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Capítulo VIII – El primer día en el pueblo

Agosto 5, 2008

Tania se había despertado temprano y primero aprovechó el tiempo ordenando sus pocas pertenencias. Luego, tomó un antiguo cuaderno forrado en cuero color caoba ya bastante gastado y comenzó a trabajar en él con suma concentración utilizando un crayón negro. Sus ojos color miel seguían atentamente los trazos marcados en el papel. Estaba tan sumergida en su tarea que se sobresaltó cuando Daniel le dijo desde lo alto a sus espaldas:
- Está muy bien hecho. ¡Buen trabajo!
- Por favor, Daniel, te pido que no lo comentes. Es algo que quiero en su momento regalar a la emperatriz.
- A Erika. – corrigió él.
- Sí. – contestó ella bajando la mirada. La respuesta no se hizo esperar. Daniel le dijo que se quedara tranquila y que compartirían ese secreto.
Tania tomó ventaja de ese momento de tranquilidad para preguntar un poco más sobre la misión:
- Daniel, ¿tenemos idea de qué tipo de enemigo es el que tenemos que enfrentar? ¿Alguna pista?
- No, no es tan sencillo. En realidad nadie lo sabe a ciencia cierta. – Se hizo un silencio y continuó hablando – La leyenda cuenta que nuestra tierra, protegida por las montañas, se convertirá en un gran imperio guiada por una mujer. De no lograrlo será sentenciada a ser saqueada y destruida por invasores salvajes. La pérdida sería total. Es un tipo de encrucijada.
Tania suspiró preocupada y pretendía continuar con la conversación pero el movimiento en el cielo la distrajo. Prestaron atención y ambos pudieron distinguirlo claramente. Se preguntaron qué haría el cóndor por allí otra vez. Volaba rápidamente hacia ellos y Daniel no le guardaba mucha simpatía después de lo que había ocurrido. Se quedó de pie, apoyando su mano sobre el empuño de su espada listo para entrar en acción ante cualquier incidente.
- ¿Aún por aquí? ¡Apenas se desplazaron algunos metros! – dijo el cóndor jocoso.
- ¿Qué necesitas? – preguntó Daniel ahorrando todo tipo de preámbulo.
El cóndor miró hacia los costados y luego dijo:
- Estoy buscando a la emperatriz. – Sin vueltas explicó – Llegamos a un punto en la montaña para reunirnos con mi padre, pero dos soldados nos interrumpieron el paso. Nos dijeron que sólo la emperatriz podía autorizar nuestro ingreso.
- ¿Desean vivir en nuestro reino? – preguntó Tania.
- No lo se. Vivir no creo. Si nos permiten el ingreso iremos a veces.
Daniel lo miraba desconfiado y el ave le dijo:
- Podemos serles de utilidad. Podríamos comernos los roedores por ejemplo. Eso les facilitaría la agricultura, ¿verdad? – Daniel lo miraba interesado.
- Tiene razón. – dijo Tania pensando en sus cultivos – Además podrían colaborar en la vigilancia de la frontera. Tienen gran velocidad y una vista envidiable.
- Es cierto. – dijo el cóndor muy tranquilo con orgullo.
- Buscaré a la emperatriz. – anunció Daniel y se retiró.
Tania y el cóndor se quedaron juntos por un breve momento y ella no perdió la oportunidad para confirmar algunos datos:
- ¿Es cierto que hay un río hacia el norte?
- Sí, un río bastante grande. Me dijeron que desemboca en el mar.
- ¿Quién te lo dijo?
- Los nideros.
- ¿Nideros?
- Sí, son una raza de hombres que protegen el monte. – Giró la cabeza y dijo – ¡Aquí estás emperatriz!
Tania se alejó pensativa mientras que la emperatriz le explicaba al cóndor que debía jurar lealtad al imperio y proteger su ubicación. El animal aceptó las condiciones y recibió poco después un pliego con el sello real y la contraseña para su ingreso y el de su familia.
- Se lo agradecemos mucho. Los inviernos son muy duros y ventosos en la montaña. Tendremos muchas posibilidades de sobrevivir en su reino en esas épocas. No se arrepentirán.
La emperatriz y Daniel sonrieron al ver al cóndor con suma elegancia alejarse por los aires pero fueron desconcentrados por Tomás quien gritaba entre risas:
- ¡Llegó la ropa nueva!

El coatí acompañado por cinco amigos corría a toda velocidad entre las ramas trayendo consigo cualquier cantidad de ropa. Tania se rió comentando:
- Estos animales están enloquecidos.
- ¡Hicimos una recorrida por las sogas del pueblo! – Explicó Ariel riendo al llegar.
Los soldados recibieron bien a los coatíes y compartieron el desayuno con ellos. Mientras tanto y rápidamente, Erika, Tania, Tomás y Daniel se cambiaron de atuendos y la tropa se sorprendió al verlos con esa vestimenta tan extraña para ellos.
- Están perfectos. – comentó Ariel mientras los examinaba.
Las mujeres lucían vestidos largos floreados con botitas cortas de cuero negro. Tania había elegido el vestido de color lavanda con dibujos de grandes flores en azul y violeta. Erika en cambio, prefirió un tono color arena con pequeñísimas flores celestes. Los hombres usaban las camisas vistosas a cuadros con los altos pantalones y gruesas botas de cuero marrón.
- Dejen un burro libre. Lo llevaremos a la aldea. – todos la miraron y Tania explicó – Debemos tener algo para negociar.

