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	<title>El camino de la Emperatriz &#187; Ben</title>
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		<title>El camino de la Emperatriz &#187; Ben</title>
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		<title>Capítulo XVI &#8211; El momento</title>
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		<pubDate>Sun, 17 Aug 2008 21:34:32 +0000</pubDate>
		<dc:creator>alevs13</dc:creator>
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		<description><![CDATA[La mañana la sorprendió con el ruido de unos fuertes golpes contra la madera de la puerta principal de la vivienda. Había dormido en una posición extraña y cuando se quiso incorporar sintió una puntada de dolor intenso en su cuello que se reflejó rápidamente en el rostro. Justamente en ese momento apareció Daniel en [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=caminodelaemperatriz.wordpress.com&blog=4400642&post=60&subd=caminodelaemperatriz&ref=&feed=1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div class='snap_preview'><br /><p>La mañana la sorprendió con el ruido de unos fuertes golpes contra la madera de la puerta principal de la vivienda. Había dormido en una posición extraña y cuando se quiso incorporar sintió una puntada de dolor intenso en su cuello que se reflejó rápidamente en el rostro. Justamente en ese momento apareció Daniel en su habitación para avisarle:<br />
- Ben ya está aquí. – exlamó con excitación &#8211; Nos espera para visitar al gobernador.<br />
Ella no contestó y lo miraba mientras se masajeaba parte del cuello y hombro derecho, doloridos por la mala posición que tuvo durante la noche. Él continuó diciendo:<br />
- Si estás de acuerdo puedo ir yo solo, así mientras tanto descansas un poco y analizas los pasos a tomar. – la miraba con ojos esperanzados.<br />
A la emperatriz la idea le pareció fascinante y un alivio increíble ya que no consideraba que este fuera el momento adecuado para confesarle a Daniel las miles de dudas que invadían sus pensamientos. Francamente, se sentía tan confundida que no creía que en esas condiciones pudiera convencer al gobernador para organizar el éxodo de una aldea donde recién llegaban y para colmo intentar de armar una milicia en pocos días con una &#8220;compañía artística&#8221;. Sonaba ridículo y estaba completamente segura de que así era. Ella aceptó su propuesta y seguidamente Daniel le explicó la estrategia antes de partir, la cual consistía básicamente en explicar su verdadera identidad y demostrar al gobierno que estaban dispuestos a enfrentar al enemigo. Tampoco quería descartar la idea del éxodo porque pensaba que de esta forma aseguraría la supervivencia de la gente, llevándolos a los pueblos cercanos del imperio o hasta al mismísimo valle.</p>
<p>Cuando Daniel finalmente se retiró con dos de sus hombres junto a Ben, la emperatriz se quedó por unos minutos sentada entre los almohadones levemente inclinada hacia adelante y con los ojos entrecerrados comenzó a masajear en círculos el entrecejo hasta que tras un gran suspiro finalmente se puso de pie y caminó lentamente hacia la puerta mientras arreglaba su cabello. El día estaba bastante fresco pero el sol pintaba el escenario con una pizca de alegría. El pueblo de alguna manera lograba atraparla no sólo por la arquitectura tan bonita, sino por sus amistosos habitantes. Cada vez que pasaba alguna persona por la calle la saludaba haciendo un gesto con la cabeza, levantando la mano o simplemente con una mirada especial acompañada de una dulce sonrisa. Esto último era lo que más le gustaba a la emperatriz y le hacía recordar sus días felices en el valle. Lamentablemente, esa actitud también le señalaba que esta gente no estaba preparada para resistir ningún tipo de ataque sorpresivo de un ejército invasor. Decidió avisar a uno de sus guardias que daría un paseo por los alrededores y que no necesitaba que la siguieran. Ordenó además que se quedaran a la espera de Daniel e informó que ella regresaría en aproximadamente dos horas.<br />
Tal vez en forma conciente no lo sabía, pero sus pasos la guiaron uno a uno por las angostas callecitas hasta llegar al muelle: el lugar donde lo había visto por primera vez. Realmente se sorprendió al encontrarse en ese punto del pueblo, ya que estaba convencida de que había estado caminando sin rumbo fijo. El oleaje rompiendo contra el muelle la hipnotizaba, tenía una influencia poderosa sobre ella y como si estuviera en trance fue caminando sobre las tablas de madera hasta llegar a la punta del muelle mientras miraba el horizonte y el viento acariciaba su rostro.<br />
“Por fin el mar. Este mar tan inmenso, azul, poderoso frente a mí. ¿Por qué me trajiste hasta aquí?”- se preguntó sin analizarlo realmente. Entonces se sentó en el borde del muelle dejando sus piernas danzando a pocos metros de las aguas, apoyándose sobre sus brazos extendidos hacia atrás. Las olas marcaban un ritmo tranquilizador y ella podía saborear la sal en su boca cuando luego de varios minutos el crujir de la madera a sus espaldas la hicieron girar para verlo acercarse. Se miraron por un breve momento pero él se concentró en el mar, en el oleaje, en el gusto a sal. Erika sintió como toda su alma la inundaba con un inquietante sensación y en total confianza mantuvo su vista en el océano sin hacer caso a los pasos de este extraño sobre el muelle o mejor dicho, sin demostrar el inmenso interés que despertaba este extraño a pocos metros de ella.</p>
<p>La emperatriz respiró profundamente y luego de unos minutos agudizó sus oídos pero el ambiente sólo le repetía el rítmico danzar de las aguas. Mantenía los ojos entrecerrados cuando de pronto, la idea de que él se hubiera ido la despertó del trance y volvió a mirar hacia atrás en su búsqueda. Ahí estaba él, sentado a unos pocos metros de distancia, dándole su espalda y copiando su postura. Ella se quedó observando por un momento el cabello crespo del hombre y él la sorprendió al darse vuelta sin previo aviso. A modo de reacción, él volvió a su posición original en forma inmediata y ella lo imitó sin decir palabra alguna. Pasaron otros breves minutos cuando la emperatriz escuchó el crujir de la madera nuevamente y giró sin pensarlo dos veces con la intención de verlo partir. En lugar de eso, vio como él se acercaba a ella y se sentaba a su lado a unos dos metros de distancia. Sin poder disimularlo, una sonrisa conquistó su rostro.</p>
