El ruido de las pisadas sobre las ramas y la vegetación lo reconfortaba. Desde pequeño el cálido sonido de la naturaleza bajo sus pies le había dado esa sensación de poder y fuerza que lo animaba a seguir su rumbo sin importar las circunstancias. Las aves huían de su paso decidido reconociendo tácitamente su supremacía mientras que otros animales lo espiaban ocultos en la falsa seguridad que les brindaba el bosque. Él era consciente de cada uno de ellos pero simplemente decidía ignorarlos. Estaba acostumbrado a esa mezcla de admiración, miedo y respeto por parte de su entorno, sin significar que le resultara agradable. Más aún, siendo joven luchó mucho contra esa barrera que los demás construían ante su presencia y en un momento de gran impotencia, una mujer ya avanzada en años se acercó con cuidado a consolarlo. Él le preguntó al borde del llanto:
- ¿Por qué me hacen esto?
Ella con cautela y buscando las palabras adecuadas le contestó:
- Mi querido, sos un cachorro de león. Si bien en este momento no representás un grave peligro, tu potencial es una amenaza constante.
- Yo no voy a hacerles nada. – contestó con cierta angustia y totalmente desconcertado.
- Hoy no. – Suspiró la mujer por un momento y agregó – Simplemente te guardan temor … y para otros sos una oportunidad única de vencer a un león, aunque seas sólo un cachorro.
La mujer le sonrió y realmente no podía estar seguro si fue el gesto o las palabras que le dijo, pero obtuvo la paz interior necesaria para poder finalmente aceptar su destino. Los años confirmaron la explicación de esta sabia anciana. Su amigo de la infancia fue al único a quien permitió quedar fiel a su lado por siempre y obviamente también contaba con Katrina, una magnífica guerrera que él mismo seleccionó varios años atrás durante los entrenamientos militares. Esa destreza innata y la sed de sangre podía ser percibida desde el primer momento de conocerla. Nadie como ella se desempeñaba en el campo de batalla y los frutos de su decisión no tardaron en llegar: metro a metro se fueron conquistando los diferentes territorios. Se avanzaba a una velocidad increíble tomando lo mejor de cada lugar, eliminando lo inservible, reconstruyendo bajo su mirada, era una fórmula que nunca fallaba. Las fuerzas del océano parecían ser las únicas capaces de torcer su destino y sin embargo, allí estaba. Había sobrevivido el naufragio milagrosamente ante la aparición de ese angel maravilloso, que lo había rescatado de las profundidades del mar y reanimado sobre la tibia arena de esas playas soñadas.
La observaba caminar frente suyo con agilidad, decisión y sensualidad, sin poder creer lo afortunado que era.
Luego de varios días siguiendo diferentes caminos, finalmente lograron visualizar el refugio y Lukas la tomó de la mano para ayudarla en este último tramo. En el último campamento Erika había ordenado a la guardia que reforzaran la posición, ya que Ruby estaría esperándolos en el Refugio y no tenía sentido trasladar dos personas más. Aunque estaban cansados, ambos continuaron el ascenso a paso firme en su mutua compañía; el haber alcanzado este lugar les brindó un impulso de energía realmente necesario para completar la travesía. A cierta distancia sólo se podía escuchar el sonido del viento sin señales de vida en los alrededores.
- ¡Ruby! – gritó varias veces la emperatriz una vez cerca del lugar, pero no recibió respuesta alguna.
Luckas se había adelantado unos pasos y ella lo siguió de cerca ingresando a la caverna arrastrando con ella la nieve en sus botas. En el interior del refugio había algunas reservas, maderas para preparar fuego y abrigo. Si bien la situación era precaria fue mucho mejor de lo que en realidad la emperatriz esperaba. Sí debía confesar, sin embargo que le extrañaba la ausencia del guardia. Ruby, ese muchacho pelirrojo, no debería demorar mucho tiempo en regresar.
Su compañero tomó una de las pieles y la dejó sobre los hombros de la emperatriz, abrazándola con afecto mientras la protegía del frío. Ella le explicó que el guardia tenía que estar por llegar y él entre sonrisas cómplices besó sus labios y su rostro frío para luego dedicarse a preparar un fuego cerca del ingreso para recuperar fuerzas y protegerse de la noche que no tardaría en llegar. Ella mientras tanto revisó las reservas y encontró un poco de queso de cabra y carne algo congelada.
- ¿Qué mirás? – Preguntó ella un tanto sonrojada al descubrirse siendo observada.
- ¿Qué? ¿No puedo? – contestó él bajando un poco la cabeza y mirándola de reojo.
