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Capítulo XVI – El momento

Agosto 17, 2008

La mañana la sorprendió con el ruido de unos fuertes golpes contra la madera de la puerta principal de la vivienda. Había dormido en una posición extraña y cuando se quiso incorporar sintió una puntada de dolor intenso en su cuello que se reflejó rápidamente en el rostro. Justamente en ese momento apareció Daniel en su habitación para avisarle:
- Ben ya está aquí. – exlamó con excitación – Nos espera para visitar al gobernador.
Ella no contestó y lo miraba mientras se masajeaba parte del cuello y hombro derecho, doloridos por la mala posición que tuvo durante la noche. Él continuó diciendo:
- Si estás de acuerdo puedo ir yo solo, así mientras tanto descansas un poco y analizas los pasos a tomar. – la miraba con ojos esperanzados.
A la emperatriz la idea le pareció fascinante y un alivio increíble ya que no consideraba que este fuera el momento adecuado para confesarle a Daniel las miles de dudas que invadían sus pensamientos. Francamente, se sentía tan confundida que no creía que en esas condiciones pudiera convencer al gobernador para organizar el éxodo de una aldea donde recién llegaban y para colmo intentar de armar una milicia en pocos días con una “compañía artística”. Sonaba ridículo y estaba completamente segura de que así era. Ella aceptó su propuesta y seguidamente Daniel le explicó la estrategia antes de partir, la cual consistía básicamente en explicar su verdadera identidad y demostrar al gobierno que estaban dispuestos a enfrentar al enemigo. Tampoco quería descartar la idea del éxodo porque pensaba que de esta forma aseguraría la supervivencia de la gente, llevándolos a los pueblos cercanos del imperio o hasta al mismísimo valle.

Cuando Daniel finalmente se retiró con dos de sus hombres junto a Ben, la emperatriz se quedó por unos minutos sentada entre los almohadones levemente inclinada hacia adelante y con los ojos entrecerrados comenzó a masajear en círculos el entrecejo hasta que tras un gran suspiro finalmente se puso de pie y caminó lentamente hacia la puerta mientras arreglaba su cabello. El día estaba bastante fresco pero el sol pintaba el escenario con una pizca de alegría. El pueblo de alguna manera lograba atraparla no sólo por la arquitectura tan bonita, sino por sus amistosos habitantes. Cada vez que pasaba alguna persona por la calle la saludaba haciendo un gesto con la cabeza, levantando la mano o simplemente con una mirada especial acompañada de una dulce sonrisa. Esto último era lo que más le gustaba a la emperatriz y le hacía recordar sus días felices en el valle. Lamentablemente, esa actitud también le señalaba que esta gente no estaba preparada para resistir ningún tipo de ataque sorpresivo de un ejército invasor. Decidió avisar a uno de sus guardias que daría un paseo por los alrededores y que no necesitaba que la siguieran. Ordenó además que se quedaran a la espera de Daniel e informó que ella regresaría en aproximadamente dos horas.
Tal vez en forma conciente no lo sabía, pero sus pasos la guiaron uno a uno por las angostas callecitas hasta llegar al muelle: el lugar donde lo había visto por primera vez. Realmente se sorprendió al encontrarse en ese punto del pueblo, ya que estaba convencida de que había estado caminando sin rumbo fijo. El oleaje rompiendo contra el muelle la hipnotizaba, tenía una influencia poderosa sobre ella y como si estuviera en trance fue caminando sobre las tablas de madera hasta llegar a la punta del muelle mientras miraba el horizonte y el viento acariciaba su rostro.
“Por fin el mar. Este mar tan inmenso, azul, poderoso frente a mí. ¿Por qué me trajiste hasta aquí?”- se preguntó sin analizarlo realmente. Entonces se sentó en el borde del muelle dejando sus piernas danzando a pocos metros de las aguas, apoyándose sobre sus brazos extendidos hacia atrás. Las olas marcaban un ritmo tranquilizador y ella podía saborear la sal en su boca cuando luego de varios minutos el crujir de la madera a sus espaldas la hicieron girar para verlo acercarse. Se miraron por un breve momento pero él se concentró en el mar, en el oleaje, en el gusto a sal. Erika sintió como toda su alma la inundaba con un inquietante sensación y en total confianza mantuvo su vista en el océano sin hacer caso a los pasos de este extraño sobre el muelle o mejor dicho, sin demostrar el inmenso interés que despertaba este extraño a pocos metros de ella.

