El viento pegaba constantemente contra su cuerpo mojado y sacudía su cabello en remolinos indomables. Se sostuvo del timón atando una mano a él con un trozo de tela usando sus propios dientes. Las olas embravecidas arrastraban sin rumbo fijo la embarcación de doce metros de eslora, de la misma manera que si fuera una pequeña balsa. Él no dejaba de animar a sus hombres y gritaba pidiendo que continuaran remando mientras luchaba con el timón contra el mar salvaje que más de una vez logró derribarlo. Gracias a su peso y la enorme fuerza aplicada conseguía mantener el rumbo milagrosamente. De pronto, un rayo atravesó el cielo de punta a punta iluminando el paisaje y descubriendo miles de fantasmas perdidos en ira y locura.
El océano había tomado vida y estaba determinado a finalizar con su viaje. Sin mostrar piedad, no demoró en presentar su feroz ataque. La marea se contrajo y una pared de quince metros de alto comenzó a formarse a toda velocidad en el horizonte. Él la vio crecer y hacerse más fuerte tragando todo lo que encontraba a su paso. Gritó. Gritó desesperado por sus hombres.
La embarcación quedó en posición vertical por unos segundos. Sin alternativas, se entregó cuando esa masa de agua asesina se estrelló contra la proa destruyendo parte de las maderas de la embarcación. La oscuridad, el frío y la fuerza del agua lo obligaron a contraerse y su mano se soltó del timón sin aviso previo. Se sintió desplazado a las profundidades del mar, negro y congelado. Era tan frío que sentía como pequeños cuchillos clavándose en su cuerpo. No lo soportaba más. La corriente lo seguía arrastrando a las profundidades sin poder dominar la dirección. Gritó y el poco aire que le quedaba escapó cobardemente. No podía ver y de pronto no sintió más dolor, sólo el gusto salado en su boca.
El grito de Tomás despertó a todos, especialmente a la emperatriz que dormía a su lado. Tenía un color azul grisáceo en su piel y sus ojos estaban enrojecidos. Intentó ponerse de pie por un momento pero no lo logró. Sus jadeos evidenciaban su dificultad para respirar. Daniel lo asistió de inmediato y le abrió la boca para verificar que no se haya atragantado con algo pero no encontraba forma de ayudarlo. Tomás se comenzó a desvanecer y Daniel con desesperación lo sacó a la rastra del refugio en búsqueda de aire fresco. La emperatriz y Tania los siguieron asustadas para luego ver con asombro como Tomás caía de rodillas mientras Daniel gritaba:
- ¡No puede respirar! ¡No tiene aire!
Se acercó a su rostro para asistirlo en la respiración justo a tiempo para retroceder porque Tomás levantó de golpe la cabeza y expulsó muchísimo líquido. Las damas estaban horrorizadas y el propio Daniel tenía expresión de espanto. Tomás jadeaba por el esfuerzo y tosía sin parar. El líquido transparente comenzó a desplazarse por la pendiente de la montaña y él se dejó caer sobre sus espaldas en la nieve. La emperatriz de inmediato se aproximó tratando de contenerlo, mientras Tania se acercó a Daniel para preguntar:
- ¿Qué le pasó? ¿Fue algo que comió?
- ¡No lo se! ¡Cenó lo mismo que el resto!
- Pero, ¿qué es esto? – preguntó ella espantada por la situación.
- No lo sé Tania. – contestó frustrado mientras observaba a la emperatriz sosteniendo a Tomás, acariciando su rostro. Entonces agregó mirando a Tania a los ojos – No te preocupes. Ahora ya se pondrá bien.
- ¡Qué barbaridad! – y seguidamente se preguntó en voz alta – ¿Por qué estás tan relajado?
- ¡No estoy relajado Tania! Tomás tiene una fortaleza especial, se repondrá. No le busques explicación, porque no la tiene.
Tania miró a la emperatriz ocupándose de Tomás y sintió que no debía interferir. Se dirigió a Daniel diciéndole:
- ¿Cómo puede ser que esté así este hombre?
- Mejor preocúpate por nuestra misión, él se repondrá.
Ella dudó por un minuto y sin olvidar a Tomás se dirigió a Daniel:
- Deberíamos dejar un par de hombres en el refugio para que custodien el paso. Este lugar es importante para nuestro regreso. No podemos permitir que sea conquistado.
