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Capítulo XV – Vida de playa

Agosto 16, 2008

Después del entrenamiento que tenía la emperatriz recorriendo todo tipo de superficies, realmente una caminata por la playa significó un placer inigualable. Disfrutaba minuto a minuto la sensación del mar rozando los dedos de sus pies junto con las cosquillas que provocaba la arena mientras llevaba sus botas colgadas sobre los hombros y el cabello con sus dos finas trenzas volaba alocado según el capricho del viento. Los dos kilómetros ya se habían cumplido y sin embargo no podía divisar Bella Mar; sólo se veía una playa paradisíaca, bastante sinuosa con médanos de varios metros de altura levantándose frente a ella. Los hombres se adelantaron por un momento trepando por las barrancas de arena pero al girar sus rostros reflejaban cierta desilusión. Eran únicamente playas y más playas.
La emperatriz insistió sin dejarse vencer por la desilusión y luego de atravesar el primer médano comenzó a trepar ella misma por el siguiente que parecía aún más alto. Los tres llegaron prácticamente juntos a la cima y la hermosa sonrisa de la emperatriz apareció otra vez, después de largas semanas de espera. Allí estaba ante sus ojos, en donde la costa formaba una pequeña península, un pueblo de pequeñas casitas blancas redondeadas. Sus ojos se llenaron de lágrimas, al recordar su propio ambiente trasladado al mar. ¿Sería posible tener que recorrer tantos kilómetros para simplemente llegar a su hogar? La idea le parecía totalmente absurda y sin embargo era así como se sentía en ese preciso instante. Uno de los soldados la tomó del brazo, asumiendo que se habían detenido por la empinada bajada del médano. Ella se sorprendió al sentir el roce de la mano pero permitió que el hombre la ayudara a descender mientras que el otro soldado se adelantaba algo más veloz.
Con gran optimismo avanzaron cruzando el mar de arena hasta llegar a divisar a pocos metros las primeras casitas blancas de techos redondeados. Las calles bien trabajadas y espaciosas con una contextura bastante arcillosa se abrían en diferentes direcciones sin seguir un diseño estructurado. Ya en los primeros cien metros comenzó a cruzarse con los habitantes del lugar quienes espontáneamente la saludaban con amabilidad y amplias sonrisas, vestidos la gran mayoría con ropas blancas muy holgadas. Miró hacia a la pequeña calle que seguía curso a su derecha para ver unos niños riendo y aplaudiendo mientras otro realizaba malabares con cuatro o cinco pelotitas de brillantes colores. Ella misma quedó por un momento hipnotizada por la habilidad del pequeño. Los guardias la animaron a seguir caminando hasta que tres muchachos jóvenes al verlos fueron a saludarlos con muestras increíbles de alegría totalmente fascinados por sus atuendos. Ambos soldados los detuvieron de inmediato en cuanto osaron alzar sus manos para tocar la ropa de la emperatriz. Lejos de asustarse aplaudieron y rieron por el acto de la guardia, totalmente convencidos de que formaban parte del la campaña artística de una obra de teatro y hasta llegaron a consultarles en que lugar realizarían la obra ya que no querían perderse el show. La emperatriz bastante sorprendida no emitió palabra alguna y los tres jóvenes decidieron hacer una exagerada reverencia y permitirles el paso para luego estallar nuevamente en carcajadas. Los soldados intercambiaron miradas entre sí totalmente desconcertados ante esta gente mientras continuaban su camino calle abajo.

Luego de recorrer unas cuadras llegaron a un punto donde se concentraba una multitud en silencio que seguía con sumo interés las palabras de un orador. La emperatriz lo miró por un momento pero decidió no detenerse y recorrieron un par de cuadras más hasta llegar a un gran mercado donde la gente de este pueblo ofrecía artesanías a los visitantes. Se podía encontrar desde muñecos, piezas talladas en madera, sandalias, diferentes tipos de indumentaria y otros diversos productos. El lugar era amplio y además de las tiendas se encontraban algunos músicos callejeros dando un espectáculo que realmente en conjunto fascinaban a la emperatriz y sus dos acompañantes.