Ella lo entretuvo un tiempo haciendo preguntas tontas que él tardaba en contestar mientras se cocinaban los alimentos. Las palabras de Luckas parecían surgir con algo de esfuerzo y mucha meditación. Comenzaron a cenar con entusiasmo y es que el camino recorrido siempre debía ser recompensado por una buena comida. El fuego aliviaba la rudeza del clima de alta montaña. Ella tomó un trozo de carne del calor de las brazas, se acercó a él y se lo ofreció luego de condimentarla con queso. Luckas le sonrió mientras que saboreaba el bocado y la miraba sin disimulo alguno.
Fue entonces que Erika bajó su mirada y él la tomó del rostro para besarla con fuerza, dejando que el instinto de ambos se apoderara de la situación. El fuego y la cena habían quedado atrás y lo que había empezado con un beso apasionado dejó paso a un sexo desesperado, como si sus propias vidas dependieran de ese instante único. Ella dejó escapar un quejido cuando se sintió desplazar en el aire, para luego casi perdiendo la conciencia entregarse entre los brazos de ese hombre. Por un breve momento olvidó el valle, los nideros, el pueblo de Almeda y casi todo lo demás, pero el mar logró filtrarse y el pensamiento de Tomás la asaltó por sorpresa. Él logró percibir ese cambio de humor y la abrazó, jugó con delicadeza con su cabello, recorrió una y otra vez su cuerpo con sus labios hasta que la tormenta pasó y finalmente quedaron ambos tendidos sobre el suelo del refugio.
Se miraban a los ojos recostados uno frente a otro permaneciendo abrazados. Ella acariciaba su rostro y lo besaba por momentos, algo divertida por la expresión de su pareja irradiando felicidad. Él la abrazo y la subió a su pecho acomodándola con ternura mientras jugaba con el cabello de la emperatriz.
Luego de unos minutos, ella levantó su rostro con unas ganas terribles de explicarle todo: por qué estaban allí, su equipo de gente, la leyenda, su lugar en el valle, pero sin embargo no encontraba las palabras ni sabía como comenzar.
- ¿Querés decirme algo? ¿Llegó el momento de las confesiones? – Le dijo él sonriendo y rozando la nariz de la emperatriz con simpatía. Levantó las cejas y con expresión cómica agregó – ¡Qué peligro!
Ella sonrió pensativa y finalmente, optó por decirle directamente:
- Soy una emperatriz. – su mirada era expectante. Pero él sólo aguardaba con tranquilidad como esperando que le cuente más. Y justamente, eso fue lo que ella hizo. Comenzó explicando su experiencia con el león pensando que sería una buena forma pero a medida que avanzaba con el relato, el rostro de Luckas se volvía más frío, serio y hasta distante. Ella le contaba sobre el valle, la vida en el lugar y llegó a explicarle hasta el momento del ataque del león porque la expresión de Lukas no le generaba confianza alguna, más bien todo lo contrario. Se incorporó con un gesto de preocupación pero Lukas la tomó por uno de sus brazos y le dijo con cierto nerviosismo en la voz:
- Te escucho y realmente, siento como si te conociera de toda la vida. – Se tomó un momento para meditar como transmitirle sus ideas y prosiguió diciendo – Sabes que cuando era pequeño, me comparaban con un león. – Sonrió un tanto tenso y agregó al percibir nerviosismo en el ambiente – Pero prometo no atacarte, Emperatriz.
Ella no pudo sostener su mirada, se incorporó y se acercó a la entrada del refugio, mientras se cubría con una de las pieles. Él aguardó un momento y luego la siguió. La noche estaba muy fría y algo ventosa, dando toda la sensación de que iba a volver a nevar en cualquier momento. Él la abrazó por un momento sin estar seguro de cómo lograr volver a conectarse con ella, porque de alguna forma podía sentir que algo se había modificado entre ellos sin tener idea de qué habría originado esa reacción. Miró hacia el cielo y le dijo acercando su rostro al de ella:
- Aunque no las podamos ver, de día o detrás de esas nubes, siempre están las estrellas.
Ella giró y lo miró con un gesto distante contestándole:
- Vamos a descansar, mañana será un día importante.
Él la vio caminar hacia el interior del refugio y sin poder comprenderla la siguió.
