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Capítulo IV – Una ceremonia y algunas revelaciones

Agosto 3, 2008

Mucha gente recuerda con cariño y a veces algo de nostalgia sus comienzos. No se sabe el motivo en realidad, porque los comienzos son duros, difíciles. Es cierto también que después los temas se complican mucho más aún. Tal vez sea por eso que se extrañan esos problemas iniciales, pero hay que reconocerlo: Empezar algo siempre es complicado, estresante y muy pocas veces se tiene la suerte de hacerlo bien en el primer intento.

Se levantaba temprano por las mañanas y tenía que trotar por una hora. Después asistía a clases para el uso de armas blancas, tiro al blanco con flechas y lanzas, uso del fuego y otras técnicas de batalla. Luego de almorzar estudiaba cartografía y astronomía. Tres veces por semana Daniel personalmente le enseñaba cuestiones básicas de defensa personal y el resto del tiempo se dedicaba a escalar, cada día con mayor peso sobre su espalda para mejorar la resistencia. A la noche, el dolor en sus músculos no la dejaba descansar bien.

Algo apartado Tomás observaba todos los días el entrenamiento de la emperatriz, sentado a lo lejos sobre una pequeña colina durante varias horas. No soportaba verla caer, pero tampoco podía irse. Daniel era muy rudo con ella y Tomás se sentía atrapado sin posibilidad de alejarse, era más fuerte que su propia voluntad. Un día se acercó un poco más al área de entrenamiento y escuchó un grito dolorido cuando ella volvió a caer sobre el césped luego de la maniobra de Daniel. Esto había sido demasiado. El rostro de Tomás empalideció y sus facciones se marcaron duramente. En un parpadear se incorporó y decidido fue a golpear a Daniel en defensa de su emperatriz. Ese guardia no volvería a tocarla jamás. Con una furia ciega se acercó y al grito de “¡No la vuelvas a tocar!” se lanzó sobre Daniel. La mirada de sorpresa del guardia fue lo último que recordaría al despertar. Cuando volvió en sí estaba recostado en el suelo con el rostro de Daniel encima gritando que ya había reaccionado. Daniel preguntó mientras cacheteaba su cara:
- ¿Estás bien Tomás? ¿Me escuchas?
- Sí. – Dijo él un tanto mareado. De pronto comenzó a recordar lo ocurrido y se sintió muy humillado. Expresó en forma entrecortada:
- Me atacaste. Por un momento olvidé tus destrezas.

Daniel sonrió y le dijo con alegría:
- No fui yo, Tomás.
- ¿Cómo que no fuiste vos? – Preguntó él sorprendido.
- ¿Tomás estás bien? – Preguntaba ella con un tono de total angustia.
En realidad Tomás se había bloqueado totalmente antes que alguien lo tocara, quedando inconsciente. Una vez que había vuelto en sí, no lograba comprender qué le había sucedido realmente y no estaba seguro sobre cómo reaccionar. Luego de un momento pensó que lo mejor era levantarse e irse para decidir más tarde qué hacer: toda la guardia se estaba riendo de él.
- Después nos vemos. – dijo mientras se alejaba cabizbajo. Ella lo llamó pero él ni siquiera miró hacia atrás. Siguió caminando sin rumbo hasta llegar después de un rato hasta el centro del valle. Allí se detuvo frente a la fuente de la rotonda principal viendo las moneditas en el fondo brillando a la luz del sol. Su mente se encontraba en blanco cuando escuchó su nombre a viva voz a sus espaldas. Giró y la vio caminar hacia él. Tania había venido hasta el centro cuando casi nunca lo hacía, era extraño. Él la miró sorprendido y ella se acercó muy amigablemente diciendo:
- Me avisaron que está todo listo. ¡Mañana salimos!
- ¿Mañana?
- Sí, pasaremos esta noche juntos en el Gran Salón y salimos mañana temprano. Están organizando una ceremonia.
- Pero, ¿cómo puede ser, si todavía está entrenando?
- ¿No te enteraste? Parece que hoy la emperatriz superó la última prueba.
- No, no me había enterado. – Sonrió un poco nervioso y agregó – ¿Le fue bien entonces?
- Sí, me enviaron para agradecerte.
- ¿A mí? ¿Qué cosa?
- ¿Pero cómo qué cosa? ¡Tu intervención de hoy!
Él miró hacia los costados sin terminar de comprender la situación y sabía que con Tania no podía disimular así que simplemente admitió:
- No entiendo nada.
Ella sonrió porque de alguna forma esperaba esa respuesta y le explicó:
- Después que te marchaste, a los pocos minutos, llegó el anciano y explicó que lo sucedido era la señal que necesitaba para saber que éramos el grupo correcto para la travesía. Hoy a la noche habrá una ceremonia para la cual estamos nosotros tres y la emperatriz invitados. – A Tomás se lo veía aún confundido y ella agregó –  Debemos estar todos presentes.

