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	<title>El camino de la Emperatriz &#187; Silvina</title>
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		<title>El camino de la Emperatriz &#187; Silvina</title>
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		<title>Capítulo VII &#8211; El bosque</title>
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		<pubDate>Sun, 03 Aug 2008 20:48:15 +0000</pubDate>
		<dc:creator>alevs13</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<div class='snap_preview'><br /><p>La expedición se ponía en movimiento muy temprano por las mañanas, ni bien aparecían los primeros rayos de sol, y se detenía cada tres horas unos minutos para descansar. Continuaban el viaje después de almorzar y la travesía a veces llegaba a durar doce o catorce horas por día. La noche los encontraba siempre exhaustos pero unidos y esperanzados. El camino maravillaba a todos por el perfume de la vegetación, el verde intenso de las hojas y el sentimiento de emoción al explorar por primera vez un terreno desconocido. A estas alturas, ya se encontraban bien internados en el bosque y los árboles dominaban esa zona por completo.</p>
<p>Los días pasaron y el joven cóndor se sentía cada vez más fuerte gracias a los cuidados de la tropa. La emperatriz agradecía en secreto la presencia de estas aves ya que sin ellas, seguramente hubieran perdido el rumbo hacía tiempo.</p>
<p>Tania caminaba sin dejar de pensar por un minuto. Se sentía muy preocupada y llegó un momento en que creyó no debía ocultarlo más por lo que se adelantó al grupo alcanzando a la emperatriz y mientras caminaba a su lado le explicó:<br />
- Emperatriz, vamos a tener un problema grave los próximos días.<br />
- ¿De qué estás hablando? – preguntó preocupada.<br />
- Es que somos muchos y además se sumaron los cóndores. – Dudó por un instante pero luego continuó &#8211; Las provisiones no durarán mucho tiempo más.<br />
La emperatriz la miró mientras caminaba sin detenerse, abriéndose paso por el camino y después de un momento le contestó:<br />
- Sí, ya lo estuve pensando. Además no he visto animales grandes, sólo algún que otro conejo o alguna ave pequeña. Tampoco conozco estas plantas como para poder alimentarnos.<br />
- Deberíamos elaborar algún plan alternativo. Si los hombres tienen hambre esto será un caos. &#8211; y en ese momento la emperatriz se detuvo. Daniel se acercó inmediatamente y les consultó qué ocurría. Tomás también caminó hacia ellos justo a tiempo para escuchar la explicación que dio la emperatriz.<br />
Daniel giró y caminó en círculos por un momento mirando la hierba. El ruido que hicieron las armas cuando los soldados las apoyaron sobre el suelo para aprovechar el breve descanso, lo hizo reaccionar y se acercó nuevamente al grupo diciendo:<br />
- Miren, continuemos la marcha por una hora más y tendremos el almuerzo. Luego nos quedaremos el resto del día para analizar qué alternativas tenemos.<br />
El pequeño cóndor en su hombro estaba herido pero no sordo. No le gustó nada el hecho de que pronto no hubiera comestibles, entonces les increpó:<br />
- ¿Cómo que no tienen más alimento? ¡Habíamos hecho un trato!<br />
- Sí, y lo mantendremos. – contestó Daniel.<br />
- ¡Si no tienen comida vayan al pueblo!<br />
Los cuatro se miraron entre sí y luego volvieron sus ojos sobre el pequeño. Tania lo indagó:<br />
- ¿De qué pueblo estás hablando?<br />
- ¿Pero ustedes no conocen nada acaso?<br />
Como nadie contestó su pregunta el pequeño cóndor les dijo:<br />
- Saliendo del bosque al nordeste hay un pequeño pueblo. Allí siempre se puede conseguir comida. &#8211; Y dio vuelta la cabeza bastante malhumorado. Su hermano estaba dando círculos en lo alto cuando de pronto se aproximó descendiendo a toda velocidad.<br />
- ¿Por qué interrumpimos la marcha? – preguntó el cóndor inquieto revoloteando alrededor hasta decidirse por una rama en un árbol cercano.<br />
- Se quedaron sin comida. – le contestó el pequeño.<br />
- ¿Cómo? &#8211; expresó el hermano mayor sin dar crédito a las palabras.<br />
- Lo que escuchaste.<br />
La emperatriz se anticipó y les dijo:<br />
- No es así. &#8211; dudó un momento y continuó diciendo &#8211; Sólo planteábamos la posibilidad de que tuviéramos un pequeño problema de desabastecimiento.<br />