Daniel se acercó a la emperatriz y le explicó que era un buen momento para hacer la primera rotación. Enviaría a dos de sus hombres al destacamento del Paso de Tania para renovar la tropa. Así Miguel podría volver a la aldea y mandaría dos hombres descansados en reemplazo. Erika estuvo de acuerdo y Daniel impartió la orden, que fue festejada por el grupo de soldados.

Un par de hombres prepararon al burro y pronto se encontraban los cuatro caminando por el bosque en dirección al pueblo. Tuvieron que recorrer el sendero por más de un par de horas bajo los árboles hasta que lograron divisar la primera casa. Erika estaba sorprendida y feliz. El soldado no había comentado los colores preciosos que tenían las viviendas. Se acercaron y vieron una construcción simple de madera, pintada en color durazno con los marcos de las ventanas y las puertas en un tono verde limón que ellos jamás habían visto en combinación tan original. Cerca de la puerta en un pequeño jardín una mesa y tres sillas en el mismo tono de verde esperaban visitas. Se esforzaron guiados por su curiosidad pero fue imposible ver el interior de la casa a traves de esas cortinas amarillas. Tomás  logró controlar su impulso y se mantuvo en el camino sin ingresar a ninguna vivienda.
Siguieron por el sendero y lograron divisar otra casa más. Esta vez en color celeste combinada en un violeta intenso. Las estructuras en sí eran muy similares pero los tonos de colores cambiaban en cada una de las construcciones. Evidentemente era un pueblo muy cuidado. El césped estaba prolijamente cortado y se notaba el buen mantenimiento que debió haber requerido horas de dedicación. De pronto un par de mujeres doblaron a unos ciento cincuenta metros y caminaban ahora hacia ellos. A medida que se aproximaban hablaron entre ellas y los miraron al pasar. Los cuatro sintieron que el corazón se les salía del pecho y sin embargo, nada sucedió. Siguieron caminando un tiempo más y la cantidad de viviendas aumentaba con cada paso. A esta altura descubrieron que el pueblo tenía un diseño muy particular ya que todas las calles se abrían en diagonales. Un hombre robusto de escaso cabello, de aproximadamente unos cincuenta años, salió de su casa justo cuando ellos se aproximaban. Los miró con seriedad por un momento, pero se dedicó a ordenar una gran cantidad de leña en una especie de carreta al costado del camino. Ellos lo miraron de reojo y siguieron caminando prácticamente conteniendo la respiración. Entonces escucharon a sus espaldas:
- ¡Oigan! ¡Ustedes!
Los cuatro se quedaron paralizados en un primer momento para luego girar sobre sus talones con precaución.
- Tengo el caballo muy enfermo en el establo y necesito llevar esta leña hasta el centro. ¿Qué piden por la ayuda de su bestia?
Erika quedó sorprendida pero Tania le explicó al oído: “Creo que quiere a nuestro burro.” La emperatriz se adelantó y le contestó:
- Somos visitantes. Estamos buscando un lugar donde poder quedarnos. ¿Usted conoce algún lugar que nos pueda indicar?
El hombre se veía algo tosco y quedó un poco confundido con el planteo.
- ¿Visitantes? ¿De dónde?
Daniel se adelantó para contestar pero Erika le hizo señas para que aguardara, entonces ella le dijo:
- De muchos lugares. Somos viajeros. Hemos recorrido miles de kilómetros, montañas, bosques y ríos.
- ¿En serio? ¿Y no es peligroso?
- Nos gusta esta vida aunque lleva sus riesgos, bueno como todo, ¿verdad? Hasta usted debe correr riesgos aquí.
El hombre pensativo bajó la cabeza y le contestó:
- Ni que lo digas. El agua es el principal problema. Dependemos de las lluvias que gracias a Dios han sido muy abundantes hasta el mes pasado. Pero hemos tenido momentos difíciles. – se quedó viendo el burro y continuó diciendo – Tengo un conocido en el centro. Su esposa falleció el año pasado y tiene una casa bastante grande. Creo que podré convencerlo para que los deje quedarse con él.
- ¿Cree? – le preguntó Daniel.
- De acuerdo. Es mi hermano, si se lo pido los dejará quedarse. – mascó algo en su boca y lo escupió al suelo.
Los cuatro se miraron entre ellos y llegaron a un acuerdo tácito. Tomás se adelantó y le dio la mano al aldeano a una prudente distancia. Entre los tres hombres lograron enganchar el carro al burro y así llegó la leña al centro de la aldea.
Erika estaba sencillamente encantada porque el centro del lugar era precioso a sus ojos. Había una plaza muy grande con árboles y flores de vivos colores donde un grupo de niños jugaba haciendo rondas y cantos. Además había una fuente de agua transparente en una de las esquinas que caía desde lo alto haciendo un salto curioso. El hombre les explicó:
- Esa fuente lleva el agua de lluvia más pura, porque le hacen un tratamiento especial. Todas las mujeres del pueblo van a la mañana temprano y luego más tarde casi llegando la noche, a buscar allí el agua para su consumo. Para otros menesteres tenemos el agua que podemos juntar en nuestras propias casas, en los tanques de los jardines traseros.
Erika levantó la vista y leyó un cartel sobre un edificio que lucía más importante que el resto, situado frente a la plaza, donde decía: “Pueblo de Almeda”. Junto al hombre fueron por la calle alrededor de la plaza para finalmente perderse una vez más entre las diagonales. Llegaron entonces a una especie de depósito de maderas.