- ¡Hola! – exclamó una joven mujer de unos dieciséis o diecisiete años de cabello castaño claro algo enrulado cayendo más allá de sus hombros.
- Hola. – contestó la emperatriz con ciertas dudas.
- ¿Son parte del elenco de la obra del puerto? – preguntó la joven con mucho entusiasmo.
- ¿La obra del puerto? – repitió Erika con una expresión inigualable.
- Sí, tus compañeros ya llegaron hace unas horas. Va a ser fantástico, ¡me encantaría tener un autógrafo de tu compañero! ¿Vienen desde lejos con la gira? ¿Ya recorrieron toda la costa?
La emperatriz frunció el entrecejo y totalmente desorientada decidió seguirle la corriente a la jovencita sin saber en donde terminaría la conversación.
- Sí claro. Venimos desde muy lejos y justamente nos perdimos intentando llegar hasta el lugar de la obra.
- Oh… Si quieren puedo acompañarlos, no es muy lejos de aquí. – se ofreció gentilmente.
La idea de tener una guía local entre toda esa muchedumbre alegró a la emperatriz y sobre todo si la llevaban cerca del mar, que de acuerdo a las palabras de Tomás era donde ellos deberían dirigirse, por lo tanto aceptó la ayuda con gratitud.

El camino hasta el puerto no era demasiado largo, sólo unas diez cuadras aproximadamente pero se demoraron un poco más de lo que pensaban porque la emperatriz se detenía ante cada cuadro que veía, literalmente hablando porque varias calles estaban concurridas por artistas callejeros que pintaban diferentes paisajes en su mayoría de playa, océanos y pequeños barquitos. Eso sin contar la cantidad de artesanos con decenas de productos que llamaban su atención.

La jovencita iba caminando dando pequeños saltitos de alegría lo cual hacía que Erika recordara el caminar de Tomás. En ese preciso instante algunas de sus últimas palabras golpearon su mente “siempre estaré contigo y encontraré la forma de hacértelo saber”. En esos momentos sus dudas se disiparon por completo y siguió a la hermosa joven con total confianza.

A los pocos minutos llegaron al puerto y la sorpresa de la emperatriz fue aún mayor al ver a un Daniel muerto de risa junto a Judith cerca del muelle. Al momento se cruzaron miradas y él contuvo las carcajadas para luego con una amplia sonrisa trotar hasta alcanzar a la emperatriz.
- Ya íbamos a buscarte, ¿qué haces aquí? – su rostro irradiaba felicidad mientras la emperatriz lo observaba perpleja – Bueno, al menos veo que no viniste sola. Judith y Ben nos han preparado un lugar para pasar la noche en Bella Mar. Hoy habrá un festival a la noche donde estamos invitados. – expresaba con mucha alegría.
Ella lo miraba totalmente sorprendida, nunca había visto a Daniel tan contento. La jovencita dio un pequeño empujoncito a la emperatriz haciendo gestos evidentes para que le presentara a Daniel.
- Daniel, te presento a … – fue entonces que se dio cuenta que no tenía idea del nombre de la joven.
- Tiff… me llamo Tiffany pero todos me dicen Tiff. – explicó algo nerviosa y se puso en puntas de pie para darle un dulce beso en la mejilla al guerrero y agregar – Voy a verte esta noche.
- Sí claro… – contestó él entre sorprendido y halagado.
Tiff estaba fascinada y con un pequeño grito de alegría giró para correr calles arriba y desaparecer de la vista de ambos.
- ¿Ya tenés una admiradora? – Preguntó Judith mostrando sus grandes dientes blancos en una franca sonrisa.
- Así parece. – contestó la emperatriz sin dar mayor detalle al respecto.
Daniel estaba encantando de la vida y luego de tomar aire por un momento comenzó a explicar a la emperatriz que en cuanto llegaron, los pobladores de Bella Mar fueron a recibirlos convencidos de que se trataba de una compañía teatral e inmediatamente pensó que sería una oportunidad fantástica para integrarse rápidamente sin sospechas en el pueblo. La emperatriz no se mostraba totalmente convencida pero debía reconocer que la solución era simple y Daniel tenía razón. Judith se sumó a la conversación explicando que durante la noche ellos serían parte del show simulando luchas en una historia que ella relataría a los presentes. Erika sonrió y sacudió por un momento la cabeza. Esto realmente no estaba en sus planes, pero pensó que un poco de diversión no vendría mal. Entonces fue cuando apareció Ben y les pidió que lo acompañaran a la construcción donde había preparado todos los detalles para que la emperatriz pase la noche junto a su gente.