La emperatriz respiró profundamente y luego de unos minutos agudizó sus oídos pero el ambiente sólo le repetía el rítmico danzar de las aguas. Mantenía los ojos entrecerrados cuando de pronto, la idea de que él se hubiera ido la despertó del trance y volvió a mirar hacia atrás en su búsqueda. Ahí estaba él, sentado a unos pocos metros de distancia, dándole su espalda y copiando su postura. Ella se quedó observando por un momento el cabello crespo del hombre y él la sorprendió al darse vuelta sin previo aviso. A modo de reacción, él volvió a su posición original en forma inmediata y ella lo imitó sin decir palabra alguna. Pasaron otros breves minutos cuando la emperatriz escuchó el crujir de la madera nuevamente y giró sin pensarlo dos veces con la intención de verlo partir. En lugar de eso, vio como él se acercaba a ella y se sentaba a su lado a unos dos metros de distancia. Sin poder disimularlo, una sonrisa conquistó su rostro.

Esa presencia cercana lejos de perturbarla la inundaba con una paz inexplicable. Por temor a perderla decidió no articular palabra alguna y disfrutar de ese momento sin arruinarlo. Se sentía maravillada como si apreciara una hermosa burbuja de jabón, colorida por los rayos de sol, deseando que dure lo máximo posible y a la vez conociendo perfectamente su destino. Giró por un breve momento su cabeza para cerciorarse que él continuara allí y sí, sentado sobre el muelle, a corta distancia, estaba él. La paz y la tranquilidad comenzaron a desvanecerse y el sentimiento de tener que hacer algo para no perder este momento comenzó a inquietarla cada vez con mayor prepotencia. No tardó mucho en llegar a una conclusión: este era el mejor momento que iba a tener pero estaba ante un pequeño dilema: si le hablaba era probable que lo perdiera y en caso contrario probablemente la oportunidad no se volvería a presentar. Se puso de pie, dando un paso hacia el extremo del muelle, asegurándose de que él la pudiera ver. Miró hacia el horizonte con una sonrisa y giró para encontrarse con una mirada tierna y dulce que la conmovió totalmente. Una risita nerviosa escapó por sus labios y comenzó a caminar hacia la playa pasando por al lado del muchacho, aún sentado con sus piernas colgando sobre el agitado mar.
- ¿Ya te vas? – preguntó él inesperadamente.
Ella se detuvo sorprendida y contestó:
- Tengo que regresar ahora. – dudó por un momento y agregó – Me están esperando.
- ¿Tu esposo? – se atrevió él a preguntar casi sin mirarla.
Ella sonrió y negó con la cabeza, pensó por un momento y le dijo en un tono encantador:
- Mañana, estaré aquí otra vez.
- De acuerdo. – contestó él mirándola por un momento para luego dirigir su mirada al mar nuevamente.
Ella se retiró y mientras que sus pisadas dejaban huella en la arena no podía creer que tendría una cita para el día siguiente, si es que a eso se le podía llamar cita. Ni siquiera estaba segura si él vendría o no.

Daniel y Erika llegaron prácticamente juntos a la casa y él no tuvo que explicar nada para que ella supiera a primera vista que los acontecimientos habían ocurrido tal como había presentido: el gobernador no estaba de acuerdo en exiliar al pueblo, ni tampoco deseaba prepararse para enfrentar al enemigo. En esto último francamente Erika estaba de acuerdo porque no veía en ellos actitud necesaria para entrar en una batalla. Ben seguía a Daniel a sólo unos pasos de distancia, totalmente contrariado por el resultado de la reunión que habían mantenido esa mañana. Los tres ingresaron a la casa acompañados por un par de hombres mientras que Daniel explicaba detalles a la emperatriz.

