Sentía la tibieza de un nuevo día sobre su rostro mientras la energía comenzaba a fluir lentamente por su cuerpo. Respiró profundo y una suave fragancia envolvió sus sentidos mientras se desperezaba, dejándose acariciar por las impecables sábanas blancas de algodón. Fue entonces que abrió con delicadeza sus ojos, disfrutando de estos primeros minutos del día.
Su habitación era amplia y de forma redondeada, con paredes rústicas pintadas a la cal. Por las ventanas la luz matutina inundaba el cuarto, desparramándose por el piso de madera añeja. Luego de apartar una de las almohadas, decidió levantarse y caminó con cierto desdén hacia la puerta entreabierta provocando un cálido crugir a su paso. La abrió de par en par y levantó la vista para encontrarse con un cielo azul bañando al valle que se extendía a sus pies en miles de tonos verdes, custodiado por la cordillera Norte y Sur unidas en un eterno abrazo. Disfrutaba del mismo paisaje cada uno de sus días y sin embargo no dejaba de causarle esa gratificante sensación de bienestar y satisfacción. Se acercó al frente de la terraza caminando hacia adelante para luego apoyar sus manos sobre la reja de hierro mientras divisaba los animales, las pequeñas casas, el camino dividiéndose en infinitas curvas llegando a todos los rincones del valle, la cascada y su pequeña laguna de aguas cristalinas siempre verdes, el Gran Salón, las barracas, el centro.
-¡Estás despierta! – exclamó una voz grave y serena. Giró y vio a Daniel acompañando al criado que sostenía la bandeja del desayuno en sus brazos al pie de la escalera de piedra. Ella le sonrió y le hizo un gesto para que se aproximara mientras se acercaba con entusiasmo. Tras un breve saludo, él sólo se concentró en las tareas del criado para servir el desayuno mientras ella lo observaba con admiración. La emperatriz lo respetaba mucho. Hacía años que lo había nombrado máximo responsable de su guardia privada y además lo había dejado a cargo de la seguridad en todo el reino. Bastante alto, de cabello castaño corto algo enrulado y una mirada mediterránea, parecía poder percibir los movimientos más profundos del alma.
Las tazas de porcelana delicadamente trabajadas en juego con los platillos adornados con dulces de frutas fueron tomando rápidamente posición en la mesa de madera maciza en la esquina norte de la terraza principal. Finalmente el criado partió y el guardia la acompañó en silencio, admirando el horizonte, mientras la emperatriz disfrutaba del desayuno. Ella se detuvo un momento para observar como la brisa jugaba con un mechón del cabello de Daniel; él la sorprendió y le devolvió la mirada cómplice para luego preguntarle con tranquilidad:
- ¿Qué hacemos hoy? – siguió con una sonrisa.
Ella se rió por un momento y le contestó burlonamente con otra pregunta:
- ¿Por qué tengo que informarte de todo?
- Porque pensé que querías evitar que te siga todo el día. – le respondió él muy suspicazmente.
Ella dejó deslizar sus dedos por el cabello castaño brilloso, volcándose hacia atrás con un pretendido aburrimiento. Dejó pasar unos segundos y recostada en su silla le dijo con tranquilidad y cierto desinterés:
- No lo tengo pensado, supongo que voy a recorrer la ladera sur… – se hizo un pequeño silencio y agregó dudosa – Ya sabes lo que quiero, ¿no?
- Sí, pero mejor olvídalo. – El joven luciendo su traje de cuero se puso de pie y en tono severo agregó – No hay forma de que cruces la cordillera sin arriesgar tu vida y por lo tanto, la seguridad del valle.
Ella no contestó para no comenzar una vez más con la misma discusión de siempre pero en su interior sabía perfectamente que era posible y además se trataba de una cuestión instintiva, casi inexplicable, simplemente ella necesitaba ir más allá. Terminó el desayuno en silencio mientras el guardia custodiaba desde la terraza, atento a todos los movimientos en el valle.