El pequeño se sacudió y el vendaje cayó al suelo para sorpresa de todos.<br />
- ¿Estás mejor? &#8211; Preguntó el hermano.<br />
- Sí, creo que ya puedo volar. &#8211; y casi sin terminar la frase ganó altura con facilidad. Los dos festejaron juntos haciendo piruetas por el cielo, avivados por el grupo de soldados que disfrutaban de las acrobacias. Los dos se presentaron luego aterrizando con elegancia cerca del grupo principal sobre una rama.<br />
- Considero que ya no están en condiciones de cumplir con el trato. Nos volvemos. – anunció el hermano menor.<br />
- ¡No nos pueden dejar aquí en el medio del bosque! &#8211; les gritó Tania.<br />
El cóndor más joven levantó vuelo y pronto lo perdieron de vista, el mayor también se fue pero antes les dijo:<br />
- No se preocupen, nos volveremos a ver de todas formas. Esta es nuestra zona de vuelos habitual. Les agradezco lo que hicieron por mi hermano. No lo olvidaré.<br />
La tropa se veía totalmente desconcertada ante el abandono de las dos aves guía. Daniel miró a la emperatriz y se entendieron inmediatamente.<br />
- ¡Descansen! El resto del día será libre. Pasaremos aquí la noche y seguiremos viaje mañana temprano. &#8211; Ordenó Daniel.<br />
Los hombres festejaron olvidando toda preocupación posible. De inmediato se quitaron el peso de encima y cada uno buscaba un lugar cómodo para descansar. Un soldado ató a los tres burros a un árbol. Uno de ellos ya no tenía carga mientras que otro se encontraba muy liviano, por lo que pensó al descargarlos que al día siguiente distribuiría mejor el peso entre ellos.</p>
<p>Mientras tanto estaban Tania, Daniel, Tomás y la emperatriz mirándose en silencio.<br />
- Tenemos que encontrar ese pueblo. Es nuestra única alternativa. Caso contrario debemos solicitar más provisiones al valle. Ana nos enviaría alimento pero sería mal visto políticamente y no sabemos si llegaría a tiempo. – comentó Tania mientras todos asentían.<br />
- Y después de encontrar el pueblo debemos concentrarnos en llegar al río. &#8211; recordó Tomás.<br />
La emperatriz estaba cansada y ya no había mucho más por decidir. Buscó el refugio de un árbol frondoso ubicado a pocos metros para preparar con hojas y algunas hierbas un cómodo lugar donde recuperar energía. Sentía los párpados muy pesados y no tardó mucho tiempo en quedarse completamente dormida. Tomás la contemplaba con ternura a corta distancia, Tania los miraba a ambos a pocos metros y Daniel los custodiaba a todos.</p>
<p>Luego de varios minutos y un tanto conmovida, Tania se acercó lentamente a Tomás, quien al percibirla giró y se encontró con una mirada color miel. Entonces ella le dijo en voz baja para no despertar a la emperatriz:<br />
- Te veo enamorado&#8230; – esbozó una gran sonrisa pero se sorprendió ante la respuesta.<br />
- No, estás equivocada. &#8211; y sonrió brevemente sin despertar a la emperatriz &#8211; Nos une algo mucho más fuerte que eso. &#8211; y se levantó acercándose a Daniel.<br />
Tania miró a la emperatriz, consumida por el cansancio, y se sintió algo decepcionada o más bien confundida ante la respuesta recibida. Tal vez, ella también necesitaba dormir, pero en cambio tuvo la sensación de que Tomás y Daniel tramaban algo. Se acercó y ante los frustrados intentos de los hombres por disimular, ella les aseguró que sabía estaban planeando algo y que no la dejarían fuera.</p>
<p>Así fue que confesaron deseaban hacer una recorrida en las inmediaciones sin esperar al día siguiente, porque tenían la esperanza de poder encontrar alimento en ese bosque solitario. Irían solos dejando que los hombres descansaran. De esa manera, no deberían apartarse tanto del camino en búsqueda de un posible pueblo para obtener alimentos. Daniel no confiaba del todo en las palabras del pequeño cóndor, disintiendo con Tomás. Después de discutir un rato llegaron a un acuerdo. Daniel dio instrucciones al grupo para que preparen un destacamento en este lugar y custodien a la emperatriz sin despertarla. Ellos irían a verificar el camino unos kilómetros al frente.</p>