Ben comentaba que estaba especialmente molesto porque se trataba de su pueblo, su gente, su historia y estaba convencido de que el ejército invasor no iba a detenerse. No podía soportar la idea de esperar el fatídico final con los brazos cruzados, sin hacer nada, y por eso insistía una y otra vez en que estaba dispuesto a hacer cualquier cosa, cualquier cosa con tal de salvar aunque sea una sola vida.
La emperatriz escuchaba tratando de prestar la mayor atención posible a los dos hombres que con furia daban detalle de la discusión mantenida con el gobernador. Ambos se encontraban completamente indignados ante la, según ellos, torpe decisión del político y el enojo apasionado no les permitía ver algo que para Erika resultaba algo completamente llamativo. ¿Por qué un hombre entregaría a su pueblo a un ejército enemigo sin oponer resistencia alguna? ¿Cómo sería posible que este hombre ni siquiera mostrase algún leve signo de preocupación o sorpresa ante las palabras de Ben y Daniel? Para ella era evidente que el gobernador contaba con algún tipo de participación en esto y se encontraba mucho más involucrado de lo que aparentemente demostraba. Resultaba obvio que el gobernador sabía algo que ellos desconocían.

La emperatriz compartió sus ideas y Daniel se quedó pensativo ante este punto de vista, pero no convenció en absoluto a Ben, quien llegó a la conclusión de que el gobernador era un arrogante, cobarde y torpe que iba a llevar al pueblo a la ruina. Estaban en este punto cuando Judith golpeó la puerta de la casa. Su rostro ilusionado cambió dramáticamente al ver la expresión de enojo e impotencia de su pareja.

Estuvieron debatiendo cursos de acción alternativos durante más de una hora. La emperatriz necesitaba cerciorarse de que la información ofrecida por sus anfitriones era correcta, sin embargo intentaba buscar la forma de plantearlo en la conversación sin herir susceptibilidades. Daniel y ella cruzaron miradas por un momento y se conectaron sin necesidad de palabras. Algo en sus corazones les indicaba que este era finalmente el ejército que pondría en riesgo al valle y que era necesario tomar cartas en el asunto.

La discusión iba subiendo de tono a tal punto que incluso en los últimos minutos no se respetaban y hablaban unos sobre otros sin lograr obviamente ningún tipo de entendimiento. Y así fue como la emperatriz decidió que era hora de poner un poco de orden. Se acercó a la mesa de negociación y el silencio automáticamente se hizo sentir en toda la casa. Miró a cada uno de los rostros brevemente y entonces dijo:

- Aquí considero que lo primero que debemos hacer es una inspección ocular. Armemos grupos de trabajo, analicemos la posición del enemigo y con qué recursos cuenta. – Las miradas de los participantes prestaron consentimiento. – Una vez que contemos con información más precisa vamos a poder decidir cuál es el mejor curso de acción. Es inútil discutir en este momento si debemos o no atacar y cómo proteger a la población. – Por un breve momento hizo silencio con la mirada un poco perdida y sin embargo con extrema lucidez en sus palabras continuó diciendo – Cuando tengamos información suficiente sabremos qué hacer, elaboraremos un plan y recién entonces comunicaremos a los habitantes sus alternativas y ellos deberán decidir, no pienso obligar a una sola persona a hacer lo que no desea. – remató mirando directamente a los ojos de Ben.

A los pocos minutos tanto Ben como Daniel salieron de la casa en búsqueda de los espías que habían aportado información y a la vez con la idea de reclutar gente para la expedición que emprenderían al día siguiente al amanecer. Así transcurrió el resto del día hasta que entrada la noche Daniel volvió a la casa y rindió cuentas a su emperatriz informando que un poco más de diez hombres viajarían al territorio enemigo. Los espías de Ben habían explicado que los destrozos en una villa al Noreste, habían causado daños graves a todas las estructuras y dejado muy pocos sobrevivientes quienes se habían desplazado a las aldeas cercanas.

Los días pasaron rápidamente para la emperatriz en su espera por noticias sobre el movimiento del ejército enemigo. Sin embargo cuando llegó el primer informante, el resto parecía agolparse en su puerta. Luego de cenar una noche en la pequeña vivienda junto con Daniel, resolvieron que la evidencia era abrumadora. La última vez que recibieron noticias, el grupo de salvajes se encontraba en Punta Azul, una pequeña localidad a unos trescientos ochenta kilómetros. Era una cuestión de tiempo que no jugaba a favor de ellos.