Perdida en sus pensamientos se quedó unos momentos observando la mesa y rozó sus dedos sobre la rústica madera. Entonces levantó la vista para sorprenderse bajo la mirada de Daniel. Tardó sólo un momento en recuperarse y dijo:
- Gracias, Daniel. Estaba todo exquisito.
El sonrió por un brevísimo momento a modo de respuesta y se dispuso a acompañarla hasta la puerta de su alcoba. La emperatriz se ausentó por un momento mientras él la esperaba junto a la escalera con las manos enlazadas a su espalda en una típica posición de guardia.
A los pocos minutos, ella reapareció radiante luciendo una hermosa sonrisa, sintiéndose muy cómoda en sus atuendos de entrenamiento. Con total espontaneidad lo tomó del brazo arrastrándolo tras ella unos metros hasta bajar los primeros escalones de la escalera. Luego lo soltó y continuó sola apresurando la marcha mientras él se mantenía a unos pocos metros de distancia. El día totalmente despejado, con una temperatura ideal, ayudaba a que se sintiera de excelente humor caminando por el sendero rodeado de plantas y flores coloridas que perfumaban el ambiente. A medida que avanzaba, el camino se iba ensanchando y de vez en cuando se cruzaba con algún habitante del valle. Era común tanto un saludo como palabras de agradecimiento ya que en general ella era muy accesible y tenía buena predisposición por ayudar de la forma que fuera necesaria a su gente.
Se encontraban al norte del Valle, en la zona de recreo. Allí se ubicaba el círculo más íntimo de la emperatriz y Daniel se sentía más seguro en esa zona por lo que respiró aliviado. Al llegar cerca del parque, ella se acercó a un grupo de amistades y se quedó conversando de buena gana por un momento mientras Daniel se mantenía a una distancia prudente. Pasaron unos pocos minutos cuando un subalterno se acercó a toda velocidad al jefe de la guardia para hacer un breve comentario. La emperatriz no llegó a escucharlo pero vio el movimiento y sus ojos cruzaron miradas que no requerían explicaciones. Ella simplemente miró a Daniel y le hizo un gesto de consentimiento para que ambos hombres desaparecieran de un momento a otro. Sus amigos no se habían percatado de lo ocurrido y continuaron la conversación sin sobresaltos. Lentamente, fueron en grupo caminando hasta unas tiendas y se detuvieron a descansar mientras uno de ellos comentaba algunas anécdotas sobre viejas conquistas al mismo tiempo que mostraba y explicaba en detalle las heridas de guerra. Resulta que el territorio del valle no se había ganado de un día para otro. Sin embargo, al día de hoy, se había convertido en un próspero reino, pacífico y seguro.
En algún momento de la conversación, la emperatriz levantó la vista y algo en el cielo llamó poderosamente su atención. No lograba identificarlo correctamente, era una especie de punto negro volviéndose de un lado a otro en lo alto del cielo hacia el horizonte. Se hizo un breve silencio y sus compañeros le preguntaron que ocurría. Ella les contestó:
- Miren eso. – Las tres cabezas giraron sin disimulo y la emperatriz se puso de pie un tanto alterada. Se sentía asustada, pero exaltada y sumamente atraída al mismo tiempo. El punto zigzagueante en el firmamento se encontraba al sudoeste del valle, en una zona muy cercana a la frontera, a pocos kilómetros del campo de los aprendices. La fuerza militar utilizaba esta área del valle para entrenar ya que era una de las zonas más salvajes y despobladas.
Daniel no permitía que se acercara a las fronteras porque a su criterio eran zonas poco seguras. Es decir, el reino se encontraba en una clara expansión, sin embargo se desarrollaba de una forma ordenada y previamente estudiada. Obviamente los planes se adaptaban conforme se revisaban los avances de las obras y el comportamiento de variables fluctuantes. Suena complicado y en realidad lo era. La emperatriz dedicaba gran parte de su tiempo a consultar sobre el grado de avance en el plan y sus desvíos mientras que Daniel se ocupaba, entre otros temas, de asegurar las nuevas áreas hasta que permitiera la libre circulación de la emperatriz en estas zonas.