<p>Esa presencia cercana lejos de perturbarla la inundaba con una paz inexplicable. Por temor a perderla decidió no articular palabra alguna y disfrutar de ese momento sin arruinarlo. Se sentía maravillada como si apreciara una hermosa burbuja de jabón, colorida por los rayos de sol, deseando que dure lo máximo posible y a la vez conociendo perfectamente su destino. Giró por un breve momento su cabeza para cerciorarse que él continuara allí y sí, sentado sobre el muelle, a corta distancia, estaba él. La paz y la tranquilidad comenzaron a desvanecerse y el sentimiento de tener que hacer algo para no perder este momento comenzó a inquietarla cada vez con mayor prepotencia. No tardó mucho en llegar a una conclusión: este era el mejor momento que iba a tener pero estaba ante un pequeño dilema: si le hablaba era probable que lo perdiera y en caso contrario probablemente la oportunidad no se volvería a presentar. Se puso de pie, dando un paso hacia el extremo del muelle, asegurándose de que él la pudiera ver. Miró hacia el horizonte con una sonrisa y giró para encontrarse con una mirada tierna y dulce que la conmovió totalmente. Una risita nerviosa escapó por sus labios y comenzó a caminar hacia la playa pasando por al lado del muchacho, aún sentado con sus piernas colgando sobre el agitado mar.<br />
- ¿Ya te vas? &#8211; preguntó él inesperadamente.<br />
Ella se detuvo sorprendida y contestó:<br />
- Tengo que regresar ahora. &#8211; dudó por un momento y agregó &#8211; Me están esperando.<br />
- ¿Tu esposo? &#8211; se atrevió él a preguntar casi sin mirarla.<br />
Ella sonrió y negó con la cabeza, pensó por un momento y le dijo en un tono encantador:<br />
- Mañana, estaré aquí otra vez.<br />
- De acuerdo. &#8211; contestó él mirándola por un momento para luego dirigir su mirada al mar nuevamente.<br />
Ella se retiró y mientras que sus pisadas dejaban huella en la arena no podía creer que tendría una cita para el día siguiente, si es que a eso se le podía llamar cita. Ni siquiera estaba segura si él vendría o no.</p>
<p>Daniel y Erika llegaron prácticamente juntos a la casa y él no tuvo que explicar nada para que ella supiera a primera vista que los acontecimientos habían ocurrido tal como había presentido: el gobernador no estaba de acuerdo en exiliar al pueblo, ni tampoco deseaba prepararse para enfrentar al enemigo. En esto último francamente Erika estaba de acuerdo porque no veía en ellos actitud necesaria para entrar en una batalla. Ben seguía a Daniel a sólo unos pasos de distancia, totalmente contrariado por el resultado de la reunión que habían mantenido esa mañana. Los tres ingresaron a la casa acompañados por un par de hombres mientras que Daniel explicaba detalles a la emperatriz.</p>
<p>Ben comentaba que estaba especialmente molesto porque se trataba de su pueblo, su gente, su historia y estaba convencido de que el ejército invasor no iba a detenerse. No podía soportar la idea de esperar el fatídico final con los brazos cruzados, sin hacer nada, y por eso insistía una y otra vez en que estaba dispuesto a hacer cualquier cosa, cualquier cosa con tal de salvar aunque sea una sola vida.<br />
La emperatriz escuchaba tratando de prestar la mayor atención posible a los dos hombres que con furia daban detalle de la discusión mantenida con el gobernador. Ambos se encontraban completamente indignados ante la, según ellos, torpe decisión del político y el enojo apasionado no les permitía ver algo que para Erika resultaba algo completamente llamativo. ¿Por qué un hombre entregaría a su pueblo a un ejército enemigo sin oponer resistencia alguna? ¿Cómo sería posible que este hombre ni siquiera mostrase algún leve signo de preocupación o sorpresa ante las palabras de Ben y Daniel? Para ella era evidente que el gobernador contaba con algún tipo de participación en esto y se encontraba mucho más involucrado de lo que aparentemente demostraba. Resultaba obvio que el gobernador sabía algo que ellos desconocían.</p>
<p>La emperatriz compartió sus ideas y Daniel se quedó pensativo ante este punto de vista, pero no convenció en absoluto a Ben, quien llegó a la conclusión de que el gobernador era un arrogante, cobarde y torpe que iba a llevar al pueblo a la ruina. Estaban en este punto cuando Judith golpeó la puerta de la casa. Su rostro ilusionado cambió dramáticamente al ver la expresión de enojo e impotencia de su pareja.</p>
<p>Estuvieron debatiendo cursos de acción alternativos durante más de una hora. La emperatriz necesitaba cerciorarse de que la información ofrecida por sus anfitriones era correcta, sin embargo intentaba buscar la forma de plantearlo en la conversación sin herir susceptibilidades. Daniel y ella cruzaron miradas por un momento y se conectaron sin necesidad de palabras. Algo en sus corazones les indicaba que este era finalmente el ejército que pondría en riesgo al valle y que era necesario tomar cartas en el asunto.</p>
<p>La discusión iba subiendo de tono a tal punto que incluso en los últimos minutos no se respetaban y hablaban unos sobre otros sin lograr obviamente ningún tipo de entendimiento. Y así fue como la emperatriz decidió que era hora de poner un poco de orden. Se acercó a la mesa de negociación y el silencio automáticamente se hizo sentir en toda la casa. Miró a cada uno de los rostros brevemente y entonces dijo:</p>
<p>- Aquí considero que lo primero que debemos hacer es una inspección ocular. Armemos grupos de trabajo, analicemos la posición del enemigo y con qué recursos cuenta. – Las miradas de los participantes prestaron consentimiento. &#8211; Una vez que contemos con información más precisa vamos a poder decidir cuál es el mejor curso de acción. Es inútil discutir en este momento si debemos o no atacar y cómo proteger a la población. – Por un breve momento hizo silencio con la mirada un poco perdida y sin embargo con extrema lucidez en sus palabras continuó diciendo &#8211; Cuando tengamos información suficiente sabremos qué hacer, elaboraremos un plan y recién entonces comunicaremos a los habitantes sus alternativas y ellos deberán decidir, no pienso obligar a una sola persona a hacer lo que no desea. – remató mirando directamente a los ojos de Ben.</p>
<p>A los pocos minutos tanto Ben como Daniel salieron de la casa en búsqueda de los espías que habían aportado información y a la vez con la idea de reclutar gente para la expedición que emprenderían al día siguiente al amanecer. Así transcurrió el resto del día hasta que entrada la noche Daniel volvió a la casa y rindió cuentas a su emperatriz informando que un poco más de diez hombres viajarían al territorio enemigo. Los espías de Ben habían explicado que los destrozos en una villa al Noreste, habían causado daños graves a todas las estructuras y dejado muy pocos sobrevivientes quienes se habían desplazado a las aldeas cercanas.</p>