- Tienes razón. Tendremos que establecer la primera posta y dejarles provisiones.
- Es mejor que quede aquí uno de los burros con la carga. También deberíamos dejar algunas pieles. Si hoy logramos descender la montaña, ya no las necesitaremos. Estamos en primavera y en los valles el clima es diferente. Estaremos más cómodos para la travesía sin tanto peso.
Ambos volvieron a mirar a la emperatriz que escuchó perfectamente la conversación y les asintió autorizando la propuesta. Entonces se retiraron juntos dispuestos a organizar a los hombres.
Tomás volvía en sí poco a poco recuperando su mirada brillante sólo por momentos y ella no se cansaba de alentarlo:
- Vamos, quédate conmigo, estás aquí, tranquilo. Vamos, fuerza.
Ella lo abrazaba fuerte mientras él le decía que ya se sentía mejor. Entonces la emperatriz le consultó:
- ¿De dónde salió tanta agua? ¿De qué se trata esto? ¡A veces me asustas Tomás!
- No mi amor, ¡no me digas eso! Ya estoy bien … – y le sonrió mientras acarició débilmente con un dedo su cabello.
- ¿Cuándo va a parar esto?
- Cuando lo encontremos.
- ¿Pero dónde está? ¿A dónde vamos? ¿Viste el horizonte? ¡Hay montañas por todos lados!
- Tenemos que buscar un lugar con agua. Un mar, en realidad.
- ¿Estás seguro? – preguntó incrédula viéndose rodeada por montañas.
Él la miró y esa mirada fue todo lo que ella necesitó. Se quedaron juntos por unos momentos y luego se ayudaron mutuamente a ponerse de pie para ir en búsqueda de Daniel.
Tania estaba sentada en la entrada de la caverna escribiendo algo en un cuaderno forrado en cuero pero lo guardó inmediatamente al verlos aproximarse.
- ¿Dónde está Daniel?
- Adentro con un grupo de soldados – contestó Tania mientras lo miraba a Tomás aún impresionada y continuó diciendo – Los está preparando para la salida.
- Todavía no. – dijo Tomás.
- ¿No nos vamos? – preguntó Tania sorprendida. Y entonces la emperatriz le contestó:
- Debemos redirigir la expedición en busca de un mar.
- ¿Un mar?
- Sí, un mar. – Repitió Tomás.
Daniel se acercó con cuatro de sus hombres y se quedó viéndolos con las manos en la cintura. Entonces le preguntó:
- ¿Estás mejor Tomás?
- Sí, gracias hermano – lo jaló del brazo y lo abrazó. Daniel se dio cuenta de que la emperatriz y Tania lo miraban inquisitivamente por lo que les preguntó que era lo que sucedía. Tania se anticipó a la emperatriz para decirle:
- Ahora quieren buscar un mar.
- ¿Un mar? – Se echó a reír y agregó – ¿No tomaste suficiente Tomás? – lo tomó del hombro y lo guió unos metros hacia delante en la salida del refugio mostrándole el paisaje, entonces le dijo – ¿Ves todo esto?
- Sí, claro. – contestó Tomás viendo el cordón montañoso hacia el frente, una zona boscosa al Noroeste y una estepa a lo lejos, por el Suroeste.
- ¡Aquí no hay mar!
- Por eso nos iremos de aquí. – contestó Tomás con una sonrisa que no coincidía con la seriedad en su tono de voz.
Tania se sumó a la conversación y dijo en un tono de resignación:
- Vayamos al noroeste, si hay árboles hay agua. Si hay agua hay un río. Ese río nos llevará al mar.
- ¿Estás segura? – le consultó Daniel.
- Claro que no, pero no se me ocurre plan mejor. – Los tres miraron a la emperatriz que había permanecido escuchando en silencio. Ella reflexionó por un momento y luego les dijo:
- No se si sobreviviríamos si seguimos el curso por las montañas. La estepa parece sencilla de transitar pero pronto se nos terminarían los víveres, y lo que menos quiero es que terminemos siendo el plato principal de alguien más. Haya un río o no, en aquellos bosques es donde mayor posibilidad de supervivencia tenemos. Y mientras haya vida hay esperanza, ¿no? – Les preguntó a los tres que la miraron perplejos. Intercambiaron opiniones entre ellos y Daniel entonces contestó:
- De acuerdo, vamos al bosque, pero no estoy seguro de qué encontraremos ahí.