Luego de caminar un par de cuadras calle arriba y tomar por un callejón durante unos minutos llegó finalmente a una pequeña casa blanca de techos redondeados y ventanas con marcos azules. La puerta de madera pintada en un tono más oscuro de azul se abrió para descubrir en el interior un ambiente encantador. Los muebles eran bastante bajos hechos de caña, los pisos se encontraban alfombrados con dibujos excéntricos en colores fuertes muy bien trabajados. En lugar de sillas se veían unos grandes almohadones azules y turquesas apilados en diferentes puntos del ambiente. Había una sola ventana en forma ovalada que dejaba pasar un poco de luz, dando un toque encantador al lugar.
- ¿Les gusta? – Preguntó Ben ante la falta de comentarios de sus invitados.
- Creo que sí. – Contestó la emperatriz con poca definición a la vez que caminó unos metros cruzando una arcada que comunicaba con una habitación muy grande también alfombrada en tonos violáceos. Del techo pendían un par de telas en tonos marfil escondiendo una cama repleta de almohadones en tonos lilas y azules. El lugar era muy diferente a lo que había conocido hasta el momento. Volvió a la sala de estar y agradeció a Ben por haberse ocupado de encontrarles una casa donde pasar la noche.
- No es nada, por favor. Realmente un gusto poder servirlos. – contestó con una amplia sonrisa para luego dar un par de pasos dirigiéndose hacia la puerta.
- No tan rápido Ben. – dijo Daniel mientras la emperatriz se acercaba.
- ¿Olvidé algo? – preguntó Ben un tanto sorprendido al ver que la emperatriz cerraba la puerta tras él. La expresión de su rostro cambió drásticamente cuando vio a Daniel desenvainar su espada y clavarla en el piso alfombrado con asombrosa fortaleza.
- Creo que olvidaste comentarnos para qué nos necesitan. – contestó Daniel mientras la emperatriz lo observaba atenta.
- Somos gente de bien, no necesitamos ponernos en malos términos, por favor, serénense. – se atrevió a aconsejar a Daniel.
- Mejor tome asiento Ben – dijo la emperatriz para luego mirar a su alrededor y agregar – donde pueda.
Ben ordenó con rapidez tres almohadones y tomó asiento de inmediato con cierta inseguridad.
- No estamos hablando en malos términos, ni siquiera estoy armado. – explicó Daniel con tranquilidad mientras miraba el brillo de su espada clavada en el medio de la sala. – Simplemente queremos saber que es lo que ustedes necesitan. ¿Por qué les interesa que nos quedemos aquí?
Ben tragó saliva y lentamente fue explicando que hacía un par de semanas habían llegado noticias de un pueblo vecino avisando que una masacre había ocurrido en una villa costera aproximadamente cuatrocientos kilómetros al norte. Los sobrevivientes escaparon al pueblo más cercano, pero los rumores decían que los invasores no tenían piedad: tomaban lo que consideraban era de valor, a algunas personas las convertían en esclavos y asesinaban a todo aquel que se revelaba, quemando las viviendas.
La emperatriz comenzó a caminar en círculos por la sala mientras escuchaba el relato.
- ¿Cuál es el plan? ¿Dónde esta el ejercito en Bella Mar? – preguntó Daniel más que preocupado.
- No tenemos ejército. El gobernador así como la mayoría de los pobladores de esta zona son pacifistas, no hemos formado un ejército. El gobernador considera que se podrá negociar con esta gente. – Bajó la mirada por un momento y continuó – No se como piensa lograrlo, no sabemos absolutamente nada de estos invasores, salvo leyendas sobre su crueldad más brutal. La gente no tiene donde ir, no quieren dejar sus casas y están totalmente persuadidos de que se puede alcanzar una paz duradera. Nadie aquí sabe luchar con armas.
La emperatriz y Daniel intercambiaron nerviosas miradas, esta información superaba todo lo que ellos habían podido imaginar.
Se hizo un silencio que fue roto espontáneamente por Ben:
- ¡Ustedes son guerreros! No son muchos pero están armados y saben pelear. – Casi en un susurro agregó – Son nuestra última carta en este juego.
- ¡La guerra no es un juego Ben! – dijo Erika levantando la voz. – ¿Qué estás diciendo? ¿Nos decís que están esperando un ataque enemigo y lo van a derrotar con una obra teatral? ¿Han perdido la razón acaso?

