Los rayos de sol la despertaron filtrándose a través de la puerta y se cubrió la vista con una mano para incorporarse minutos más tarde con la espalda algo dolorida. Daniel no estaba ahí y ella hubiera seguido durmiendo pero la idea de volver a recostarse sobre ese costal de cereal no la tentaba demasiado. Entonces se puso de pie y abrió la puerta, lográndolo sólo en el segundo intento. El sol bañaba los campos sobre una leve neblina matutina. Bostezó y entonces los vio. Daniel, con su escopeta al hombro, caminaba por el perímetro del campo y Chico lo acompañaba a su lado. Él también la vio y aceleró el paso aunque el perro le ganó la carrera.
- ¡Buen día! Estaba esperando que te despertaras para probarla. – dijo con entusiasmo mostrando la escopeta a la emperatriz.
- Bueno, pero tené cuidado y además no gastes todas las municiones. – le contestó la emperatriz.
- Yo se donde Paco guarda más municiones. – se escuchó una voz simpática y juvenil.
La emperatriz y Daniel intercambiaron miradas para luego dirigirlas hacia abajo y observar al perro moviendo la cola como un pequeño látigo de un lado a otro. Erika se acercó al animal y le preguntó:
- ¿Nos podrías mostrar, por favor?
- ¡Pero claro que sí, preciosa! – contestó con entusiasmo y se metió rápidamente en el galpón. Daniel y Erika lo siguieron inmediatamente, a tiempo para observar como el perro iba saltando del costal de cereal a la silla, de la silla a la pequeña mesa, de la mesa a la pila de cajas de madera y de allí a un estante. Caminó por él agazapado y con ojos enormes les pidió:
- ¿Me ayudan a bajar? ¡No dejó la caja aquí!
Erika se reía mientras pedía a Daniel que ayude al pobre animal. Pensaron que allí terminaba todo pero en cuanto Daniel lo dejó libre sobre el suelo el pequeño perro salió corriendo a la otra punta del galpón y comenzó a escarbar la tierra con mucha fuerza y entusiasmo. Daniel comentó:
- Tal vez enterró algún hueso ahí. Vamos.
- Espera – le pidió Erika al ver brillar algo bajo la tierra. Se acercó a Chico para distinguir la tapa de una caja. El perro cedió un poco de lugar y entre los dos terminaron el trabajo. Pronto la emperatriz estaba sentada sobre el costal con una caja de metal entre las manos. La abrió lentamente y encontró algunas fotos antiguas de una mujer elegante, una caja con municiones y una pistola de color negro. La tomó entre sus manos y le resultó más cómoda que la escopeta. Entre las fotos también había algunas cartas y pedacitos de tela. Se quedó con el arma y las municiones guardando luego prolijamente todo en la caja tal cual lo había encontrado. Incluso se tomó el trabajo de dejarla en su lugar y volver a cubrirla con la tierra.
- Bien, salgo a practicar. – anunció Daniel y en ese momento se dieron cuenta de que Chico no estaba con ellos desde hacía unos cuantos minutos. Daniel levantó los hombros con total desinterés y salió del galpón junto a la emperatriz.
Ella prefirió recorrer los campos cultivados y retirar en algún que otro lugar hierba que afectaría la cosecha a futuro, mientras que él comenzó a disparar a unas ramas que había ubicado estratégicamente a una cierta distancia. Erika estaba muy entretenida tratando de arrancar las raíces de unas hierbas cuando entonces los vio y no podía salir de su asombro. Chico estaba recostado con el hocico contra el piso mirando con total dulzura a un pequeño conejito, blanco como la nieve. Se acercó con la mano sobre el arma con mucha calma tratando de no alertar al conejo, pero todo fue inútil. Al estar a unos metros de distancia, Chico se percató de sus intenciones y comenzó a ladrarle con tal determinación que ella tuvo que retroceder. Sin perder el tiempo, el conejo escapó en una carrera imposible de ganar zigzagueando entre los árboles del fondo del campo. El perro estaba rabioso y justo en ese momento llegó Paco luciendo sumamente disgustado:
-¿Qué le estás haciendo a mi perro?
- ¡Nada Paco! – contestó ella con la sangre en el ojo. El hombre no le creyó y luego de revisar y calmar a su animal se le acercó a los gritos.