<p>Los tres comenzaron a avanzar hacia el este lentamente. A simple vista, el paisaje no cambiaba a medida que caminaban pero en un momento Tania se dio cuenta que hacia la izquierda la vegetación era un poco más densa. Detuvo a sus compañeros y les realizó la observación haciendo notar que existían otras variedades de árboles en esa zona. Tenían que tomar una decisión: continuar por el rumbo actual que en teoría llevaba a la salida del bosque y por donde se ubicaría el supuesto pueblo, o intentar en este nuevo sector que habían descubierto. Tal vez allí podrían hallar algún animal para cazar y volver al destacamento con las nuevas provisiones.<br />
Tomás insistía en creerle al joven cóndor y probar de encontrar el pueblo. Le fascinaba la idea de poder conocer una nueva civilización, un pueblo vecino o simplemente a alguien que le pudiera indicar donde encontrar ese mar embravecido con el que había soñado. Ellos, Tania y Daniel, se sentían más autosuficientes e insistían en que tenían mejores posibilidades si probaban en la nueva senda. Discutieron por unos cuantos minutos pero no lograban entrar en razones y llegar a un acuerdo. Finalmente y ante la falta de consenso decidieron separarse y volver a encontrarse en ese mismo punto al término de tres horas. Los tres partieron enojados y convencidos de que cada uno tenía la razón. Ninguno podía creer lo obstinado que habían resultado sus otros compañeros y con esos sentimientos continuaron cada uno por su camino.</p>
<p>Tania y Daniel se adentraron en el follaje y la marcha les resultó algo pesada. En la zona había muchas especies raras de árboles. Algunos parecían tener frutos pero al no conocerlos no se atrevían a probarlos. Habían leído de la existencia de frutos de la muerte y aún no sentían tanta hambre como para poner su vida en peligro de esa manera. En un momento la vegetación se hizo tan densa que Daniel desenfundó su espada y comenzó a cortar parte de la vegetación. Luego de unos minutos Tania le pidió que se detuviera.<br />
- No sé que tengo, pero estoy percibiendo algo. Algo no está bien. Mejor volvamos. &#8211; Dio la vuelta y un golpe en la espalda la sorprendió. Al girar vio horrorizada a Daniel con los ojos desorbitados y la sangre roja que se escurría por el frío metal de su espada. Percibió un movimiento a sus pies y ambos bajaron la mirada para observar como una serpiente de más de dos metros de largo se retorcía sin cabeza hasta quedar quieta, muerta a los pies de Tania.<br />
- ¡Volvamos! &#8211; le gritó ella.<br />
Él tomó a la serpiente por la cola y se la puso al hombro. Espantada ella le pidió que la dejara pero él insistió en llevarla para la cena. Ante lo cual ella le dijo:<br />
- No me invites a cenar. &#8211; y se adelantó asqueada unos cuantos pasos mientras volvían al punto de encuentro. El paso no era lento; ella se seguía sintiendo inquieta.<br />
- De nada. &#8211; escuchó ella a los pocos minutos. Sonrió entrecerrando los ojos y le contestó &#8211; Gracias. &#8211; sin mirar atrás ni detener su paso.</p>
<p>El camino había quedado marcado por la espada de Daniel, lo cual permitió que el regreso fuera sencillo en comparación a lo que fue llegar hasta ese lugar. Pronto llegaron al punto de encuentro pero Tomás no estaba allí y Tania no se sorprendió.<br />
- No tendríamos que haber dejado que se fuera. – comentó Tania ahora lamentándose.<br />
- Pero tú has visto como estaba. No había manera de hacerlo entrar en razones.<br />
No terminó de decirlo que a lo lejos vieron a la emperatriz acercándose con un guardia. Su gesto lo decía todo: estaba furiosa. Al acercarse lo primero que preguntó fue dónde estaba Tomás. Los nervios la tomaron por sorpresa al enterarse que su equipo lo había dejado solo. Y se los dijo:<br />
- ¿Cómo es posible que lo hayan dejado solo? ¿Cómo puede ser?<br />
- ¡Pero Emperatriz, él se sabe cuidar! &#8211; retrucó Daniel.<br />
- ¡Él sí, pero ustedes lo necesitan! &#8211; Contestó ella sumamente preocupada y agregó &#8211; Todos lo necesitamos.<br />
Ni Tania ni Daniel contestaron y se quedaron en silencio esperando que la emperatriz les diera instrucciones.<br />
- Si no regresó, es porque algo le ha sucedido. ¿Por este lado se fue? &#8211; preguntó la emperatriz mirando los árboles del bosque.<br />
- Sí. Aquí estamos en el punto de encuentro. Hacia el sector que caminamos nosotros es todo monte. &#8211; contestó Tania.<br />
- Vamos a buscarlo entonces. Acompáñenme. – ordenó.<br />
Dejaron el reptil sobre el suelo y siguieron a la emperatriz a un buen paso.</p>
