Despertó en su cama semidesnuda mientras Daniel pasaba un ungüento en las heridas de su espalda. Ella balbuceó algo pero no se entendió porque se mezcló con un quejido provocado por el ardor en su piel. Él le hablaba con suavidad tratando de tranquilizarla, pero hoy esa voz no lograba calmarla. Permitió que terminara la curación y cuando él intentó preguntarle sobre lo sucedido, ella sin vacilar mientras intentaba incorporarse le respondió:
- Daniel. Por favor haz que se reúnan todos. Hoy celebraremos una asamblea general.
Fue cortante, decidida y firme. Daniel la conocía bien y sabía perfectamente que era inútil intentar que cambiara de opinión por lo que evitó confrontarla. Bajó la mirada y la saludó con un noble gesto reclinando brevemente la cabeza sin tardar en retirarse para organizar todo. Sabía que no tenía mucho tiempo porque ella se recuperaría rápido y pronto estaría ingresando al Gran Salón bajo los ojos curiosos de una gran multitud.
Esa misma tarde todos los representantes del valle fueron acercándose al imponente edificio de mármol blanco y rosado. El diseño majestuoso con altas columnas permitía el acceso desde diferentes flancos llevando todos los pasillos a la sala central, conocida como el Gran Salón. Normalmente se reunía allí la emperatriz con algunos colaboradores, pero una Asamblea General era algo fuera de lo habitual. Los ministros se reunían en grupos saludándose con gentileza pero en realidad, todos trataban de averiguar sin disimulo alguno el motivo de la reunión generada con tan poco tiempo de anticipación.
Luego de unos cuantos minutos, Daniel se presentó luciendo su uniforme de gala con la capa roja rozando sus pantorrillas. Con gesto serio y cierta solemnidad anunció a todos la llegada de la Emperatriz, quien no se hizo esperar y tomó sin dudar ni por un solo segundo el lugar central del Gran Salón. Los pisos estaban trabajados maravillosamente en diseños algo extravagantes, uniéndose todos ellos en el centro del salón bajo la figura de un sol con enormes rayos que se desplegaban por toda la sala. Ella observó pacientemente a los presentes en silencio logrando la atención de toda la sala. Ese silencio lo dominó todo pareciendo una eternidad hasta que finalmente ella dijo con firmeza:
- Gracias por venir hoy. Se que no les di mucho tiempo para prepararse, y que desconocen en su mayoría el motivo de la reunión. – Tras una pausa continuó diciendo – Algo importante ha sucedido. En el día de ayer he descubierto que tenemos un visitante no esperado en nuestro reino.
Los presentes se miraron entre ellos con rostros perplejos. Y las preguntas no tardaron en llegar: “¿Un visitante?” “¿Qué tipo de visitante?” “¿Cómo ha cruzado nuestra frontera?” “¿Un invasor?”
- Tranquilos. – dijo levantando su mano izquierda en un gesto apaciguante – En esta oportunidad fuimos afortunados. Se trata de una visita cordial y creo que lo motiva más la curiosidad que cualquier otra cosa. Esta visita no es en realidad el problema, sino una pequeña consecuencia. Es más, le he otorgado personalmente mi permiso para quedarse el tiempo que desee siempre y cuando no perturbe la paz y tranquilidad en el reino. Lo importante aquí es otro tema.
La inquietud en el grupo crecía paulatinamente y ella podía percibirlo en el aire.
- Este visitante me ha mencionado acciones armadas injustificadas por parte de nuestra supuesta defensa en el reino, intentando impedir su paso sin averiguar los motivos que tenía para necesitar ingresar en nuestro territorio ni permitiendo solicitar permiso alguno. Por otro lado, este visitante ha sido muy eficiente para huir de estas tropas defensivas y poder escabullirse en la zona Sudoeste de nuestro reino. Estamos hoy aquí porque necesito explicaciones. En primer lugar quiero saber quién instrumentó estas barreras de defensa que atacan sin responder a mis órdenes a cualquiera que intente contactarme y segundo necesito saber qué tipo de defensas tenemos. La suerte estuvo de nuestro lado en esta oportunidad pero podríamos haber tenido un ejército hostil cruzando estas montañas. Estas montañas que parecían ser nuestra máxima defensa. Estas montañas que me decían eran imposibles de cruzar. Estas montañas son las que no me permiten conquistar el mundo pero no aseguran el bienestar del reino. Estoy decidida a explorar más allá de estas montañas. ¡Pero antes espero respuestas, respuestas de ustedes!