<p>Los días pasaron rápidamente para la emperatriz en su espera por noticias sobre el movimiento del ejército enemigo. Sin embargo cuando llegó el primer informante, el resto parecía agolparse en su puerta. Luego de cenar una noche en la pequeña vivienda junto con Daniel, resolvieron que la evidencia era abrumadora. La última vez que recibieron noticias, el grupo de salvajes se encontraba en Punta Azul, una pequeña localidad a unos trescientos ochenta kilómetros. Era una cuestión de tiempo que no jugaba a favor de ellos.</p>
<p>Mientras disfrutaban de una cena francamente deliciosa, esa noche ambos en tranquilidad analizaron la información y decidieron que no podían posponer esta decisión inevitable: Era hora de enfrentar el enemigo, pero sus hombres no serían suficientes. Daniel los llevaría al noreste, dando un giro en el mapa de modo que no afecten los poblados ya conquistados y dejándolos en una posición cercana al Valle de las Nieves desde donde podrán tener un fuerte respaldo. Por otro lado, la emperatriz deberá regresar por el camino conocido para retornar a casa y estar preparada ante cualquier eventualidad.</p>
<p>Luego de chequear la información con la emperatriz, Daniel en su ansiedad decidió salir en medio de la noche a buscar a Ben. En realidad la ansiedad de este hombre lo tenía preocupado y consideraba que era mejor se uniera ya al comando organizado en la playa cercana a la aldea para partir al amanecer. Al llegar las luces de la casa estaban apagadas y no había nadie en el lugar, salvo un par de informantes del gobernador, lo cual le hizo pensar que lo mejor sería esperarlo agazapado a cierta distancia. Nunca pensó que desde ese lugar sería testigo de un encuentro de lo más extraño.</p>
<p>Con tranquilidad golpeó la puerta principal. Ante la falta de respuesta se sentó en el porche de entrada y estuvo un largo rato esperándolo al frente de la casa hasta que finalmente lo vio llegar caminando con la cabeza gacha, mirando el camino y acercándose lentamente a la vivienda. Mientras que Ben junto a Judith daba un paso en el césped del jardín, se dijo que ese era el momento indicado y no perdió un solo segundo.</p>
<p>Lukas dio un paso al frente revelando su presencia al salir de las sombras entre la puerta y la columna de entrada a la casa. Si bien Ben se sobresaltó por un momento se distendió al ver el rostro familiar. Lo saludó con una sonrisa y un gesto afectuoso palmeando su hombro, sin embargo no podía dejar de percibir la tensión creciente en Lukas, por lo que sin dudarlo, ni pensarlo en realidad, le preguntó:<br />
- ¿Qué pasa Lukas? ¿Estás en problemas?<br />
- No. No estoy en problemas y tampoco los quiero. – completó la frase con cierto tono nervioso en su voz. En este momento Ben se preocupó y dejando sus manos sobre la cintura lo miró soslayadamente frunciendo el entrecejo por un momento e intentando de comprender de qué estaba hablando el hombre.<br />
Ante el silencio Lukas prosiguió:<br />
- Ya la voz se corrió por toda la aldea. No entiendo por qué estás asustando de esta forma a toda la gente. Aquí estamos seguros, nada va a ocurrirnos, ¿qué se te puso en la cabeza? – preguntó con fastidio.<br />
- Tranquilizate un poco. Si querés conversar, conversamos pero hablemos bien, como siempre lo hemos hecho y no en estos términos. – Judith intentó acercarse pero imprevisiblemente Lukas la empujó lo cual despertó la ira de Ben quien elevando su dedo índice le dijo en tono grave:<br />
– En lugar de venir a apurarme podrías estar colaborando con nosotros. Si sabes perfectamente que hay un ejército a pocos kilómetros de nuestro pueblo no entiendo como un hombre como vos puede ser tan cobarde y quedarse con los brazos cruzados esperando que nos ataquen, totalmente entregado, sin resistencia. – a estas alturas Lukas sacudía de un lado al otro la cabeza y suspiró profundamente.<br />
- Te repito que no hay peligro para esta aldea Ben.<br />
- ¿Y eso cómo lo sabes? Te estoy diciendo que con mis propios ojos he visto a un ejército invasor. ¡Por Dios! ¿Cómo no podés entenderlo?<br />
- El que no entiende absolutamente nada sos vos. Tenés que confiar en el gobernador. Ya hay gente hablando de irse del pueblo. Eso sí es la muerte segura, ¿cómo pensás que va a sobrevivir esa gente? ¿A dónde querés llevarlos? ¿Cómo los vas a alimentar? ¿Pensaste en todo eso?<br />
- Yo francamente no puedo creer el planteo que nos estas haciendo. &#8211; comentó indignada Judith.<br />
- ¿Nos? – preguntó Lukas entre furioso y asombrado.<br />
- Tenemos posibilidades de vencerlos. Contamos con un ejército, con hombres de verdad – dijo Ben dejando pasar un breve momento y agregó – porque con hombres como vos &#8230;</p>
<p>No tuvo oportunidad de terminar la frase. La furia de Lukas se apoderó completamente de la situación y en un momento de locura con una mano tomó a Ben del cuello levantándolo en el aire y golpeándolo contra la pared mientras lo sostenía con gran violencia.</p>
<p>Ben luchaba contra ese brazo poderoso con ambas manos resultando un esfuerzo inútil. Lukas se acercó y lo miró con furia a los ojos. Ganas no le faltaron pero de pronto su mano se abrió y Ben calló al suelo tociendo y esforzándose por recuperar el preciado oxígeno.<br />
- Pensá muy bien en lo que hablamos. Que no llegue a sucederle algo a Erika, porque no te perdonaré la vida.<br />
Dio un par de pasos hacia atrás para luego girar y caminar con rapidez cuesta abajo, dirección al mar perdiéndose entre las sombras. Y fue en ese preciso instante cuando Daniel, llegó y corrió hacia Ben para atenderlo y preguntarle qué había ocurrido.<br />
La situación lo intrigaba y preocupaba terriblemente. ¿Qué era lo que sabía este Lukas para que defendiera la postura del gobernador, por qué estaba teóricamente tratando de ayudar a la emperatriz y para colmo, sabría que era la emperatriz? Eran demasiadas preguntas para responder a la vez y Ben no estaba en condiciones. Daniel lo ayudó junto a Judith a incorporarse y lo entraron a la casa sin encontrar en él respuestas.</p>
<p>Una vez que Ben mostró signos de recuperación Daniel no pudo continuar encerrado en la casa habiendo dejado sola a la emperatriz y tal vez por puro instinto siguió la ruta de Lukas, en dirección al mar. Algo estaba ocurriendo y no podía comprender de qué se trataba. Quizás Lukas era un traidor, un espía o algo por el estilo. El ruido del mar le avisó que ya estaba próximo a la costa.</p>