Mientras disfrutaban de una cena francamente deliciosa, esa noche ambos en tranquilidad analizaron la información y decidieron que no podían posponer esta decisión inevitable: Era hora de enfrentar el enemigo, pero sus hombres no serían suficientes. Daniel los llevaría al noreste, dando un giro en el mapa de modo que no afecten los poblados ya conquistados y dejándolos en una posición cercana al Valle de las Nieves desde donde podrán tener un fuerte respaldo. Por otro lado, la emperatriz deberá regresar por el camino conocido para retornar a casa y estar preparada ante cualquier eventualidad.

Luego de chequear la información con la emperatriz, Daniel en su ansiedad decidió salir en medio de la noche a buscar a Ben. En realidad la ansiedad de este hombre lo tenía preocupado y consideraba que era mejor se uniera ya al comando organizado en la playa cercana a la aldea para partir al amanecer. Al llegar las luces de la casa estaban apagadas y no había nadie en el lugar, salvo un par de informantes del gobernador, lo cual le hizo pensar que lo mejor sería esperarlo agazapado a cierta distancia. Nunca pensó que desde ese lugar sería testigo de un encuentro de lo más extraño.

Con tranquilidad golpeó la puerta principal. Ante la falta de respuesta se sentó en el porche de entrada y estuvo un largo rato esperándolo al frente de la casa hasta que finalmente lo vio llegar caminando con la cabeza gacha, mirando el camino y acercándose lentamente a la vivienda. Mientras que Ben junto a Judith daba un paso en el césped del jardín, se dijo que ese era el momento indicado y no perdió un solo segundo.

Lukas dio un paso al frente revelando su presencia al salir de las sombras entre la puerta y la columna de entrada a la casa. Si bien Ben se sobresaltó por un momento se distendió al ver el rostro familiar. Lo saludó con una sonrisa y un gesto afectuoso palmeando su hombro, sin embargo no podía dejar de percibir la tensión creciente en Lukas, por lo que sin dudarlo, ni pensarlo en realidad, le preguntó:
- ¿Qué pasa Lukas? ¿Estás en problemas?
- No. No estoy en problemas y tampoco los quiero. – completó la frase con cierto tono nervioso en su voz. En este momento Ben se preocupó y dejando sus manos sobre la cintura lo miró soslayadamente frunciendo el entrecejo por un momento e intentando de comprender de qué estaba hablando el hombre.
Ante el silencio Lukas prosiguió:
- Ya la voz se corrió por toda la aldea. No entiendo por qué estás asustando de esta forma a toda la gente. Aquí estamos seguros, nada va a ocurrirnos, ¿qué se te puso en la cabeza? – preguntó con fastidio.
- Tranquilizate un poco. Si querés conversar, conversamos pero hablemos bien, como siempre lo hemos hecho y no en estos términos. – Judith intentó acercarse pero imprevisiblemente Lukas la empujó lo cual despertó la ira de Ben quien elevando su dedo índice le dijo en tono grave:
– En lugar de venir a apurarme podrías estar colaborando con nosotros. Si sabes perfectamente que hay un ejército a pocos kilómetros de nuestro pueblo no entiendo como un hombre como vos puede ser tan cobarde y quedarse con los brazos cruzados esperando que nos ataquen, totalmente entregado, sin resistencia. – a estas alturas Lukas sacudía de un lado al otro la cabeza y suspiró profundamente.
- Te repito que no hay peligro para esta aldea Ben.
- ¿Y eso cómo lo sabes? Te estoy diciendo que con mis propios ojos he visto a un ejército invasor. ¡Por Dios! ¿Cómo no podés entenderlo?
- El que no entiende absolutamente nada sos vos. Tenés que confiar en el gobernador. Ya hay gente hablando de irse del pueblo. Eso sí es la muerte segura, ¿cómo pensás que va a sobrevivir esa gente? ¿A dónde querés llevarlos? ¿Cómo los vas a alimentar? ¿Pensaste en todo eso?
- Yo francamente no puedo creer el planteo que nos estas haciendo. – comentó indignada Judith.
- ¿Nos? – preguntó Lukas entre furioso y asombrado.
- Tenemos posibilidades de vencerlos. Contamos con un ejército, con hombres de verdad – dijo Ben dejando pasar un breve momento y agregó – porque con hombres como vos …

No tuvo oportunidad de terminar la frase. La furia de Lukas se apoderó completamente de la situación y en un momento de locura con una mano tomó a Ben del cuello levantándolo en el aire y golpeándolo contra la pared mientras lo sostenía con gran violencia.