El bullicio a esta altura era importante y la emperatriz los miraba con actitud analítica sin sorprenderse por la reacción. Daniel fue el único en permanecer callado a pocos metros de distancia. Por un momento sus miradas se encontraron y se mantuvieron desafiantes en el aire, hasta que Daniel avanzó hacia la emperatriz y dirigiéndose a la multitud pidió calma y llamó al silencio. Ana, solicitó entonces la palabra y adelantándose unos pasos le habló a la emperatriz, pero dirigiéndose al público:
- Acciones de defensa que no responden a la emperatriz. ¡Qué interesante! Parece que la emperatriz tiene muy poca memoria. – Entonces giró y encaró a la emperatriz diciéndole – Tus palabras exactas antes de caer inconsciente fueron: “¡Ayúdenme! ¡Necesito protección!”. Sí. Protección. Y si protección no es la construcción de un ejército defensivo, entonces tendrías que haber sido más explícita en tus palabras. “Ayúdenme”. Pues bien, te ayudamos. Aquí Daniel está hace años construyendo este ejército de defensa, asegurando las zonas del reino. “Necesito protección”. ¿Cómo puede ser que te hayas olvidado? ¿Nunca te llamó la atención que levantes la vista al cielo y no veas una sola ave? ¿Nunca te llamó la atención ver siempre las mismas caras en el valle? ¿Nunca te llamó la atención acaso la compañía diaria de Daniel? No puedes venir aquí a acusarnos de algo que solamente vos sos la responsable. Aquí estábamos cumpliendo tus órdenes: ayudándote y protegiéndote.
No se podía negar que la emperatriz quedó impactada ante este revés inesperado. Ana siempre había sido frontal con ella; podían no estar de acuerdo en algunos temas pero sabía que ella le era completamente fiel y le sería sincera. “Ayúdenme. Necesito protección”. Claro que lo recordaba, era imposible olvidarlo. Fue en uno de los peores episodios de su vida, hacía ya años atrás. Su mente se trasladó a aquellos momentos felices, en los que compartía buena parte del día con Tomás, su mejor amigo y compañero del alma. Juntos y casi de casualidad, un buen día habían encontrado un cachorro de león solo y abandonado en una pradera. Era tan hermoso, dulce y tierno que no pudieron resistir la tentación de llevarlo al centro del valle para cuidarlo y hacerse cargo de él. Unos cuantos se acercaron para examinarlo y advirtieron que si bien era un cachorro realmente espectacular y juguetón, en algún momento crecería y tarde o temprano se convertiría en un peligro para la emperatriz y todo aquel que estuviera cerca. Entre ella y Tomás se convencieron mutuamente de que podían quedarse con el pequeño leoncito. Quisieron creer en su ingenuidad que todo el amor que ellos le daban serviría para domar a esa terrible fiera. Pensaron que podrían estar siempre los tres juntos, o mejor dicho… no pensaron. Al advertir el poco éxito de aquellos que explicaban los peligros a la emperatriz, los demás callaron por el sólo hecho de evitar problemas.
El hecho es que lo que todos preveían realmente sucedió. El pequeño leoncito tomó cada vez más tamaño y fuerza con el transcurrir del tiempo. La emperatriz y su amigo Tomás estaban en lo cierto en algo ya que sin duda se trataba de un magnífico animal. Solían pasearse juntos luciendo al león caminando a su lado con una elegancia sin igual. Ellos increíblemente se sentían protegidos y casi se podría decir afortunados de contar con esa presencia. Sin embargo, cierto día estando alejados de la aldea al sur del valle, de un momento a otro y sin aviso el león atacó a la emperatriz. Hubiera sido un zarpazo certero, pero Tomás se interpuso recibiendo una herida grave en su pecho y brazo derecho. La emperatriz cayó a pocos metros del animal gritando auxilio cuando levantó la cabeza y vio a Tomás debajo del cuerpo del león. Entonces fue cuando gritó en total desesperación y angustia: “¡Ayúdenme! ¡Necesito protección!”. Los ojos se le llenaron de lágrimas con tan sólo recordar esos momentos tan terribles. El león que ella tanto adoraba, los había atacado, su amigo Tomás no había sobrevivido y ella se había quedado sin nada, salvo un gran sentimiento de responsabilidad por todo lo que había ocurrido y tristeza, una enorme tristeza. Días más tarde, ella logró recuperarse bajo los cuidados de sus más fieles amigos y poco a poco retomó las actividades en el valle.