- ¡No se te ocurra hacerle algo a Chico! Trata a este animal como si fuera lo más importante en tu vida, o te la tendrás que ver conmigo. ¡No me hagas elegir entre él o ustedes! – en ese momento llegó Daniel corriendo y se detuvo a centímetros de la emperatriz. Esto hizo que el hombre cerrara la boca y se retirara dando zancadas por el campo.
- Cobarde. – comentó Daniel apoyando su mano en la espalda de la emperatriz. – No te preocupes por él.
- No lo estoy. – dijo ella con firmeza y luego agregó – Me preocupa Chico.
Estando ya cerca del alambrado Paco les gritó:
- Les dejé alimentos y botellones de agua en el galpón. – dijo algo más pero nadie lo entendió. Parecía que se alejaba quejándose y haciendo ruidos extraños. Daniel le preguntó a la emperatriz qué había ocurrido y al enterarse de la historia le dijo:
- Estás en un dilema. La intención de Chico es buena, le gusta el conejo, pero no sabe prever que el conejo va a terminar con el campo de zanahorias. Me hace acordar a cierta persona… – comentó con una sonrisa. Ella se mantuvo seria y finalmente se retiró dirigiéndose hacia el galpón.
Los tres a esta altura tenían hambre. Chico apareció en la puerta al sentir el olor a comida y la emperatriz le sirvió en una taza una porción para él también. Aprovechó ese momento para hablarle sobre el peligro que representaba el conejo, sobre la amistad, el deber y la responsabilidad. El perro tenía buen corazón, pero no aceptaba los planteos de Erika. Simplemente no lo podía entender, estaba seguro de que todo el amor que le tenía a su pequeño amigo podría resolver cualquier inconveniente.
Estaban en el medio de la conversación cuando escucharon a Tomás llamándolos desde la entrada del campo. Abrieron la puerta del galpón y lo vieron con muestras de cansancio en el rostro. Erika corrió a su encuentro y al acercarse vio las manchas de sangre en la camisa y le preguntó qué le había ocurrido. Lo tomó de los brazos ayudándolo a caminar ya que Tomás se inclinaba levemente hacia delante. Le abrió la camisa y vio una gran marca morada en su estómago. – ¡Por favor, Tomás! Esto es demasiado. Tiene que haber una forma de detenerlo.
- Lo único que importa es que estás bien, mi amor. Estaba preocupado. – le dijo él con un gesto de sufrimiento.
- Vení. – le contestó ella tomándolo de un brazo para llevarlo al galpón. Daniel los ayudó y recostaron a Tomás sobre los costales de cereal. Le ofrecieron alimento pero él no los aceptó y se quedó dormido en pocos minutos. Al quedar inconsciente aflojó su mano y algunas monedas cayeron al piso. Daniel las juntó y las guardó en una pequeña bolsa de cuero.
Erika y Daniel trabajaron duro en el campo ese día mientras Tomás se recuperaba. La emperatriz en un momento se paró erguida mirando el horizonte, limpiando el sudor de su frente y se preguntó si no habría perdido el rumbo en algún momento. ¿Qué estaba haciendo ella en ese campo de zanahorias?
- Normalmente no se puede ver la figura del rompecabezas hasta que uno avanzó lo suficiente en el trabajo. – dijo Tomás a pocos metros detrás de ella.
Ella giró con una sonrisa y le dijo:
- ¡Te despertaste! ¿Estás mejor?
- Sí. Mucho mejor. – la miró con ternura.
- ¿Estamos bien aquí?
- Claro que sí. Todo está en su lugar. – se acercó y le acomodó el cabello. – Tranquila mi amor.
Ella le sonrió y le preguntó por Tania. Tomás se rió suavemente y le contestó:
- Ella es la que mejor la está pasando. Te lo aseguro. – luego le contó sobre su nuevo trabajo en la taberna y que había conocido al hombre más importante del pueblo. Con él deberán negociar para aliarse y llegar al río. Luego le dio la espalda y comenzó a caminar mientras le decía:
- Tengo que volver. Los espero el viernes, me gustaría que vengan a verme.
La emperatriz se quedó viéndolo marchar y suspiró.
Tania se despertó con una energía inusual esa mañana, se sentía plenamente feliz. Acomodó la ropa de su cama y se arregló el cabello. Se cambió luego de seleccionar un vestido color celeste del baúl y abrió la puerta de la casa para encontrarse con una mañana fresca donde algunos trabajadores ya estaban ocupándose de la rutina diaria. Sin perder la sonrisa fue hasta el depósito a buscar alfalfa, cargó la carretilla y la llevó hasta los studs.