El hombre golpeó torpemente el portón del frente y si bien tardaron en atenderlo no volvió a insistir. Simplemente se quedó aguardando cerca de la entrada unos diez minutos hasta que se sintió un ruido proveniente del interior del establecimiento y luego el gran portón de madera se abrió emitiendo un chirrido molesto. Las tablas de abajo se trabaron un poco con la tierra y el pasto, pero el hombre del depósito empujó más fuerte y logró destrabarlas sin problemas.
Se saludaron entre sí con un sonido tosco y salieron ambos a buscar la leña de la carreta. Tomás los ayudó con ganas y pronto terminaron la descarga. Estaban en menos de treinta minutos dispuestos a acompañar al hombre hasta la casa de su hermano. Sin embargo, el encargado del depósito gritó mirando a Tomás:
- ¡Muchacho! ¿No te gustaría ayudarme unas horas al día por algunas monedas?
Los cuatro se quedaron sorprendidos. No esperaban una oferta de trabajo en realidad. Se juntaron y lo discutieron por un momento. Tania opinaba que era una buena oportunidad de conocer las costumbres del lugar.
- ¿Cuánto tiempo vamos a quedarnos aquí? – preguntó Daniel a la emperatriz.
- Dos meses serán suficientes para conocer al pueblo y su gente, luego estaremos en condiciones de decidir qué hacer. – aseguró con cierta seguridad.
- Entonces acepto. – replicó Tomás. – ¡Acepto! – le respondió al hombre alzando un poco la voz.
- Muy bien, lo espero mañana a las cinco en punto. – dijo el encargado del depósito de aspecto desalineado desde el portón.
- ¿De la tarde? – consultó Tomás.
El hombre largó una carcajada espontánea y se metió en el depósito cerrando con fuerza el portón.
- ¡Qué suerte muchacho! ¡Ya tienes trabajo! Rodo es un poco bruto pero buen hombre.
Tomás no contestó y continuaron la marcha por tres cuadras más en silencio. Luego el almedino detuvo la carreta y les pidió que lo aguardaran un momento. Subió una pequeña colina por una escalera de madera y piedra hasta llegar a una casa de color amarillo fuerte, de marcos y puertas blancas. Tocó la puerta y aguardó bastante tiempo, caminando de un lado al otro hasta que decidió apoyarse sobre la viga de madera del porche mirando a los cuatro visitantes. “Viajeros” pensó. “Hemos recorrido miles de kilómetros, montañas, bosques y ríos.” “Ríos”. Giró al escuchar que la puerta se abría detrás de él.
Los cuatro intentaban ver al hombre de la casa amarilla pero su hermano había ingresado a la vivienda y la puerta se había cerrado tras él. Se quedaron solos mirando al burro mover sus suaves orejas lo cual motivó que Erika se aproximara y lo acaricie con ternura.
A los pocos minutos la puerta se abrió y ambos hombres salieron a su encuentro. El dueño de casa era un hombre con muchos kilogramos de más sin un solo cabello en toda su cabeza. Su piel era rojiza y los ojos celestes, algo saltones, no agradaron a los viajeros. Sin embargo, considerando que ese hombre les podría dar vivienda, hicieron en vano un esfuerzo por mantener una relación amistosa.
El hombre se acercó a ellos y con tono autoritario les dijo:
- Dice mi hermano que necesitan un lugar para vivir. No tengo problemas, pero a cambio le tienen que entregar el burro y deberán trabajar para mí en los campos de cultivo. Se van a tener que ganar el plato del día.
Decir que Tania estaba furiosa por los modales del hombre, era realmente poco. Ella se adelantó al grupo y le dijo:
- Buenas tardes, ¿con quién tengo el gusto de tratar?
El hombre se rió groseramente y dirigiéndose a Daniel le preguntó:
- Aceptan, ¿sí o no?
Daniel miró a la emperatriz y ella le dijo por lo bajo:
- Al menos intentémoslo, así tenemos un lugar de partida.
- De acuerdo – Daniel miró a las dos mujeres y contestó – Trabajaremos para usted.
- Sólo ella y usted. Esta no me interesa – acotó mirando sobradamente a Tania.
- Yo tampoco trabajaría aquí. – contestó Tania y luego se calló porque Daniel apoyó la mano en su brazo en un gesto de contención. Estaba indignada y con razón. La emperatriz se le acercó y le dijo:
- Tania regresá con Tomás. Ya pensaremos en algo.
La furia no se calmaba y se alejó rápidamente pensando en cómo era posible que la emperatriz aceptara trabajar para semejante cerdo. Tomás trataba de calmarla pero ella directamente no le contestaba y él no pudo encontrar manera de sacarla de su mundo.