Tania levantó la mirada y a medida que Daniel se alejaba del grupo pensó en voz alta:
- Como si supieras lo que encontraríamos en alguna otra dirección … – y se dirigió a la caverna para empacar sus pertenencias.
La emperatriz sonrió ante el comentario ya que coincidía plenamente con los pensamientos de Tania. Entonces vio a un grupo de soldados terminando de apagar el fuego. Entre ellos estaba Ruby, el menor de la tropa. Era un muchacho no muy alto, algo pelirrojo, de ojos marrones y grandes dientes. Tomás le dijo a la emperatriz en el oído: “Éste estará bien.”
- ¡Ruby! – lo llamó ella inmediatamente.
- Sí, emperatriz. – contestó él rápidamente presentándose firme frente a ella.
- Te ordeno que elijas un compañero y prepares un asentamiento en este lugar. Es un paso estratégico que no podemos dejar librado al azar.
El muchacho estaba visiblemente desilusionado con la tarea y le dijo:
- Pero emperatriz, yo vine para hacer la travesía con ustedes. Quiero recorrer los nuevos caminos, yo … déme una oportunidad.
- Te la estoy dando Ruby. – Se acercó un poco y le dijo en un tono más bajo – Vas a sobrevivir a todos en la guardia y tu papel será crucial. Si tenemos éxito podrás avanzar hasta el último punto del imperio, y si fallamos, serás el primero que deberá guiar a mi pueblo al éxodo antes de que sea invadido. – Y luego completó la idea diciendo sonriente – Los primeros serán los últimos en esta historia, pero no por eso menos importantes.
Ruby no contestó. En el momento estuvo desilusionado porque él pensaba luchar y tener grandes aventuras y ahora se sentía confinado a esa fría montaña. Acto seguido fue en búsqueda de Daniel para explicarle las novedades y consensuar su compañero. Daniel lo miró por un momento con seriedad y sin aviso previo gritó el nombre del hombre más antiguo de su tropa:
- ¡Miguel!
Un hombre de barba mal cortada y cabello plateado se acercó a ambos inmediatamente, algo intrigado.
- Sí, Daniel. Aquí estoy. ¿En qué te puedo servir?
- Gracias, Miguel. La emperatriz necesita preparar aquí un destacamento. El objetivo es proteger el paso y la frontera con nuestras tierras. Por otro lado, aquí será la última defensa, sólo podrán permitir la circulación de nuestras propias tropas o aquellos que cuenten con el permiso imperial.
- ¿Cómo sabré quien tiene la autorización?
- A los visitantes autorizados se les otorgará el sello y un código único bajo el siguiente patrón …
Ruby se inquietaba escuchando instrucciones sólo para Miguel y su pasión juvenil fue más fuerte:
- ¿Qué debo hacer yo, Daniel? – preguntó inquieto.
- Aprender. – contestó Daniel seco y duro. Miguel sonrió y preguntó entonces:
- ¿Éste se va a quedar conmigo?
- Sí, quiero que lo entrenes, que dejes el destacamento en funcionamiento y luego puedes retirarte a casa. Descansa y cuando te necesitemos te iremos a buscar. Mi idea es renovar al ejército a medida que progresemos. Y ese descanso lo tendrás bien merecido. – aclaró palmeando su hombro.
- Ya lo creo. – contestó Miguel con una mirada que decía más que mil palabras.
Los dos hombres se retiraron dejando al muchacho con el orgullo herido en la entrada de la caverna. Ruby se agachó, tomó algunos guijarros del suelo y luego se acercó al precipicio para comenzar a arrojarlos con fuerza al vacío. De pronto y sin esperarlo escuchó el graznido de un ave. Un pobre animal había recibido el golpe en una de sus alas y herido halló refugio sobre una roca que sobresalía unos cuantos metros hacia abajo. Ruby se asomó afligido, no había tenido la intención de hacer daño a nadie. Mientras tanto el pequeño animal gritaba por ayuda. El muchacho arrojó al suelo las pocas piedras que le quedaban en la mano izquierda y se acercó a sus compañeros. Sin saber que poder hacer por el ave, decidió ignorarlo. Tenía tiempo aún de despedirse de los hombres y comenzó entonces a explicarles las novedades a los demás soldados cuando de pronto todos levantaron la vista con asombro. Dos cóndores sobrevolaban el refugio y el diagrama de vuelo indicaba cierta hostilidad. Se escuchó a Daniel gritar obligando a la emperatriz a ingresar en el refugio urgentemente.