Daniel se había puesto de pie tomando la espada y enfundándola nuevamente. Tomó a Ben de las ropas y con seriedad lo levantó prácticamente en el aire estrellándolo contra una de las paredes, tal vez sin intención.
- Ya mismo necesito la ubicación del pueblo atacado y que me lleves con tu gobernador. – le dijo con autoridad.
- Las cosas no funcionan así aquí. Por favor, paciencia. Te diré todo lo que necesites, puedo hasta darte un plano con la ubicación de las aldeas cercanas. Pero no podés ir directamente con el gobernador ni dirigirte de esta forma al pueblo. ¡Necesitas llegar de otra manera! – gritó ya al final luchando contra la mano de Daniel que lo tenía prisionero contra el muro.
Daniel lo soltó rezongando que esta situación era increíble. Se acercó a la emperatriz y le dijo:
- Erika, inmediatamente debemos alertar a todos los puestos de control. Finalmente los hemos encontrado. Y aún no se cómo pero debemos evacuar a toda esta gente.
- Hoy a la noche el gobernador estará presente durante los festejos, será un buen momento para plantearle la situación. – explicó Ben – Tené en cuenta que sólo el gobernador y muy pocas personas estamos al tanto de estos acontecimientos.

Minutos más tarde, Daniel, Ben y la emperatriz caminaban de regreso al puerto con las mentes totalmente absortas en como solucionar esta situación. Al llegar cerca del muelle Ben fue en busca de Judith a toda velocidad para ponerla al tanto de lo ocurrido, mientras que Daniel ordenó a todos los guardias que vayan en búsqueda de sus compañeros y alerten de la situación a todo el imperio. Debían estar en estado de guardia activa en cada punto del territorio y sus servicios podrían ser requeridos en cualquier momento.

Y fue justamente en ese preciso instante cuando ella lo vio por primera vez. Una pequeña balsa se acercó al muelle con un hombre parado sobre ella sosteniendo un remo en sus brazos. Tomó una soga para lanzarla al poste del muelle y enlazarla con suma habilidad, asegurándose que la marea no se lleve su pobre embarcación. Tenía el cabello oscuro y bastante enrulado, de hombros anchos y ojos verdes oscuros. Saltó de la balsa al muelle, levantó la vista y la miró mientras que sus blancos pantalones algo cortos empapados dejaban caer gotas saladas de mar sobre la madera del muelle. Sus miradas se conectaron por un breve momento y ella lejos de sostenerla salió corriendo inmediatamente en búsqueda de Daniel como si hubiera visto a un fantasma.

A las pocas horas Daniel explicó a la emperatriz que ya había impartido las órdenes a sus hombres y que estimaría en un par de días estarían listos en el destacamento de la playa pero no perdió la oportunidad para aclararle que consideraba muy importante que la población civil abandonara el lugar: si iban a enfrentar una batalla, no podía dejar a toda la gente en riesgo. Los dos estuvieron de acuerdo y fueron en búsqueda de Ben y Judith para planear la manera de acercarse al gobernador esa noche. Los dos se encontraban en un local frente al mar, tomando unas bebidas directamente de los frutos. Tanto Ben como Judith bajaron la mirada al verlos llegar, pero se compusieron al percibir que sus invitados no estaban furiosos. Pronto participaban activamente en argumentar estrategias para acercarse al gobernador sin levantar sospechas. Sería bastante sencillo realizarlo en medio de la función, aprovechando uno de los actos en los que simularían una lucha. De hecho, otra posibilidad era que la función le gustara mucho y el mismo gobernador quiera saludarlos. Ni la emperatriz ni Daniel estaban de acuerdo con esta posibilidad pero no podían negar que sería tal vez una alternativa.

Él entró en el mismo local ahora con un bolso de tela en vivos colores colgado en forma cruzada de su hombro derecho. Se acercó al empleado para ordenarle algo y luego tomó asiento a unos cinco metros de donde estaba la emperatriz. Ella miró la camisa blanca sin mangas ni cuello para sorprenderse nuevamente con una mirada directa de este hombre desconocido. La barba estaba crecida de unos pocos días y le daba un aspecto algo sombrío y misterioso. Ella desvió la mirada pero a los pocos minutos no pudo evitar volver a mirarlo para encontrar nuevamente esos ojos fijos en ella. El sonrió y ella reprimió el impulso de esconderse bajo la mesa. Se dijo a sí misma que debía comportarse, por lo que la seriedad se hizo presente en su expresión y se concentró en seguir la conversación que se estaba siguiendo en su propia mesa, sin poder evitar sentir la mirada sensual de ese hombre misterioso.