Mientras tanto, Erika y Daniel llegaban al porche de la casa pero el hombre no los dejó pasar. Los hizo esperar un momento y luego apareció junto a su hermano quien finalmente se presentó como José y les comentó que el dueño de casa se llamaba Paco. Les pidieron que los sigan y luego los hermanos se despidieron. José se llevó al burro con la carreta y Paco siguió a pie unos dos kilómetros alejándose del centro seguidos por Daniel y la emperatriz.
La zona donde llegaron estaba formada por enormes campos de cultivo, mayormente trigo y maíz. En algunas tierras también tenían ganado vacuno. Caminaron por un lugar bastante abandonado y luego llegaron al campo de Paco donde cultivaba zanahorias. Estaban todas alineadas en unas veinte hectáreas de tierra. Al escucharlos un perro les ladró en la entrada. Desde allí podían divisar un pequeño galpón en el lugar.
- Este es un muy buen perro. Muy guardián. Me lo tratan con respeto. Bien chico, bien chico. – decía Paco mientras palmeaba al animal en el lomo de pelaje oscuro.
- ¿Cómo se llama? – preguntó la emperatriz.
- Chico. – contestó mirándola de mala manera y agregó – Cuiden mis tierras. Volveré aquí mañana para traerles algunos víveres. Pueden dormir en este lugar. – dijo señalando el galpón. Se acercó a la modesta construcción y quitó un alambre de la puerta para abrirla. La madera crujió con el movimiento y algo de polvo se voló por los aires. – En el fondo está el tanque de agua, no les vendría mal un baño. – agregó.
Tanto Daniel como la emperatriz guardaban una expresión muy seria. Paco entró al galpón y volvió a salir con dos escopetas.
- ¿Saben tirar? – preguntó.
Daniel no dijo nada y tomó una de las armas. La sostuvo en su mano y no la sintió tan pesada como imaginaba. La examinó y Paco se la arrebató de un golpe cuando Daniel miró por la salida del caño.
- ¡Por Dios! ¡Qué par de inútiles!
Daniel suspiró sin contestar y escuchó atentamente al hombre cuando le explicó brevemente dónde y cómo se cargaban las municiones. El hombre sostuvo la escopeta con precisión apoyándola contra su hombro y les preguntó:
- ¿Ven ese nido de pájaros a unos ochenta metros de aquí?
- Sí. – contestó la emperatriz. Y el estruendo la dejó sorda. Su cara de horror sólo provocó la risa del hombre que festejaba su buena puntería. Les entregó toscamente una escopeta a cada uno y les dijo:
- Más les vale que no falte una sola zanahoria cuando regrese. Cuiden estas tierras como si fueran su propia vida. Nos vemos mañana, así les traigo comida. Adiós, chico. ¡Buen perro, buen perro!
Se quedaron los dos parados viendo como Paco se alejaba por el camino mientras sostenían las armas de fuego.
- ¿Viste el poder de estas armas? – preguntó ella totalmente azorada.
- Es increíble… – se abstrajo en sus pensamientos y luego comentó – Si hubiéramos atacado directamente ni siquiera hubiéramos logrado ver la cara al enemigo.
- No íbamos a atacar de todas maneras. Creo que más allá del desastroso empleador que nos tocó en suerte podemos aprender mucho de esta experiencia. – contestó Erika mientras miraba a su alrededor.

Dejaron las armas apoyadas contra la pared del galpón y fueron al fondo para encontrar un pequeño tanque de agua. Estaba algo sucio pero bastante lleno; al menos podrían refrescarse. Ella estaba tranquila dadas las circunstancias, pero Daniel se encontraba francamente desesperado. No podía aceptar que su emperatriz durmiera en ese lugar y sin embargo no podía brindarle algo mejor. De pronto y como si le hubiera adivinado el pensamiento ella dijo:
- Por favor Daniel, no te preocupes más. No será la primera vez que duermo bajo las estrellas. – le guiñaba un ojo con complicidad y logró aliviarlo un poco. Entonces ella le confió – ¡Qué lástima que tuvimos que separarnos! ¿Cómo les habrá ido a Tomás y Tania?
- Espero que mejor que a nosotros. – Y se dirigieron al galpón decididos a limpiar y ordenar el lugar. Si iban a vivir allí al menos tendría que estar en condiciones habitables.

 

Tania y Tomás discutieron al llegar a la plaza principal del pueblo. Ella no soportaba que él se mantuviera tan optimista todo el tiempo.
- Claro. El señor no tiene problemas porque ya consiguió trabajo. – exclamó sobradamente.
- Pero no puedo creer que te enojes conmigo, si yo tampoco tengo donde dormir.
- Es distinto.
- ¿En qué es diferente?
- ¡En que a vos no te echaron antes de darte el empleo!
- Pero vos no querías trabajar con él, ¿qué decís?
- ¡No quería que me trataran groseramente, pero quería quedarme con ellos!
- Ah. Bueno, estás conmigo. – y le sonrió con una mirada inocente.
Ella reaccionó realmente muy mal y él no lograba comprenderla. Entonces Tania le dio la espalda y él aprovechó ese momento único para cerrar sus ojos e imponer la mano derecha sobre su cabeza justo a tiempo antes de que ella se alejara sin darle ningún tipo de explicaciones, decidida a volver al destacamento. Lo único que necesitaba era tranquilidad y no lograba conseguirla a su lado.