<p>La experiencia de Tomás había sido un poco diferente a la de sus compañeros. El paisaje se mantenía homogéneo a su paso y de tanto ir y venir entre los árboles se había mareado un poco. Tenía toda la sensación de haber estado caminando en círculos y probablemente no se equivocaba. De pronto, a la distancia pudo descubrir que se encontraba en lo alto de una colina. El suelo descendía unos cuantos metros continuando con el bosque frente suyo. Se quedó por un momento observando el escenario y decidió bajar para seguir con la marcha. Miró alrededor con las manos en la cintura y se dio cuenta de que estaba completamente perdido, además de que ya tenía hambre y no tenía provisiones.<br />
- ¡Hola! &#8211; escuchó que alguien saludaba a lo lejos con una voz muy sensual.<br />
Giró y entonces la pudo ver a unos cuantos metros de distancia y se emocionó. Era la primera persona fuera del reino que conocería. Inconcientemente sacó pecho y se paró firme arreglando el cinturón de cuero. Ella se acercó lentamente con una sonrisa y él entonces decidió relajarse, no quería asustarla. La mujer caminaba con elegancia, luciendo un vestido negro ajustado al cuerpo que permitía apreciar sus curvas. El cabello lacio, castaño oscuro, brillaba entre los haces de luz que se abrían paso entre los árboles.<br />
Él no contestó y se quedó mirándola estupefacto. Sólo reaccionó cuando estando ya ella cerca lo miró a los ojos y se echó a reír.<br />
- Hola, me llamo Tomás. – dijo él un tanto nervioso.<br />
Ella pasó por su lado y le dijo mirándolo suspicazmente con sus ojos almendrados:<br />
- Silvina. &#8211; Giró a su alrededor y se quedó viéndolo desde otro punto.<br />
Él se dio vuelta para volver a estar frente a frente y ella le dijo en forma muy simpática:<br />
- ¿De dónde sacaste esta ropa? ¿Es cuero? ¿Piel?<br />
Él no estaba muy seguro qué contestar ya que nunca se había puesto a pensar demasiado en su vestimenta. Dudó y finalmente no emitió palabra lo que provocó que ella volviera a reírse burlonamente. Fue justamente en ese mismo instante que la emperatriz los divisó desde arriba de la colina y se quedó paralizada. Tanto Daniel como Tania notaron su reacción y al seguir la fría mirada de la emperatriz, vieron a Tomás junto a esa extraña mujer. Ambos tomaron a la emperatriz de los brazos y la forzaron a esconderse entre la maleza.<br />
- ¿Te comieron la lengua los ratones? &#8211; le dijo Silvina.<br />
Él se rió y le dijo muy amablemente:<br />
- Lo dudo.<br />
- Bueno Tomás, ya que estás aquí voy a hacerte una proposición. &#8211; y volvió a sonreír en una forma sumamente encantadora. Los ojos le chispeaban en cada pestañear.<br />
- Te escucho. &#8211; Le contestó él dedicándole el total de su atención.<br />
- ¿Ves este mantel? – Le decía mientras desplegaba de entre los pliegues de su propio vestido una tela color azul marino rectangular de unos sesenta centímetros de largo por unos tantos de ancho.<br />
- Sí. – contestó él acercándose hipnotizado por el balanceo de la tela atrapada entre los dedos de esta seductora mujer.<br />
Ella retrocedió un par de pasos y le dijo levantando levemente las cejas:<br />
- Necesito completarlo con frutos de este árbol – explicó señalándole un árbol en especial. Tomás lo observó detenidamente, pensando en cuántos metros tendría semejante árbol. Entonces le preguntó:<br />
- ¿Cuáles frutos?<br />
Con voz casi infantil ella contestó:<br />
- Oh&#8230; ¿no los ves con esos lindos ojos? &#8211; él sonrió encantado y ella se aproximó un poco más para mostrarle a unos cuatro metros de altura unos frutos redondos y verdes colgando de algunas ramas en la copa del árbol.</p>
<p>La emperatriz estaba furiosa y explicando que esta mujer lo iba a engañar luchaba por ponerse de pie, pero tanto Tania como Daniel la sostenían a pesar de la insistencia.<br />
- Es necesario, emperatriz. Confía en mí por favor, para algo me trajiste. – le contestó Tania.<br />
- Estoy preocupada, no quiero que lo lastime.<br />
- Por favor, sobrevivió a tantas cosas, no creo que esta mujer pueda hacerle algo. – retrucó Daniel con una alegría inusual en él.</p>
<p>La joven mujer continuaba, mientras tanto, desplegando todas sus armas de seducción para que Tomás acepte la propuesta. Él le dijo en un momento:<br />
- ¿Y no vas a compartir estos frutos conmigo? Mira que tengo hambre.<br />