Judith y Ben finalmente los invitaron a cenar en su casa antes de los festejos de la noche por lo que al poco tiempo de decidir la estrategia a seguir, los cuatro abandonaron el local para caminar con una contradictoria tranquilidad hasta el hogar de la pareja. En el camino, Daniel preguntó:
- ¿Quién era ese hombre?
- ¿Qué hombre? – contestó ella.
El rostro de él reflejó cierta preocupación y volvió a preguntar:
- ¿Va a ser un problema?
- No. – mintió ella unos segundos más tarde.

Luego de cenar liviano en la bonita casa de Ben y Judith se dirigieron al centro de Bella Mar. Se trataba de un espacio abierto con el suelo cubierto por adoquines bien calzados al cual se llegaba luego de recorrer laberintos de callejones. Cuando llegaron ya había una multitud agrupada algunos escuchando música, otros charlando y algunos otros riéndose ante la actividad circense de ciertos artistas callejeros.

Ben los guió hasta llegar a la parte de atrás de un escenario improvisado en una de las esquinas del lugar y habló con ellos por un momento mientras los presentes se iban acomodando lentamente frente al escenario. Presentó a otros integrantes del grupo de teatro y rápidamente todos acordaron las directivas. Judith salió al centro del escenario y comenzó a relatar una historia frente a todo el pueblo y especialmente al gobernador allí presente. Esta historia se trataba nada más y nada menos que de un ataque a una población cercana a Bella Mar. Ben escapaba tras ella hasta encontrar a la emperatriz quien empuñaba su espada brillante bajo la luz de las antorchas. Simulaban una travesía en la cual todo el pueblo los seguía hasta encontrarse con el enemigo, un poderoso Daniel que se enfrentaba en la ficción a la emperatriz. Ella no pudo disimular una sonrisa al momento de verlo, cuando en realidad debía gritar con ira que estaba expulsado del territorio. Realizaron unos trucos con sus espadas, muy aplaudidos de buena gana por la multitud, mientras que ellos sinceramente tuvieron que contener la risa porque no podían entender como un pueblo podía estar tan divertido con una actividad que ellos relacionaban sólo con la muerte, la sangre, la tristeza y la miseria. Evidentemente, esta gente no tenía idea de qué significaba estar en guerra.

Sin embargo la obra no pasó desapercibida para el gobernador, quien junto a sus más cercanos asesores seguían con expresión seria la escena que estaban dramatizando, contando de alguna forma la situación que realmente estaba ocurriendo en algunas localidades vecinas. Todo el público restante reía y festejaba la actuación.

Lo vio por solo un momento pero la emperatriz lo pudo distinguir entre todos porque a diferencia del resto de los presentes, su mirada fue fría y seria, casi lejana. Parecía que la encantadora mirada de hacía unas horas ya no existía y esta vez, fue él quien escapó sin soportar la mirada de Erika.

La obra era una ficción de todas maneras, y habían acordado terminaría con la firma de un tratado de paz, y así fue. La gente presente aplaudía y festejaba a todo pulmón. Les costó poder desplazarse en el lugar, por el tumulto que se había formado pero ese problema fue resuelto por los hombres del gobernador quien al acercarse, dijo a Ben:
- ¿Te crees muy inteligente? ¿Por qué querés alterar a todo el pueblo?
- No es alterar, debemos alertar. ¡No quiero que mi pueblo muera!
- ¿Quién es esta gente? – preguntó.
- Ellos pueden ayudarnos, Sr. Gobernador. Tiene que escucharnos.
- Te veré mañana a primera hora en la gobernación, sos vos quien debe comprender. – Espetó el hombre algo bajo y excedido en peso.

La emperatriz y Daniel no articularon palabra alguna, porque ante este corto diálogo, ya sabían lo que ocurriría. Parte del pueblo se exiliaría con ellos en el imperio y una gran cantidad de gente sería asesinada. La cantidad de muertos, dependería en gran medida del resultado de la reunión que mantendrían al día siguiente con el gobernador.