Tomás, a su vez, ya estaba francamente cansado y necesitaba encontrar un lugar donde pasar la noche.  Sus manos cruzaron su cabello y ninguna idea se le ocurrió mientras veía a Tania alejarse rápidamente. Se sentó sobre una pared baja en la plaza cerca del recreo de los niños. Apoyó su cabeza sobre ambas manos mirando las piedritas rojas del piso, pensando que tal vez pueda dormir en esa plaza cuando de pronto una pequeña pelota amarilla apareció rodando hasta tocar su pie derecho. La tomó intrigado mientras que una pequeña lo desconcertó pidiéndole:
- Démela Señor. Es mía. – Mantenía distancia y apenas pasaba el metro de altura. Tendría unos cinco años, de cabello largo, castaño oscuro y unos hermosos ojos verdes.
Él le sonrió. Percibía la inocencia de esa pequeña criatura produciéndole una sensación de bienestar muy bienvenida en ese momento.
- ¿Cuál es tu nombre preciosa? – preguntó de la forma más dulce que pudo mientras sostenía la pelota en sus manos.
- Melina y ¿usted? – contestó ella manteniendo la distancia.
- Me llamo Tomás – le dijo él divertido y le lanzó la pelota haciéndola picar en el suelo una vez.
La niña atajó la pelota con mucha concentración y luego salió corriendo para seguir jugando con sus amigos. No tardó mucho tiempo para que la pelota se vuelva a escapar y Tomás se la alcanzara nuevamente. Al ver la buena predisposición de Tomás la niña juntó coraje y le iba a hablar por momentos. Al par de horas, los compañeros de juegos se habían marchado y la niña se había parado frente a Tomás riéndose a carcajadas de las bromas que él le hacía. De pronto la niña le dijo:
- ¡Qué amarillo tenés el pelo! ¿Por qué lo tenés así?
El se rió y le contestó diciendo:
- Uh … ¡qué mal! ¡No le gustan mis pelos! – Provocando la risa nuevamente de la pequeña, al verlo sacudir tontamente su cabellera. Entonces ella abrió un pequeño bolso que colgaba de sus hombros y le dijo ofreciéndole un fruto verdoso:
- ¿Querés uno de estos? Mi mamá me dice que los coma porque tienen muchas vitaminas.
Él lo miró y al momento lo reconoció: era un talingo.
- ¡Melina! – escucharon ambos y la nena salió corriendo buscando los brazos de su madre.
Tomás y la mujer mantuvieron las miradas con seriedad. Ella abrazó a la criatura y le preguntó si se encontraba bien. La niña no dejaba de contarle los chistes de su nuevo amigo.
- Anda a casa con papá mi amor. – le dijo y la niña salió corriendo por el camino.
Luego, la mujer se acercó lentamente hasta Tomás y lo miró fijamente. Él le comentó sin quitarle los ojos de encima:
- Al menos recuperé uno. – levantó la mano mostrando el talingo que la niña le había regalado.
- No lo entenderías – le dijo ella.
- Intentalo. – respondió él manteniéndose sentado inmóvil.
- No tenemos mucha variedad de frutas en la zona. Tampoco tenemos demasiada agua. Esos talingos son muy nutritivos y por sobre todo contienen mucho jugo. Son muy buenos para los niños. – él la miraba atento y ella continuó hablando – Sólo hay un árbol Maracaná en el bosque y casi nunca puedo alcanzar la fruta. Hay unos coatíes peligrosos que te atacan ni bien te acercas al árbol. Te ví y en fin, ya conoces la historia. No fue nada personal. Estabas en el lugar equivocado en el momento equivocado.
- No. Yo creo que estaba en el lugar correcto en el momento correcto. Te hubiera regalado estos frutos si me los hubieras pedido.
Ella sonrió mirando alrededor y le dijo:
- Bueno, no es la gran cosa. – Y luego de una breve pausa agregó – Veo que te cambiaste de ropa, esto te queda mejor.
- No empieces. – le contestó él y ambos rieron. – ¿Conoces un lugar donde pueda quedarme a dormir?
- Para dormir. A ver, dejame pensar. Raúl es amigo mío. El dueño de la taberna. Me dijo que necesitaba un mesero y que tenía un lugar libre en la parte de arriba. Tendrías que trabajar de noche. No se si te interesa.
- Vamos a ver a Raúl. – Contestó Tomás sonriendo.
- No puedo acompañarte, me esperan en casa. Pero dile que vas de parte mía. Queda a dos cuadras de aquí por esta diagonal.
- Gracias, Silvina. – le dijo con una sonrisa. Ella giró y se alejó caminando muy sensualmente mientras él la miraba partir.
Una leve brisa comenzó a correr por la plaza y Tomás se quedó sentado unos momentos más hasta partir hacia la taberna. Para llegar tuvo que pasar por la fuente de agua y se sorprendió al presenciar como algunas mujeres discutían entre sí por su lugar en la fila para llevar el agua fresca. Se quedó pensando en la abundancia de agua que disfrutan en el valle. El agua de deshielo se encuentra en forma permanente y nunca nadie hubiera discutido por un poco de ella. En la primavera se forman ríos y cascadas hermosas, mientras que en el invierno lo único que tenían que hacer era salir a buscar un poco de nieve y ponerla en una olla al fuego.
Con estos pensamientos llegó finalmente a la taberna. Debía ser la única construcción de color negro en todo el lugar. Delante de la entrada había unas mesas redondas sumamente originales ya que imitaban la forma de tornillos al igual que los bancos ubicados alrededor. Sonrió y empujó la puerta principal. La luz era escasa pero se podía ver luego de que los ojos se acostumbraran al nuevo ambiente. Al fondo había una barra de tragos y unas cuantas mesas cuadradas, simples, de madera, que se disponían sin orden lógico por el resto del local. En la otra punta había un joven almedino sentado con una guitarra en sus brazos. Parecía que estaba trabajando en alguna melodía pero sea lo que fuera le faltaba mucho para que eso alcance la categoría de canción. Un viejo estaba sentado en una de las mesas al fondo con la cabeza gacha sobre su vaso de contenido amarillento. De pronto escuchó:
- ¿Qué le sirvo?
Tomás giró y se quedó mirándolo mientras se preguntaba de dónde había salido. Había un hombre de unos cuarenta años, morocho, de cabellos rizados atrás de la barra. Se acercó y le explicó que Silvina le había comentado que estaban ofreciendo trabajo con vivienda. El hombre lo miró desconfiado por un momento y luego le dijo:
- Necesito a alguien que me ayude por las noches. A veces el ambiente se pone tenso. Antes de terminar el turno debería limpiar el salón para que mi mujer lo atienda por la mañana.
- ¿Y qué horario tiene?
- De ocho de la noche a cuatro de la mañana. Arriba tengo un cuarto libre. Si quiere puede subir a verlo. Le puedo dar el almuerzo y pagar dos soles por noche. También se lleva las propinas que le dejen.
- El horario me cierra justo, acepto el trabajo. – contestó decidido.
El hombre le entregó un juego de llaves enormes de hierro y le mostró la escalera hacia la planta superior. Las maderas crujían con el peso de Tomás a medida que subía por la escalera. Luego de forcejear un poco con la cerradura logró entrar al cuarto. Era pequeño. La luz se filtraba como podía por el vidrio sucio de una ventana redonda. El mobiliario constaba únicamente de una cama pequeña, pintada en color arena, ubicada a un costado de la habitación. Bajó para preguntar por los sanitarios y el cantinero le indicó que se encontraban fuera de la casa atravesando el jardín del fondo. En ese momento se preguntó que habrá sido del resto del grupo y volvió a subir a la habitación, miró a través de la sucia ventana y se sorprendió.