El pelaje de los animales brillaba en forma especial bajo la luz matutina. Ella se acercó con alegría hablándoles con dulzura y se emocionaba cuando le aceptaban el alimento. Era un trabajo maravilloso y no podía esperar el momento de aprender a cabalgar.
Luego de revisar que todos tuvieran su ración de alimento y los piletones de agua completos, comenzó a cepillarlos uno a uno. Estaba trabajando con una yegua de tres años, color negro azabache, cuando él la vio ese día. Ella lo divisó a la distancia pero no saludó esperando que él se acercara. Se desilusionó al ver que él no hizo gesto alguno y se dirigió a uno de los peones, quien le alcanzó inmediatamente un caballo. Pronto salió al galope del haras levantando polvo detrás de sus huellas.
La yegua y ella se miraron y el animal movió las orejas como entendiendo la situación. Tania continuó cepillándola y luego siguió con los demás hasta finalizar con su tarea avanzado el mediodía.
- ¿Ya terminaste? – preguntó un paisano bajito de tez curtida luciendo una especie de boina negra sobre su cabeza.
- Sí. Ya están listos. – contestó ella.
- Bien. Entonces vamos al comedor. – le dijo sonriendo y extendiendo su mano – Me llamo Rodrigo.
- Encantada, mi nombre es Tania.
- Lo se. Juan me pidió que cuidara especialmente de usted.
La alegría le volvió al alma y no pudo dejar de sonreir por las próximas dos horas. Comieron un guiso bastante abundante y mientras tanto aprovechó para enterarse de la organización del lugar. El haras tenía alrededor de doce empleados. Había un par de chicas que se ocupaban de la cocina y la limpieza, otros tres adiestradores para los animales, dos cuidadores y el resto eran peones de mantenimiento general. Rodrigo estaba a cargo de todos ellos, Tania incluida.
Estaban levantando la mesa cuando Juan regresó al haras y se dirigió sin decir palabra al edificio principal. Ella dudó. Sentía el impulso de ir a hablarle pero por otro lado, estaba convencida de que lo mejor era continuar con sus tareas en el lugar y enfocarse en su trabajo. Además, tenía que comunicarse con su grupo para avisarles que ella estaba trabajando allí. Entonces sonrió y fue decidida a golpear la puerta de Juan.
- ¡Adelante! – escuchó.
Abrió la puerta y lo vio recostado en una poltrona con un libro entre sus manos. Antes de entrar tenía la frase en su cabeza pero en ese momento las palabras habían desaparecido y las buscaba desesperadamente. El la miró sonriente y le dijo entusiasmado:
- ¡Tania! ¡Qué bueno verte! ¿Qué tal tu primer día de trabajo? ¿Todo bien? – su mirada era vivaz y brillante.
Ella le sonrió y le dijo con un suspiro:
- Maravilloso.
El rió mostrándose feliz y contestó: – Cuanto me alegro, realmente. – levantó casi imperceptiblemente las cejas y continuó diciendo – ¿Te interesa la lectura?
Al escuchar estas palabras mágicamente ella recordó lo que tenía para decirle.
- Sí, me gusta mucho leer. Yo, en realidad, venía a pedirte si podría ir hasta el pueblo un momento. Tengo que avisar a unos amigos que estoy aquí.
Él la escuchaba con atención y le contestó:
- No te preocupes por eso. Esta noche vamos a cenar en el centro. Podemos pasar por donde estén tus amigos antes si te parece bien. – y sonrió al verla sonrojarse.
Juan se puso de pie y se acercó para mostrarle el libro que estaba leyendo. Ella lo tomó en sus manos y comenzó a hojearlo lentamente sin leer una sola palabra de sus páginas. Él caminaba a su alrededor y de pronto le dijo:
- Sos hermosa.
- Gracias. – le dijo ella bajando la mirada y sintiéndose un tanto incómoda. Entonces lo miró y le preguntó – Esta noche, ¿debo vestirme de alguna manera en especial?
El sonrió más que complacido y le dijo – No te preocupes por eso. Vení. – Le extendió su mano y ella la tomó. La guió hasta la biblioteca y le preguntó si había leído alguno de esos libros. Ella pudo reconocer algún que otro título, pero las caricias que él le daba en su mano mientras le hablaba le nublaban la mente. Entonces Tania comentó algo pero él la interrumpió con un beso tierno y dulce. Se abrazaron con suavidad y se miraron.