Por un momento pareció que la emperatriz iba a hacer uso de la palabra pero Osvaldo, uno de los representantes mejor posicionados políticamente, se le anticipó sin darse cuenta diciendo: “Dejando de lado los planteos y las responsabilidades, coincido con la idea de explorar más allá de nuestra frontera. La realidad demuestra que aquí quietos y escondidos tampoco estamos protegidos. Es mejor a mi criterio conquistar algunas tierras e incluso hacer alianzas con posibles reinados que encontremos a nuestro paso.” Iba a continuar hablando pero los gritos doloridos de un hombre lo interrumpieron dejando a la emperatriz perpleja junto al resto de los presentes. El salón entero fue cubierto por un manto de silencio. La emperatriz avanzó un par de pasos prestando atención y sorprendida a su vez, no por los rostros de espanto del público presente, sino porque las miradas se centraron en ella con cierto temor. Un grito atravesó el salón nuevamente con mayor fuerza. Era un grito desgarrador, casi un llanto desesperado.
Ella no entraba en razones y en desesperación caminó rápidamente hasta llegar a Daniel para una vez frente a frente, preguntarle: – ¿De qué se trata esto? ¿Qué son estos gritos? ¿De dónde vienen?
Él tragó saliva y luego de un breve momento respondió con la vista sobre uno de los rayos delicadamente trabajados en el suelo:
- Es el prisionero.
- ¿El prisionero? – Meditó por un par de segundos para luego agregar – Daniel, a ver si entendí correctamente. ¿Me estás diciendo que existe una cárcel en este edificio y que tenemos un prisionero?
- No es una cárcel, emperatriz. Es un calabozo. Y es correcto, tenemos un prisionero.
Otro grito estruendoso hizo eco en el lugar causando escalofríos en más de uno. La ira de la emperatriz iba en aumento, porque esto ya llegaba a los niveles de una alta traición y además se preguntaba, de qué prisionero se trataba, qué habría hecho. Sin dudarlo y con mucha furia en las venas le ordenó a Daniel que trajeran al prisionero inmediatamente ante ella, quien a su vez indicó a sus guardias que cumplieran con este pedido y no se hicieron esperar.
Ana se acercó por un momento a la emperatriz y le dijo al oído en voz baja pero con firmeza:
- Hicimos lo que consideramos mejor para vos.
La emperatriz la miró por un breve momento y sintió que el corazón saltaba en su pecho por la ansiedad. En pocos minutos pudo observar a los dos guardias y al hombre que traían sosteniéndolo por los hombros mientras bajaban la escalera.
El prisionero era un hombre alto y estaba muy lastimado. En su espalda, brazos y pecho se podían ver lesiones de todo tipo. Seguramente algunas de ellas tenían que ser recientes por las manchas de sangre sobre su piel. Su rostro quedaba invisible bajo una maraña de largos cabellos sucios y enredados. Estaba débil pero cualquiera podía darse cuenta de que era un hombre de gran contextura física. Los guardias lo soltaron a unos tres metros frente a la emperatriz y el prisionero cayó sobre sus rodillas al suelo quedando inmóvil con su cabeza baja. Ella lo miró a la distancia con profunda curiosidad, especialmente por la reacción de los guardias, quienes dando un paso lateral, levantaron sus lanzas a modo de saludo oficial al prisionero. La sorpresa de la emperatriz fue evidente ante ese gesto de respeto que brindaban las tropas. Daniel estaba a metros con expresión sombría sin decir palabra alguna.