<p>En la oscuridad de la noche se pudo ocultar con facilidad durante un par de horas entre la maleza cercana a la playa. La música de las olas rompiendo con fuerza sobre la blanca arena no lograba serenar a un Daniel poseído por la preocupación. La ansiedad le estaba jugando en contra y era conciente de ello, sin embargo no había nada que pudiera hacer al respecto. En algún momento creía haber perdido sus cabales y es que había pasado tanto tiempo esperando sin detectar la presencia de ninguna persona que pensaba que ya a estas alturas había perdido completamente la razón. Justo en ese momento pudo divisar a lo lejos un movimiento y prestó suma atención asegurándose de realizar el menor ruido posible de modo de no alertar al conspirador. Era un hombre alto de cabellos algo enrulados hasta los hombros que se acercaba decididamente hasta el muelle. Sin dudas, se trataba de Lukas.</p>
<p>Daniel sujetó con fuerza su espada, atento a todos los detalles y calculando que la distancia que los separaba no llegaba a los cuarenta metros. Desde el momento que tomara la decisión, pasarían treinta segundos como máximo para que ese hombre dejara de respirar. Sin embargo, su comportamiento lo desconcertaba. Lukas caminaba en círculos sobre la madera del muelle, mostrándose algo nervioso. Luego de pensarlo por un momento, Daniel llegó a la conclusión de que no era para menos ya que estaba confabulando contra el Imperio del Valle de las Nieves.</p>
<p>Lo observaba mientras el hombre acomodó nerviosamente su cabello un par de veces sin dejar de preocuparse por el cuello de su camisa que insistía en darse vuelta por el viento contra su voluntad. Daniel frunció el entrecejo pero su gesto cambió radicalmente cuando escuchó pasos fuertes y firmes aproximándose hacia su dirección. Las pisadas se escuchaban cada vez más rápido y Daniel llegó a desenfundar su espada tratando de mantener la ventaja de atacar por sorpresa en todo momento. Por un brevísimo segundo llegó a divisar la túnica de esta otra persona y sus brazos se aflojaron por un par de segundos. Esto no era posible. Seguramente estaba soñando, o peor aún, se había vuelto completamente loco. Y sin embargo era cierto. Ella corrió sin percibir su presencia a unos cuatro metros de su escondite para atravesar la playa dejando sus huellas en la blanca arena y luego entregarse en los brazos de ese hombre, que la abrazaba y besaba con toda pasión.</p>
<p>El corazón se le salía del pecho y su espada cayó al suelo entre el follaje sin que él se diera cuenta. Cada beso era un puñal clavándose en su pecho y sin embargo no podía dejar de mirarlos. La visión se le nubló y en ese momento por instinto limpió sus ojos sorprendiéndose al sentir sus manos mojadas. Miró a la pareja nuevamente para observarlos caminar abrazados por el muelle, internándose en el mar traicionero. Era su emperatriz. El gran guerrero se sintió abatido y sin pensarlo comenzó a abandonar ese campo de batalla sin rumbo fijo.</p>
<p>Por momentos quedaba al descubierto pero no lo notaba ni tampoco le interesaba. Su cuerpo se movía impulsado por una fuerza desconocida sin ningún dominio de sí y el follaje desapareció poco a poco abriendo el paso a una laguna con agua salada creada por la marea alta. Se acercó inconscientemente y se inclinó por unos minutos para encontrar sorpresivamente en el reflejo de escasa luz, con un hombre desconocido, desalineado, agotado y totalmente alterado. La visión se distorsionó cuando el galope de un caballo invadió las aguas sin previo aviso.</p>
<p>Levantó la vista pero ya no tenía tiempo para reaccionar. Un guerrero se lanzó desde el caballo sobre su cuerpo cayendo ambos sobre el suelo. Luego de dar varios giros sobre la arena logró despedirlo por los aires. Daniel se puso de pie inmediatamente pero su enemigo lo atacó nuevamente. Por sorpresa y acompañado por un grito extraño, casi femenino, recibió un golpe muy fuerte en su estómago de un arma de material y forma desconocida haciéndolo caer de rodillas ante su oponente.</p>
<p>En algún otro momento, Daniel hubiera luchado con insistencia hasta obtener la victoria pero en esa noche oscura deseó entregarse a su enemigo. Un guerrero no puede luchar con el corazón destrozado. Quedándose de rodillas levantó su rostro esperando el golpe de gracia con total resignación, sin embargo éste no llegó. La poca luz del lugar reflejaba un enemigo negro totalmente cubierto por su uniforme de guerra desplazándose a cierta distancia observándolo sin emitir sonido. La mirada de Daniel se distrajo con el caballo de su oponente, al cual reconoció inmediatamente. Sin ningún lugar a dudas se trataba de Bandido y entonces lo llamó.<br />
- ¡Bandido! &#8211; gritó por un momento y el animal contestó con un relincho sin acercarse y sorprendiendo evidentemente al guerrero.<br />
El atacante se paró firme manteniendo distancia de Daniel, mientras que con un simple movimiento quitó el casco que protegía su cabeza. Al retirarlo, una larga cabellera, que Daniel no pudo distinguir si era rubia o rojiza, se deslizó sobre el frío traje.<br />
Daniel no se movía mientras que sus ojos cruzaban duras miradas de odio. Entonces fue que le gritó:<br />
- ¡Matame! ¡Liquidame de una vez!<br />
Ella se acercó y de un puñetazo lo hizo caer sobre la arena. Mientras Daniel limpiaba su rostro escuchó:<br />
- Si hubiera querido lo hubiese hecho. &#8211; entonces sintió que la mujer lo revisaba y que sabría se encontraba desarmado &#8211; ¿Qué tipo de guerrero sos? – preguntó ella con dureza.<br />
El silencio se interrumpió por el ruido de algún pájaro nocturno. Ella siguió revisándolo y al pasar por sus piernas le quitó el cuchillo. Él se sentía aturdido, casi atontado hasta ese momento. Sin embargo el haber sido derribado tan fácilmente hirió su orgullo y este simple hecho lo impulsó a sujetar a la mujer con fuerza de sus brazos. No resultó ser buena idea ya que en pocos momentos se encontraba de espaldas sobre el suelo, dolorido hasta el último hueso. Ella se alejó inmediatamente con una mirada que no requería palabras y sin dudarlo le dijo:<br />
- Podría matarte.<br />
La respuesta no se hizo esperar:<br />
- Lo hubieras hecho si hubieras querido. – y él sonrió, sin saber el motivo, tontamente sonrió.<br />
El hechizo se rompió cuando ella buscó su casco con la mirada para luego de recuperarlo, en un rápido movimiento saltar y huir a todo galope por la playa junto con Bandido, su fiel caballo.<br />
- Con que esta es Katrina. – dijo él en voz alta mientras la veía partir y volvió a sonreir.</p>
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		<title>Capítulo XV &#8211; Vida de playa</title>