- No se que me pasa con vos. Siento que quiero cuidarte. – le confesó él.
Ella contestó a la defensiva como despertando de un sueño y tensando su cuerpo:
- ¿Pensás acaso que no puedo cuidarme sola?
El sonrió y le dijo a pocos centímetros de su boca:
- No, no te cuento lo que pienso. Te hablo de lo que siento. Debes saber que un sentimiento es mucho más fuerte que un pensamiento.
Ella se quedó sin palabras y le acarició el rostro, entonces él volvió a besarla con delicadeza abrazándola más fuerte. En un momento Juan apoyó la mano en su pecho y al descubrir su corazón, sonriendo le preguntó:
- ¿A dónde corre?
Ella sonrió y le dijo:
- Parece que se quiere ir con vos. – él la miró apasionado y volvieron a besarse. Se distanciaron por un momento y sin soltar las manos él la guió a su dormitorio. Ella no se resistió.
Erika continuó trabajando por largas horas y al regresar volvió a descubrir a Chico con su pequeño amigo. No dijo nada y se metió en el galpón. Allí estaba Daniel esperándola.
- Creo que pronto será el tiempo de cosecha. – comentó él al verla llegar.
- Eso parece, pero debemos esperar las indicaciones de Paco.
- Cuando viene. Supongo que para el fin de semana, ¿verdad?. – contestó Daniel.
- ¿Lo vistes a Chico? – preguntó la emperatriz preocupada.
- Sí. Esto no va a terminar bien. Ya hablé con él también pero todo es inútil. No me hace caso.
- Al menos lo advertimos – le contestó ella.
- Sí, es cierto.
- Daniel, ¿tenés forma de comunicarte con el destacamento? Me gustaría tener noticias de ellos.
- Mañana temprano iré hasta allá para pasar revista. No creo que tengan problemas. – Se echó a reir.
- ¿Qué sucede?
- Me acordé de los coatíes. ¡Qué personaje ese Ariel! ¿Lo vamos a llevar al monte?
- Sí, claro, un trato es un trato. Después de todo, gracias a ellos no tenemos el problema de las provisiones. – le recordó la emperatriz.
- Es cierto. Bueno, es hora de dormir emperatriz.
- Sí, estoy agotada. No recuerdo haber trabajado tanto.
Daniel se rió con ganas y ella le dio un golpe en el brazo.
Tomás había comenzado su turno y limpiaba las mesas con forma de tornillo en la calle a la salida de la taberna. Algún que otro cliente comenzaba a llegar poco a poco pasadas las ocho de la noche. El descanso le había venido bien y se sentía bastante recuperado. Levantó una copa y entonces la vio pasar al galope. El caballo se detuvo repentinamente a unos metros y ella descendió. El jinete lo miraba seriamente y él no podía dejar de observar ese rostro. Lo encontraba increíblemente familiar. Tania se acercó a él rápidamente y lo tomó de un brazo mientras Tomás no podía evitar mirar a Juan.
- ¡Tomás tenemos que hablar! No se que me sucede. Estoy mal. No se que tengo. Me tenés que ayudar.
- ¿Qué te pasó? – le contestó él mirándola con atención.
- ¡No puedo pensar! Estoy como confundida, emocionada, sensible. – Tomás la escuchaba totalmente anonadado y sin permitirle continuar le preguntó:
- ¿Quién es este? – el jinete se había ido acercando lentamente hasta ellos mientras conversaban. Entonces bajó de su caballo y lo miró a Tomás sin abandonar una actitud seria y dominante.
Tomás se acercó a él y le preguntó:
- ¿Nos conocemos?
- No. – contestó Juan luego de mirarlo con intensidad.
- ¿Estás seguro? – volvió a preguntar Tomás, mirándolo intrigado.
- Nunca lo he visto en mi vida. – le dijo él con plena seguridad.
- Tomás, debo avisarte que estoy trabajando en el haras de Juan. – le informó Tania de pronto.
- ¿El haras de Juan? – preguntó Tomás.
- Queda a cinco kilómetros al este de aquí. Criamos los caballos para el gobernador. – aclaró Juan.
- ¿El gobernador? – volvió a preguntar Tomás algo asombrado.
