para levantar una vez más un nuevo refugio. El equipo nidero estaría a cargo de proveer alimentos ya que estaban algo mejor familiarizados con la fauna y flora del lugar. Tanto fue así que en poco tiempo ellos utilizaron sus redes de río para la pesca en el mar. Las dificultades no tardaron en aparecer ya que el oleaje no les hacía la tarea sencilla. El resto de los hombres armaron lentamente una especie de carpa sobre la arena y aprovecharon la pequeña construcción de madera blanca para guardar los elementos más valiosos.

La emperatriz mientras tanto se había quedado cerca de la pareja conversando sobre Bella Mar. Este pequeño pueblito se dedicaba principalmente a la pesca, explotación de perlas, algo de agricultura y aparentemente contaban con algunas industrias básicas como ser la producción de sal, aceite, perfumes y algunas otras más.

Judith era muy simpática con una franca sonrisa y un brillo especial en su mirada cada vez que mencionaba el nombre de Benjamin. Conversaron por largas horas como si se conocieran de hacía mucho tiempo atrás. La cualidad de Bella Mar que cautivó a la emperatriz fue que si bien se habían desarrollado económicamente, habían logrado destacarse por sus artes. De acuerdo a las palabras de Judith, era un lugar muy bohemio, donde se reunían músicos, actores, pintores y escultores, cada uno formando asociaciones y organizando eventos que realmente entretenían a la gente logrando mantener de esta forma un ambiente cálido, pacífico y alegre. Erika quedó maravillada ante la idea. Su propio valle tenía muy poca expresión artística. Impresionada por las palabras de Judith y Benjamín expresó su deseo de conocer el lugar y ambos en forma espontánea coincidieron en invitarla. Al acercarse Daniel al grupo también recibió una invitación en medio de sonrisas que él aceptó de muy mala gana.

Una vez que los hombres habían finalizado con las tareas, no tardaron en disfrutar de la playa, el sol y el mar. Las risas se podían escuchar a una distancia considerable y esto preocupaba un poco a Daniel quien prefería mantener un perfil bajo en esta situación. Sin embargo, hacía mucho tiempo que no veía a sus hombres tan alegres y después de meses de travesía, decidió que no sería una decisión sabia interrumpir este breve festejo y expresión de camaradería. Giró por un momento y vio que la pareja de Bella Mar se había alejado unos metros por la costa mientras que la emperatriz se acercaba con alegría a su búsqueda.

- Se adelantan para organizarse y tener todo listo para nuestra llegada.
- ¿Y se puede confiar en ellos? ¡Ya saben que tenemos un ejército aquí! ¡Hey! ¡Ustedes, deténganse! Iré con ustedes.

La pareja se detuvo algo sorprendida y se quedó esperando que Daniel se acercara, pero por el contrario, salió en búsqueda de un par de hombres. El movimiento de la tropa no dejó de abrumarlos: cuatro hombres se unieron finalmente a Daniel mientras que otros dos se acercaron inmediatamente a la emperatriz.

El grupo de Daniel caminó con decisión hasta Judith y Benjamín, y fue entonces que pudieron continuar su camino a casa, dejando sus huellas en la arena mojada por las olas del mar. La emperatriz se quedó viéndolos partir, sin nada en mente para pasar el tiempo hasta que uno de los hombres vuelva para buscarla asegurando que no haya peligros en su nuevo destino.

Cuando perdió a Daniel de vista, tomó conciencia de cuanto extrañaba a Tomás, a su amiga Tania y al valle, por sobre todas las cosas: el valle y la vida que llevaba en ese lugar. Caminó un poco melancólica entre los hombres que la miraban fascinados por tenerla entre ellos y luego consultó sobre las novedades. Aparentemente todo marchaba muy bien y los resultados de las alianzas realizadas con los otros pueblos habían repercutido favorablemente. Sintió por un momento un deseo profundo de poder estar en el valle en ese preciso instante pero luego miró hacia el norte, y se dio cuenta que su lugar estaba en esa playa, en esas costas y presintió que Bella Mar era un sitio singular, donde por fin encontraría lo que tanto estaba buscando. Después de todo, Tomás siempre había insistido en encontrar el mar. Miró la enorme masa de agua azul desplazándose de un lado a otro presa de las mareas y se dijo: “Si aquí está el mar, entonces aquí cerca tiene que estar la respuesta.”

Llamó a dos de sus hombres y les ordenó que la acompañaran para comenzar ella misma el recorrido hasta Bella Mar. No terminó de hacerlo que sorprendentemente Bandido salió al galope hacia la misma dirección perdiéndose de vista en pocos minutos. Ninguno de los presentes hizo nada para detenerlo.