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		<pubDate>Sat, 16 Aug 2008 18:31:10 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[Después del entrenamiento que tenía la emperatriz recorriendo todo tipo de superficies, realmente una caminata por la playa significó un placer inigualable. Disfrutaba minuto a minuto la sensación del mar rozando los dedos de sus pies junto con las cosquillas que provocaba la arena mientras llevaba sus botas colgadas sobre los hombros y el cabello [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=caminodelaemperatriz.wordpress.com&blog=4400642&post=58&subd=caminodelaemperatriz&ref=&feed=1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div class='snap_preview'><br /><p>Después del entrenamiento que tenía la emperatriz recorriendo todo tipo de superficies, realmente una caminata por la playa significó un placer inigualable. Disfrutaba minuto a minuto la sensación del mar rozando los dedos de sus pies junto con las cosquillas que provocaba la arena mientras llevaba sus botas colgadas sobre los hombros y el cabello con sus dos finas trenzas volaba alocado según el capricho del viento. Los dos kilómetros ya se habían cumplido y sin embargo no podía divisar Bella Mar; sólo se veía una playa paradisíaca, bastante sinuosa con médanos de varios metros de altura levantándose frente a ella. Los hombres se adelantaron por un momento trepando por las barrancas de arena pero al girar sus rostros reflejaban cierta desilusión. Eran únicamente playas y más playas.<br />
La emperatriz insistió sin dejarse vencer por la desilusión y luego de atravesar el primer médano comenzó a trepar ella misma por el siguiente que parecía aún más alto. Los tres llegaron prácticamente juntos a la cima y la hermosa sonrisa de la emperatriz apareció otra vez, después de largas semanas de espera. Allí estaba ante sus ojos, en donde la costa formaba una pequeña península, un pueblo de pequeñas casitas blancas redondeadas. Sus ojos se llenaron de lágrimas, al recordar su propio ambiente trasladado al mar. ¿Sería posible tener que recorrer tantos kilómetros para simplemente llegar a su hogar? La idea le parecía totalmente absurda y sin embargo era así como se sentía en ese preciso instante. Uno de los soldados la tomó del brazo, asumiendo que se habían detenido por la empinada bajada del médano. Ella se sorprendió al sentir el roce de la mano pero permitió que el hombre la ayudara a descender mientras que el otro soldado se adelantaba algo más veloz.<br />
Con gran optimismo avanzaron cruzando el mar de arena hasta llegar a divisar a pocos metros las primeras casitas blancas de techos redondeados. Las calles bien trabajadas y espaciosas con una contextura bastante arcillosa se abrían en diferentes direcciones sin seguir un diseño estructurado. Ya en los primeros cien metros comenzó a cruzarse con los habitantes del lugar quienes espontáneamente la saludaban con amabilidad y amplias sonrisas, vestidos la gran mayoría con ropas blancas muy holgadas. Miró hacia a la pequeña calle que seguía curso a su derecha para ver unos niños riendo y aplaudiendo mientras otro realizaba malabares con cuatro o cinco pelotitas de brillantes colores. Ella misma quedó por un momento hipnotizada por la habilidad del pequeño. Los guardias la animaron a seguir caminando hasta que tres muchachos jóvenes al verlos fueron a saludarlos con muestras increíbles de alegría totalmente fascinados por sus atuendos. Ambos soldados los detuvieron de inmediato en cuanto osaron alzar sus manos para tocar la ropa de la emperatriz. Lejos de asustarse aplaudieron y rieron por el acto de la guardia, totalmente convencidos de que formaban parte del la campaña artística de una obra de teatro y hasta llegaron a consultarles en que lugar realizarían la obra ya que no querían perderse el show. La emperatriz bastante sorprendida no emitió palabra alguna y los tres jóvenes decidieron hacer una exagerada reverencia y permitirles el paso para luego estallar nuevamente en carcajadas. Los soldados intercambiaron miradas entre sí totalmente desconcertados ante esta gente mientras continuaban su camino calle abajo.</p>
<p>Luego de recorrer unas cuadras llegaron a un punto donde se concentraba una multitud en silencio que seguía con sumo interés las palabras de un orador. La emperatriz lo miró por un momento pero decidió no detenerse y recorrieron un par de cuadras más hasta llegar a un gran mercado donde la gente de este pueblo ofrecía artesanías a los visitantes. Se podía encontrar desde muñecos, piezas talladas en madera, sandalias, diferentes tipos de indumentaria y otros diversos productos. El lugar era amplio y además de las tiendas se encontraban algunos músicos callejeros dando un espectáculo que realmente en conjunto fascinaban a la emperatriz y sus dos acompañantes.</p>
<p>- ¡Hola! – exclamó una joven mujer de unos dieciséis o diecisiete años de cabello castaño claro algo enrulado cayendo más allá de sus hombros.<br />
- Hola. &#8211; contestó la emperatriz con ciertas dudas.<br />
- ¿Son parte del elenco de la obra del puerto? – preguntó la joven con mucho entusiasmo.<br />
- ¿La obra del puerto? – repitió Erika con una expresión inigualable.<br />
- Sí, tus compañeros ya llegaron hace unas horas. Va a ser fantástico, ¡me encantaría tener un autógrafo de tu compañero! ¿Vienen desde lejos con la gira? ¿Ya recorrieron toda la costa?<br />
La emperatriz frunció el entrecejo y totalmente desorientada decidió seguirle la corriente a la jovencita sin saber en donde terminaría la conversación.<br />
- Sí claro. Venimos desde muy lejos y justamente nos perdimos intentando llegar hasta el lugar de la obra.<br />
- Oh… Si quieren puedo acompañarlos, no es muy lejos de aquí. – se ofreció gentilmente.<br />
La idea de tener una guía local entre toda esa muchedumbre alegró a la emperatriz y sobre todo si la llevaban cerca del mar, que de acuerdo a las palabras de Tomás era donde ellos deberían dirigirse, por lo tanto aceptó la ayuda con gratitud.</p>
<p>El camino hasta el puerto no era demasiado largo, sólo unas diez cuadras aproximadamente pero se demoraron un poco más de lo que pensaban porque la emperatriz se detenía ante cada cuadro que veía, literalmente hablando porque varias calles estaban concurridas por artistas callejeros que pintaban diferentes paisajes en su mayoría de playa, océanos y pequeños barquitos. Eso sin contar la cantidad de artesanos con decenas de productos que llamaban su atención.</p>
<p>La jovencita iba caminando dando pequeños saltitos de alegría lo cual hacía que Erika recordara el caminar de Tomás. En ese preciso instante algunas de sus últimas palabras golpearon su mente “siempre estaré contigo y encontraré la forma de hacértelo saber”. En esos momentos sus dudas se disiparon por completo y siguió a la hermosa joven con total confianza.</p>