Ben luchaba contra ese brazo poderoso con ambas manos resultando un esfuerzo inútil. Lukas se acercó y lo miró con furia a los ojos. Ganas no le faltaron pero de pronto su mano se abrió y Ben calló al suelo tociendo y esforzándose por recuperar el preciado oxígeno.
- Pensá muy bien en lo que hablamos. Que no llegue a sucederle algo a Erika, porque no te perdonaré la vida.
Dio un par de pasos hacia atrás para luego girar y caminar con rapidez cuesta abajo, dirección al mar perdiéndose entre las sombras. Y fue en ese preciso instante cuando Daniel, llegó y corrió hacia Ben para atenderlo y preguntarle qué había ocurrido.
La situación lo intrigaba y preocupaba terriblemente. ¿Qué era lo que sabía este Lukas para que defendiera la postura del gobernador, por qué estaba teóricamente tratando de ayudar a la emperatriz y para colmo, sabría que era la emperatriz? Eran demasiadas preguntas para responder a la vez y Ben no estaba en condiciones. Daniel lo ayudó junto a Judith a incorporarse y lo entraron a la casa sin encontrar en él respuestas.

Una vez que Ben mostró signos de recuperación Daniel no pudo continuar encerrado en la casa habiendo dejado sola a la emperatriz y tal vez por puro instinto siguió la ruta de Lukas, en dirección al mar. Algo estaba ocurriendo y no podía comprender de qué se trataba. Quizás Lukas era un traidor, un espía o algo por el estilo. El ruido del mar le avisó que ya estaba próximo a la costa.

En la oscuridad de la noche se pudo ocultar con facilidad durante un par de horas entre la maleza cercana a la playa. La música de las olas rompiendo con fuerza sobre la blanca arena no lograba serenar a un Daniel poseído por la preocupación. La ansiedad le estaba jugando en contra y era conciente de ello, sin embargo no había nada que pudiera hacer al respecto. En algún momento creía haber perdido sus cabales y es que había pasado tanto tiempo esperando sin detectar la presencia de ninguna persona que pensaba que ya a estas alturas había perdido completamente la razón. Justo en ese momento pudo divisar a lo lejos un movimiento y prestó suma atención asegurándose de realizar el menor ruido posible de modo de no alertar al conspirador. Era un hombre alto de cabellos algo enrulados hasta los hombros que se acercaba decididamente hasta el muelle. Sin dudas, se trataba de Lukas.

Daniel sujetó con fuerza su espada, atento a todos los detalles y calculando que la distancia que los separaba no llegaba a los cuarenta metros. Desde el momento que tomara la decisión, pasarían treinta segundos como máximo para que ese hombre dejara de respirar. Sin embargo, su comportamiento lo desconcertaba. Lukas caminaba en círculos sobre la madera del muelle, mostrándose algo nervioso. Luego de pensarlo por un momento, Daniel llegó a la conclusión de que no era para menos ya que estaba confabulando contra el Imperio del Valle de las Nieves.

Lo observaba mientras el hombre acomodó nerviosamente su cabello un par de veces sin dejar de preocuparse por el cuello de su camisa que insistía en darse vuelta por el viento contra su voluntad. Daniel frunció el entrecejo pero su gesto cambió radicalmente cuando escuchó pasos fuertes y firmes aproximándose hacia su dirección. Las pisadas se escuchaban cada vez más rápido y Daniel llegó a desenfundar su espada tratando de mantener la ventaja de atacar por sorpresa en todo momento. Por un brevísimo segundo llegó a divisar la túnica de esta otra persona y sus brazos se aflojaron por un par de segundos. Esto no era posible. Seguramente estaba soñando, o peor aún, se había vuelto completamente loco. Y sin embargo era cierto. Ella corrió sin percibir su presencia a unos cuatro metros de su escondite para atravesar la playa dejando sus huellas en la blanca arena y luego entregarse en los brazos de ese hombre, que la abrazaba y besaba con toda pasión.