Dos soldados apuntaron sus arcos al cielo a la espera de una simple orden y Daniel estaba listo para impartirla. Sin embargo, la emperatriz asomada desde la caverna le pidió que espere. Daniel se alteró porque sabía de lo que esas aves eran capaces. De gran resistencia, persiguiendo a sus presas, normalmente otros pájaros, puede alcanzar con facilidad altísimas velocidades. Hasta para sus expertos arqueros se trataba de un blanco sumamente difícil y no tendrían dos oportunidades. Tania se acercó a la emperatriz y le pidió cautela sin embargo en un momento de descuido ella decidió salir al descubierto y a todo pulmón gritó mirando el cielo:
- ¡Soy la Emperatriz del Valle de las Nieves! ¡Tengo protegido un cóndor en mi reino! – y ya no pudo decir nada más porque Daniel la alcanzó y la llevó alzada de la cintura nuevamente hacia el refugio.
Tomás la miró divertido y le dijo a Tania por lo bajo – ¡Después hablan de mí! – a lo cual Tania sólo pensó: “Son tal para cual.” sin contestar una sola palabra.
Uno de los cóndores cerró de pronto sus alas y se abalanzó sobre uno de los arqueros quien erró el tiro y de pronto sintió el arco arrebatado de sus manos. El ave voló con el arco en sus garras sólo unos metros para dejarlo caer al vacío. Daniel hizo retroceder a sus hombres y él mismo defendió la entrada a la caverna apostándose con una espada en sus manos.
El animal dio unos círculos en el aire y descendió con elegancia sobre una roca a unos cinco metros de la caverna. Para sorpresa de todos, el ave les dijo:
- Mi hijo está herido. Les perdonaré la vida si logran salvarlo.
Tomás intentó salir pero Daniel se lo impidió. Tania comentó en voz alta:
- ¿De qué está hablando? ¿De qué hijo habla?
- Del que ustedes hirieron. – Contestó el ave, que resultó ser una madre preocupada.
Tania los miró a todos y pudo distinguir al culpable. Ruby estaba más pálido de lo normal y tenía un leve temblor en sus manos. Se miraron a los ojos y él admitió su culpa antes de que ella lo indagara. Explicó lo sucedido y les dijo dónde se encontraba el animal.
- El padre de mi hijo no está, sino hubiera terminado con todos ustedes. – comentó el ave con cierto tono de ira. – ¿Es cierto que tienen un cóndor en tu reino? – agregó luego de una breve pausa.
- Así es. Es un cóndor muy fuerte y valiente. Un viajero, me dijo. – contestó desde cierta distancia la emperatriz a viva voz.
- Un viajero. ¿Qué va a ser? Siempre lo tengo a mil kilómetros a la redonda. Veo que ese viejo cóndor te estuvo contando historias. – Guardó silencio por un momento y entonces preguntó – ¿Se están demorando en el rescate o no aceptaron el trato?
Daniel guardó la espada y envió a Ruby y a otro hombre en búsqueda del ave. Para ese momento, el cóndor que daba círculos en las alturas se encontraba calmando a su hermano menor, asustado sobre la roca.
La emperatriz y Tomás se acercaron un poco más a la valiente madre pero ella demostró nerviosismo y se detuvieron. Entonces la emperatriz le dijo:
- No me contó cuentos. Me explicó que había mares, montañas, valles y llanuras. Me dijo que él las conocía.
- ¿Un cóndor en el mar? No lo creo. – Contestó sarcásticamente.
- Él es libre. No tiene un lugar fijo, va recorriendo diferentes áreas. – refutó la emperatriz.