La emperatriz tenía un sólo pensamiento: “Tomás me volviste a guiar hacia un león.” Las dudas la asaltaban y no hubo forma de conciliar el sueño en toda la noche sin dejar de preocuparse por la seguridad de su reino, de su historia, de las palabras de Daniel antes de partir. Giró y miró al hombre que dormía a su lado. ¿Quién era realmente ese hombre? Él dormía plácidamente. Lo veía tan varonil, tan caballero para con ella, y sin embargo sus reacciones la hacían dudar. No podía olvidar que todo su reino dependía de ella. Se sentía partida en dos. Su instinto la impulsaba a abrazarlo y dormir entre sus brazos pero la razón le recordaba que ese hombre había tenido actitudes sospechosas, que posiblemente perteneciera al pueblo enemigo de su civilización y que veía una clara relación entre Tomás, su propia historia y él. La preocupación se había hecho presente y una vez más no podía olvidar que su destino y el de su gente estaba en juego. Lo miró por última vez, antes de abrigarse y salir del refugio ante el primer rayo de sol.
Cuando partió la luz era muy tenue pero esto no la desanimó, camino descendiendo la fría montaña por más de una hora cuando en una curva y en la hora azul, un hombre alto y corpulento salió a su paso de la nada y la detuvo sujetándola por los brazos.
El encuentro fue totalmente inesperado y su cuerpo se estremeció al entrar en contacto con esta figura. Él la desplazó un par de metros cuando de pronto sus ojos conectaron los de la emperatriz y su rostro se transformó inmediatamente reflejando una mezcla de alegría por verla y cierto temor por haberla detenido de forma tan ruda.
- Mi Emperatriz. – le dijo solemnemente realizando una reverencia. – Mil disculpas. No estaba al tanto de su regreso.
Ella lo miró con sorpresa al momento que él dejó caer la capucha sobre sus hombros revelando una larga cabellera rojiza.
- ¿Ruby? – preguntó ella.
- A sus órdenes, mi emperatriz. – contestó él con brillo en sus ojos al descubrir que la emperatriz recordaba su nombre.
- Pero… te has convertido en todo un hombre ya. – contestó ella con alegría.
Él se incorporó y la emperatriz pudo ver como incluso se estiraba un par de centímetros más para impactarla con su figura.
- La estuve esperando casi cinco años mi Emperatriz. La montaña y la experiencia que me ha dado tratar con tanto visitante tuvo mucho impacto en mí.
- ¿Cinco años? – preguntó ella algo confundida.
- Así es, Emperatriz. Cumplí con sus órdenes, en la esperanza que me permita ver el imperio.
Ella lo observó por un momento quedando perpleja por el tiempo que había transcurrido durante su viaje y lo último que pudo recordar fue a Ruby abalanzándose sobre ella, prácticamente sin tiempo de reacción, cuando una masa blanca con gran fuerza bajo el sonido de un trueno los sumergió en el frío más extremo que alguna vez haya sentido en toda su vida.
Los gritos desenfrenados parecían hacer eco golpeando las laderas de la montaña sudeste. Los guerreros ya con gestos de agotamiento manifiestos en el rostro continuaban atacando a diestra y siniestra sin lograr avances significativos en el campo de batalla. Entonces fue que él observó como sus tropas caían cada vez que atacaban un flanco enemigo. A este ritmo la batalla no podía durar demasiado tiempo más.
En un momento algunas casas fueron alcanzadas por las flechas incendiarias provocando una gran columna de humo negro, e inmediatamente algunos de sus ocupantes incluidos mujeres y niños salían bajo gritos desesperados sin lugar donde encontrar refugio. Todo estaba perdido y Daniel se sentía atrapado en la desesperación. Al pasar su mano por el rostro observó como simultáneamente parte de la tropa enemiga se calcinaba al otro lado del campo entre aullidos de terror. Y de pronto, entre el humo y los gritos apareció ella montando a su caballo. Esta vez no llevaba el casco puesto y su cabellera hasta casi la cintura seguía los caprichos del viento. La mirada desafiante no se desvió cuando alzó una mano ordenando el ataque final.
Daniel vio morir a sus hombres uno a uno y en menos de una hora se encontró rodeado por el ejército enemigo pero aún así se negaba a abandonar su espada. Con el cansancio y la locura intentaba inútilmente vencer al enemigo hasta que derrotado quedó de rodillas. En ese momento, su figura esbelta volvió a aparecer y la tropa se dedicó a saquear lo que quedaba del lugar. Katrina se acercó lentamente y con firmeza pateó la espada de Daniel alejándola de su alcance.
- Seguime si queres vivir. – le dijo sin vueltas.
A lo cual él contestó:
- Antes muerto.
Él la vio sonreir y llegó a escuchar como respuesta antes de desvanecerse: – Eso ya lo veremos.