- Sí. Para Manuel Almeda. Vamos a cenar con él ahora.
- ¿Vamos? ¿Te vas con él? – preguntó Tomás confundido señalando a Juan con la mirada.
- Sí. – le dijo ella. Luego le dio un abrazo de despedida y con la ayuda de Juan volvió a montar el caballo para salir al galope en el momento.
Tomás se quedó inmóvil mirándola. “Va a cenar con Manuel Almeda” – pensó.
- ¡Camarero! – le gritaron desde adentro obligándolo a volver a la rutina. Mientras atendía a la gente pensaba una y otra vez donde había visto a ese hombre. Ese Juan. Estaba seguro de que lo conocía de algún lado. Y de pronto cayó en la cuenta quedando perplejo: “¿Tania me abrazó?”
El edificio principal de la aldea era de color arena con algunas columnas al frente y unas amplias escaleras en la puerta principal. Sobre ellas se leía un cartel que decía “Pueblo de Almeda”. Dejaron el caballo atado a un poste cercano y caminaron unos metros hasta donde un empleado los recibió y guió por las escaleras hasta abrirles la puerta principal. Al ingresar se veía un pequeño hall y un corredor con pisos en mármol formando grandes cuadros negros y blancos. Algunas plantas y cuadros adornaban el lugar dando un toque difícil de definir. Tania lo encontró bastante cálido. Aguardaron un minuto y un mayordomo apareció por la galería. Con una enorme sonrisa saludó a Juan diciéndole:
- ¿Cómo está Señor? Siempre es un gusto recibirlo en esta casa. – Miró a Tania por un momento y le dijo – Señorita, un placer.
Tania se sentía como una joven princesa guiada por el hombre más apuesto que había conocido en su vida. Siguieron al mayordomo hasta un salón donde se encontraba una enorme mesa de roble finamente trabajada y servida con los más ricos manjares. Tania abandonó pronto la idea principesca y no veía la hora de atacar esos platos deliciosos, abundantes en exquisita comida. Sin embargo, tuvieron que aguardar la llegada del gobernador y su esposa, quienes no tardaron en presentarse. Manuel y Sofía Almeda llegaron al salón a los pocos minutos y luego de los saludos de rigor se ubicaron alrededor de la mesa.
- Te veo muy bien acompañado, mi amigo. – comentó el gobernador a Juan con picardía.
- Sí, Tania me está ayudando en el haras. Creo que me dará suerte para atrapar a Bandido.
- Ese caballo es terrible. No se deja domar. – manifestó el gobernador.
- Yo le tengo fe a esta señorita. – dijo Juan mirando a Tania con dulzura.
Todos comenzaron a comer y la charla fue muy entretenida. Tania tuvo oportunidad de aprender sobre muchas costumbres del pueblo. Por ejemplo se enteró de que hubo una fiesta popular el mes pasado.
- … la gente es así. Con este evento creen que los nideros no nos atacarán. – comentó el gobernador meneando su cabeza mientras Tania prestaba suma atención.
- No nos atacarán mientras cumplamos con el trato. – acotó Juan.
- El problema es que no se cuanto tiempo más podremos continuar así. Necesitamos el agua. La gente no está dispuesta a entrar al monte. Les tienen pánico, pero si la situación se torna intolerable, ya no estoy tan seguro. – expresó Manuel con cierta preocupación.
- Y bueno querido… – suspiró Sofía para luego señalar – Con los antecedentes que tienen los nideros, tampoco puedo culparlos.
- Al decir verdad, no me gusta la idea de llegar al río. Es un riesgo muy grande. – acotó Juan.
- No encuentro otra solución. – comentó desazonado el gobernador.
- Yo conozco a alguien que puede ayudarlo, Señor Gobernador. – habló Tania por primera vez.
Los tres la miraron con curiosidad y Manuel Almeda comentó con una sonrisa:
- Es la segunda persona que me dice esto en poco tiempo. ¿Quién me puede ayudar? – preguntó sonriente.
- Se llama Erika. Está trabajando en este momento para Paco, en unos campos no muy lejos de aquí.
- ¿Con Paco? – preguntó Manuel Almeda mirando luego a Juan quien comentó:
- La encontré a Tania ayer en el bosque, se había peleado con él, o había discutido por algo.