El ave levantó vuelo sólo para verificar que estuvieran ayudando a su hijo y volvió a la roca rápidamente. Entonces le dijo:
- Te pudo haber dicho cualquier cosa con tal de defender su hogar y no decirte su ubicación. Es mi compañero desde hace muchos años. – Hizo una breve pausa y comentó – Así que tú eres la emperatriz. No eres tan grande y majestuosa como te describió. Cada vez que contaba la historia había un detalle más. Pero no me importa. Así es él. Es su manera de ser. Ahora se la pasa jactándose que puede ir y venir a tu reino todas las veces que desee. Ya no lo voy a cambiar. – Volvió a levantar vuelo y en picada certera alcanzó a su hijo y los dos soldados mientras agitaba sus alas gritando en desaprobación. Los soldados habían vendado el ala del animal y éste obviamente no podía volar en esas condiciones. Volvió furiosa y fue detenida por Daniel, o más bien por la punta de la espada de Daniel. El ave continuaba gritando desquiciada:
- ¿Cómo va a sobrevivir mi hijo con un ala vendada?
Tania se adelantó y le dijo con toda la paciencia del mundo:
- Por favor, entienda que su hijo no puede volar hasta dentro de unos días. Si usted nos permite nos haremos cargo de él.
- ¿Cómo voy a poder confiar en ustedes? ¡Ustedes me lo dejaron así!
Los soldados habían logrado subir con mucho esfuerzo sosteniendo en sus brazos al joven cóndor herido. Su hermano los seguía de cerca a unos metros sobrevolando el precipicio.
- Usted nos conoce. – Dijo la emperatriz y continuó – Deje que su hijo nos acompañe. Nos haremos cargo de él y lo dejaremos libre de volver cuando él lo decida.
Madre e hijo conversaron por un momento en un idioma que ninguno de los presentes logró comprender. Entonces el joven cóndor preguntó:
- ¿A dónde están viajando?
- Buscamos un mar. – contestó Daniel que ya había guardado su espada pero tenía a toda la tropa atenta a sus espaldas.
El joven cóndor parpadeó y le contestó:
- He atrapado pájaros que viven a la orilla de un río, atravesando este bosque y el monte. No se si podrán llegar ustedes. – Los miró de reojo mientras intentaba mover su ala herida y luego agregó – Son muy lentos y además no tienen visión.
- Pero conoces el camino. – Se aventuró Tania.
- Sí. Podría guiarlos si nos alimentan, ¿verdad madre?
- Puede acompañarte tu hermano para rastrillar la zona. Yo me quedaré esperando a tu padre. Me tiene que dar unas cuantas explicaciones.
La emperatriz intercambió entonces miradas de apoyo entre los suyos. Luego ella dijo a los nuevos integrantes de la expedición:
- Bienvenidos a nuestro grupo.
Los soldados ya se habían despedido de Ruby y Miguel que preparaban el destacamento acomodándose pacientemente en el lugar. Los demás ya habían terminado de armar la carga y estaban listos para continuar con el viaje. Esta vez, contaban con dos guías expertos: uno en el cielo, y otro sobre el hombro de Daniel. Los cóndores conocían muy bien el camino y si bien la travesía fue larga, evitaron tener que decidir los rumbos a seguir y llegaron a divisar los primeros árboles ya creciendo desde el pie de la montaña a las pocas horas. Esta zona era más cálida y húmeda, tal como Tania había previsto. Dos días más tarde se habían internado en un tupido bosque. Por las noches se organizaban alrededor de un pequeño fuego, calmando el hambre del viaje.
A Tania le molestaba el vendaje de su mano, por lo que a la segunda noche lo retiró y se sorprendió gratamente al comprobar que estaba completamente curada pero lo que la asombraba en realidad era que ni siquiera había quedado una cicatriz.
“Desde el cielo caerá el mensaje de libertad, y ella lo creerá.” – Susurró Tomás en el oído de la emperatriz. Entonces ella le dijo: – Sí, también lo pensé. Me engañó. ¡Qué tonta que fui! – y miró hacia el suelo muy decepcionada. Él le levantó el rostro con su dedo índice y con una enorme sonrisa le dijo:
- No, mi vida. No estés mal. Esto es una buena señal: se está cumpliendo la profecía.
Ella sonrió, pero en realidad no estaba segura si tenía motivos.