Tomás se sentía todavía mal por lo sucedido ese día y no era un malestar físico. Simplemente no podía comprender qué le ocurrió y eso lo preocupaba. Él siempre fue extremadamente fuerte y de pronto se había encontrado en el suelo sin conocimiento y nadie sabía explicarle a ciencia cierta qué había pasado. La voz insistente de Tania lo sacó de sus pensamientos. Finalmente le contestó que se despreocupara: Él estaría presente a la noche para la ceremonia.

Tania se retiró complacida con bastante urgencia mientras Tomás pensaba que seguramente ella tendría que hacer algunos arreglos para que alguien se ocupe de sus campos. Sonrió, por el solo hecho de recordarla caminando furiosa con martillo en mano aquel día que fueron a buscarla. Se quedó sentado en el borde de la fuente, volteó la cabeza y miró el agua. Tardó sólo un par de segundos en girar y meter los pies en la fuente levantando la cara hacia el sol brillante.

La aldea estaba alborotada porque la noticia había recorrido todos los caminos del valle. Daniel había reclutado veinte de sus mejores hombres y muchos de ellos se estaban despidiendo de sus familias ya que no sabían cuánto tiempo estarían lejos de sus hogares ni qué les estaría esperando en el camino. Otros se reunían con amigos y festejaban hasta el último momento. La noche se había hecho presente pero la temperatura era agradable durante la primavera.

Mientras tanto la emperatriz estaba arreglando su cabello, luciendo sus botas de lana y cuero junto al rústico vestido de piel de cabra cuando una de las criadas apareció alcanzándole la capa real. Mientras la sujetaba sobre sus hombros era plenamente consciente de que la cena para la que se preparaba no era en su honor. Esta ceremonia se realizaba en honor a los expedicionarios que escribirán la historia de su pueblo. Se miró al espejo, rogando a los Dioses que le den la fortaleza necesaria para estar a la altura de las circunstancias. La supervivencia de su gente dependía de eso.
Fue en ese momento que alguien golpeó la puerta y la criada fue a atender. Daniel había ido a buscarla y sonrió complacido al verla. Después de mirarla por un momento le dijo:
- Hacía mucho tiempo que no te veía luciendo la capa real.
- Es cierto. Esta es una de las noches más importantes de nuestras vidas.
- Sí, lo se.
- Por favor, déjanos solos. – Le pidió la emperatriz a la criada, quien obedeció inmediatamente. Entonces ella continuó hablándole en confidencia. – Daniel, me gustaría poder conversar contigo a solas antes de presentarnos a la ceremonia. Hay algunos temas que necesito que me expliques.
- Sí, claro. – Contestó él mientras la miraba muy intrigado.

Ambos se sentaron sobre unos bancos de madera ubicados contra una pared.