- Me imagino&#8230; &#8211; contestó bajando su mirada para poder recorrerlo de cuerpo entero y luego le prometió – Por supuesto que compartiremos los frutos.<br />
Tomás se sintió sumamente halagado y no se hizo rogar más. Demostrando toda su aptitud física, trepó al árbol con muchísima agilidad y pronto se encontraba balanceándose entre las ramas a fines de alcanzar los frutos señalados por Silvina. Él hacía que estos cayeran mientras que ella los recogía y acomodaba prolijamente sobre la tela. Cerca de una hora más tarde, Tomás avisó con entusiasmo que ya no quedaban más frutos en ese árbol y entonces ella los envolvió haciendo un pequeño nudo con las puntas azules de su mantel. Luego, miró hacia arriba y muy burlonamente entre risas le gritó:<br />
- ¡Muchas gracias y cuidado con el coatí! – Se puso en marcha rápidamente sin darle tiempo a Tomás a bajar del árbol a su encuentro.<br />
La emperatriz les decía a sus compañeros:<br />
- ¡Se los dije! ¡Se los dije pero no me escucharon! ¡Lo engañó!<br />
- ¡Era necesario! &#8211; repetía Tania.<br />
- ¿Necesario?<br />
- Sí, vamos. – dijo Tania muy emocionada.<br />
Silvina apresuraba su marcha por el bosque y Tania sin perder tiempo le ordenó al guardia que la emperatriz había traído consigo:<br />
- ¡No le pierdas el rastro! ¡Síguela! &#8211; los demás se sorprendieron pero aprobaron tácitamente la orden. El guardia obedeció de inmediato desplazándose sigilosamente entre los árboles.<br />
La emperatriz estaba furiosa:<br />
- Les dije que lo iba a engañar. ¿Por qué les obedecí?<br />
Los tres salieron de atrás de los arbustos y fueron al encuentro de Tomás. Al verlos, él bajó la mirada entre avergonzado y sorprendido. Tania se adelantó al grupo corriendo al encuentro de Tomás y él se quedó aún más desconcertado ante su gesto:<br />
- ¡Estuviste genial, Tomás! ¡Te felicito! &#8211; le decía palmeando sus brazos. Él la miraba confundido, y más aún Daniel y la emperatriz que se quedaron mudos al escuchar las felicitaciones.<br />
- Sólo él podría lograr algo así. – decía Tania dejando a Tomás pestañeando atónito y aguardando alguna explicación lógica. En ese instante Daniel desenfundó su espada tras escuchar el quiebre de una rama. Miró hacia arriba y vio a un animal sumamente extraño acercándose velozmente a ellos saltando de árbol en árbol. La emperatriz se alineó a Daniel empuñando un facón brillante en sus manos.<br />
- ¿Qué es eso? &#8211; preguntó Tania.<br />
- No lo sé, pero se mueve rápido. ¡Corre por las ramas! – contestó Daniel.<br />
- Me dijo que tuviera cuidado con el coatí. ¿Qué es un coatí?<br />
El animal tenía pelaje castaño en todo el cuerpo. Su cola era atigrada y sus manos desnudas mostraban unos dedos finos de piel oscura mientras sus pequeños ojos negros se movían a gran velocidad. Parecía una mezcla de macaco con perro. Nunca habían visto un animal semejante. Se acercó a toda velocidad pero se detuvo ante la voz de alto de Daniel.<br />
- ¡Quédate ahí! ¡No te muevas!<br />
- ¿Qué hicieron? ¿Qué hicieron con mi árbol? &#8211; gritó de pronto el animal en total desesperación.La emperatriz y Daniel se miraron fugazmente. Daniel volvió a gritarle:<br />
- ¡Si te acercas date por muerto! &#8211; las miradas entre ambos se tiñeron de odio y el animal de pronto mostró unos importantes colmillos blancos afilados.<br />
- No dejaron ni un talingo para comer&#8230; ¿dónde los tienen? &#8211; preguntó el coatí furioso y preocupado &#8211; ¡Con eso íbamos a sobrevivir por unas cuantas semanas más!<br />
- ¿Qué es un talingo? – preguntó Tomás.<br />
- Los frutos del Macaraná. &#8211; respondió el animal.<br />
- ¿Del qué?<br />
- ¡No se hagan los tontos! Nos han robado los frutos de nuestro árbol.<br />
La emperatriz elevó la mirada al cielo mordiéndose los labios y luego sacudió la cabeza. Guardó el enorme cuchillo y enfrentó a Tania diciéndole:<br />
- ¿Y tú lo felicitas? Mira en el problema que estamos ahora. Deja que éste le cuente a su banda. Vamos a tener que dormir con un ojo abierto.<br />
- O lo matamos y se terminó el problema. &#8211; acotó Daniel.<br />
- ¡Ni una cosa ni la otra! &#8211; les dijo Tania algo enfadada.<br />
Se acercó a Daniel y bajó su espada tomándolo de un brazo. El coatí se movía rítmicamente muy nervioso balanceándose en la rama del árbol. Se lamentaba por su familia ya que no iba a tener frutos para alimentarla hasta la próxima temporada, con lo cual seguramente ya sería demasiado tarde.<br />