<p>A los pocos minutos llegaron al puerto y la sorpresa de la emperatriz fue aún mayor al ver a un Daniel muerto de risa junto a Judith cerca del muelle. Al momento se cruzaron miradas y él contuvo las carcajadas para luego con una amplia sonrisa trotar hasta alcanzar a la emperatriz.<br />
- Ya íbamos a buscarte, ¿qué haces aquí? – su rostro irradiaba felicidad mientras la emperatriz lo observaba perpleja – Bueno, al menos veo que no viniste sola. Judith y Ben nos han preparado un lugar para pasar la noche en Bella Mar. Hoy habrá un festival a la noche donde estamos invitados. – expresaba con mucha alegría.<br />
Ella lo miraba totalmente sorprendida, nunca había visto a Daniel tan contento. La jovencita dio un pequeño empujoncito a la emperatriz haciendo gestos evidentes para que le presentara a Daniel.<br />
- Daniel, te presento a … &#8211; fue entonces que se dio cuenta que no tenía idea del nombre de la joven.<br />
- Tiff… me llamo Tiffany pero todos me dicen Tiff. – explicó algo nerviosa y se puso en puntas de pie para darle un dulce beso en la mejilla al guerrero y agregar – Voy a verte esta noche.<br />
- Sí claro… &#8211; contestó él entre sorprendido y halagado.<br />
Tiff estaba fascinada y con un pequeño grito de alegría giró para correr calles arriba y desaparecer de la vista de ambos.<br />
- ¿Ya tenés una admiradora? – Preguntó Judith mostrando sus grandes dientes blancos en una franca sonrisa.<br />
- Así parece. – contestó la emperatriz sin dar mayor detalle al respecto.<br />
Daniel estaba encantando de la vida y luego de tomar aire por un momento comenzó a explicar a la emperatriz que en cuanto llegaron, los pobladores de Bella Mar fueron a recibirlos convencidos de que se trataba de una compañía teatral e inmediatamente pensó que sería una oportunidad fantástica para integrarse rápidamente sin sospechas en el pueblo. La emperatriz no se mostraba totalmente convencida pero debía reconocer que la solución era simple y Daniel tenía razón. Judith se sumó a la conversación explicando que durante la noche ellos serían parte del show simulando luchas en una historia que ella relataría a los presentes. Erika sonrió y sacudió por un momento la cabeza. Esto realmente no estaba en sus planes, pero pensó que un poco de diversión no vendría mal. Entonces fue cuando apareció Ben y les pidió que lo acompañaran a la construcción donde había preparado todos los detalles para que la emperatriz pase la noche junto a su gente.</p>
<p>Luego de caminar un par de cuadras calle arriba y tomar por un callejón durante unos minutos llegó finalmente a una pequeña casa blanca de techos redondeados y ventanas con marcos azules. La puerta de madera pintada en un tono más oscuro de azul se abrió para descubrir en el interior un ambiente encantador. Los muebles eran bastante bajos hechos de caña, los pisos se encontraban alfombrados con dibujos excéntricos en colores fuertes muy bien trabajados. En lugar de sillas se veían unos grandes almohadones azules y turquesas apilados en diferentes puntos del ambiente. Había una sola ventana en forma ovalada que dejaba pasar un poco de luz, dando un toque encantador al lugar.<br />
- ¿Les gusta? – Preguntó Ben ante la falta de comentarios de sus invitados.<br />
- Creo que sí. – Contestó la emperatriz con poca definición a la vez que caminó unos metros cruzando una arcada que comunicaba con una habitación muy grande también alfombrada en tonos violáceos. Del techo pendían un par de telas en tonos marfil escondiendo una cama repleta de almohadones en tonos lilas y azules. El lugar era muy diferente a lo que había conocido hasta el momento. Volvió a la sala de estar y agradeció a Ben por haberse ocupado de encontrarles una casa donde pasar la noche.<br />
- No es nada, por favor. Realmente un gusto poder servirlos. – contestó con una amplia sonrisa para luego dar un par de pasos dirigiéndose hacia la puerta.<br />
- No tan rápido Ben. – dijo Daniel mientras la emperatriz se acercaba.<br />
- ¿Olvidé algo? – preguntó Ben un tanto sorprendido al ver que la emperatriz cerraba la puerta tras él. La expresión de su rostro cambió drásticamente cuando vio a Daniel desenvainar su espada y clavarla en el piso alfombrado con asombrosa fortaleza.<br />
- Creo que olvidaste comentarnos para qué nos necesitan. – contestó Daniel mientras la emperatriz lo observaba atenta.<br />
- Somos gente de bien, no necesitamos ponernos en malos términos, por favor, serénense. – se atrevió a aconsejar a Daniel.<br />
- Mejor tome asiento Ben – dijo la emperatriz para luego mirar a su alrededor y agregar – donde pueda.<br />
Ben ordenó con rapidez tres almohadones y tomó asiento de inmediato con cierta inseguridad.<br />
- No estamos hablando en malos términos, ni siquiera estoy armado. – explicó Daniel con tranquilidad mientras miraba el brillo de su espada clavada en el medio de la sala. – Simplemente queremos saber que es lo que ustedes necesitan. ¿Por qué les interesa que nos quedemos aquí?<br />
Ben tragó saliva y lentamente fue explicando que hacía un par de semanas habían llegado noticias de un pueblo vecino avisando que una masacre había ocurrido en una villa costera aproximadamente cuatrocientos kilómetros al norte. Los sobrevivientes escaparon al pueblo más cercano, pero los rumores decían que los invasores no tenían piedad: tomaban lo que consideraban era de valor, a algunas personas las convertían en esclavos y asesinaban a todo aquel que se revelaba, quemando las viviendas.<br />
La emperatriz comenzó a caminar en círculos por la sala mientras escuchaba el relato.<br />
- ¿Cuál es el plan? ¿Dónde esta el ejercito en Bella Mar? – preguntó Daniel más que preocupado.<br />
- No tenemos ejército. El gobernador así como la mayoría de los pobladores de esta zona son pacifistas, no hemos formado un ejército. El gobernador considera que se podrá negociar con esta gente. – Bajó la mirada por un momento y continuó – No se como piensa lograrlo, no sabemos absolutamente nada de estos invasores, salvo leyendas sobre su crueldad más brutal. La gente no tiene donde ir, no quieren dejar sus casas y están totalmente persuadidos de que se puede alcanzar una paz duradera. Nadie aquí sabe luchar con armas.<br />
La emperatriz y Daniel intercambiaron nerviosas miradas, esta información superaba todo lo que ellos habían podido imaginar.<br />
Se hizo un silencio que fue roto espontáneamente por Ben:<br />