El punto se movió nuevamente en el cielo, esta vez a una velocidad realmente asombrosa. Entonces ella comenzó a caminar hacia el sudoeste del valle sin pensarlo por segunda vez. Ana, una de sus amigas, intentó detenerla pero ella ni siquiera la percibió.
Atravesó el centro del valle sin perder de vista ese misterioso punto movedizo, pasando por la zona laboral y cruzando el barrio periférico. A la hora de haber emprendido la marcha ya había dejado atrás el campo de los aprendices, hasta que sin previo aviso el sendero se deshizo bajo sus pies y la hierba se adueñó del suelo. Ella se quedó por un momento parada sobre la tierra, hasta acostumbrarse a la diferente superficie. La sensación de alguna manera resultó agradable y decidió continuar caminando. Así lo hizo, aunque un tanto torpe y en forma instintiva fue internándose en el bosque más alejado de la frontera sudoeste. Sus botas altas de cuero y piel le facilitaban la travesía.
Caminó alrededor de dos horas mientras que las copas de los árboles le permitían observar de vez en cuando esa figura moviéndose en el cielo. Era evidente que se trataba de un ave muy grande y poderosa que en lugar de intimidarla, la animaba en forma extraña a acercarse más y más.
La travesía se estaba tornando difícil a esta altura y estuvo casi a punto de abandonarla pero de pronto los árboles comenzaron a abrirle el paso hacia un claro de gran superficie que para su sorpresa revelaba la cordillera imponente de fondo en el paisaje. Ella sonrió. No recordaba haberse alejado tanto y estar tan cerca de la cordillera que sentía podría tocarla.
El viento era más fuerte en esta zona y mientras golpeaba su rostro miró nuevamente la montaña imponente, fuerte, protectora y desafiante a unos cien metros de distancia. Avanzó algunos pasos más sobre el descampado de hierbas altas. Sin previo aviso una sombra de oscuridad acompañada por un sonido, similar al de una navaja cortando el aire a su paso, se abalanzó sobre ella sin dubitación. La emperatriz se arrojó sobre la hierba evitando ese feroz ataque justo a tiempo para que el ave pasara sobre ella tan velozmente como un simple parpadear. Tuvo el reflejo de girar sobre su cuerpo y entonces pudo verlo a pocos metros en todo su esplendor. Nunca en su vida había visto animal semejante. De gran tamaño batía sus alas rítmicamente soportando su propio peso en el aire. La luz del día se reflejaba en el plumaje negro y el anaranjado de sus garras y pico. Por un momento ella se sintió paralizada, pero este hechizo se quebró en el momento que los penetrantes ojos amarillos del animal conectaron los suyos. El corazón se le disparó en una carrera por salvar su vida y simplemente se puso de pie para comenzar a correr sin pausa tan rápido como pudo hacia la montaña.
A los pocos metros sintió las garras del animal clavándose en su espalda y con gran fuerza se desplazó por los aires hasta caer nuevamente al suelo. La espalda le ardía pero no se quejó y ese dolor sólo la animó a correr aún a mayor velocidad. La montaña ya estaba cerca y una grieta en la piedra que le serviría de refugio era su única salvación. El ave la observaba girando en círculos sobre ella a pocos metros del suelo para de pronto cerrar sus alas con total decisión y en un vuelo terrible lanzarse sobre la emperatriz sin piedad. Fue una batalla contra el tiempo que sus piernas lograron ganar al correr como el viento hacia la roca que le ofrecía ayuda. Sin dudarlo saltó al interior en la ladera de la montaña y el ave quedó afuera gritando de enojo con el orgullo herido.