Tania había logrado salir finalmente del pueblo por el laberinto de calles y estaba ya caminando entre los árboles del bosque decidida a volver al destacamento. No podía creer que no le haya quedado otra alternativa más que abandonar el Pueblo de Almeda. Hubiera llorado pero su orgullo no se lo permitía; en cambio tenía los rasgos bien marcados en el rostro con una palidez inusual en ella.
Escuchó un ruido rítmico acercándose y giró justo a tiempo logrando salir del paso de milagro. Un caballo pura sangre pasó al galope a tan sólo centímetros de ella. Era de color castaño oscuro y su brillo resaltaba en el lugar. Entonces fue que lo vio por primera vez, montando su caballo a toda carrera atravesando el bosque. Tenía una camisa celeste, un pantalón arena y le sobraba actitud. La miró por un breve momento pero siguió su persecución pasando a unos metros de distancia.
Ella se quedó sorprendida y muy intrigada. El pueblo era el único lugar poblado a kilómetros de distancia, sin embargo algo le decía que él era alguien especial. Respiró profundo y siguió caminando algunos metros cuando volvió a escuchar el galope de un caballo a sus espaldas.

Él había regresado y se detuvo a corta distancia. Tenía el cabello castaño claro y ojos color café. La miró preocupado y le preguntó:
- ¿Estás bien?
- Sí, gracias. – contestó ella tímidamente para seguir caminando por el bosque pero él se interpuso con el caballo.
- ¿A dónde vas? El pueblo queda por aquel lado. – le dijo él.
- No es de tu incumbencia. – le contestó ella y siguió caminando. Sin embargo volvió a detenerse cuando lo escuchó reír a sus espaldas.
- ¿Qué es gracioso?
Al hombre se lo veía realmente feliz y bajó de su caballo para acercarse a ella.
- Mi nombre es Juan. ¿Cómo es que nunca te había visto en mi pueblo?
- ¿Tu pueblo? – preguntó ella abriendo un poco más los ojos.
- Bueno, no te enojes. ¿No me vas a decir tu nombre?
Ella dudó un momento y luego le contestó:
- Me llamo Tania. Estoy aquí porque tuve un problema con el dueño de una casa en lo alto por la diagonal de la plaza.
El hombre volvió a reír. Entonces le dijo:
- ¿Con Paco? – lanzó un par de carcajadas y continuó – Ese es un buen hombre. Quedó medio trastornado después de que falleció su mujer. Todo lo ve negativo. Tenía muy buenos campos pero despidió a todo el personal. Su hermano está ayudándolo para salir adelante.
- Me dijo que no le interesaba que trabajara para él.
- Bueno, mejor para vos. – le dijo sonriente con una mirada chispeante. – ¿Te alcanzo hasta el pueblo? – preguntó seguidamente.
- No tengo donde ir. – dijo ella en un tono triste luego de una breve pausa.
- Yo crío caballos por aquí cerca. – Comentó él algo pensativo – Si te interesa te llevo a conocer el lugar. Siempre necesitamos ayuda.
La mirada de ella cambió y no hizo falta decir algo más. En pocos minutos Juan la estaba ayudando a montar su caballo y luego salieron juntos al galope rumbo al haras. En el camino ella le preguntó por el caballo que corría por el bosque y él le contestó que ella deberá ayudar a atraparlo. Atravesaron el centro del pueblo y justo cuando Tomás se asomaba por la ventana de su nuevo cuarto la vio pasar.