- ¡Ustedes son guerreros! No son muchos pero están armados y saben pelear. – Casi en un susurro agregó – Son nuestra última carta en este juego.<br />
- ¡La guerra no es un juego Ben! – dijo Erika levantando la voz. &#8211; ¿Qué estás diciendo? ¿Nos decís que están esperando un ataque enemigo y lo van a derrotar con una obra teatral? ¿Han perdido la razón acaso?</p>
<p>Daniel se había puesto de pie tomando la espada y enfundándola nuevamente. Tomó a Ben de las ropas y con seriedad lo levantó prácticamente en el aire estrellándolo contra una de las paredes, tal vez sin intención.<br />
- Ya mismo necesito la ubicación del pueblo atacado y que me lleves con tu gobernador. &#8211; le dijo con autoridad.<br />
- Las cosas no funcionan así aquí. Por favor, paciencia. Te diré todo lo que necesites, puedo hasta darte un plano con la ubicación de las aldeas cercanas. Pero no podés ir directamente con el gobernador ni dirigirte de esta forma al pueblo. ¡Necesitas llegar de otra manera! – gritó ya al final luchando contra la mano de Daniel que lo tenía prisionero contra el muro.<br />
Daniel lo soltó rezongando que esta situación era increíble. Se acercó a la emperatriz y le dijo:<br />
- Erika, inmediatamente debemos alertar a todos los puestos de control. Finalmente los hemos encontrado. Y aún no se cómo pero debemos evacuar a toda esta gente.<br />
- Hoy a la noche el gobernador estará presente durante los festejos, será un buen momento para plantearle la situación. – explicó Ben – Tené en cuenta que sólo el gobernador y muy pocas personas estamos al tanto de estos acontecimientos.</p>
<p>Minutos más tarde, Daniel, Ben y la emperatriz caminaban de regreso al puerto con las mentes totalmente absortas en como solucionar esta situación. Al llegar cerca del muelle Ben fue en busca de Judith a toda velocidad para ponerla al tanto de lo ocurrido, mientras que Daniel ordenó a todos los guardias que vayan en búsqueda de sus compañeros y alerten de la situación a todo el imperio. Debían estar en estado de guardia activa en cada punto del territorio y sus servicios podrían ser requeridos en cualquier momento.</p>
<p>Y fue justamente en ese preciso instante cuando ella lo vio por primera vez. Una pequeña balsa se acercó al muelle con un hombre parado sobre ella sosteniendo un remo en sus brazos. Tomó una soga para lanzarla al poste del muelle y enlazarla con suma habilidad, asegurándose que la marea no se lleve su pobre embarcación. Tenía el cabello oscuro y bastante enrulado, de hombros anchos y ojos verdes oscuros. Saltó de la balsa al muelle, levantó la vista y la miró mientras que sus blancos pantalones algo cortos empapados dejaban caer gotas saladas de mar sobre la madera del muelle. Sus miradas se conectaron por un breve momento y ella lejos de sostenerla salió corriendo inmediatamente en búsqueda de Daniel como si hubiera visto a un fantasma.</p>
<p>A las pocas horas Daniel explicó a la emperatriz que ya había impartido las órdenes a sus hombres y que estimaría en un par de días estarían listos en el destacamento de la playa pero no perdió la oportunidad para aclararle que consideraba muy importante que la población civil abandonara el lugar: si iban a enfrentar una batalla, no podía dejar a toda la gente en riesgo. Los dos estuvieron de acuerdo y fueron en búsqueda de Ben y Judith para planear la manera de acercarse al gobernador esa noche. Los dos se encontraban en un local frente al mar, tomando unas bebidas directamente de los frutos. Tanto Ben como Judith bajaron la mirada al verlos llegar, pero se compusieron al percibir que sus invitados no estaban furiosos. Pronto participaban activamente en argumentar estrategias para acercarse al gobernador sin levantar sospechas. Sería bastante sencillo realizarlo en medio de la función, aprovechando uno de los actos en los que simularían una lucha. De hecho, otra posibilidad era que la función le gustara mucho y el mismo gobernador quiera saludarlos. Ni la emperatriz ni Daniel estaban de acuerdo con esta posibilidad pero no podían negar que sería tal vez una alternativa.</p>
<p>Él entró en el mismo local ahora con un bolso de tela en vivos colores colgado en forma cruzada de su hombro derecho. Se acercó al empleado para ordenarle algo y luego tomó asiento a unos cinco metros de donde estaba la emperatriz. Ella miró la camisa blanca sin mangas ni cuello para sorprenderse nuevamente con una mirada directa de este hombre desconocido. La barba estaba crecida de unos pocos días y le daba un aspecto algo sombrío y misterioso. Ella desvió la mirada pero a los pocos minutos no pudo evitar volver a mirarlo para encontrar nuevamente esos ojos fijos en ella. El sonrió y ella reprimió el impulso de esconderse bajo la mesa. Se dijo a sí misma que debía comportarse, por lo que la seriedad se hizo presente en su expresión y se concentró en seguir la conversación que se estaba siguiendo en su propia mesa, sin poder evitar sentir la mirada sensual de ese hombre misterioso.</p>
<p>Judith y Ben finalmente los invitaron a cenar en su casa antes de los festejos de la noche por lo que al poco tiempo de decidir la estrategia a seguir, los cuatro abandonaron el local para caminar con una contradictoria tranquilidad hasta el hogar de la pareja. En el camino, Daniel preguntó:<br />
- ¿Quién era ese hombre?<br />
- ¿Qué hombre? – contestó ella.<br />
El rostro de él reflejó cierta preocupación y volvió a preguntar:<br />
- ¿Va a ser un problema?<br />
- No. – mintió ella unos segundos más tarde.</p>
<p>Luego de cenar liviano en la bonita casa de Ben y Judith se dirigieron al centro de Bella Mar. Se trataba de un espacio abierto con el suelo cubierto por adoquines bien calzados al cual se llegaba luego de recorrer laberintos de callejones. Cuando llegaron ya había una multitud agrupada algunos escuchando música, otros charlando y algunos otros riéndose ante la actividad circense de ciertos artistas callejeros.</p>
<p>Ben los guió hasta llegar a la parte de atrás de un escenario improvisado en una de las esquinas del lugar y habló con ellos por un momento mientras los presentes se iban acomodando lentamente frente al escenario. Presentó a otros integrantes del grupo de teatro y rápidamente todos acordaron las directivas. Judith salió al centro del escenario y comenzó a relatar una historia frente a todo el pueblo y especialmente al gobernador allí presente. Esta historia se trataba nada más y nada menos que de un ataque a una población cercana a Bella Mar. Ben escapaba tras ella hasta encontrar a la emperatriz quien empuñaba su espada brillante bajo la luz de las antorchas. Simulaban una travesía en la cual todo el pueblo los seguía hasta encontrarse con el enemigo, un poderoso Daniel que se enfrentaba en la ficción a la emperatriz. Ella no pudo disimular una sonrisa al momento de verlo, cuando en realidad debía gritar con ira que estaba expulsado del territorio. Realizaron unos trucos con sus espadas, muy aplaudidos de buena gana por la multitud, mientras que ellos sinceramente tuvieron que contener la risa porque no podían entender como un pueblo podía estar tan divertido con una actividad que ellos relacionaban sólo con la muerte, la sangre, la tristeza y la miseria. Evidentemente, esta gente no tenía idea de qué significaba estar en guerra.</p>