- ¡Me había faltado el respeto! – expresó Tania mientras que la esposa del gobernador dejó sus cubiertos en el plato y bajó la mirada. Se hizo un silencio en la mesa. Luego el gobernador le dijo con un tono sincero:
- Sepa usted disculpar a mi cuñado. Desde que perdió a su esposa, ya no es el mismo. Estoy seguro que no tuvo intención de ofenderla. Hablaré con él.
- Igual ahora está trabajando conmigo. – dijo Juan rápidamente con una sonrisa nerviosa mientras deslizaba una mano bajo la mesa para acariciar la pierna izquierda de Tania.
El gobernador lo miró por un momento y luego le dijo a Tania:
- Parece que conquistaste a mi socio, querida. Debes ser alguien especial.
Ella sonrió entre complacida y avergonzada. Los sentimientos que tenía eran totalmente nuevos para ella, al igual que toda la situación que estaba viviendo.
Continuaron cenando con una charla muy amena sobre diferentes temas culturales. Ella estaba maravillada por la capacidad e inteligencia de Juan. Era un hombre de mundo, tenía conocimiento sobre una amplia gama de temas. Finalmente la cena llegó a su fin y antes de partir, el gobernador se detuvo y le dijo a Tania:
- Que tu amiga se presente en la Asamblea Pública de fin de mes. Espero que también sea alguien especial. Me llama la atención que propongas a una campesina para brindar una solución. – sonrió y ante la falta de expresión de Tania le preguntó – ¿Conoces la leyenda verdad?
- No, señor gobernador.
- Es muy antigua y dice así:
“Una emperatriz calmará la sed de los pueblos,
uniendo con paz las culturas.
Vencerá al gran ejército cumpliendo sueños,
aunque ella misma albergue dudas.”
El gobernador se retiró sonriente junto a su esposa al terminar de recitar la profecía y Tania miró a Juan intrigada:
- Es una creencia popular. Un gran ejército vencido, sueños cumplidos, algo sin demasiado sentido. Los milagros no existen. Yo se lo que te digo. – opinó Juan quien luego la guió hacia la salida. En el camino al haras le preguntó: – ¿Quién es Erika? ¿Y quién era ese hombre Tomás?
- Amigos. Mis más grandes amigos. – contestó con su corazón por primera vez en su vida.
Los días pasaron en el pueblo. Daniel había podido contactar al ejército recibiendo con alegría a los nuevos soldados que traían excelentes noticias del reino. Al parecer Ana cubría muy bien a la emperatriz en sus funciones y además envió a los hombres con más provisiones. Por otro lado, los cóndores habían colaborado de una manera inesperada. Sin saberlo, dejaron semillas de nuevas especies de árboles frutales en el reino. Los habitantes se sorprendían por el gran crecimiento que tenían y esperaban ansiosos disfrutar los frutos. También se había contenido el crecimiento de la población en roedores y otras alimañas. Además los habitantes estaban muy a gusto con la nueva patrulla del aire, realmente se habían transformado en una atracción popular.
La emperatriz seguía trabajando en el campo, tolerando, en cierta medida, la amistad de Chico con su conejo. Y por supuesto Tomás, daba algún que otro show musical por las noches a sus seguidores, siguiendo con su rutina en la taberna.
Tania aprendió a cabalgar y entrenar los caballos con la ayuda de Rodrigo. Su amor por Juan crecía cada día más y se sentían con el pasar del tiempo más unidos como pareja. La aparición de este hombre fue totalmente inesperada en su vida, pero muy bienvenida.
Y finalmente llegó el día de la Asamblea Pública. Ese día como cualquier otro, Daniel y Erika se levantaron temprano y atendieron el campo ya listo para que se comience a levantar la cosecha. Habían realizado el recorrido de rutina alrededor del perímetro y se encontraban ahora recorriendo los cultivos cuando Erika lo vio y su rostro se endureció.
Allí estaba el conejo, amigo de Chico, comiendo con muchas ganas una zanahoria de buen tamaño. Ella buscó la pistola en su bolso y apuntó, pero Chico, al verla salió corriendo desde atrás de ella y al grito de alto pasó corriendo por su lado en persecución del conejo. La emperatriz no lo dudó ni por un momento y los siguió, decidida a no perder el rastro. En un instante el conejo se equivocó de dirección al saltar y quedó al alcance de Chico. Él lo atacó, provocando un corte severo en su pata trasera. La sangre resaltaba en el pelaje blanco del precioso conejo.