- ¿Qué sucede emperatriz?
- Necesito preguntarte qué fue lo que ocurrió con Tomás aquel día después del incidente con el león. Yo pensé por mucho tiempo que no había sobrevivido al ataque. Necesito saber qué ocurrió. – Sus ojos exigían la verdad.
Él levantó las cejas levemente y apoyando la espalda contra la pared le dijo:
- Yo estaba cerca de ustedes cuando el ataque ocurrió. Tomás siempre me pedía que guardara distancia y ese día le obedecí. Después de todo, era … es tu compañero. Pero fue un error. Sin ningún tipo de aviso previo, el león se lanzó sobre tí y hubieras muerto si Tomás no se hubiera interpuesto. – Ella lo miraba y escuchaba muy atentamente. Daniel cambió de posición apoyando sus brazos sobre los muslos, con la vista fija en el piso de la sala, y continuó – Realmente es increíble la fortaleza de Tomás. Nadie hubiera sobrevivido ese ataque. En tu caso llegó a tocarte apenas con una de sus garras. Todos escuchamos tus gritos de auxilio y con mi guardia logramos ayudarlos.
- ¿No lo mataron? – preguntó ella.
- ¿Al león?
- Sí.
- Por supuesto que no. Era tu león, solamente tú podrías dar esa orden. – Ella bajó la cabeza y él agregó – Si me permitís, te daré un consejo.
- Sí claro, Daniel.
- Puedes entablar amistad con cualquier animal que se te ocurra, pero nunca olvides de quien es él realmente ni de quien eres tú.
- Es una buena conclusión. – Pero en el fondo de su alma, aún sentía ese amor especial por el pequeño cachorro de león que encontró una vez perdido en la pradera. Luego de un momento de silencio prosiguió preguntando – ¿Qué ocurrió con el león?
- Escapó. No lo seguimos, nuestra prioridad era otra en ese momento.
- Quiero saber que sucedió con Tomás después.
- Como te dije, lo pudimos ayudar pero estaba muy mal herido. Otros de la guardia y yo mismo lo ayudamos a recuperarse, pero en algún momento de su recuperación él no quiso seguir. Se hizo responsable por lo ocurrido. Decía que él te había guiado hasta el león en un principio y por lo tanto se culpó por todo lo que pasó. No sé. Decía cosas confusas.
- ¿Qué cosas?
Dudó por un momento pero Daniel prosiguió:
- Que sin él no te podrías … no podrías estar en peligro de esa manera otra vez. Y no importaba qué hiciéramos, o dijéramos. No había forma de convencerlo. Además, Ana nos dijo que dudabas de él, que no entendías por qué te había dado seguridad y luego habían sufrido ese ataque. Tomás estaba muy mal, no quiso salir más ni volver a verte hasta el día de la asamblea.
- ¿Y esas heridas?
- Nosotros no fuimos. Algunos días estaba relativamente bien, otros días aparecía con las heridas abiertas. Nos desconcertaba. En fin. Tú te habías recuperado y así cumplíamos con la voluntad de ambos. Nos pareció que esa era la mejor forma. Discúlpanos si fue un error.
Ella suspiró por un momento y contestó:
- Ni yo se si fue un error o no. Es todo muy confuso.
- Sí, puede ser. – Y se puso de pie.
- Hay algo más que quiero decirte. – Él la miró atento. – Quiero agradecerte por todo el esfuerzo y sacrificio que hiciste por mí durante todo este tiempo. – Daniel se sorprendió gratamente.
- No hace falta que me lo agradezcas, es mi trabajo. – contestó.
- Sí hace falta y quiero recordarte que sigues siendo mi guardia personal.
Él sonrió ampliamente y besando sus manos le contestó: – Por supuesto.

Nuevamente golpearon la puerta y ella pidió que entraran. Era su criada, avisando que todo estaba listo y que deberían partir.
Al salir a la terraza junto a Daniel ella pudo ver al pueblo reunido en el centro del valle y como las múltiples antorchas iluminaban gran parte del territorio. La vista era maravillos y asombrosa a la vez. Se miraron con orgullo y emoción antes de partir para no demorar el evento.

El gran banquete estaba por comenzar y el clima de festejo se sentía por todos lados. La música inundaba las calles y los efectos del alcohol se empezaban a hacer sentir en algunos desde temprano. Al llegar al Gran Salón, los ministros y secretarios la saludaron y presentaron sus mejores deseos para el importante desafío que enfrentaban. Tania y Tomás ya los estaban esperando, luciendo ambos resplandecientes vestidos de gala. La emperatriz se alejó de Daniel para acercarse a Tomás y darle un beso aplaudido por la mayoría de los presentes.