- ¡Coatí! &#8211; le gritó Tania y obtuvo la atención del animal inmediatamente.<br />
- ¡Ladrones! – gritó el animal a la distancia.<br />
- No es el único árbol de esta especie. He visto muchos al oeste de aquí. Puedes tomar todo el fruto que necesites.<br />
- ¿Al oeste? ¡Me quieres enviar a una muerte segura! ¡Ese monte está maldito! Todo el mundo lo sabe. Ustedes son mala gente&#8230;<br />
- ¿Maldito? – preguntó Tania recordando esa extraña sensación cuando estuvo en el lugar.<br />
- Ningún coatí que haya ingresado volvió a salir de ese monte. &#8211; le contestó el animal sumamente disgustado.<br />
Tania no podía olvidar esa sentimiento profundo de peligro cuando estuvieron en el lugar, pero igualmente pensaba ir a recolectar algún fruto para calmar el hambre de su propia gente. Más ahora que esta extraña mujer les había indicado que fruta podían tomar. Se quedó en silencio por un momento y el coatí volvió a gritar diciendo:<br />
- ¡Años espantando a esa bruja malvada! ¡Años protegiendo nuestra fuente de alimentos! ¿Dónde tienen los frutos? Hablen, así damos por terminado todo esto o iré a buscar a mi banda&#8230; y no saben lo que somos capaces de hacer&#8230; &#8211; no terminó la frase y volvió a mostrar sus afilados dientes.<br />
- Los frutos se los llevó Silvina. &#8211; le dijo Tomás.<br />
El coatí comenzó a chirriar enloquecido en furia, tanto que Daniel volvió a alzar su espada. Fue entonces que Tania le ofreció un trato:<br />
- Haremos un trato. Enviaremos unos hombres a buscar frutos para abastecer a tu familia. A cambio, nos indicarás cuáles son las especies comestibles en esta zona.<br />
El coatí la miró desconfiado y empezó a girar en círculos como intentando atrapar su escurridiza cola. Finalmente se dio cuenta de que no tenía mucho para perder y aceptó el trato con mucha desconfianza. La emperatriz se acercó a Tania conforme con la negociación y ella la miró decidida para luego comentarle casi sin emoción:<br />
- Este fue un excelente día. Gracias a Tomás sabremos dónde está el pueblo y con este animal lograremos abastecer a nuestros soldados. Se nos han resuelto los problemas, emperatriz, al menos por el momento.</p>
<p>La emperatriz comprendió de inmediato y pronto resolvió volver al destacamento, seguidos por el coatí que se encontraba sumamente alterado por la presencia de la tropa en su territorio. Los hombres se habían organizado bien, y estaban descansando tranquilamente cuando llegó la emperatriz y el resto del grupo aportando varios kilos de carne de reptil.</p>
<p>Al verlos, todos se pusieron de pie y Daniel eligió a cuatro de sus hombres. Estos se adelantaron y recibieron instrucción de acompañar al coatí hasta el monte y obtener las frutas que él seleccione.<br />
- Un cuarto de lo recolectado será entregado como paga a este guía tan peculiar.- explicó Daniel de buen humor.<br />
Al escuchar la orden, el animalito hizo un ruido extraño que llamó la atención de todos. Se sintió intimidado por las miradas y trepó a un árbol con asombrosa agilidad.<br />
- ¿Estás conforme? &#8211; le preguntó Daniel al coatí.<br />
- No sé&#8230; ese lugar es muy peligroso. &#8211; opinó mientras observaba a los soldados.<br />
- Ellos te protegerán. Estamos bien armados.<br />
El coatí no tenía muchas alternativas ya que si no aceptaba toda su banda moriría de hambre. Asaltar el pueblo era impensable.<br />
- De acuerdo. Vamos. &#8211; contestó bastante decidido considerando las circunstancias.<br />
Los soldados se prepararon con sus armas blancas y siguieron a ese extraño personaje por el bosque frondoso hasta adentrarse a la zona de monte.<br />
Tomás había estado callado durante todo ese tiempo y la emperatriz lo observaba a lo lejos. Sabía que por más que Tania lo defendiera o justificara, la realidad era que esa mujer lo había engañado. Sin embargo, no le dijo nada ya que no tendría sentido. Después de todo, como dicen en su aldea, &#8220;no hay mal que por bien no venga&#8221;. Tania tenía razón y habían salido bien parados de toda la situación.</p>