- ¿Cómo pudiste hacerme esto Chico? ¡Eramos amigos! ¿Cómo me traicionaste así? – se quejaba el conejo dolorido.
- ¡No me dejaste alternativa! ¡Mil veces te dije que no tocaras estas zanahorias! ¡Vos me traicionaste! – le gritaba Chico aullando angustiado por su amigo.
- Una maldita zanahoria, te odio desgraciado. Era una simple zanahoria de un campo completo. Te odio. – le dijo el conejo ciego de ira mientras que se arrastraba como podía para huir hacia el bosque. El perro debía atraparlo, pero lo estaba dejando escapar.
Erika quitó el seguro, levantó el arma con ambas manos, apuntó y jaló el gatillo. Fue un solo segundo y el conejo quedó destrozado inmóvil sobre el campo. Chico se acercó al cuerpo del animal y aulló. En ese momento ella escuchó a sus espaldas la carga de una escopeta. Daniel vio a Paco detrás de ella apuntando y corrió a toda velocidad horrorizado quedando paralizado cuando escuchó el estruendo. Ella se estremeció y entonces escuchó el grito de Chico antes de caer muerto sobre el conejo.
Giró y lo vio a Paco con el entrecejo fruncido. La mirada de Erika lo decía todo y él comentó con desdén:
- Tenía un perro porque me era fiel, lo alimentaba porque me protegía los campos. Desagradecido. No tolero las traiciones. – dejó deslizar la escopeta hacia abajo mirando la pistola que sostenía Erika. Se acercó y la tomó entre sus manos. – Era de mi mujer. Ella nunca fallaba, tenía una puntería excelente y hoy vos le diste buen uso. – dijo y luego caminó cabizbajo. A unos metros de distancia les gritó: – ¡Acompáñenme por favor!
Daniel ya estaba cerca de Erika, preocupado y agradeciendo a los dioses por su misericordia. Por un momento había pensado que no volvería a ver a su emperatriz. Se acercó a Paco y le preguntó dónde iban.
- El gobernador me pidió que los lleve a la Asamblea Popular. Por algún motivo quiere verlos.
Paco les habló muy bien en esa oportunidad. Les dijo que estaba muy conforme con el trabajo que habían realizado en los campos y que pensaba obtener una alta rentabilidad con esa cosecha. Luego de explicar sobre el rinde y algunos detalles de la operación, les ofreció que se hicieran cargo de otros campos. Les consultó también si conocían a alguien para recomendar para realizar estos trabajos. Daniel contestó afirmativamente y Paco pidió que se presentaran al día siguiente.
Los tres recorrieron el camino hasta la gobernación con entusiasmo. Al llegar vieron que muchos vecinos se habían acercado y curiosamente se encontraban Tomás y Tania entre todos ellos. La sorpresa mayor para Erika y Daniel fue cuando el gobernador Manuel Almeda apareció frente al público, y luego de un breve aplauso, lo primero que hizo fue abrazar a Paco con gran afecto.
- Manuel, te presento a Erika y Daniel. – Dijo Paco mientras los miraba sonriente y agregó – Me han dado las fuerzas para seguir adelante. De las ruinas han logrado levantar el campo, tengo la cosecha casi lista. Pienso contratar gente Manuel. Voy a pelearla, amigo.
Manuel lo abrazó y lo alentó a continuar con ese entusiasmo. Entonces comenzó la sesión popular y se escucharon tratar una serie de temas hasta que llegó el turno de Tomás y Tania. Ella fue quien habló primero diciendo:
- Buenas tardes Señor Gobernador. Estamos hoy aquí porque el pueblo tiene una necesidad primaria: abastecerse de agua. La única forma de obtener esa agua es alcanzando el río y construir un canal a través del monte. – La gente murmuró temerosa en la sala – Conocemos a la persona que nos puede guiar en esta empresa.
- ¿Sí? – Preguntó el gobernador un tanto escéptico – ¿Y quién es esa persona? – preguntó un tanto burlón.
Tania y Tomás la miraron pero ella no les dio tiempo a contestar.
- Esa persona soy yo, Señor Gobernador. – le contestó Erika con un tono que reflejaba carácter y determinación.
Todos los presentes comenzaron a comentar haciendo un barullo considerable en la sala. Una frase se repetía constantemente en el salón: “Es la emperatriz” “Es la emperatriz” “Es la emperatriz”…
Un moderador pidió silencio inmediatamente y al obtenerlo el gobernador con mucha seriedad le preguntó incrédulo:
- ¿Es usted la emperatriz?