Momentos más tarde, la emperatriz presentó a Ana como su reemplazo durante la travesía y solicitó a todos que le brindaran su apoyo en la invaluable gestión que comenzaba. Algunos parecían dudosos frente a este anuncio pero la gran mayoría presentó su apoyo. Hacía muchos años que Ana era el brazo derecho de la emperatriz y en realidad esta decisión no fue una sorpresa para nadie.

La mesa estaba repleta de comida: cerdo, quesos, cabritos, vinos. Todo de lo más exquisito y sabroso que se puedan imaginar. Algunos bailaban, otros charlaban en voz alta, pero ellos cuatro: Tomás, Tania, Daniel y la emperatriz comían tranquilamente, sonrientes aunque atentos a los acontecimientos. Lo estaban esperando y él no se demoró. El silencio se hizo presente y un hombre de túnica con capucha de color azul profundo apareció en la sala. Caminaba ayudándose con su bastón y levantó la vista hacia la mesa principal sonriendo complacido. La misma emperatriz se acercó para recibirlo. Se miraron por un momento y el extendió los brazos. Ella lo abrazó en ese mismo instante, que él aprovechó para decirle muy cerca del oído:
- Mi querida, el momento ha llegado.
Los cinco se reunieron en el centro del salón contando con todo el pueblo como testigo. Él rezaba en voz alta, invocando a diferentes Dioses para la protección del grupo y para alcanzar el éxito de la misión, haciendo mención una y otra vez sobre el cumplimiento de la profecía.
Luego se iniciaron algunos cánticos, de los que participaban varias de las personas presentes. Finalmente, el anciano arrojó el bastón al suelo y levantando sus manos con los ojos cerrados los bendijo tocando la cabeza y el hombro de cada uno de ellos. La última fue la emperatriz. Su mano quedó sobre el hombro por un momento más y le dijo mirándola con ojos grises:
- Es tiempo de revelaciones. Hay ciertas cuestiones que debes conocer. Acompáñame.

Daniel inmediatamente se dispuso a salir con ellos, pero el anciano lo detuvo y le dijo: – Esto es sólo para ella. No tardaremos mucho.

El anciano la guió hasta una gruta no muy lejos del centro la cual ella conocía porque allí había una pequeña cascada donde a veces le gustaba pasar tiempo libre. Una vez en su interior, él se acercó sobre una roca mientras ella lo iluminaba con una antorcha a pocos metros.
- ¿Qué estás buscando? – le preguntó mientras que él removía con esfuerzo las piedras.
- Esto. – Contestó él. Y le mostró un artefacto que al accionar una pequeña palanca dejó al descubierto un antiquísimo papiro.
- ¿Qué es eso?
El viejo sonrió y le dijo entusiasmado: – Las primeras revelaciones. Es momento que las escuches. Vamos a sentarnos aquí.
Ella se sentía muy ansiosa. No podía creer que había pasado tanto tiempo en ese lugar y no sabía de la existencia de ese papiro oculto. Miró el papel un tanto incrédula mientras él lo desenrollaba. Estaba escrito en algún idioma antiguo que ella desconocía. Él anciano pidió más luz y luego de que ella se acercara comenzó a leer lentamente:

“Desde el cielo caerá el mensaje de libertad, y ella lo creerá.
Más será por tierra y mar que la alcanzarán.

Su gente será una y podrá cambiar, pero sólo uno de ellos es inmortal.

El heredero al final reinará.”

Ella lo miró atentamente y en total confusión le preguntó:
- ¿Y eso qué significa?
El anciano, un tanto desalentado, le contestó:
- Pensé que le encontrarías sentido. No importa. – agregó comprensivo - Ya lo entenderás.

Cuando salieron de la gruta, la noche era dueña del valle y sólo se podían ver las antorchas cerca del Gran Salón donde aún continuaba la fiesta. Así y todo, el anciano gritó a la oscuridad:
- Ya salgan, pueden acompañarla ahora. Y descansen. Lo van a necesitar. – Siguió caminando lentamente internándose en el bosque alejándose de la emperatriz, mientras que Daniel, Tania y Tomás salieron a su encuentro inmediatamente pero para su desilusión, ella no les contó nada. No quería hacerlo hasta no entender de qué se trataba esta revelación.

Entonces decidieron descansar. Al otro día empezarían la travesía.