<p>Un par de horas más tarde llegó el guardia, que había seguido a Silvina, al trote por el bosque. Muy contento y agitado le informó a Daniel que la supuesta bruja vivía a unos ocho kilómetros del destacamento. Además había podido visualizar otras viviendas y habitantes. Le preguntaron si alguien lo había visto y contestó que no. Sin perder tiempo, se reunieron todos y el hombre contó en detalle la arquitectura de las viviendas. Eran simples y rectangulares, hechas de madera, con chimeneas de piedra. La mayoría tenía grandes jardines con huertas. Estaba fascinado porque había visto algunos hombres trabajando, talando madera.<br />
- ¿Cuántos eran? &#8211; consultó Daniel.<br />
- No sé. Yo pude visualizar a cinco individuos trabajando un poco más al norte.<br />
- ¿Llevaban armas?<br />
- No pude ver arma alguna, más allá de las hachas y sierras que usaban como herramientas de trabajo pero fácilmente podrían cumplir otro fin.<br />
- Entiendo. &#8211; le dijo Daniel.<br />
- ¿Y cómo se veían? ¿Cómo son? &#8211; preguntó Tania sumamente entusiasmada.<br />
El hombre sonrió y luego les dijo:<br />
- Estaban vestidos muy extraños. Usan pantalones gruesos, bastante altos con tiradores. Las camisas son a cuadros parecidas a los manteles de nuestras ferias. &#8211; Todos festejaron el comentario y siguieron escuchando con atención. &#8211; Son bastante grandes pero nosotros los venceríamos.<br />
- No vamos a atacar. &#8211; dijo Tomás de pronto &#8211; No es nuestro fin. Por algo llegamos a este pueblo, así que nos presentaremos pacíficamente.<br />
- Ah sí claro, vamos con una tropa a un pueblo desconocido y nos van a recibir encantados. No podemos ir sin armas. &#8211; se quejó Daniel.<br />
Tania miró a la emperatriz y ésta propuso al grupo:<br />
- Dejemos aquí un destacamento estable y mañana iremos a visitar a tu amiga. &#8211; comentó la emperatriz mirando a Tomás de reojo &#8211; Le pediremos prestadas algunas ropas y pasaremos como unos simples visitantes. Tenemos que asegurar el valle. De ninguna manera le diremos de donde provenimos y de ahora en adelante, llámenme por mi nombre. Dejaremos el protocolo por nuestra propia seguridad.<br />
- Sí emperatriz&#8230; Perdón, Erika. &#8211; contestó Daniel con una sonrisa producto de su emoción ya que nunca se había dirigido a la emperatriz por su nombre de pila.</p>
<p> </p>
<p>Pasaron algunas horas y justo cuando comenzaba a atardecer llegó el grupo de soldados acompañados por el coatí. Traían consigo una importante carga de frutas de múltiples formas y colores. El resto de la guardia los recibió calurosamente. Los soldados se encontraban muy satisfechos, coatí incluido. Daniel personalmente se ocupó de entregar parte del botín al animal que chirriaba de alegría. Como la carga era muy pesada para él solo, pidió autorización para que su banda pueda visitar el destacamento y así alimentarse. Daniel dudó por un momento pero luego pensó que era mejor aceptar la propuesta y no tener que reprimir de todas formas a la banda de coatíes en una batalla sin sentido. Estaba seguro que no importaba lo que contestara, el coatí traería a los suyos de todas maneras. El animal estaba sumamente complacido con la invitación y para sorpresa de la emperatriz, algunos soldados parecían haber simpatizado con él y le jugaban amistosamente. Estaban tranquilos cuando el coatí se acercó a Daniel y le preguntó:<br />
- ¿Qué hacen mañana?<br />
Daniel se asombró por la confianza que ya había tomado el animal. Después de pensarlo por un momento le contestó:<br />
- Iremos al pueblo. Queremos investigar que hay allí.<br />
- ¿Investigar? Yo te puedo decir: serán unos dos mil habitantes. La mayoría son leñadores o granjeros. El problema de aquí es el agua. Se usa únicamente agua de lluvia.<br />
La emperatriz escuchó y se acercó muy interesada:<br />
- ¿No hay un río cerca?<br />
- La leyenda dice que hay un río cruzando el monte, pero nadie lo ha logrado. Al menos hasta ahora. &#8211; riéndose como un loco continuó diciendo &#8211; Estos soldados de ustedes son muy fuertes. ¡Ahora podré entrar y salir del monte las veces que quiera! Los espíritus les tienen miedo. ¡No nos atacaron en absoluto!<br />
- Sería prudente visitar este pueblo de todas maneras. Podría ser importante poder contar con la ayuda de esa gente. &#8211; comentó Tania con entusiasmo.<br />
- ¿Van a presentarse así vestidos? &#8211; preguntó el coatí con cara de espanto.<br />