La gente comenzó a tomar distancia de ella mientras que Tania, Tomás y Daniel se unieron con cierto orgullo.
- Soy la Emperatriz Erika del Valle de las Nieves, Señora de las Montañas del Paso y Baronesa del Bosque Noroeste y nos presentamos en paz ante el pueblo de Almeda.
El gobernador no daba crédito a las palabras que había escuchado y Juan, a un costado de la sala, se quedó sin habla ni poder dejar de mirar por un solo momento a Tania, quien estaba parada al lado de la emperatriz entre esos dos guardias.
El pueblo guardó silencio en señal de respeto y el gobernador se acercó a ellos acompañado por su propio personal de seguridad.
- Emperatriz, ¿dónde está su ejército? – preguntó el gobernador algo preocupado, recordando la gran cantidad de leyendas existentes sobre esta mujer. Nunca había pensado que serían reales pero el problema principal que enfrentaba era que el pueblo sí creía en ellas.
- Cerca, pero no habrá necesidad de un enfrentamiento, Señor Gobernador.
- Claro que no, Emperatriz. Tenemos mucho que conversar, ¿no cree usted? – preguntó con suma caballerosidad.
- Por supuesto. – respondió ella.
- Por favor, preséntese mañana. La estaremos esperando.
- De acuerdo. – le contestó ella y los cuatro iniciaron su retirada del salón. La gente se abría dejándoles paso como un juego estratégico prediseñado ya que todos se distribuían y circulaban metro a metro de modo de poder verla de cerca al menos por un momento.
Llegaron caminando hasta el centro de la plaza cuando de pronto Juan los alcanzó agitado y gritó por Tania. La emperatriz no estaba al tanto de esta situación y Tomás le dijo al oído:
- Necesita despedirse, permite que llegue más tarde al destacamento.
- De acuerdo. – le dijo a Tania y siguieron avanzando alejándose del pueblo.
Juan y Tania se miraron entre la gente que se iba perdiendo por las calles, apurados por hacer correr la voz. Ella analizaba cada uno de sus rasgos y gestos sin decir palabra alguna hasta que él se acercó lentamente y de pronto le preguntó:
- ¿Cuándo ibas a decírmelo?
- No podía hacerlo.
- ¿Nuestra relación es parte de tu misión?
- Claro que no. – Lo tomó de las manos y le dijo – Lo que siento por vos no se puede describir con palabras. Es lo más fuerte y auténtico que me pasó en toda mi vida.
- Y ahora te vas a ir con ellos, ¿verdad?
- Debo hacerlo. – contestó bajando la mirada.
- Me dijiste que ellos eran tus amigos cuando en realidad sos uno de los oficiales principales en la misión de un imperio. – Habló casi con desprecio y de esta forma hirió los sentimientos de Tania.
- Los considero mis amigos.
- ¿Y hasta dónde piensan llegar? – preguntó él alzando la voz.
- Buscamos el mar.
- ¡¿El mar?! – gritó él.
- Si Juan, buscamos el mar. ¡Y no me vuelvas a hablar de esta manera!
- No entendés, no entiendés nada. – Repetía él desesperado.
- ¿Qué es lo que no entiendo?
- Es peligroso, no puedo dejar que te vayas. Por favor mi amor, no te vayas. ¡No vayas!
- Primero, se cuidarme muy bien. Segundo, ¿cómo podes saber si es peligroso?
- Confiá en mí, te pido por favor que no vayas.
- ¿Por los nideros?
- Los nideros no es lo peor – dijo él sacudiendo la cabeza.
- ¿De qué hablas? – preguntó ella.
- No te puedo dejar ir. – contestó él cada vez más angustiado.
- Amor, esto no es una opción. Tengo una responsabilidad con mi gente.
- ¡No puedo dejarte ir al mar!
- ¿Por qué?
Él estalló en furia de pronto sorprendiendo a Tania que no sabía cómo contenerlo. Lo quiso abrazar pero él la rechazó provocando una angustia profunda en ella. Sin detenerse, Juan se alejó y luego echó a correr. Rápidamente montó su caballo y salió a toda carrera hacia el bosque. Ella se quedó sola en la plaza y comenzó a caminar hacia el destacamento del bosque, sintiendo como las lágrimas patinaban por sus mejillas.