Ella se acercó al hombre que parecía estar susurrando algo o tal vez podría ser que estuviera llorando. El silencio del salón era sepulcral cuando ella dio un paso más acercándose pero el prisionero sin levantar el rostro extendió su brazo derecho sobre el suelo pidiendo distancia. Su gesto era más que elocuente. Ella no podía salir de su asombro ante esta presencia y sin poder terminar de asimilar lo que estaba viviendo en ese momento, sentía con todas sus fuerzas que conocía a ese hombre, pero no resultaba posible. Entonces insistió acercándose un poco más y él comenzó a sollozar en ese instante. De pronto él suplicó:
- Por favor, no te acerques más, no quiero volver a lastimarte.
- ¿A lastimarme? – de cerca podía ver que algunas heridas le sangraban un poco. – ¿Cómo es tu nombre? – Preguntó y agregó – Dejame ver tu rostro.
El hombre no obedeció y se podía percibir un leve temblor en su cuerpo. Ella no tuvo la capacidad de comprender qué estaba sucediendo allí. Luego de un momento, con voz decidida le dijo:
- Respondeme, es una orden.
El prisionero levantó el rostro lentamente dejando caer algunos de sus cabellos sobre los hombros doloridos. La expresión de la emperatriz se transformó y las lágrimas inundaron sus ojos cuando el hombre le dijo con voz quebrada:
- Ya no me reconoces.
Ella lo miraba y no podía creerlo, simplemente no era posible. La emperatriz balbuceó algo incomprensible y se acercó tocando suavemente su rostro. Apoyó la mano en uno de sus hombros mientras las lágrimas escapaban sin encontrar barrera alguna.
- No puede ser. Por Dios… qué pasó contigo… ¿cómo es que estás así? – Calló por un breve momento y luego gritó con desesperación – ¡Daniel! ¡Atiéndanlo urgente, por favor!
Sorpresivamente ella se dejó caer de rodillas delante del prisionero, que intentaba esconder su rostro tal vez avergonzado. A ella no le importó, corrió los cabellos sucios del hombre para besarle el rostro con delicadeza y las lágrimas de ambos se mezclaron por un momento. Ella lo abrazó y él descansó en sus brazos por un instante, hasta que la guardia llegó con todos los elementos para efectuar el traslado. Daniel los interrumpió diciendo:
- Está todo listo.
Ella entonces lo entregó a la guardia con delicadeza y se quedó en el suelo mientras que lo sacaban en andas del salón. Le hizo un gesto a Ana para que se acerque y le dijo:
- Tengo que ocuparme de esto. Luego yo misma organizaré mi equipo e iniciaremos una travesía. Por favor comunícalo. Ahora necesito estar sola y atenderlo.
Ana asintió y despidió a todos en el salón en forma inmediata mientras la emperatriz quebrada se quedó en el suelo, en el medio del salón bajo la mirada de Daniel a unos pocos metros de distancia. Lo suficientemente cerca como para que él pudiera escucharla diciendo casi en un susurro:
- Mi Tomás, ¿cómo pudo pasar esto? Mi Tomás.
Luego de un breve momento, ella se puso de pie, buscó a Daniel con la mirada y le dijo:
- Llévame con Tomás, por favor. Quiero estar con él.
Daniel suspiró y obedeció la orden sin decir palabra alguna. La tomó con gentileza del brazo y caminaron juntos hasta el Centro de Atención en el valle. Las calles siempre tan concurridas se encontraban desérticas. Ana, había cumplido con los deseos de la emperatriz al pie de la letra, sin embargo ella se asombró al no ver una sola persona en la vía pública. Sus propias palabras retumbaron en su cabeza: “Ahora necesito estar sola”. También recordó con más detalle, aquellos primeros tiempos luego del ataque del león, mientras Ana le hacía compañía y la ayudaba a recuperarse de sus propias heridas. Sacudió por un momento su cabeza tratando de espantar sus pensamientos, para luego de suspirar pensar que lo hecho, hecho está. Sin embargo existe la posibilidad de modificar el presente y es eso lo que se proponía hacer sin perder un segundo más.