- No. &#8211; dijo la emperatriz. &#8211; Pediremos ropas prestadas a Silvina.<br />
- ¿Van a entrar así a la casa de Silvina? ¿Están locos?<br />
Nadie contestó y entonces el coatí continuó hablando sin antes dar un par de vueltas a los saltos:<br />
- Silvina es parte de ese pueblo y además no vive sola. Van a tener que enfrentarse con su familia y aunque ustedes los maten, ya serían buscados por todos los habitantes del pueblo. No creo que les sirva mucho un pueblo persiguiéndolos. &#8211; miró hacia arriba haciéndose el interesante.</p>
<p>Tania sonrió porque le estaba cayendo muy bien este astuto animal.<br />
- ¿Cómo es tu nombre? &#8211; le preguntó.<br />
- Me llamo Ariel. &#8211; la cola se enrolló y volvió a estirar rápidamente.<br />
- Veamos Ariel. Creo que tenés una propuesta para hacernos.<br />
El animal volvió a reír enloquecido. Rápidamente se metió entre los árboles para volver a aparecer. Tania y la emperatriz cruzaron miradas por un momento.<br />
- Yo podría conseguirles algunas ropas. No para todos, pero al menos cuatro de ustedes podrían estar vestidos como los almedinos. Eso no los impresionaría tanto y podrían ser aceptados más fácilmente.<br />
- ¿Almedinos? – preguntó Tania.<br />
- Así es. – replicó el animal.<br />
- ¿Y cómo conseguirías la ropa? &#8211; preguntó la emperatriz.<br />
- Ese es mi problema ahora, no de ustedes. &#8211; Y volvió a reír estruendosamente.<br />
- ¿Qué pedís a cambio? – se interesó Daniel.<br />
- Escuché que quieren atravesar el monte. Yo quiero ir con ustedes. Si logramos conquistar el monte, entonces mis problemas de alimentación habrán desaparecido. ¡Seré el rey de los coatíes!<br />
Ante semejante respuesta, Daniel le preguntó a la emperatriz si quería echar inmediatamente al coatí del destacamento. Sin embargo, ella ignoró el comentario y se acercó al animal. Mirándolo fijamente le dijo:<br />
- Tenemos un trato, Ariel.<br />
El coatí dio un par de saltos y con gran alegría salió corriendo por el bosque subiéndose a los árboles con unos cuantos frutos a cuestas. Pronto lo perdieron de vista y los soldados comenzaron a preparar la fogata para la noche.</p>
<p>La oscuridad comenzaba a ganar terreno lentamente. En esa oportunidad la cena sería abundante ya que habían conseguido suficiente fruta para todos. Después de cenar, la emperatriz divisó a Tomás un tanto alejado, sentado a los pies de un árbol mirando el cielo. Ella se acercó y él la miró por un momento con ojos tristes.<br />
- ¿Mirando las estrellas? &#8211; preguntó la emperatriz mientras se sentaba a su lado y luego se recostaba sobre la hierba con la vista hacia el cielo despejado.<br />
El la imitó y se recostaron uno al lado del otro disfrutando el firmamento.<br />
- Siempre me gustaron las estrellas. &#8211; dijo ella ante el silencio de él. &#8211; Te obligan a tomar conciencia de lo pequeño que es uno en realidad. Y si uno es tan pequeño imaginate los problemas de uno&#8230; ¡casi ni existen!<br />
La emperatriz seguía hablando pero él no miraba a las estrellas sino a ella.<br />
- Erika. – dijo él y captó totalmente su atención. Entonces continuó diciendo &#8211; Yo quería caerle bien. La ayudé por eso. Era la primera persona que veía fuera de nuestra aldea.<br />
- Ya lo se Tomás.<br />
- ¿Cómo será el resto?<br />
- Ni idea. Tenemos que estar preparados para cualquier cosa. &#8211; Ella lo tomó de la mano y subió el brazo señalando una constelación &#8211; Esa de allí es Orion, también conocida como &#8220;El gran Cazador&#8221;. ¿Ves esas tres estrellas brillantes alineadas?<br />
- Sí.<br />
- Los antiguos decían que era el cinturón del cazador.<br />
- El cazador&#8230; pero ¡qué imaginación!<br />
- ¡Te hablo en serio! &#8211; contestaba ella riendo.<br />
- Contame más.<br />
- Es la constelación más conocida porque se puede divisar tanto desde el hemisferio Norte como desde el hemisferio Sur.</p>
<p>Continuaron charlando por mucho tiempo más hasta quedarse dormidos bajo el cielo estrellado. Tania los vio desde cierta distancia y preocupada los cubrió con una manta protegiéndolos de la próxima helada matutina. Regresó a su lugar sin advertir a Daniel custodiando entre los árboles quien la sorprendió diciéndole con una sonrisa:<br />
- Ver para creer.</p>
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