A los pocos minutos los integrantes del imperio junto con la pareja anfitriona habían logrado escaparse de la multitud y ya se encaminaban hasta la casa que Judith y Ben habían ofrecido para pasar la noche. Al doblar en una esquina estaba él parado mirándolos fijamente como un gato a su presa, mientras se recostaba sobre una pared.

- ¡Buenas noches Lukas! – saludaron Ben y Judith al pasar, recibiendo un simple saludo con la mano como única respuesta.
Esta vez las miradas de Erika y Lukas se mantuvieron desafiantes en el aire por unos cuantos segundos hasta que Daniel la tomó de un brazo obligándola a apurar el paso.

- ¿Quién es ese hombre? – Preguntó Daniel con preocupación en su tono de voz.
- ¿Lukas? – sonrió Ben por un momento y la mirada de Judith se iluminó a la vez que lo hacía callar ya que ella misma quería contar la historia. Cuando decidieron entre ellos quien contaría la historia, ella dijo:

- Fue durante el otoño del año pasado. Justo se estaba celebrando el festival del quinto año de la gobernación cuando fuimos a preparar las playas. Toda la fiesta se había organizado sobre la costa, con fuegos artificiales – hizo una pausa y continuó – fue todo una belleza, realmente espléndido. Toda Bella Mar se disfrazó para celebrar la gobernación, nuestra organización como ciudad. – Se percató que no era esto lo que sus invitados deseaban escuchar y se volvió a encauzar – La cuestión es que a la mañana temprano fuimos junto con otros colegas a comenzar con los arreglos cuando vimos a la distancia un movimiento en la arena. – Respiró por un breve momento y continuó el relato – La verdad que yo al principio no podía distinguir nada y teníamos tanto peso con los instrumentos que no estaba realmente interesada en ver que era ese movimiento en la arena a la distancia. Por supuesto, no tenía idea de qué se trataba. Pero, ¿te acordás de Luis? – le preguntó sin esperar respuesta de Ben y prosiguió – Insistió tanto pero tanto, que finalmente caminamos bastante por la playa y nos encontramos ni más ni menos que con Lukas sin fuerzas desplomado sobre el costado de una roca. Estaba conciente pero no decía una sola palabra y nos miraba con indiferencia casi sin reaccionar. Estuvo realmente mucho tiempo así, como perdido. Recién después de varias semanas nos dijo que se llamaba Lukas.
- ¿Pero de donde vino? – preguntó Daniel.
- Fue un regalo del mar. – comentó Judith con una mirada soñadora que fue censurada por Ben inmediatamente.
- ¿Y todavía no habla? – preguntó por primera vez la emperatriz.
- Más o menos. Debe haber pasado por una crisis o algo así, pero se ha comportado muy bien con todos nosotros. – Y entonces fue que hizo incapié en las bondades de Lukas – Ayuda a los pescadores, también en la construcción de las viviendas. Es muy callado. – añadió Judith pensativa para luego continuar diciendo casi al llegar a la vivienda donde dejarían a la emperatriz y Daniel – ¿Te acordás del día de la demolición? Pobre hombre, casi no podía respirar, no se como no murió al instante.
- ¿Qué ocurrió? – preguntó curiosa la emperatriz.
- Estaban trabajando cerca de la gobernación demoliendo parte de un edificio cuando la maquinaria se desbalanceó y la masa lo golpeó en el medio del vientre. Yo creo que si lo hubiera estrellado contra una pared, no cuenta la historia. Supongo que sobrevivió porque lo desplazó por los aires nada más. Tenía hasta las manos ensangrentadas y no dejaba de escupir sangre. Realmente esperábamos lo peor. – aclaró con soltura Ben. – De todas maneras es un milagro que haya sobrevivido. Hubo que atenderlo varios días hasta que se recompuso. – se interrumpió por un momento y finalmente Ben dijo – ¡Llegamos!

En ese punto se despidieron y la emperatriz ingresó junto a Daniel en la casa. Al cerrar la puerta tras ellos, la emperatriz explotó en llanto sin que Daniel tuviera la capacidad suficiente para contenerla ni entender la situación. Pasadas unas horas, ambos se quedaron dormidos sobre decenas de almohadones azules, turquesas y lilas.