Una vez que llegaron al Centro de Atención, los guardias no tardaron en llevarla hasta la habitación donde estaba Tomás recostado sobre una camilla. El piso, los muebles, las paredes relucían con una limpieza perfecta y el olor concentrado del desinfectante se impregnaba en todo el ambiente. Ella se acercó lentamente hasta su lado y allí se quedó observándolo por largos minutos. Gradualmente él comenzó a abrir sus ojos pero a diferencia de otras épocas, esta vez evitaba la mirada de la emperatriz y dejaba descansar la vista con una expresión lejana en dirección de la ventana del cuarto hacia unos jardines externos cubiertos por flores anaranjadas y amarillas.
Ella se sentía extremadamente confundida en una mezcla de sensaciones. Por un lado la invadía una gran alegría por el hecho de que su amigo del alma estuviera vivo, por otro la agobiaba una gran tristeza por el estado en el que se encontraba y por último, también algo de desilusión al verlo en esta actitud tan distante. Con cierto grado de angustia comenzó a hablarle a Tomás suavemente diciendo:
- Están atendiéndote bien. Eres la primera prioridad en este momento. Pronto vas a mejorarte, ya vas a ver. – Él no contestaba y seguía con la mirada fija a través del ventanal en algún punto fuera de la habitación.
Ella se angustió y las lágrimas brotaron sin poder evitarlo en un total silencio. La emperatriz estiró la mano y con mucha delicadeza acarició su brazo. El volteó la mirada alejándose aún más pero el brazo estaba allí inmóvil bajo su mano. Entonces ella lo miró por un momento en silencio y prosiguió arreglando el cabello de Tomás como podía. Estaba más largo que la última vez que se habían visto. Ella entonces volvió a interrumpir el silencio diciendo:
- Te extrañé tanto y te lloré tanto que llegó un momento que las lágrimas simplemente dejaron de salir. Ya no podía llorar más. Tenía el alma quebrada. No podía seguir… – calló por un momento y continuó – Nada es igual sin tí. Un día encontré la paz pero nunca más la felicidad. Verte vivo, me da esperanzas, me da fuerzas, me da energía porque se que vamos a salir de esto. Porque significa que el sueño no terminó. Porque estoy segura que contigo a mi lado, vamos a poder cumplir con la profecía. Hasta hoy, era imposible lograrlo, jamás podría distinguirlo entre toda la gente del mundo.
Lo sostuvo de la mano con fuerza y entonces él giró la cabeza para mirarla por primera vez a los ojos. Tenía la vista irritada y a pesar de su gran agotamiento dijo después de un momento de duda:
- Perdón …
Ella intentó hablar pero él hizo un gesto con la mano y la emperatriz calló para dejarlo continuar:
- Perdón y mil veces perdón. Nunca tendría que haber pasado todo esto, pero sucedió y yo soy el único culpable. Esa bestia te atacó solamente por mi culpa. Yo no puedo guiarte, pienso que estas mejor sin mí.
- Es mentira, no me mientas. – Exclamó con cierto tono desesperado – Tu querías que yo te escuchara, por eso el escándalo en el salón. Estoy aquí. Estoy aquí para y por ti, y no me pienso ir sola de este lugar. – El sonrió un breve momento y con una mano le acercó la cabeza para besar su frente. – Ella prosiguió diciendo – Te perdono Tomás, por todo y más te perdono.
Se sonrieron y sus miradas parecieron chispear por un momento. Ella no pudo dominar el impulso y lo abrazó con fuerza apoyando la cabeza en su pecho mientras decía: – No puedo creer que estés vivo mi amor.
Pasaron unos meses desde ese primer encuentro. Cuando finalmente ella lo vio de pie, sonriente, en todo su esplendor, sintió que los pulmones le explotaban en el pecho y la sangre recorría todo su cuerpo. Se sintió viva y feliz, feliz como hacía mucho tiempo que no se sentía.
Después de un abrazo con mucho sentimiento, lo tomó del brazo y salieron juntos caminando bajo la custodia de Daniel unos metros atrás. A veces la gente del valle se preguntaba como podía ser que Daniel fuera la custodia de ambos, siendo Tomás prácticamente una cabeza más alto y mucho más fornido. Pero la gente a veces no toma en cuenta que no todo es fuerza en la vida.