La emperatriz estaba a salvo por el momento pero herida y sumamente agotada. La espalda le sangraba, sus piernas y brazos habían recibido algunos golpes y se sentía incómoda en este nuevo refugio. Su agitación era tan fuerte que casi no podía escuchar sus propios pensamientos. Sus cabellos revueltos, su piel sudada y la tierra adherida a sus ropas pintaban un cuadro no conocido para ella. Con las manos y en forma instintiva intentó empujar una pared, pero obviamente resultó imposible. Su respiración comenzó a normalizarse muy lentamente a medida que transcurrían los minutos.
- ¿Por qué corres así? ¿Por qué huís de mí?
Lo escuchó claro y fuerte pero la emperatriz no respondió. Esa cosa le estaba hablando. Sí, le hablaba a ella.
- ¿Por qué te vas? – volvió a insistir el ave. Ella entonces le gritó totalmente conmocionada:
- ¡Fuera de aquí! ¡Déjame sola!
- No voy a irme con el esfuerzo que hice en llegar. – contestó con cierto enfado.
Ella cerró sus ojos por un momento para luego, mirar la roca gris levantándose ante ella y acercar su mano para sentir su textura. Un extraño silencio lo absorbió todo. Ella había decidido no contestar más y el ave había hecho silencio, o tal vez se habría retirado.
La emperatriz no sabía si habían pasado sólo unos minutos o un par de horas. Únicamente podía escuchar el viento golpeando la montaña mientras sus músculos algo entumecidos le recordaban el gran cansancio que tenía. Era hora de volver a casa, pero la pregunta era cómo salir de ese refugio con semejante animal acechando.
Se acercó a la salida de la grieta cuidando de no hacer ruido alguno. Luego de un momento sin indicios de la presencia del ave, se deslizó finalmente por la roca hasta sentir la suave hierba bajo sus pies. Miró a su alrededor buscando cualquier señal de peligro pero todo aparentaba estar sereno. A esa hora el cielo comenzaba a cambiar de tonos azules a rojizos. Se arriesgó sin pensarlo más y sigilosamente caminó atemorizada hacia los árboles. Al descubrir tanta tranquilidad en los alrededores pensó que tal vez simplemente lo había soñado, que el ave había sido producto de su imaginación, aunque las heridas en su cuerpo demostraban lo contrario. Se internó sólo unos pocos metros en el bosque cuando una fuerte voz desde lo alto la sorprendió.
- Saliste finalmente.
Giró y miró hacia arriba. Allí estaba, en la segunda rama de un árbol cercano. El corazón se le detuvo por un segundo y luego tuvo el impulso de huir a toda velocidad pero sabía que no serviría de nada. El animal estaba muy cerca y la observaba con sus profundos ojos amarillos. Delicadamente abrió una de sus alas de más de un metro de largo y comenzó a ordenar con suavidad sus plumas. Ella estaba paralizada y sin escapatoria volvió a escuchar la voz diciendo:
- Veo que estás bien. Por un momento pensé que habías quedado atrapada.
La emperatriz quiso decir algo pero tenía la garganta seca y decidió entonces guardar silencio. El animal suspiró mirándola por un breve momento. Muy lentamente desplegó su otra ala y de pronto se detuvo con un breve quejido. Ella atinó a dar un paso para acercarse pero volvió a detenerse. Ya se encontraban más cerca de lo aconsejable y no era momento de realizar movimiento alguno. El ave pudo estirar su ala un tanto más y algunas plumas manchadas en sangre brillaron bajo los suaves tonos del atardecer.
- ¿Estás bien? – preguntó la emperatriz por primera vez.
- Claro. – Pareció que iba a sonreír pero no lo hizo.
- ¿Qué haces aquí? Este es mi reino. – preguntó ella nuevamente tomando cierto coraje.
- Tu reino… – y ahora sí sonrió.
El comentario sarcástico enojó a la emperatriz pero no era momento de expresarse, ya tendría su oportunidad. Se mantuvo en silencio evaluando las posibilidades de escapatoria existentes. No se le podía ocurrir ni una.