El haras no era un lugar muy grande, pero Tania lo encontró encantador. Llegó al galope con Juan quien muy ágilmente saltó de su caballo y luego la ayudó con total galantería a descender. Le entregó las riendas a un peón para que se hiciera cargo del animal y guió a Tania hacia el edificio principal. Allí se encontró con un salón amplio, de poco mobiliario, tal vez un poco sombrío para la personalidad que demostraba Juan.
- Esperame un momento. – le dijo.
- Sí, claro. – contestó ella en un susurro mientras observaba una biblioteca bastante importante armada precariamente con tablas sobre una pared. También había algunas pinturas colgadas y se entretuvo especialmente con una de ellas que mostraba los inicios del pueblo. Pudo distinguir la plaza principal y una arboleda fantástica en los alrededores que hoy en día había desaparecido.
Él volvió rápidamente y con una sonrisa le preguntó si le agradaba la pintura. Ella movió la cabeza afirmativamente y le comentó:
- ¡Este cuadro es hermoso!
- Sí. Ahora no hay tantos árboles pero aún hay zonas muy bonitas. – y se detuvo únicamente por un segundo para sentir la suavidad del cabello de Tania delante de él. Ella se corrió sin percatarse de lo ocurrido.
- ¿Vivís aquí solo? – le preguntó ella.
- No todo el tiempo vivo aquí, y además nunca estoy solo. Me acompaña el personal. Vamos, quiero darte un recorrido y mostrarte donde podrás pasar la noche.
Ella lo acompañó y apenas si pudo escuchar lo que Juan le decía. Por alguna razón extraña se sentía alterada, nerviosa, confundida y se concentraba más en analizar estos sentimientos que en las palabras de su anfitrión. Finalmente llegaron a una pequeña casa detrás de los studs.
- Esta es la casa de los empleados – le dijo mientras la recorrió sutilmente con la mirada. Ella respondió sonrojándose levemente pero él continuó diciendo al ingresar – No es mucho, pero aquí podrás descansar bien. Además hay vestimenta y sábanas limpias en este baúl. – comentó apoyando la mano sobre la madera de la pared.
Luego, él le sostuvo la puerta para salir de la casa y continuó diciendo:
- Me gustaría que puedas atender a los caballos temprano por la mañana. Hay que alimentarlos y cepillarlos también. Creo que es la mejor manera para que comiences a familiarizarte con ellos. – terminó la frase hablando lentamente perdido en la mirada de la mujer. Ella sintió de golpe que el corazón se le disparaba al galope y no se hubiera podido resistir si Juan le robaba un beso en ese mismo instante. Acomodándose nerviosamente el cabello, ella le dijo mientras bajaba la mirada:
- No tengo problemas en atender los caballos. – Entonces lo miró y él respondió con una sonrisa encantadora. Al separarse ella guardó silencio sintiéndose aturdida y fue él quien le dijo:
- Entonces… ¿Te interesa el trabajo? ¿Queres quedarte?
Ella se le acercó, contestó afirmativamente con un gesto y comenzó a caminar para luego preguntarle a cierta distancia dejando de lado esa tensión extraña en el ambiente:
- ¿Dónde guardan el alimento para los animales?
El sonrió feliz totalmente hipnotizado y con mucha tranquilidad le mostró el depósito de alfalfa y los tanques de agua así como el resto de su establecimiento. La noche estaba cayendo y regresaron a la casa de los empleados para despedirse con un beso algo incómodo en la mejilla.
Al ingresar en la habitación y encontrarse sola, ella ocultó el rostro con sus manos y se dejó deslizar por la puerta hasta quedar en cuclillas sobre el piso. Jamás en la vida le había pasado algo semejante. Nunca había actuado sin pensar. ¿Quién era ese hombre? Inteligente, amable, buen mozo, instruido – no podía olvidar todos esos libros en la biblioteca -, emprendedor y por sobre todo tan atractivo. Un suspiro se escapó entre sus labios y sonrió sin poder creer ella misma lo que estaba pasándole. Sintió golpear la puerta de su habitación a sus espaldas y se estremeció de susto. La abrió lentamente y él estaba ahí parado con una sonrisa irresistible. Entonces le habló algo nervioso:
- No se si te parece bien, pero pensé que de todas formas no perdía nada preguntándote.
Ella se quedó en silencio, muda tanto en palabras como en pensamientos, esperando atentamente que él termine la frase.
- ¿Te gustaría acompañarme a cenar mañana?
- Sí, claro. – contestó ella en cuanto él terminó de pronunciar la pregunta.
El rió feliz y le dijo que se encontrarían el día siguiente. Sin darse cuenta, ella no se despidió y cerró la puerta. Pensó nuevamente: “¿Qué estoy haciendo? ¡Esta no es la misión!”. Y luego se ocupó rápidamente en buscar los nuevos atuendos en el baúl que había en la habitación.