<p>Sin embargo la obra no pasó desapercibida para el gobernador, quien junto a sus más cercanos asesores seguían con expresión seria la escena que estaban dramatizando, contando de alguna forma la situación que realmente estaba ocurriendo en algunas localidades vecinas. Todo el público restante reía y festejaba la actuación.</p>
<p>Lo vio por solo un momento pero la emperatriz lo pudo distinguir entre todos porque a diferencia del resto de los presentes, su mirada fue fría y seria, casi lejana. Parecía que la encantadora mirada de hacía unas horas ya no existía y esta vez, fue él quien escapó sin soportar la mirada de Erika.</p>
<p>La obra era una ficción de todas maneras, y habían acordado terminaría con la firma de un tratado de paz, y así fue. La gente presente aplaudía y festejaba a todo pulmón. Les costó poder desplazarse en el lugar, por el tumulto que se había formado pero ese problema fue resuelto por los hombres del gobernador quien al acercarse, dijo a Ben:<br />
- ¿Te crees muy inteligente? ¿Por qué querés alterar a todo el pueblo?<br />
- No es alterar, debemos alertar. ¡No quiero que mi pueblo muera!<br />
- ¿Quién es esta gente? – preguntó.<br />
- Ellos pueden ayudarnos, Sr. Gobernador. Tiene que escucharnos.<br />
- Te veré mañana a primera hora en la gobernación, sos vos quien debe comprender. – Espetó el hombre algo bajo y excedido en peso.</p>
<p>La emperatriz y Daniel no articularon palabra alguna, porque ante este corto diálogo, ya sabían lo que ocurriría. Parte del pueblo se exiliaría con ellos en el imperio y una gran cantidad de gente sería asesinada. La cantidad de muertos, dependería en gran medida del resultado de la reunión que mantendrían al día siguiente con el gobernador.</p>
<p>A los pocos minutos los integrantes del imperio junto con la pareja anfitriona habían logrado escaparse de la multitud y ya se encaminaban hasta la casa que Judith y Ben habían ofrecido para pasar la noche. Al doblar en una esquina estaba él parado mirándolos fijamente como un gato a su presa, mientras se recostaba sobre una pared.</p>
<p>- ¡Buenas noches Lukas! – saludaron Ben y Judith al pasar, recibiendo un simple saludo con la mano como única respuesta.<br />
Esta vez las miradas de Erika y Lukas se mantuvieron desafiantes en el aire por unos cuantos segundos hasta que Daniel la tomó de un brazo obligándola a apurar el paso.</p>
<p>- ¿Quién es ese hombre? – Preguntó Daniel con preocupación en su tono de voz.<br />
- ¿Lukas? – sonrió Ben por un momento y la mirada de Judith se iluminó a la vez que lo hacía callar ya que ella misma quería contar la historia. Cuando decidieron entre ellos quien contaría la historia, ella dijo:</p>
<p>- Fue durante el otoño del año pasado. Justo se estaba celebrando el festival del quinto año de la gobernación cuando fuimos a preparar las playas. Toda la fiesta se había organizado sobre la costa, con fuegos artificiales &#8211; hizo una pausa y continuó &#8211; fue todo una belleza, realmente espléndido. Toda Bella Mar se disfrazó para celebrar la gobernación, nuestra organización como ciudad. &#8211; Se percató que no era esto lo que sus invitados deseaban escuchar y se volvió a encauzar &#8211; La cuestión es que a la mañana temprano fuimos junto con otros colegas a comenzar con los arreglos cuando vimos a la distancia un movimiento en la arena. – Respiró por un breve momento y continuó el relato &#8211; La verdad que yo al principio no podía distinguir nada y teníamos tanto peso con los instrumentos que no estaba realmente interesada en ver que era ese movimiento en la arena a la distancia. Por supuesto, no tenía idea de qué se trataba. Pero, ¿te acordás de Luis? – le preguntó sin esperar respuesta de Ben y prosiguió – Insistió tanto pero tanto, que finalmente caminamos bastante por la playa y nos encontramos ni más ni menos que con Lukas sin fuerzas desplomado sobre el costado de una roca. Estaba conciente pero no decía una sola palabra y nos miraba con indiferencia casi sin reaccionar. Estuvo realmente mucho tiempo así, como perdido. Recién después de varias semanas nos dijo que se llamaba Lukas.<br />
- ¿Pero de donde vino? – preguntó Daniel.<br />
- Fue un regalo del mar. – comentó Judith con una mirada soñadora que fue censurada por Ben inmediatamente.<br />
- ¿Y todavía no habla? – preguntó por primera vez la emperatriz.<br />
- Más o menos. Debe haber pasado por una crisis o algo así, pero se ha comportado muy bien con todos nosotros. &#8211; Y entonces fue que hizo incapié en las bondades de Lukas &#8211; Ayuda a los pescadores, también en la construcción de las viviendas. Es muy callado. – añadió Judith pensativa para luego continuar diciendo casi al llegar a la vivienda donde dejarían a la emperatriz y Daniel &#8211; ¿Te acordás del día de la demolición? Pobre hombre, casi no podía respirar, no se como no murió al instante.<br />
- ¿Qué ocurrió? – preguntó curiosa la emperatriz.<br />
- Estaban trabajando cerca de la gobernación demoliendo parte de un edificio cuando la maquinaria se desbalanceó y la masa lo golpeó en el medio del vientre. Yo creo que si lo hubiera estrellado contra una pared, no cuenta la historia. Supongo que sobrevivió porque lo desplazó por los aires nada más. Tenía hasta las manos ensangrentadas y no dejaba de escupir sangre. Realmente esperábamos lo peor. &#8211; aclaró con soltura Ben. &#8211; De todas maneras es un milagro que haya sobrevivido. Hubo que atenderlo varios días hasta que se recompuso. – se interrumpió por un momento y finalmente Ben dijo &#8211; ¡Llegamos!</p>
<p>En ese punto se despidieron y la emperatriz ingresó junto a Daniel en la casa. Al cerrar la puerta tras ellos, la emperatriz explotó en llanto sin que Daniel tuviera la capacidad suficiente para contenerla ni entender la situación. Pasadas unas horas, ambos se quedaron dormidos sobre decenas de almohadones azules, turquesas y lilas.</p>
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