El corazón se le salía del pecho y su espada cayó al suelo entre el follaje sin que él se diera cuenta. Cada beso era un puñal clavándose en su pecho y sin embargo no podía dejar de mirarlos. La visión se le nubló y en ese momento por instinto limpió sus ojos sorprendiéndose al sentir sus manos mojadas. Miró a la pareja nuevamente para observarlos caminar abrazados por el muelle, internándose en el mar traicionero. Era su emperatriz. El gran guerrero se sintió abatido y sin pensarlo comenzó a abandonar ese campo de batalla sin rumbo fijo.

Por momentos quedaba al descubierto pero no lo notaba ni tampoco le interesaba. Su cuerpo se movía impulsado por una fuerza desconocida sin ningún dominio de sí y el follaje desapareció poco a poco abriendo el paso a una laguna con agua salada creada por la marea alta. Se acercó inconscientemente y se inclinó por unos minutos para encontrar sorpresivamente en el reflejo de escasa luz, con un hombre desconocido, desalineado, agotado y totalmente alterado. La visión se distorsionó cuando el galope de un caballo invadió las aguas sin previo aviso.

Levantó la vista pero ya no tenía tiempo para reaccionar. Un guerrero se lanzó desde el caballo sobre su cuerpo cayendo ambos sobre el suelo. Luego de dar varios giros sobre la arena logró despedirlo por los aires. Daniel se puso de pie inmediatamente pero su enemigo lo atacó nuevamente. Por sorpresa y acompañado por un grito extraño, casi femenino, recibió un golpe muy fuerte en su estómago de un arma de material y forma desconocida haciéndolo caer de rodillas ante su oponente.

En algún otro momento, Daniel hubiera luchado con insistencia hasta obtener la victoria pero en esa noche oscura deseó entregarse a su enemigo. Un guerrero no puede luchar con el corazón destrozado. Quedándose de rodillas levantó su rostro esperando el golpe de gracia con total resignación, sin embargo éste no llegó. La poca luz del lugar reflejaba un enemigo negro totalmente cubierto por su uniforme de guerra desplazándose a cierta distancia observándolo sin emitir sonido. La mirada de Daniel se distrajo con el caballo de su oponente, al cual reconoció inmediatamente. Sin ningún lugar a dudas se trataba de Bandido y entonces lo llamó.
- ¡Bandido! – gritó por un momento y el animal contestó con un relincho sin acercarse y sorprendiendo evidentemente al guerrero.
El atacante se paró firme manteniendo distancia de Daniel, mientras que con un simple movimiento quitó el casco que protegía su cabeza. Al retirarlo, una larga cabellera, que Daniel no pudo distinguir si era rubia o rojiza, se deslizó sobre el frío traje.
Daniel no se movía mientras que sus ojos cruzaban duras miradas de odio. Entonces fue que le gritó:
- ¡Matame! ¡Liquidame de una vez!
Ella se acercó y de un puñetazo lo hizo caer sobre la arena. Mientras Daniel limpiaba su rostro escuchó:
- Si hubiera querido lo hubiese hecho. – entonces sintió que la mujer lo revisaba y que sabría se encontraba desarmado – ¿Qué tipo de guerrero sos? – preguntó ella con dureza.
El silencio se interrumpió por el ruido de algún pájaro nocturno. Ella siguió revisándolo y al pasar por sus piernas le quitó el cuchillo. Él se sentía aturdido, casi atontado hasta ese momento. Sin embargo el haber sido derribado tan fácilmente hirió su orgullo y este simple hecho lo impulsó a sujetar a la mujer con fuerza de sus brazos. No resultó ser buena idea ya que en pocos momentos se encontraba de espaldas sobre el suelo, dolorido hasta el último hueso. Ella se alejó inmediatamente con una mirada que no requería palabras y sin dudarlo le dijo:
- Podría matarte.
La respuesta no se hizo esperar:
- Lo hubieras hecho si hubieras querido. – y él sonrió, sin saber el motivo, tontamente sonrió.
El hechizo se rompió cuando ella buscó su casco con la mirada para luego de recuperarlo, en un rápido movimiento saltar y huir a todo galope por la playa junto con Bandido, su fiel caballo.
- Con que esta es Katrina. – dijo él en voz alta mientras la veía partir y volvió a sonreir.