- ¿Así recibís a tus visitantes? – preguntó él de pronto.
- ¿Visitantes? – respondió a su vez ella con otra pregunta.
- Sí, claro. ¿No sabes lo que son? – Esta vez con tono aún más sarcástico replicó – Se nota.
- Para ser visitante debes ser invitado. – Respondió ella en forma casi inmediata.
- No necesariamente. – Expresó él con tranquilidad – Recorrí kilómetros, miles de lagos, montañas y mares. Mira como me reciben en “tu” reino.
- ¿Quién eres? – inquirió ella con honesta curiosidad.
- Un ave perdida que sintió curiosidad por este lugar. Te había visto desde lejos pero nunca me prestabas la atención suficiente. Tuve que pasar por una cantidad abrumadora de controles… pero pude burlarlos a todos. – Comentó con cierto orgullo – Podría haber ido a tu encuentro en forma directa, pero me pareció mejor que tú vinieras a mí.
- ¿Por qué?
- La respuesta es un tanto obvia. Aquí estoy más seguro. – Hizo un breve silencio y agregó – De todas formas, hay un guardia de bastante mal humor, mira como dejó mi ala izquierda hoy a la mañana. Y no debe estar muy lejos.
Ella tragó saliva porque estaba segura de la identidad de ese guardia. En realidad se sentía indecisa y no sabía si llamar a Daniel, quien seguramente estaba aún en el área, huir antes de que sea demasiado tarde o en todo caso obedecer a su curiosidad y averiguar más sobre esta fantástica ave. Esta última opción pesó finalmente más que las demás. Volvió a hablarle entonces, restando importancia a esa pequeña herida.
- ¿De dónde vienes? – le preguntó.
- De muchos lugares. Soy un viajero. – Comentaba él mientras seguía entretenido con sus plumas. – Me gusta esta vida aunque lleva sus riesgos, bueno como todo, ¿verdad? Hasta tú debes correr riesgos aquí.
- Aquí no tengo riesgos. – contestó ella con seguridad.
- ¿No? ¿Ni siquiera de quedar atrapada? ¿De no conocer el resto del mundo? Hay vida del otro lado de las montañas, mi querida.
Sus pupilas se dilataron aunque ella se mantuvo muy seria sin responder, tal vez otorgando la razón. El ave prosiguió:
- No quise asustarte. Sólo quería que te quedaras conmigo, pero no parabas de correr y quería detenerte. Nunca me diste la oportunidad de hablar.
- Es lo que estamos haciendo ahora, ¿no?
- Así es. – dijo él cerrando finalmente las alas y sacudiendo su cola. Parecía que las tareas de higiene habían finalizado.
La emperatriz lo observó detenidamente. Su plumaje negro tenía un brillo especial y bajo las alas se asomaban algunas plumas azules intensas. Hasta parecía haberse vestido de gala con ese cuello blanco como la nieve. ¡Qué magnífico animal! Ya no podía enviar a la guardia a cazarlo. Después de todo, se anunció como su visita y decidió que lo trataría como tal, además de averiguar en el Gran Salón que significaba esto de los controles y las agresiones a los visitantes.
Conversaron por un rato más, pero el sol se estaba comenzando a ocultar y aún partiendo en estos momentos ella llegaría de noche al centro del valle. No se podía demorar más, por lo que se saludaron amistosamente guardando una prudente distancia y ella volvió a su hogar, permitiendo que él se quedara en la zona sur por el tiempo que deseara.
La noche lo cubría todo como una gran frazada protectora a través de la cual se lograban filtrar pequeños haces brillantes de luz. Ella conocía ese mapa astronómico a la perfección y no perdió el rumbo en ningún momento. Al llegar a las cercanías de la aldea divisó unos hombres con antorchas por las calles que al verla acudieron en su ayuda inmediatamente y ella los aceptó con alivio.