 

Todos lograron dormir algo esa noche aunque estaban algo inquietos en ese lugar desconocido. En realidad, no todos. Tomás fue el único que no pegó un ojo en toda la noche. Desde las ocho de la noche estuvo ayudando en la taberna atendiendo clientes quejosos por la falta de agua. El músico era realmente deplorable pero el humor de Tomás no decaía. Un hombre sentado al costado del salón le hizo señas para que lo fuera a atender. Entonces le dijo:
- Te doy tres soles si lograr callar al músico. – el aliento no era muy agradable pero Tomás sonrió y aceptó el desafío. Se acercó al músico y le dijo:
- ¿Me prestas la guitarra un momento?
- ¿Para qué la querés?
- Quiero intentar algo. Vamos, después te la regreso.
El músico accedió con poco convencimiento y al momento se quedó asombrado. Tomás la sujetó con elegancia entre sus brazos y comenzó a hacer sonar las cuerdas obteniendo una preciosa melodía. El cambio fue tan brusco que se hizo un silencio por un momento en el salón. La gente lo comenzó a seguir marcando el ritmo con sus pies y el músico quedó parado al lado de Tomás sin estar seguro qué hacer. De pronto reaccionó: tomó bruscamente su guitarra quitándosela a Tomás y provocando a la vez un silbido generalizado en el local. Los hombres terminaron prácticamente arrojándolo a la calle. Con el alcohol que corría a esas horas, se habían olvidado totalmente de los buenos modales. Sin embargo a los pocos minutos todos habían dejado atrás el episodio y la taberna recuperó su atmósfera alcoholizada habitual, volviendo a la normalidad pero libre del ruido de aquellas cuerdas desafinadas.
El cliente y Tomás se miraron y sonrieron. El hombre se puso de pie y le dijo:
- Te ganaste los tres soles. Ojalá yo pudiera resolver así de fácil mis problemas.
- ¿Sí? ¿Y qué problema tiene? – repreguntó Tomás.
- ¿Tenes tiempo?
- Hasta las cuatro de la mañana.
- No me reconoces hijo. Soy Manuel Almeda, el dueño de la mayoría de estas tierras y representante del pueblo. Podría estar horas hablándote pero mi problema se resume en una palabra: agua. Hace tres semanas que no llueve. Están empezando los problemas en la fuente. Los animales también necesitan agua para su consumo, los campos, todo.
- Yo lo podría ayudar. – le comentó Tomás y el Sr. Almeda lo miró confundido – En realidad, conozco una persona que lo podría ayudar.
El hombre había tomado mucho y pensó que por lo menos le caía bien el muchacho. Lo miró fijamente y le dijo:
- Bien, te espero el último viernes del mes en las oficinas centrales. Ese día hacemos reuniones públicas.

Tomás aceptó la invitación y siguió atendiendo hasta al último borracho del lugar. Cumplió su turno de acuerdo a lo acordado y Raúl le entregó ropas limpias. Sin dudarlo Tomás se dirigió hasta la parte trasera del jardín buscando el tanque de agua. Consiguió higienizarse como pudo y se cambio la vestimenta. De allí se dirigió al depósito ya que todavía le quedaba trabajar hasta el mediodía con Rodo. Para su sorpresa no había mucho para hacer en ese lugar. De vez en cuando llegaba algún cliente, normalmente una campesina, y pedía leña para el consumo hogareño. El trabajo era bastante liviano y a Rodo le encantaba conversar. Le contó cómo habían sido sus comienzos. Por ejemplo le explicó que no había estudiado por ayudar a su familia, luego le habló sobre el fallecimiento de su padre y obviamente le contó del problema del agua. Rodo le pagó cuatro soles por el trabajo y al entregárselos comenzó a gritarle en una franca expresión de pánico. Descubrió que las manos de Tomás estaban salpicadas en sangre y de pronto Tomás se dobló en dos como si alguien le hubiera dado un gran puñetazo en el estómago.
Rodo siguió gritando escandalizado pensando que los espíritus del monte estaban atacando a su nuevo empleado. Tomás trataba de contenerlo mientras él mismo intentaba reponerse. Escupió un poco de sangre al suelo y de a poco logró incorporarse. Rodo estaba muy nervioso sin lograr entender lo que sucedía. Le pagó lo que correspondía y le dijo que si no se sentía bien al día siguiente no era necesario que volviera. Se lo veía realmente asustado. Tomás logró salir del depósito con las monedas en las manos y se decidió a ir a buscar a la emperatriz. Temía que algo le hubiera ocurrido.